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Archive for 18 septiembre 2013

Dios tiene las tetas grandes. No me acuerdo cuando fue, ni tampoco la hora, quizá entre las 9 y 10 de la noche, o algo así, aunque eso no importa del todo.

Todo lo que hacía era llegar y sentarme con un puñado de solicitudes, tenía que coger algunos apuntes para saber con precisión como programar la máquina del tiempo. Es como agarrar un plano y observar calles. En realidad era fácil, si sabías lo que estabas haciendo. Algunos programadores suelen llevarse mucho tiempo entre una ruta y otra, llevan su ritmo y dicen que solo así les resulta imposible equivocarse. Ante ellos yo llevaba mucha desventaja, sin embargo me ajustaba a sus tiempos y a las exigencias de los aventureros. Solía ser el primero en llegar y el último en irme. Nunca tenía prisa.

Después de hacer una programación, había tiempo para todo. Podía sentarme y leer un buen libro, a veces me gustaba leer la poesía de Bukowski, él era experto en Máquinas de follar y llegue a pensar que lo mío era aburrido: Máquinas del tiempo, era como un sueño, algo incomprensible y para algunos todavía un imposible. Mientras dejabas que el programa corriera (por lo regular le dabas de una o dos horas a los aventureros, a menos de que fuera algo especial), tenías tiempo, de comer o de tomar el teléfono y llamar a las amigas. Fue en una de esas programaciones que llego una jovencita, debo decir que las mujeres jovencitas no suelen venir a nuestras máquinas, por lo regulares son personas en la tercera edad y la gran mayoría suelen ser mujeres. Ella, la jovencita ya había venido otras veces. Me contó que le gustaba la ropa sexy, atrevida; cuando iba a solicitar nuestros servicios, nos pedía cosas extrañas y casi siempre, al final de cada sesión nos contaba sus experiencias. Me gustaba. Pasaba a la máquina, le pedías que se recostara, le tocaba la cintura y en ocasiones las rodillas desnudas, incluso podía tocar un poco más arriba y ella sonreía, mientras se movía de un lado a otro, la idea era dejarla en la mejor de las posiciones mientras duraba el viaje. Ella soltaba una exclamación cada que la tocabas, ¡OOOOOOOhhhhhhhhHHH!, y suspiraba muy fuerte, me atrevería a decir que hasta se sonrojaba. Se sumergía en un sueño placentero, pero antes volvía a decir: ¡OOOOOoooooh, muchas GRACIAS!

La mayor parte del trabajo lo hacíamos por la noche o por la madrugada, el viaje resultaba más preciso en esas horas, aunque no tengo idea de porque era así.

Ella se levanto de la cama de programación. Tenía el vestido húmedo(un mini vestido que te dejaba ver más de lo que pudieras imaginar), y era claro que estaba excitada. Me la había puesto dura.

—Dios tiene las tetas grandes y hermosas—dijo ella

Las historias. Las historias. Los perros. Los sueños. Ella en esa ropa tan sexy.

—¡Otra vez! ¡Hazme viajar otra vez! —dijo ella—mientras se tocaba su humedad. Llévame a la cruz.

Me dieron ganas de decirle que eso era imposible, que tenía que programar una cita, que había gente esperando su turno desde hacía muchos meses y que tenía que comprender. Sin embargo no resistí la tentación de volverle a tocar las piernas, las rodillas, los muslos y porque no las tetas. Ella estaba excitada, y a mí me dolía, el que estuviera tan dura. Salí de la sala y le dije a la persona que estaba en espera que el equipo se había desajustado y que me llevaría parte de la noche en volverla a calibrar. Le ofrecí una cita abierta a cualquier hora del día. No hubo problemas aparentemente.

