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Archive for 24 diciembre 2015

Yo no era de esta tierra, yo era del sur

Lo había hecho una vez más, mientras muchos hombres levantaban sus armas, yo había levantado mi pluma e intentaba escribir una historia. Le daba vueltas en mi cabeza, no quería escribir cosas que estuvieran envueltas en la violencia, no quería escribir acerca de un país que me dolía hasta los huesos, no quería escribir sobre muertos, sobre los que van a pie y no tienen nombre, quería escribir desde adentro, donde las cosas eran muy negras, pero eran mías. Así que lo intente, una y otra vez, pero por alguna razón me acompañaba un sentimiento que me hacía llorar y casi siempre terminaba por escribir, lo mismo: sexo, pasión, armas, drogas, dolor, mi novela no podía empezar de otra forma y se iba construyendo todos los días. Por las mañanas me subía al coche y recorría la ciudad, como quien no busca nada y a veces, por pura casualidad, me encontraba a un muertito. Lo intenté varias veces, hasta que un día comprendí que mi problema era vivir en el norte, y que no se puede escribir de las cosas que no se han vivido, porque entonces las historias no tienen corazón. Estaba empezando a entender muchas cosas, cuando decidí que ya era tiempo de hacer una mudanza y pensé que me estaba traicionando y que estaba traicionando a los que acá viven. Me daba miedo que las ideas no me arrancaran ni siquiera un suspiro. Así permanecí durante muchos días, temblando. No quería partir, pero quedarme, me obligaba a escribir siempre de lo mismo.

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Nunca hablaba de mi pasado negro

No dejaba de hablar, todo el tiempo me la pasaba hablando, hasta que un día, algo me dejo en un perpetuo silencio, como si la vida presintiera su final, hablaba de tantas cosas, cosas que muchas veces no tenían sentido, pero sobre todo hablaba de mis miedos, de mis días en este destierro de sueños, pero nunca decía una sola palabra de mi pasado negro, de esa historia tan compleja y sucia.Supongo que de hablar de mi pasado negro, mis demonios se atragantarían de mí y no volvería a dormir nunca más.

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Eso que algunos llaman realidad

Imaginen una ciudad donde los perros tienen nanas y las personas se tienen que pasar la vida trabajando.

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Las cosas que dan vuelta en mi cabeza

