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Archive for 30 junio 2010

Tal y como están las cosas, parece que en México, la única forma de que la vida sea pacifica, es apunta de balas. El gobierno se disculpa, pero no nos muestra ningún avance de su trabajo, todo son números, gente que nunca dejo de ser estadística y estadísticas que nunca dieron los resultados que al menos para algunos es lo mejor. Al  Parecer la capacidad del gobierno y la fuerza del orden es superada y la gran interrogante es si estos grupos armados van a superarnos también a los que formamos parte de esta sociedad.

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Reencuentro.

Regreso al mundo diario y me entero que han matado a un candidato a Gobernador, claro debe ser una de las muertes más importantes o tal vez su muerte opaco a la de otros más. Ya me empiezan a preocupar mis regresos, pues cada vez que lo hago, pasan cosas, por otro lado no existe nada mejor que dejarse ir.

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Para cuando tuve contacto con el mundo México había perdido con Uruguay. Al “Guille” Franco medio país lo odiaba, pero dicen que para que la cuña apriete tiene que ser del mismo palo, quien quita y le anota a los argentinos y todo el país lo ama, claro este país.

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Partida doble

Entre mis pretextos: el estar de vacaciones parece que me aleja del Internet, me olvide del Face, del Twitter, y de la pagina. Al primer descuido, me conecto y se han muerto Carlos Monsivais y José Saramago. Quienes serán los ausentes para la próxima vez.

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Ejercicio frustrado

Hormigas rojas.

 Te ponías a llorar cada que te enojabas, pero lo mejor no era tu llanto sino tus ojos que parecían salirse de ti. Siempre decías que tus ojos buscaban la mejor solución para tu coraje. Una salida fácil. Nada de eso existe. La última vez que se vieron, te enojaste tanto que  la necesidad de acudir al oculista fue irremediable y esa no era la verdadera intención de aquel encuentro. Allí estabas de nuevo, con  tu manía por las salidas fáciles.

 —Te había dicho que no —dijo él—.  Que no estaba de acuerdo.

—¿Podemos dejar de discutir? —preguntó la chica. Ella se había sentado en la sala de espera, antes de que el oculista le revisara el ojo.

—Sino desistes de tu idea. No puedo sino discutir —dijo el chico. Mientras se quitaba el sombrero.

—¿No te importa que me sienta muy mal? —volvió a preguntar la chica, mientras cerraba los ojos y se llevaba las manos a la cara.

—Desde luego que me importa, y no sólo por ti —dijo el chico—. Hace tanto calor que deseo tomar una cerveza.

—Debemos ir por un par —dijo ella.

—Sabes que te hace daño —dijo él.

—Que sean dos cervezas grandes —dijo ella—. Y por favor ya deja de preocuparte por mí.

—Nada de cervezas y mucho menos grandes —dijo él—. Es claro, que también es mi responsabilidad. No lo hiciste sola.

La asistente del oculista, una chica robusta, les dijo que en un rato más el doctor los atendería. Que un caso se le había complicado y rogaba por su comprensión. Ella se les quedo viendo, mientras afuera de la clínica, en pleno sol, una larga fila de autos batallaban por no forzar sus motores, se les escuchaba rugir en medio del asfalto. El combustible mal quemado les llegaba hasta las narices.

—Parecen hormigas, antes de caer la lluvia —dijo ella.

—Nunca he visto una fila de hormigas.

—Por supuesto que no, tonto —dijo la mujer, mientras se tocaba las rodillas, agachando el cuerpo.

—Nada de tonto —dijo él—. Por supuesto que bien podría haber visto alguna vez en la vida a ese ejército de hormigas trabajando.

—Imposible. Nunca sales de la ciudad —dijo ella.

Empezaste a llorar de nuevo. Te tocaste los senos y te llevaste las manos a la nariz. Mientras tu mirada se detuvo en los anuncios de la clínica.

—¿Qué dice ese letrero? —dijo ella señalando hacía la chica de la recepción.

—Señorita—llamo él, mientras ponía sus manos en la cabeza.

—La consulta cuesta quinientos pesos—dijo la chica robusta, al mismo tiempo que abandonaba la recepción.

—Queremos saber que dice esa promoción —dijo él.

—La consulta es gratis, si usted compra la armazón y sus lentes con nosotros.

Él Pensó que te vendrían muy bien unos lentes, por lo menos cada vez que te enojes, no te tocarías los ojos y con el tiempo, hasta podrías olvidar tu manía por llorar. Pensó que era imposible que no tuvieras sentimientos y le propusieras tantas cosas que le llenaban de terror,  siempre te dijo que no estaba de acuerdo, pero eso a ti no te importo mucho.

—Te gustarían unos lentes cariño —dijo él.

—No lo sé —dijo ella—. A estas alturas, ya todo me da igual.

—¿Tendrán una armazón verde? —dijo él, mientras le sonreía a la chica robusta.

—Tenemos en todos los colores y variedades —dijo la asistente—. ¿Quiere que se los muestre?

—No sé —dijo él—. ¿Podemos decidir después de la consulta?

—Por supuesto —dijo la asistente.

—¿Por qué quieres un armazón verde? —dijo ella—. No me digas que estas a favor de la vida.

—No empecemos a discutir de nuevo —dijo él—. Ya sabes que no estoy de acuerdo, ni hoy ni nunca, con tu postura.

—Es mi cuerpo tonto —dijo ella—. Yo decido que hacer.