Otra vez, de vuelta a la máquina del tiempo. Es donde ahora estaba ella. Es una noche complicada; relámpagos, truenos, lluvia intensa. Apenas puedo ver el nacimiento de sus pechos desde la posición en la que estoy, no puedo ingresar a la sala donde ella se encuentra porque la mínima variación cambia el rumbo y un aventurero se puede perder. Desde el sur del río Bravo, hasta la otra frontera, la lluvia no deja de silbar, es esa música que no tiene fin y algo taladra ese lugar que es mi conciencia y vence sus cerraduras. Dios tiene las tetas grandes y lo imagino en la cruz, con su corona de espinas, mientras que nadie lo viene a buscar porque tiene las tetas grandes, porque Dios no era hombre sino mujer y nadie lo encuentra porque no saben que buscar. Los años que llevo encima me desmayan, sigo tan duro como al principio y el dolor me lastima y se que tengo que continuar con el viaje que le he trazado, pero quiero sacarla de la máquina y contarle de mis pesadillas, de esta realidad diaria y nada inventada, quiero contarle que decidí no esperar más, que deseo su aliento desde la primera vez que la vi, pero mi imaginación me detiene. Observo. Puedo observar porque ella me regala una imagen y Dios está en la cruz, con su corona de espinas, sangra, llora y tiene las tetas grandes. Huele a paraíso, mientras alguien ha moldeado el cuerpo de ella, lo ha hecho casi perfecto a semejanza del Dios que tiene las tetas grandes y descubro que ella es lo que he soñado cuando digo tener los pies sólidos, en la misma arcilla que nos dio forma.

En el fondo yo quería hablarte de los perros, de esos perros hambrientos que no abandonan sus calles. La chica se despertó, tenía el rostro de una mujer feliz (si alguien no ha visto nunca a una mujer feliz, no sabe lo que se está perdiendo), el vestido estaba más húmedo que hace un rato. Ella se acerco hasta mi. Me tomo entre sus brazos y me dio un beso.

—Gracias —dijo ella, mientras que olías sus humedades—. Si quieres puedes venir por lo que queda de la noche a casa. Agrego.

Subimos la escalera que lleva a su departamento, ella subió por delante y me dejaba ver en su entrepierna. El recorrido no podía durar eternamente, pero lo habría deseado. Entramos. Me tomo entre sus brazos y volvió exclamar: ¡OOOOOOOOhhhhhhHHHH!, nos quedamos sin ropa. Dios tenía las tetas grandes y ella era a imagen y semejanza de Dios. Perfecta.

Al otro día, tendría que regresar a esa absurda realidad, a programar viajes en la máquina del tiempo, mientras que alguien se estaría divirtiendo con la máquina de follar de Bukowski, por un segundo pensé que la vida no tiene sentido sino vives inmerso en esa realidad que te corresponde, por muy agria o triste que nos parezca. Huele a paraíso me dije al llegar y era cierto. Ella esta ahí y me recordaba las tetas de Dios. Ella era perfecta.

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Algunas veces la máquina del tiempo suele fallar. Como todas las maquinas. Solo que sus fallas traen consecuencias impredecibles. Pasados confusos, eventos borrosos y en algunas ocasiones meten a los aventureros en futuros inciertos. Su funcionamiento parece fácil. Recuerdo que en una ocasión vino un tipo con una solicitud especifica. Día, año y hora, minutos y segundos, a mí me pareció el colmo de las excentricidades o mejor dicho una obsesión sin precedentes. Pedí ayuda a mi supervisor en jefe, pues la tarea era un tanto complicada aún para mí.

Mi supervisor en jefe es un tipo que tiene la cabeza grande, parece el personaje de una película de dibujos animados. Yo le llamo cabeza de piedra.

La máquina fue programada de acuerdo a las exigencias de nuestro aventurero, pero como dije antes cualquier variación por leve que sea, distorsiona los resultados. Mi supervisor en jefe andaba pensando en alguna novia o tal vez en una nueva amante, lo de novia creo que es un término excesivo. Llevaban saliendo un par de meses y ella le había confesado lo terriblemente enamorada que estaba de él. Ella se compro una moto y le pidió a él que le enseñara a manejarla, lo cual le ocasionaba más problemas de los que él esperaba con su chica. La situación fue la siguiente. Programó la máquina del tiempo de acuerdo a las especificaciones deseadas, solo que cometió un pequeño error, pues mando a nuestro viajante a una ciudad totalmente desconocida y en una circunstancia de lo más extraña para él y para la mujer que estaba a su lado en ese instante. Ambos estaban desnudos en la cama de ella.