A mí me dejo de gustar la casa del abuelo, cuando él se murió, yo había nacido en esa casa, no por gusto de mi madre, si no por un capricho de mi abuelo. Nací en un cuarto pequeño que al final de la vida del abuelo fue su recamara, en los tiempos de mi llegada era una especie de granero o almacén, no lo tengo muy claro y tampoco tengo muchos recuerdos de ese lugar que no tenga que ver con la recamara del abuelo. Mi adre me parió en el suelo y si ambos estamos vivos fue de milagro, las condiciones eran ideales para todo tipo de infecciones. Mi abuelo tocaba una armónica, le gustaban canciones de la revolución y corridos que involucraban trenes. Supongo que todos tuvimos un abuelo que tocaba algún instrumento. El abuelo siempre fue un tipo duro, pero mi madre se encargo de borrarnos esa imagen y nos enseño a quererle, ella nos decía que no importaba que tan duro fuera el abuelo, lo importante era que se trataba de su padre y que ella lo quería mucho y supongo que debió quererlo mucho porque de otra forma no me puedo explicar tantas cosas, por ejemplo que mi madre huyera de su casa cuando apenas tenía nueve años y volver hasta los 24 cuando me tuvo, no entiendo porque se le ocurrió volver, como tampoco entiendo por qué decidió vivir el resto de su vida cerca de la casa del abuelo, yo no lo habría hecho.
Mi infancia fue una mezcla rara de odio y pasión. La mayoría me odiaba, creían que tenía unos padres ricos y que por eso me merecía ser odiado, lo cierto es que tenía unos padres jodidos y perdón por la expresión, pero mis padres eran igual o más pobres que el resto, muchas veces me mandaron a pedir dinero prestado, casi siempre me iba con el abuelo, que era un hombre trabajador y al parecer siempre guardaba algo de dinero por si hacía falta, cuando estuve más grande me dedique a vender todo tipo de cosas, cosas que supongo no tenían sentido pero yo las vendía, no me gustaba el dinero, sigue sin gustarme pero nunca ha dejado de ser una necesidad, en cuanto a la pasión, eso era algo que lo ponía a todas las cosas que hacía, aunque casi siempre salían mal. Nadie en mi familia había sido un personaje histórico y mucho menos tenían historias que los ligaran a grandes batallas, supongo que ahora es más fácil encontrar a uno que otro villano. Mi abuelo siempre tenía algo que contar y mis tíos al igual que mi madre nunca dejaban de hablar. El abuelo casi siempre nos contaba cómo fue que sus hijos mayores, que eran gemelos se murieron. Fue de tristeza. Era lo que siempre nos decía.
Yo trabajaba en el tendido de las vías del ferrocarril, mi trabajo consistía en ir poniendo los durmientes y luego alguien más ponía los rieles. Fue en una de esas temporadas que me fui lejos y no pude volver hasta que paso un par de meses, los niños se enfermaron de tristeza y cuando llegue ya estaba muertos, ellos se dormían en mi pecho, nos decía el viejo y se saltaba a llorar, supongo que llorar le hacía “evaporar sus penas”.
A mí me daba miedo tener hijos, siempre pensaba que ellos o yo nos moriríamos de tristeza si nos dejábamos de ver. Aún me da miedo, pero supongo que no es otra cosa que el recuerdo de las historias del abuelo.
La muerte del abuelo, me dejo huérfano, me dejo derrotado, sin dirección y triste, fui en ese instante el hombre más triste y debo decir que nunca llegue a creer que mi historia es la más triste, mi historia es hasta cierto punto un tanto sosa y ni siquiera vale la pena contarla y si es que tiene algún valor, no se la encuentro del todo, quizá por eso me aferraba a la idea de las amantes o por lo menos a las historias de putas, suponía que todos los días me metía con una puta y lograba que me contaran sus historias, yo tendría algo que contar, pero la realidad suele ser distintita y poca es la gente que te quiere contar su vida y no porque no pueda o quiera contarla, si no porque la realidad para muchos es que nunca nos pasa nada y si nos pasa nos da pereza recordar y volverla a vivir, que es lo que se hace cuando algo se cuenta. Otras veces llegue a pensar que vivir al norte era una oportunidad única y que debería andar metido entre muertos y secuestros, documentando cada historia. Mi abuelo me dejo una terrible soledad, es lo único que tengo claro.

