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Archive for 28 febrero 2013

 

 

Yo, calvo, aprendiz de escritor, lector nocturno, amante de las historias y los plagios, en ocasiones exhibicionista, no sé nada de armas ni de amantes pero deseo tener una (arma desde luego, en el tema de las amantes, pienso en tres), mexicano que vive en la frontera y que no desea vivir del otro lado; yo que odio el trabajo, sobre todo odio a los jefes del trabajo, que duermo mal o mejor dicho ni duermo, desde luego que lo intento, boca abajo, boca arriba, de lado, en posición fetal, con un cojín entre las rodillas o una puta almohada bien cara, lo intento con un cobertor o con sabanas de todos colores, desde luego que todos los días abandono la cama lamentando el no poder soñar, ni siquiera un poco y mi mujer me grita que ya está el desayuno. Yo, salgo a la calle y veo un grupo de chicas bien, chicas que me hacen un guiño, seguro les gusto o les gusta mi calva, pero soy un ser despreciable que vive en México y no les hago caso, me marcho a toda prisa. Siempre es lo mismo.

 

 

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Los policías de seguridad del aeropuerto no confiaron en su palabra y le pidieron que hiciera el favor por favor de quitarse la ropa. Ellos pensaban que llevaba algún tipo de arma debajo de los pantalones y que el detector de metales estaba fallando. Su sorpresa fue mayúscula.

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El cardiólogo no le advirtió acerca de los esfuerzos que con lleva hacer aquello. Su corazón falló mientras que su boca se aferraba a la teta de Fulanita; no se sabe bien si fue eso o que tenía el trasero ocupado con el asunto de su amigo Ramón.

 

 

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Él se saco el asunto, mientras que ella seguía sentada; ella  abrió los ojos desmesuradamente.

—Qué demonios piensas hacer—le dijo ella, mientras seguía inmóvil.

Él la orino en su pierna izquierda.

 

 

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Su compañero de cama llevaba ya dos años sin moverse. El excesivo gusto de ella hacia él o su miedo a la soledad, la llevaron a estar al lado de su amigo, al principio aquello era una pestilencia insoportable, y mientras él se iba transformando en polvo; comenzó a huir.

 

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Esa noche ella le daría gusto. Su marido andaba con una o con otra y, eso a ella le había cansado ya. Cuando él llego a casa, ella le ofreció su vagina. Fue por gusto y por su boca como él hizo su entrada triunfal al mundo de las tinieblas.

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Mi vida se ha puesto en peligro, gracias a un loco que desea que yo cuente su historia, me ha dicho que tengo que hacerlo, que no vamos a discutirlo, que si no…

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Yo no tenía empleo, llevaba ya un buen rato así y Laura sí. Luego me contrataron en el hospital. No hacía gran cosa y en ocasiones no hacía nada. Tenía que checar  a la entrada y a la salida por ocho horas, era una suerte si alguna vez no te presentabas a trabajar. El trabajo era por la mitad de la tarde y la mitad de la noche. Me aburría. Acepte el empleo por dignidad y porque estar en casa sin salir ya me estaba volviendo loco. Llegue a pensar que iba a tener suerte con las enfermeras, que mientras Laura dormía en casa yo podría irme con ellas a tomar a cervezas y a cantar en un karaoke. La chica que en realidad me gustaba trabajaba como recepcionista y ella había puesto sus ojos en los médicos y su cuerpo en las manos de los mismos. No tenía esperanza alguna. Laura me había dicho que ya no deseaba trabajar en aquel lugar, que había estado pensando en cambiarse; me sorprendió.