La mujer estaba casada, su marido bien podría estar de viaje, pero no era así, sin embargo, ellos (la mujer y nuestro aventurero del tiempo) estaban a punto de cometer adulterio. Ella sufrió un ataque de pánico y antes de que pudiera suceder algo se murió. Cuando regresamos a la época actual al viajero descubrimos que algo había salido mal, él no se podía mover y nos dijo que había sufrido un accidente mientras se divertía en una alberca. Un clavo y malos cálculos le habían roto el cuello. Tampoco se acordaba quien era él. Fue trasladado al hospital que la compañía tiene contratado para este tipo de problema, fue internado en el área de terapia intensiva y 72 horas después se murió. Las imágenes que se obtienen del viaje que realizan nuestros consumidores se logran obtener através de una banda de sonido y de alineación de protones, se movilizan algunas moléculas de agua y los ruidos que se producen durante todo el trayecto y el tiempo que dura el viaje son capturadas por una antena, para al final darnos una serie de imágenes que documentan el viaje. En esta aventura, las imágenes estaban un poco distorsionadas, pudimos a la mujer cuando estaba con él en la cama y ambos estaban desnudos, pudimos ver el momento exacto en el que ella muere y el curso de la historia se modifica. Lo vimos a él saltar desde un trampolín de tres metros y de cómo se pegaba en las cervicales y estas seguramente se rompían. Y con esa mala programación cambiamos el curso de la historia y de las vidas involucradas con ellas. Ese era parte del riesgo y por lo regular nos amparaba la ley pues casi siempre pedíamos antes de programar cualquier cosa que los aventureros firmen una carta de consentimiento, donde se les informa de todos los riesgos que se corren y de la posibilidad de alterar el rumbo de sus historias. Todo mundo la firma y a veces creo que nunca la leen.

Salí del lugar y busque a mi chica, estaba tan enojado que me tome el resto del día libre, desde luego que no recibiría un solo centavo. Me fui con ella a un bar y bebí hasta perder el conocimiento, nos fuimos a su casa y nos pusimos hacerlo hasta que ya me dolía la espalda. Tenía tantas ganas de llorar.

El supervisor en jefe me dijo que tendría que esperar una temporada más para poder hacer el trabajo solo, tal vez espere más de lo que debía. Todas las mañanas iba con la intención de aprender algo nuevo, pero él me ocultaba los controles de las máquinas y programa cosas raras, cosas que nunca antes había visto pero que seguramente a él le parecían tan naturales y tan sencillas. Un día sin más, comenzó a gritarme y entonces las cosas tomaron otra dirección.

Cuando le dije a su jefe de las complicaciones que estaba teniendo con mi supervisor, me dijo que era imposible, pues el supervisor era un hombre bueno y que nadie lo podría mover de su puesto. El jefe de mi supervisor se llamaba HT, y yo le decía hijo de puta cabeza hueca.

Me tuvieron por tres semanas esperando para que me pudieran dar otra oportunidad para comenzar a programar de nuevo la máquina del tiempo. Mientras tanto me pusieron a trabajar por las noches en tareas de mantenimiento y limpieza de los equipos. Cada que me topaba con mi supervisor en jefe me gritaba, casi siempre en los pasillos donde todo mundo se daba cuenta, a mi no me importaba nada de eso. HT insistía que el supervisor en jefe era un buen hombre y que en la empresa valoraban su trabajo. Yo sabía que él no era del todo honesto.

—Está bien el supervisor en jefe es un buen hombre —dije—. Y entonces al otro día me dejaron seguir aprendiendo a programar la máquina del tiempo. No era la gran cosa si entendías muy bien algo de arquitectura básica del comportamiento de las personas y de cómo se estructuran los cuerpos.

Durante todo ese tiempo no veía a mi novia y no tenía deseos de estar con alguna mujer, terminaba la noche molido y lo que me quedaba del día lo ocupaba para beber o para perderme pensando en lo que había pasado con la alteración del orden natural de la historia. Existe un punto cuando programas un viaje en el que puedes hacer retornar al aventurero sin que nada se altere. La máquina produce un ruido peculiar cuando todo va bien, pero si algo se altera, comienza hacer ruidos extraños y ese es el momento de regresarlos al punto de origen, eso a mi supervisor en jefe no le importo lo más mínimo y quizá por eso las consecuencias de ese viaje me seguían molestando. Mi supervisor en jefe alego en su defensa que la máquina se había des calibrado y que en el momento de ese viaja estaba en calidad de descompuesta y necesitaba de ajustes. El ingeniero de aplicaciones dijo que todo trabajaba a la perfección. Yo extrañaba a mi chica, tenía ganas de hacerlo, de pasarme la noche a su lado.