—Pero es responsabilidad de ambos, lo recuerdas.

—No me importa —dijo ella.

Empezaste de nuevo a llorar. Te tocaste los ojos y cualquiera podía pensar que se te iban a salir. Él no podía estar de acuerdo contigo, es cierto que a estas alturas, se complicaría la vida, pero quien le dice que más adelante, las cosas serían más fáciles.

—No quiero pelear —dijo él.

—Tú tienes la culpa —dijo ella—. Lo único que deseaba era jugar un rato, que pudieras ver esa larga columna de hormigas.

—¿En verdad crees eso?

—Desde luego —dijo ella.

—¿De que color son tus hormigas?

—Son rojas —dijo ella—. Algunas se ven muy cansadas, pero no dejan de trabajar.

—¿En serio, piensas que son rojas?

—Juega con tu imaginación —dijo ella—. Acaso tu vida en la ciudad no te deja imaginar cosas.

—No empieces de nuevo, ya sabes que odio que me digan tonto.

—Por eso, deberías imaginar cosas, divertirte un poco —dijo ella.

—Son preciosas tus hormigas —dijo él.

—No parecen hormigas —dijo ella—. Es por la formación en la que van todos, avanzan a un mismo ritmo, como si nadie tuviera prisa, como trabajando para un mismo fin.

—El calor me esta matando —dijo él—. Matar es un pecado, pero eso ya lo sabes.

—No voy a matar a nadie —dijo ella—. Es un procedimiento simple, y no me importan los pecados, además la ley lo conciente.

—Te vas a meter en problemas —dijo él.

—¿Con quien? —dijo ella—. ¿Contigo?

—Tú sabes que te quiero —dijo él—. Nunca haría nada que te hiciera daño.

—Ese es el problema contigo —dijo ella—. Nunca vas hacer nada, y no le veo el sentido a esta discusión así que: hazme el favor, por favor, por favor de callarte.

De nuevo el llanto se hizo presente. No sabia donde ocultarse,  la chica de la recepción no le quitaba los ojos de encima. Él tenía ganas de salir corriendo, de irse a la primera cantina y pedir una cerveza grande, la más grande de todas y beberla de un trago. Tenía ganas de mandar todo a la chingada. Pero como siempre se contuvo, le importaba tu salud, y por supuesto le importabas tú y lo que ambos tenían, no podía dejar que las cosas se fueran al traste, así como si nada, no podía soportar con facilidad tu imaginación un tanto rara. Eso de ver en las largas filas de coches, columnas de hormigas y luego rojas, nada más a ti se te podía ocurrir. Él llego a pensar que estabas loca.

—En un momentito más ya los atienden —dijo la recepcionista.

—¿Te gustaría entonces el armazón verde? —dijo él.

—Aún no lo sé —dijo ella—. Sabes no importa el color, ni siquiera importa tener unos lentes, es más, ya nada me importa.

—No digas eso —dijo él—. Aún lo tenemos, es nuestro, a los dos nos importa, tú me importas.

—No es lo que tú piensas —dijo ella.

—No empecemos de nuevo por favor —dijo él.

—Si tan solo pudieras imaginar cosas —dijo ella—. Todo lo que hacemos tendría sentido.

—¿Es qué no me quieres, sino imagino cosas? —dijo él.

—Por supuesto que te quiero —dijo ella—. Pero eso en este momento no importa.

—Que calor —dijo él.

—Se me antoja una cerveza —dijo ella—. Al salir de esto, ¿vamos por una?

—No puedes, ni debes, entiéndelo ya.

—Como jodes con eso cabrón.

—Es que tú no me entiendes —dijo él.

—El que no entiendes eres tú, no quiero que nadie se interponga entre los dos. Soy celosa, soy egoísta y lo único que quiero es ser feliz y no importa lo que tenga que hacer, y como puedes ver no es nada difícil de entender y sin embargo te aferras a tus ideas.

—Es que yo lo quiero

—Entonces tenlo tú, eso es fácil—dijo ella.

—¿Y si lo tienes por mí? —dijo él.

—No quiero seguir con esta plática —dijo ella.

—Pueden pasar ya, el doctor los va atender.

—¿Qué dijo? —preguntó ella, mientras se limpiaba los ojos.

—Que el doctor nos atiende ya —dijo él—. Anda vamos.

El calor no cedía. En la calle seguían con su extraño comportamiento, la columna de hormigas. Él  tenía ganas de comprar una armazón verde, pero lo que más deseaba era salir corriendo de todo esto. Su felicidad estaba en juego y no podía tolerarlo, nunca iría al infierno por algo así.

—¿Se siente bien? —dijo el doctor.

—No es nada —dijo ella.

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Pretextos

Cualquier pretexto es bueno para colgar el letrero de cerrado.

Cerrado por remodelación. Cerrado por vacaciones. Cerrado por inventarios. Cerrado por insomnio. Cerrado de una a tres. Cerrado, hora de la siesta. Cerrado porque tenía ganas de cerrar.

Así una larga lista. Pero ninguno de esos pretextos es tan brillante, como aquel del que cierra sin tener nada que cerrar.

Cerrado por futura inauguración.

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Entre líneas

Yo esperaba algo, cualquiera diría que mi suerte era algo inaudito, que la felicidad, me había llegado sin merecerla. Me toco a mí, mientras esperaba, mientras todas la tardes agarraba un libro y me dejaba llevar por las historias que se  contaban. Mi  (más…)

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