Yo no sabía nada del oficio. Aprendí unos cuantos trucos y me dejaron trabajar, tal vez fue por la influencia de Laura, porque yo no tenía ninguna gracia digna para que me dieran el puesto. Yo era (sigo siendo) muy despierto, tal vez no era el más inteligente de la clase pero se me daba aprender las cosas con relativa facilidad. No había manera de pensar en un ascenso y por lo tanto estaba descartada la posibilidad de cambiar de horario. El hospital fue teniendo diferentes necesidades en mi área de trabajo y decidió contratar a un par de personas más, al principio había que enseñarles como trabajaban los equipos y los mismos trucos que me habían enseñado antes, nada de otro mundo. Llegue a pensar en la posibilidad de tener un lugar propio y hacer el mismo trabajo, pero tenía claro que eso elevaría la responsabilidad y las horas de trabajo y yo no era del todo amigo de esas cosas. Las personas que había contratado el hospital fueron aprendiendo, de forma lenta y hasta cierto punto lo hacían mal. Eran dos chicas; yo no quería salir con ellas a tomar cerveza y mucho menos sentarme a platicar. Me aburría. Me habría gustado que vinieran chicas que pudieran hacer el trabajo sin necesidad de enseñarles nada, en vez de perder el tiempo explicándoles como funcionan las cosas, sentarnos a platicar durante las ocho horas que duraba el turno, sobre todo me habría gustado que fueran jóvenes y porque no, un poco guapas. Me entristecía esa situación de no tener compañeras guapas de trabajo y cada nueva enfermera que contrataban, no solo eran feas sino que cada vez eran más torpes, no sabían beber, no tenían auto y cantaban fatal. Me había gustado una de ellas, era joven, muy delgadita y se pintaba los labios de rojo, se imaginan: un uniforme blanco en ese cuerpo delgadito y la boca pintada de rojo. Un día la invite a cantar y me dijo, que ella no estaba para andar perdiendo el tiempo, que tenía un par de hermanas que habían decidido hacerlo y que lo único que habían ganado era convertirse en madres solteras, casi unas putas agrego. Ella no estaba dispuesta a pasar por esos juegos.

Me pidió que fuera directo, que no me anduviera con inventos. Y entonces le dije. Ella se sonrió. Aceptaría solo si le conseguía un teléfono celular, de los nuevos, dijo. Además del teléfono, le tenía que conseguir un carro, chico, pero rojo, esa era la primera condición. Una vez en sus manos decidiríamos que hacer y desde luego la invitación para ir a cantar estaría aceptada. Le dije que haría lo posible por conseguirle un auto. Uno viejito pero que anduviera bien. El celular podría esperar. Ella no estuvo de acuerdo. Lo quería todo.

El trabajo no daba para tanto. Desde que se habían inventado los turnos de media tarde y media noche, dejamos de percibir ganancias extras. En ocasiones pensé que ya era tiempo de hacerle saber a los encargados del hospital, que no hacían falta las chicas, que ellas no daban el ancho, lo cual aunque suene cruel era la realidad; yo necesitaba ganar un poco más. Luego la chica de recepción que también me gustaba me dijo que tenía ganas de salir, que deseaba tomarse unos tragos, pero que de sexo nada, que no todo era así y que ella no era una puta o al menos no sería mi puta, que lo dijera así me molesto mucho y le dije que no tendría tiempo en lo que me restaba de vida para salir con ella. Se sonrió. Me dijo que todo se podría arreglar que ella había estado pensando en mí últimamente y que necesitábamos estar en comunicación, que de otra forma en ella no surge el deseo, que la tenía olvida. Me sugirió el nuevo modelo de una marca prestigiada de celulares. Quería uno y esa sería la llave para todo lo que entre nosotros pudiera suceder. Agrego.

No sé cuantas veces he tenido que dar ese cursito de formación, pero ahora me arrepiento, debí hacerlo mal y estas chicas ya estarían fuera del hospital. Contrataron a una chica. Me encantaba la chica nueva, era muy joven, seguro que no pasaba de los 21. Empecé a salir con ella. Al principio íbamos al karaoke, nos tomábamos unas cuantas cervezas, a ella le encantaba el olor de la marihuana entre sus manos. Me dejo tocarla, al principio se resistía, argumentaba que sentía cierta vergüenza. Conforme paso el tiempo yo deseaba más, empecé hacerle juramentos vacíos y promesas de amor que nunca iba a cumplir, pero ella insistía en no dejarse tocar por debajo de la ropa. Un día lo hizo. Se bajo la blusa y me ofreció sus suaves y duros senos. Perdí el equilibrio y si aquello no era el paraíso, seguramente se le parecería, no sé cuánto. Después de eso me dijo que su madre estaba enferma, que necesitaba un  poco de dinero para el tratamiento. Lo pensé era mucho menos de lo que me costaría un carro. Se lo di. La madre fue empeorando y como la chica no tenía coche, pensé que lo mejor sería conseguirle uno. Lo hice. Las cosas seguían más o menos tensas entre ella y  yo, con la madre enferma, la chica no deseaba salir y el poco tiempo que lográbamos estar juntos, se la pasaba llorando y así no había posibilidad de meterle mano. Tiempo después le compre un celular. Mi situación seguía siendo deplorable en el trabajo, no había ganancias extras y Laura pronto se iba a enterar, no de mis encuentros con la chica, sino de lo otro.