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Empecé por equivocación. No hice un examen, solo empecé. Nada tiene ese comienzo fácil, pero a mí me parecía que todo era fácil. Yo esperaba todos los días acostarme con alguien, con una chica diferente y no me preguntaba si era posible hacer otras cosas. Luego cuando pasa el tiempo las cosas se tornan aburridas, simples, incluso hasta predecibles.

Me propuse escribir una historia, no recuerdo si una historia a lo largo de mi vida o de mi vida o una historia al día, no lo recuerdo porque olvidar no supone ningún esfuerzo y eso me gustaba. No esforzarme. Con el tiempo me pregunte de qué demonios iba a escribir, sino me había acostado con tantas chicas o peor aún, me había pasado la vida contemplando la posibilidad de acostarme con ellas. La vida diaria se torna aburrida para escribir acerca de eso, es decir: me levanto, hago estiramientos, me baño, como algo, voy al trabajo si es que tengo trabajo, regreso a casa, me recuesto y espero a que llegue el próximo día, eso no solo es aburrido, sino que se convierte en algo mortal. La otra cosa si quería escribir era inventar historias o apropiarme de ellas cuando alguien más me la cuenta, pero casi siempre esas historias no tenían mucho sentido, así que no tenía ni puta idea de lo que tenía que hacer para escribir sino una historia diaria una historia que pudiera contar algo de mi vida. Por un momento supuse que la cuestión auto biográfica me vendría bien, pero insisto, no tenía mucho que contar o eso es lo que yo creía.

Así que un día me levante y me dije que ya bastaba de esta idea de pretender escribir, tenía que tomar una decisión o escribía o me olvidaba de ello. Yo quería escribir acerca de chicas y lo que significaba acostarse con ellas y de que ellas me contaran sus historias, eso era lo que yo deseaba pero parecía que esa situación me resultaría imposible. Luego pensé en algo experimental, algo así como la vida diaria, pero dotado de carácter, de esos elementos que solo se pueden encontrar en la novela. El caso es que por un segundo decidí olvidarme de la idea de escribir, eso era equivalente a caminar desnudo por el desierto más complicado y por si fuera poco sin una gota de agua. Era una equivocación, no se puede nombrar de otra manera. Así como empezó todo. Desde luego que yo habría preferido acostarme con algunas chicas e intentar descubrir cuantas historias tenían escondidas para mí.

Era la peor época del año, mucho calor. Me enteré que había trabajo, que todos los años contrataban a alguien nuevo, a cualquiera que se presentará, no importaba si tenían conocimientos previos o si tenían alguna puta idea de lo que se trata el cuerpo humano, me refiero a su arquitectura. Bastaba con presentarse y decir que tenías muchas ganas de aprender. Un trabajo, eso fue lo que pensé, mientras tomaba la decisión de presentarme. Solo tenías que ir, aprender a manejar una máquina y ellos te llamarían de vez en cuando para cubrir las ausencias de su personal, ya sea porque el calor era insoportable o porque habían salido de vacaciones. Por lo regular invertías unas cuantas horas. Fui. No recuerdo muy bien quien fue el que me conto acerca de la posibilidad de ese trabajo, debió ser alguna equivocación más la que me llevo hasta ese punto. Cuando llegue me preguntaron si tenía puta idea de cómo estaba organizado el cuerpo, yo dije que sí, que tan complejo puede ser el identificar, donde quedan: los labios, las tetas, las manos, las nalgas, las piernas, la vagina. Ni bien dije eso y pasamos a la siguiente etapa, el manejo de la maquina. La cosa era simple tenía que invertir tres días de mi vida para que un supervisor viera mi desempeño y pudiera decidir si me quedaba o no en el proceso de aprendizaje. Bien podría haber estado tirado en el suelo y el supervisor me habría dicho que continuara con el proceso, creo que él al igual que yo, no tenía ni puta de idea de que se trataba todo esto.