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Historia breve

Existe en mi memoria un tiempo donde las piernas no eran nada importante, aunque nadie lo crea. Ahora parece que esos tiempos han regresado, aunque debo confesar que casi siempre, me parece imposible no voltear la mirada cuando veo a una chica con un par de piernas hermosas; sucede pocas veces, pero en ocasiones hay chicas que no tienen un par de piernas, pero no por eso, la única que tienen es menos hermosa. En los tiempos de los que hablo al inicio, me gustaba jugar a las canicas, también me gustaba jugar al trompo, pero yo era un pésimo bailador de trompos, así que la mayor parte del tiempo evitaba juegos donde tuviera que tener alguna habilidad. Me gustaba caminar durante largos tramos, me gustaba la oscuridad y la claridad de la luna y la luna misma. Luego le tome el gusto a las vecinas y desde luego que las piernas comenzaron a adquirir ciertas dimensiones. Con el tiempo deje de interesarme en las vecinas y me gustaban los gatos, me seguirían gustando los gatos de no ser porque uno me ataco y me dejo una larga herida, una que no puedo ocultar por más que lo he intentando. Después del gato, regreso el gusto por las vecinas, eso fue más o menos hasta que uno me traiciono, aunque el termino me traiciono, está mal aplicado, porque entre ella y yo nunca existió nada, pero yo nunca logre dejar de sentirme traicionado, si alguien me pregunta porque me sentía así, la respuesta es simple: no lo sé, las piernas de esta vecina eran fuertes, pero a veces he llegado a creer que no tenían belleza, de otra forma no entiendo aún porque las olvide.
Luego ha venido a mi vida un tiempo complejo, no hay vecinas y sí, muchas cosas que fueron moldeando o digamos que me hicieron un tipo diferente. La Navidad, es un gran árbol con muchos regalos y un olor que me hace perder el control, tal vez sea porque mi cabeza parece que va a estallar. Otra cosa que recuerdo de la Navidad, son gritos y frustraciones y unos primos que siempre estaban enojados porque ellos no recibían regalos, yo tampoco recibía regalos, pero eso nunca me importo, mi pequeño mundo era completo antes de convertirse en complejo. A donde quisiera ir, siempre tenía que ir caminando, no había otra forma. Crecía alejado del cine, de los libros y tenía contacto con unas cuantas revistas que no dejaban nada a la imaginación y te dibujaban mujeres casi perfectas y las que no eran perfectas tenían unas medidas que en aquellos tiempos estoy seguro que eran la envidia de muchas, ahora la cosa es diferente, esas mujeres pasarían como mujeres con sobre peso, y hasta un poco feas, quizá sea la moda, pero así son las cosas. Tenía que caminar grandes distancias y era importante que no me agarrara la noche lejos de casa, porque casi todo el camino de regreso era a oscuras. Las noches de luna, era de un placer único salir a caminar. Mi abuelo era un tipo correcto, arañaba la lealtad a diario. Mi abuela era detestable y la verdad es que no era mi abuela del todo, era la segunda esposa del abuelo y le gustaba ser odiada, no recuerdo otro sentimiento hacia ella, no recuerdo haberla abrazado y mucho menos darle un beso. Yo era soñador, aunque soñar casi siempre me convertía en mentiroso, creo que ese vicio no lo he dejado y confieso con cierta vergüenza que es algo que me gusta. No conocí a otros abuelos, mi padre que con el tiempo resulto no ser mi padre, era tan detestable que ni su madre lo quería y si estoy equivocado y en realidad ella lo quería nunca lo demostró o nunca se apareció por la casa, aunque quizá a quien odiaba era a mi madre, pero todo eso ahora carece de sentido. Era una infancia pese a todas las libertades, un tanto raquítica. Me habría gustado ir al cine y leer, desde pequeño creo haber tenido esa necesidad, pero como dije antes, los libros eran un abrevadero prohibido o mejor dicho, desconocido.
De niño quería ser policía y atrapar ladrones, eso gracias a los juegos trillados, tuvieron que pasar algunos años para que las niñas, que ya no eran niñas me invitaran a jugar al doctor, a la mamá y el papá o ese juego interminable al que todo mundo llamaba: las escondidas y aunque el principio era el mismo para todos, según la etapa de tu vida, era la forma de jugarlo, o eso fue lo que me dijeron y supongo que fue en ese tiempo que me aficione a las piernas y también a los besos. Los primeros besos eran una cosa extraña, pero yo sentía cierto gusto, que ahora con los años lo asocio con el placer.

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Imposible desconectarse del mundo

Lo que a veces no entendemos muy bien, es que estamos tratando de salvar nuestro mundo, que nada es personal, excepto cuando hablamos del amor, aunque amor y discusión son cosas personales y son cosas cegadoras, son cosas que terminan por causarnos algo, pero también son cosas que no entendemos muy bien.

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Sueños de libertad

Hay algo de indecente en las cosas diarias de nuestras vidas, algo que siempre esta presente y que en ocasiones ignoramos, no tiene que ver con la forma en la que nos movemos cuando deseamos a una persona, ni en la forma en la que nos desnudamos en nuestra mente para hacer que la persona deseada caiga en nuestras redes, es algo simple y se esconde en nuestra piel, en nuestros sueños y en cada uno de nuestros gestos.

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