 

Laura era una diosa de la belleza. La enfermera, la chica de la recepción y la chica nueva solo estaban pasables. No eran la gran cosa.

 

Una noche la chica de la recepción me dijo que me quería. Le dije que yo era incapaz de sentir amor por nadie, que me tenía que disculpar, pero que yo no pensaba en ella, ni siquiera por error. Entonces sucedió, me dijo que más tarde tendrían ella y un par de amigas una reunión en su departamento, que ella vivía sola y deseaba invitarme, que ya lo había hablado con sus amigas y que estaban de acuerdo, nosotras tres y tú el único hombre, lo puedes imaginar. Caí en la trampa. Fui. En su departamento estaban, la enfermera y la chica nueva que para ese tiempo ya tenía su larga historia en el hospital. Bebimos y cantamos, luego a la recepcionista se le ocurrió leer poesía de Bukowski, los versos conforme salían de su boca se iban haciendo más intensos, me gusto mucho esa poesía, retrataba una realidad, una vida como las nuestras, común, simple, sin nada que ocultar. Me gusto mucho. La enfermera fue la primera en irse, argumento que ella no estaba para andar haciendo caridades, que las cosas cuestan. El tiempo es dinero, fue lo último que nos dijo. La recepcionista comenzó a desnudar a la chica nueva, me lanzó una mirada picaresca y me dijo: acaso no sabías que ella y yo tenemos una historia juntas, eso me puso de malas pero ya estaba empalmado y me importaba un carajo las historias que pudieran tener ellas, yo deseaba aquel momento con la chica nueva, no me importaba como se pusieran las cosas. La recepcionista me beso.

 

Eso sucedió a fin de año, quizá un poco después, recuerdo que aún hacía mucho frío. El trabajo en el hospital había caído mucho, existía la posibilidad de trabajar medias jornadas para no despedir a nadie. Mis compañeras seguían haciendo mal su trabajo, no habían aprendido gran cosa. Ya en el departamento de la recepcionista, nos pusimos a beber, no tengo idea de donde había salido tanto vino. La enfermera se emborracho pronto y empezó a maldecirnos a todo, nos contaba una y otra vez la historia de sus hermanas y los hijos que ellas tenían, nos decía que si alguien quería empalmársela, ella se lo cobraría caro, que ella no era, una pinche puta, pero que algún beneficio habría que obtener de lo suyo. Tanto dinero gastado en jabón para mantenerlo limpio, demandaba un cobro por su uso, eso no era ser una puta, se lo repetía una y otra vez. Eso no era ser puta. La enfermera se cayó sobre una mesita y no podía levantarse, entre los tres la levantamos y la llevamos a un cuartito donde solo había una cama. La recepcionista se puso hablar por teléfono y la chica nueva y yo nos fuimos a la cocina, la abrace y comenzamos a movernos en medio de una danza extraña, una danza que no tenía sentido. La recepcionista dejo el teléfono. Me dijo que sus proposiciones eran serias y que yo era un ser cruel. La vi fijamente y no sentí la menor lastima por ella. Pensé que una vez que los médicos se habían cansado de ella, entonces tenía que seguir con nosotros, los que se pasaban largas horas en el hospital. Me acerco la cara me miro y se llevo de la cocina a la chica nueva.

Me desvestí. Fui al cuarto donde estaba la enfermera, me puse a menear aquel asusto, pero ella  no se despertó.

 

La recepcionista me gustaba, siempre me había gustado pero lo que estaba en juego era una cuestión de orgullo. Me acerque a ella y le acaricie su abundante cabello negro, la olía y por primera vez sentí sus labios. La chica nueva estaba fumando, nos veía y no dejaba de sonreír. Yo no fumaba. Lo hice y mi mundo sufrió una expansión extraña, agradable pero extraña, me sentía en otro universo. La recepcionista se aparto de mí y comenzó a desnudar a la chica nueva.

 

Laura me dijo: ahora no. y me sentí seguro, tal y como uno se siente con el dinero.

 

—Quiero que me compres un carro—dijo la recepcionista, mientras acariciaba el vientre ardiente de la chica nueva.

Yo lo tenía hinchado, más hinchado que unos pies que no tienen buena circulación

—Además sino me compras el carro, ni yo, ni la chica nuevo lo haremos contigo.

Me desespere y negué con la cabeza. Hija de puta, le dije. No me vengas con esas chingaderas ahora. Agregue.