Creo que fue a mi segundo día que descubrí de que se trataba. Llego una mujer muy hermosa(para mí todas las mujeres son hermosas, sin entrar en detalles), parecía un poco chiflada pero estaba convencida que aquello era lo mejor para ella. Mi asesor comenzó a programar la máquina de forma magistral, si lo hubiera visto mi supervisor se habría muerto de la envidia y pocos minutos después tenía aquella mujer hermosa totalmente desnuda y jadeando sobre la maquina.

La mujer no dejaba de hablar, habla y hablaba. Fue entonces que entendí de que trataba todo aquello.

Estaba recibiendo capacitación para manejar una máquina del tiempo. Ya sé que en estos momentos suena un tanto absurdo, sobre todo después de todo lo que he dicho. La mujer había perdido a su marido hace algunos años y se resistía a que su memoria se lo arrebatara. Ella decía que él, el marido estaba en una ciudad lejana y que ella cuando se sentía solo, programaba una cita y se metía a la máquina, pero que últimamente era tal el éxito de la máquina que tenían que hacer largas esperas y que eso no le gustaba mucho. Se sentía sola y vivía en una casa que me quería mostrar, que aunque lograba remontarse al pasado, ella tenía claro que no existe mejor realidad que el presente. Me dijo: te espero esta noche.

Le dije que no tenía ni idea de dónde encontrarla y que además yo estaba siendo capacitado para manejar la maquina así que mi experiencia era casi nula.

—Hablo del presente querido —dijo ella—pasa por la noche a mi casa y te explicare algunas cosas que no saben los que manejan esas máquinas.

Yo estaba saliendo con una chica. Las cosas nunca suelen ser perfectas y casi siempre se complican. Me estaban enseñando a manejar una máquina del tiempo y me preguntaba si sería posible hacer un viaje, no muy lejano unos quince o veinte años atrás, había dejado algo pendiente y tenía claro que no había otra forma de resolverlo.

—Dónde nos vemos —le dije.
—¡Odio que me hagan esa pregunta! —dijo ella—pero tienes razón, aún no te digo donde.

Escribió la dirección en pedazo de papel y antes de entregármelo pinto sus labios en el. La busque esa noche y quizá dos o tres más, pero una vez que sucede, comienzas a perder el interés, el sexo era bueno, digamos lo justo para una mujer como ella, no había nada de que sorprenderse o eso fue lo que pensé. Perdí el interés y ella comenzó a interesarse por mi posición. Si me hubiera pedido dinero la cosa no habría llegado tan lejos, una noche habría bastado, yo me habría sentido defraudado de tener que dejarle mis pocos pesos por algo que suponía placentero para ambos. Pero a ella lo que interesaba era tener más turnos en la máquina y eso no estaba en mis manos, además yo creía que lo justo era hacer una cita y esperar el turno correspondiente, era quizá lo más justo.

Me resultaba imposible dejar de pensar. Todo lo que hacen estos operadores de las máquinas del tiempo, ni siquiera tenía idea de su existencia y ni puta idea de lo que significaba cada parámetro que el técnico correspondiente programaba, lo único que tenía claro es que siempre resultaba y los “clientes”, salían satisfechos del lugar. Todas las chicas a la mano. Era definitivo, ese era un trabajo para mí, sí, sí, un trabajo para mí y con ello quizá podría escribir la historia que tanto estaba deseando.

