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Archive for 18 octubre 2012

Hace algún tiempo, había decidido ser un desocupado, olvidarme del trabajo, autojubilarme incluso antes de comenzar a trabajar. Hace un rato ya, parece que me olvide de todos esos ideales y me deje atrapar por esta idea moderna: (que tiene quizá más de cien años de existencia) del consumismo. He pasado días terribles, encerrado en un trabajo, que independiente al gusto (nunca me ha gustado algún trabajo), sirve para obtener lo que yo suelo nombrar pensión alimenticia, pero en mi caso necesito más letras y menos trabajo para sentirme bien. El caso es que mantengo muchas de mis cosas rn un aparente descuido y no me doy permiso para hacer las que me llenan de felicidad. Debo confesar que deberia pensar en más letras, más sexo, más sueños y menos horas aquí, en esto que nos da por llamar trabajo.

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Desvelado y confundido, con las ganas de terminar lo que ya había empezado días atrás, ataque el pedazo de madera con un serrucho y en un pequeño descuido me herí la palma de mano, prolongando así la línea de la vida. Lo primero que hice fue mover la mano, me espante mucho, sobre todo porque podía perder la movilidad de mis dedos si es que me había dañado en algún tendón. Me agache antes de lavarme muy bien. Más tarde dos pares de puntadas pondrían remedio al dolor y a la presencia de una posible infección. Pensé en tantas cosas, incluso no entendía aún porque no me había chupado la sangre.

Ella me pregunto si había dejado de escribir. Quería saber a qué se debía tanto descuido.

Deje de hacer las cosas que me gustan, le dije que no estaba escribiendo, que sería interesante seguir con la novela, pero que últimamente me había alejado de todo y que pasaba por una mala racha. Las amantes ideales estaban dispersas y la idea de que un viejo amor pudiera rescatarme en este naufragio era algo impensable y que hacía mucho que nadie veía sirenas, en resumen en estos días estaba perdido.

Con una servilleta de papel apretaba la herida de la palma de la mano, después rasgue una camisa y me hice una especie de venda. Recordé que el fin de semana no había visitado a la chica que recién había conocido en el centro comercial y que ella me había prometido esperarme con el vestido abierto. Sentí ganas de ya no hacer nada, de olvidar todos los pendientes que hasta ese momento tenía y volver a escribir. No era posible tanto descuido, no era posible que pusiera en riesgo mi mano y que perdiera la habilidad de hacer las cosas que más me gustan, no era posible que me privara del placer de escribir o que perdiera la sensibilidad y nunca más fuera igual el acariciar ese espacio de la mujer un poquito arriba de la rodilla, un poco más arriba de lo que imaginaste de inmediato, ese espacio donde todos los deseos pierden sentido y uno piensa que si ese es el camino a la muerte bien vale la pena recorrerlo.

Ella me dijo que me extrañaba.

Yo sentí que era un afortunado, que podría hacer tantas cosas como se me viniera en gana. Le dije que no creía en el amor, que después de todo uno busca a quién de fe de nuestras actos, que eso era el matrimonio, un testigo de lo que hacemos. Después me deje llevar por el silencio y por las cartas de amor que ella estaba escribiendo.

En otro tiempo me habría chupado la sangre y de saber que alguien me estaba esperando con el vestido abierto, habría corrido hasta encontrarme con ella, en otros tiempos me habría fumado un churro para olvidar ese dolor que te da después de dos o tres puntadas, habría tomado mi mano lentamente y mientras la sangre fluía habría escrito quizá la más atrevida de las poesías, pero venir a esta ciudad es el principio de las cosas donde me desconozco. Bastan dos horas y no hace falta adivinar que ya no soy ni la sombra de lo que era antes y lo peor del caso es cuando descubres que ya no te quieres ir.

Ella se tomo los labios entre sus manos, se meció el cabello y me dijo suavemente: lo sensual que me veía. Después se perdió el contacto, el instante, la plática en medio de todas esas distancias que en ocasiones parecen  inexistentes.

Tenía tantas ganas de terminar que cuando me corte la palma de mi mano, en lo único que pensé, fue: cuando demonios voy a ponerle fin a todo esto.

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