—Pues ya sabes de qué se trata esto, así que decídelo tú, la puerta esta a tu disposición. Al otro día la recepcionista comenzó a usar un auto gris, espantoso y muy caro.

Fue entonces que apareció la enfermera. Nos dijo que todo eso le daba asco, que se sentí enferma y que se marcharía inmediatamente. Desde ese día no la he vuelto a ver.

 

Hasta dormido soñaba con ella, con la chica nueva. Salía del hospital justo a la media noche. Pasaba por un lugar antes de llegar a casa y  tomaba whisky, me marchaba cuando ya me dolían los huesos y alcanzaba a comprender que una copa más me nublaría la vista.

 

Laura estaba muy enojada conmigo. Las cuentas no salían, hacía falta algo de dinero y yo le decía que era porque gastaba mucho en zapatos y en cenas con sus horrorosas amigas.

 

Un día la chica nueva llego llorando al hospital. Tenía un novio, un tipo que trabajaba de noche para el crimen organizado, se había perdido en los últimos 12 días, pero como otras veces ya había sucedido, la chica nueva no le había dado importancia. Se lo llevaron por la tarde destrozado por los impactos de bala, porque lo habían amarrado a una  Nitro y lo arrastraron, hasta que se aburrieron. Ella no me había dicho nada. Estaba destrozada y me pidió dinero para el funeral. No tuve corazón para decirle que no. Esa noche no pude dormir. Llegue temprano a casa y me senté en un mullido sillón rojo. Me dolía todo. Me serví un whisky y me lave la cara, con la mano izquierda me jale los cabellos, estaba perdido, no tenía sentido nada de lo que estaba haciendo. Laura llego un poco después, venía alegre, la vi desde la recamara. Se bajo de una Tahoe negra nueva, le ofreció sus labios a un hombre alto, un poco mayor que yo, blanco, soso, delgado, conocido. Me escondí en el baño de abajo. Laura no se percato que mi auto ya estaba en casa. Espere a que se durmiera y salí de casa. Puse en marcha mi auto encendí la luz y acelere al máximo. Deseaba perderme.

 

No llores me dije.

 

Lo había decidido, al otro día no iría a trabajar, me tomaría la tarde libre, me importaba muy poco si por eso me corrían del trabajo. Llevaría a Laura al cine y después a cenar y si ella aún tenía fuerzas la invitaría  a bailar. Estaba todo resuelto. Eso pensé. Se me cayeron dos lágrimas. No tenía importancia. Todo se estaba viniendo abajo.

 

 

 

 

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Existen acaso las cafeterías cristianas?, y los amantes que en su afan de clandestinidad se citan en ellas.

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Ella tenía verrugas en las tetas y las piernas largas, tan largas como las jirafas. A veces cuando no tenía nada que hacer se ponía hablar sola. Parecía que para ella la vida era un chiste y su cara era dura, siempre muy dura. Ahora solo se veía con hombres de negocios, con uno que otro miembro de la mafia, sobre todo con sus pistoleros, y los casi ricos.  Su mejor época ya había pasado, los ricos de verdad fueron los primeros, la manosearon, la estrujaron, la hicieron suya todas las veces que quisieron, pero ahora el tiempo ya había cobrado la factura y fue un precio alto. Los ricos ya no se daban esos lujos, casi no salían, de hacerlo, seguramente serían secuestrados y eso nos tenía muy nervioso a todos, porque los secuestradores estaban más desesperados y cada día el resto, los que nunca habíamos tenido, los que no nos habíamos olvidado de la pobreza, corríamos el riesgo. Los secuestradores se plantaban a la puerta de tu casa o de tu trabajo. Eran capaces de cruzarla frontera contigo abordo, a punta de cañón y te robaban todo. La delincuencia nos estaba cercando. Ya nadie era capaz de pensar. Calles pequeñas, una sola avenida más ancha que las demás, casas altas, tejados escasos, angustia y dolor por todos lados, traición, dolor, sospechas, injurias, soledad, hastío, miedo, inmovilidad, miedo, muerte, sueños rotos, princesas inexistentes, drogas, sexo con cualquiera, levantones, violaciones consentidas y violaciones dolorosas, perros gatos, mierda, verrugas en sus tetas y las piernas largas, tan largas como las de una jirafa. Silencio. Ella era muchas mujeres, era la televisión, el espejo, el ciego, el cine, la soledad, la muerte, la vida y la sospecha de que algo estaba pasando, algo que no podía ser real.

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