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Yo podía jurar que me faltaba ella. Sin embargo se desnudo ante mi mujer, le dijo que su cuerpo se le antojaba, que le parecía idealmente bello, sagrado, erótico. Le dijo que la había soñado tantas veces, y que su cuerpo tenía una figura ideal, además de que siempre despertaban dormidas, abrazadas, en la misma habitación. Ella escribía en su diario: “tu cuerpo es una virtud hasta antes desconocida, por mí, no me lo niegues jamás”. Lo de ella era un egoísmo, una forma de relación basada en la dependencia, en la búsqueda de seguridad, no sentía celos, no odiaba la rutina y soñaba con ese enclaustramiento mutuo, desde luego con mi mujer. Quizá lo mío era una utopía colectiva, es decir expresaba mis deseos sobre su cuerpo, la de ella no era muy diferente, tal vez nos queríamos anestesiar de esta vida que nos trae todo el tiempo con la necesidad de algo más, de algo no tan sagrado, prohibido. Lo de ella era un enamoramiento fugaz, un salvase quien pueda, un amor superficial, rápido, intenso, para después chocar entre si y dejarme desbastado, porque ella no solo me había negado la posibilidad de tenerla en mis brazos, sino que había terminado por seducir a mi mujer. Ella mi vecina de la que tanto he hablado.

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Me jode que sea tan guapa o que me guste tanto, supongo que es lo mismo. La primera vez fue cuando teníamos que hacer el amor, pero dejamos que entre los dos se aproximara el tiempo, el silencio, las historias cortas de nuestras vidas. Nos dejamos sorprender por la nevada del deseo, eso fue. Ascender con ella, en ella, uno o el otro en los aires, dejar que nuestros tejidos se desgarraran, transmutarnos, bañarnos en nuestras húmedas, eso deseaba; pero teníamos que confundirlo todo, ella pensó que yo era rico y por eso, solo tal vez fue por eso que ella quiso sacar provecho, yo pensé que ella era perfecta y la quise para mi amante estable, pero ni yo era rico ni ella la perfecta amante estable y nos engañamos durante un largo tiempo, quizá más del debido. Yo la deseaba, ella no me deseaba, la deseaba y le había hecho la promesa que conmigo su vida sería inolvidable, no sé muy bien si feliz, pero si inolvidable. Después de eso todas las mujeres me parecen que pueden ser mis amantes, pero me detiene el miedo de perderme entre sus brazos…

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Me gusta la forma en la mueve su cintura, esa zona estrecha de su cuerpo. Una mujer, eso es ella, sonríe cada que nos vemos, a veces no sé, si me hace un gesto o una invitación. Es memorable verla abrazada en sus vestidos, casi siempre del mismo color del cielo, añadiría a todo esto que me gustan sus pies, no por pequeños, sino por lo hermoso que se ven en su cuerpo. Cuando la veo tengo ganas de quedarme con ella, es una cosa que tiene que ver con el naufragio, con la historia de Ulises y las sirenas, me siento hechizado y supongo que la vida sin ella no tiene sentido. Apenas despunta el día, salgo a buscarla, llevo preparada la sonrisa y me olvido de mis intenciones de poeta, no soy capaz de articular un verso, pero mi deseo por contarle lo que siento, lo que sueño, se apoderan de mí. No lo hago, no cuento nada, solo le sonrió y sigo corriendo; a veces creo que sería mejor quedarme abrazado de un árbol y verla pasar hasta que se pierda de mi vista, todo ella me parece perfecta. Me hace pensar en mi infancia, en los peligros que me dijeron que descubriría a lado de una mujer como ella, delgada, alegre, labios rojos e intenso, pero no por los efectos de un labial, sino por el contraste de su piel. Alguien me había dicho que si una mujer me enseñaba los pies, era porque la maldad habitaba en ella y porque el diablo estaba suelto y desde niño me sentía atrapado en la orfandad, porque todo mundo deseaba sacarme de ese supuesto infierno. Todos las mañanas quería tener un pretexto para sacar de sus labios un beso fresco y perderme en las humedades de su cuerpo. Pero hasta ahora me parecía imposible.

La otra mujer es diferente. Me cuenta sus historias y me dice cada que puede, que conmigo le da miedo intentarlo, porque la envuelvo con facilidad, jura que de ser vendedor ya me habría comprado lo que yo estuviera vendiendo. Me gana la risa. Le digo que yo le quiero vender noches apasionadas, que me interesa arder en el infierno, y en su cuerpo, le digo tantas veces que la forma más fácil de llegar al infierno es: fornicando o siendo infiel o deseando a la mujer de otro; lo que me extraña es que se diga que si deseas a la mujer de otra te vas al infierno, pero nadie ha dicho que si una mujer desea al hombre de otra se va al infierno, parece que las mujeres no tienen entrada en el infierno, al menos no por desear al hombre de otra y entonces yo le digo que ella no me puede desear porque entonces yo no me iría a ese lugar del que tanto hablo. Se rió. Me pongo nervioso. No le gusto yo. No sé cómo explicarlo, tampoco son las cosas que le cuento, yo creo que ella vive en un mundo raro, siempre deseando al hombre de otra, siempre soñando en el amor y negando su existencia, siempre diciendo que está enamorada y que la persona con la que esta se complementa a la perfección. Ella no me desea y no sé si eso me alegra o debería preocuparme. Yo creo que ella me ha tomado la medida y me miente, lo hace siempre, me hace pensar que lo nuestro es imposible y cuando ya estoy del todo convencido, vuelve a la carga y me convence de lo contrario, y entonces mi mundo no tiene sosiego y no dejo de pensar en ella, este lo que esté haciendo. A veces me toma de la mano y riendo me lleve de donde este, se esconde conmigo y me besa, me espanto, ella se da cuenta pero no hace nada, mientras espero que ella quiera que nos refugiemos en casa y pienso en su cintura que no es estrecha, pienso que el diablo se la llevara a su casa agarrado de ella, de su cintura. Supuse que no hacemos el amor porque ella no sabía hacer ochos con su cadera o porque tenía miedo de este remolino que me habita. Eso era lo que pensaba, hasta que me dijo; hoy es el día y yo le dije ahora es imposible, ahora tengo miedo, ahora me he perdido al ver los pies de otra; pero sucedió y eso nos llevo a los silencios, a las historias truncadas, a nuestras pasiones perdidas y cuando nos vemos nos resulta clara la necesidad de deshacernos de esa vida. Ella efectivamente no sabe hacer ocho con sus caderas pero me provoca la más absurda de las metáforas y mi lugar en el infierno está asegurado porque es la mujer de otro, porque la he deseado, porque hemos fornicado, aunque de forma gratuita.

La tercera de estas mujeres tiene esa facilidad para sacarte de quicio, sin embargo me volvía loco. La primera vez que le llame por teléfono decidió no contestarme. Siempre me llamaba peloncito y en respuesta a esa “muestra” de cariño yo la llamaba peloncita. Ella me reclamo un día, diciendo que no era ninguna peloncita y le dije que así la imaginaba y a ella le parecía de mal gusto el que alguien la viera sin su cabello, le dije que yo la imaginaba peloncita, pero no de la cabeza y entonces se puso roja. Me gustaba. Le volví a llamar y me dijo que no me había contestado, que escucho el teléfono, que sabía que era yo y que en ese momento decidió bañarse. Me gustaba esa manera que tenía de moverse, su cintura no era tan marcada y su piel pecosa despertaba mi imaginación más sucia. Le gustaba el halago, que le coqueteara, todo el tiempo me estaba buscando, me reclamaba sino me afeitaba. Yo no tenía muchas cosas que contarle o mejor dicho tenía tantas cosas por contar, pero no quería hacerlo con ella, porque despertaba en mí una pasión desesperada y seguir platicando me provocaba una erección que hacía que me doliera hasta el roce con la ropa. Nos gustaba provocarnos, tocarnos las manos, contarnos una que otra tontería o ella me hablaba de su novia y yo sentía celos, no porque estuviera con otra mujer y no estuviera conmigo, eso en realidad no tenía importancia, los celos era por las cosas que hacía con su novia y porque yo no podía estar con ella. Muchas veces sentía vergüenza por mis deseos, pero muchas veces ya me había visualizado en los brazos del diablo gracias a esa debilidad que me tenía todo el tiempo deseando acariciarla, y perderme en ella, en esa parte peloncita. La llame por segunda vez y me contesto como ajena, me dijo que no lo esperaba y que tenía mucho sueño, yo no deseaba dejarla dormir, pero termine por aceptar sus deseos. Fue un día nublado quizá solo llovía sobre su casa, quizá el cielo estaba triste porque ella y yo nos había condenado, ella había deseado al hombre de otra, aunque eso no era condición para irse al infierno y yo no había deseado a la mujer de otro, pues ella era de otra, por esa razón ninguno de los dos estaría condenado; pero se nos ocurrió fornicar y eso nos dejaría para siempre marcados. Después de eso entre los dos las cosas se tornaron distantes. Entonces ella levanto el auricular y siguió haciendo su trabajo. Yo estaba perdido en la belleza de esos pies que podía ver todas las mañanas, yo estaba en camino a desgarrarme por permanecer en ese demonio de cuerpo llamado mujer, mientras nos durara la vida.

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Ella me escribió desde una ciudad tranquila, no es que estuviera enojada con el amor o que el amor se estuviera alejando de ella; me dijo que tendría que asistir a esa ciudad y que tendría un cuarto cerca de un río y que a veces quería dejar de asistir a clases, pero sentía que ya era muy tarde para eso. Se pasaba todo el día esperando, a veces no dormía porque las esperas daban fruto todo el tiempo. Me dijo que las mujeres de ese lugar, tenían un cuerpo perfecto y que tenía ganas de escribir cinco poemas a diario o tal vez pintar. Ella quería pintar los cuerpos de esas mujeres, pintarlas al desnudo, tocarlas, acariciarlas, sentir en su piel la piel de ellas, y perderse en esos olores que le recuerdan lo lejos que estamos el uno del otro. Ella estaba a punto de quebrarse cuando se fue. Tenía deseos de llorar. Ella que recordaba al francés con el que paso un par de noches cuando estuvo por primera vez en Europa o tal vez al Brasileiro que le enseño lo intenso de la poesía en portugués y el puto pueblo, porque eso era, un puto pueblo que no merecía llamarse ciudad y donde calentar el agua era un lujo, algo innecesario, algo que parecía imposible en estos tiempos, donde un niño juega con su despreciable iphone y cada vez que tiene dudas, le pregunta por esto o por aquello. La confusión era el problema de Dios, para nosotros la locura el tema preferido, no había vida sin esa locura. Como no sabía que decirle, le conté mi secreto, le dije que las historias estaban en caída libre, pero que otras cosas me estaban impulsando, mi secreto desde luego no era algo para llevarse a la tumba. Así que me senté y la imagine en esa ciudad; ella fumaba el quinto o tal vez el sexto cigarro, ella se movió, quizá me había percibido, le dije: debes tener cuidado con ese amante que te viene siguiendo, es como tu sombra y te puede matar.

Entonces yo le escribí, le dije que los amantes suelen suicidarse, que la vida sino tiene ese sabor amargo no es vida, es solo algo maquillado, que yo prefiero mil veces la traición y que no puedo olvidar tantas cosas: las paredes rayadas, las marchas de los inconformes, las putas, el dolor cuando la muerte llega y el dolor porque la vida llega, los bares, mi cama, su cuerpo, y lo que entre los dos se ha movido, algo vivo, algo intenso. En realidad el amor es un suicidio, fue lo que le dije y los amantes son sus fieles representantes, aunque a veces hay cosas peores.

Ella me escribió una carta desde una pequeña ciudad, su cuarto estaba cerca de un río. Me dijo que muchas cosas no tenían sentido, que a veces despertar a las cinco de la mañana y no escribir un solo poema, le resultaba cruel. Su poesía se había perdido hace algunos años, los amigos se estaban alejando, era tal vez una caída, algo sin sentido pero la tenía alterada.

Yo me había olvidado de algunas cosas y creo que estaba intentando matarme, no lo puedo explicar porque es algo frío y lleno de crueldad, y no me refiero a que tenía en la cabeza un arma, matarme era irme olvidando del mundo, volverme loco y era imposible no volverse loco o no beber o no desesperarse. Mi vida no era gloriosa, quizá era la vida de todo aquel que intenta ser escritor. No lo sé, otras gentes tal vez experimentan esta sensación. Le escribí a ella y le dije: todo está bien, tal vez soy un estúpido por decirlo, pero fue lo único que se me ocurrió en ese momento y no paraba de reír mientras lo decía. De ella, de la mujer, poco puedo decir, duerme en una ciudad que aborrece, platica con seres imaginarios que pueblan ese lugar e intenta robarles sus historias y sus sueños, ella últimamente no ríe y llora cada mañana que amanece con los brazos vacíos.

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