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Archive for 31 agosto 2011

¿Será que la publicación de la violencia a superado las expectativas de la pornografía? Hace un tiempo uno hablaba de la pornografía como algo emocionante, inquieto e incluso nos escondíamos si se nos ocurría comprar una revista con el tema, ahora, todo mundo habla de victimas, victimarios, y otro tipo de violencia y ya nadie nos dice acerca de sus inclinaciones por la pornografía y no me queda más que decir: ¡Qué tiempos aquellos!

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¿Por qué todo mundo quiere opinar acerca de la vida de un país enfermo? Desde luego, lo que nos sorprende no es la vida de un criminal, ni todo lo que los motiva a la comisión de sus actos, lo que nos sorprende ya no es el hecho de que le corten la cabeza a un sujeto/a o que alguien amanezca colgado de un puente, o incluso que un adolescente sea capaz de matar a quien se le cruce en el camino; no nos sorprende que maten al hijo de un poeta o incluso que maten al poeta o que el comandante de un ejército olvidado diga que extiende su brazo y apoya a todo movimiento que nos haga un país mejor. No me sorprenden muchas tantas cosas en los tiempos de elecciones, no me sorprende que en una cuantas hora, el servicio de inteligencia del país, de nuestro país o el servicio de inteligencia de cualquier otro país interesado en los asuntos de su país vecino-patio, resuelvan todo tipo de investigación sobre todo si esta investigación tiene que ver con el crimen organizado. En conclusión que nos digan que han detenido a los autores materiales de la muerte de inocentes en el ya tan sonado casi regiomontano, no es novedad, al menos a mí eso ya no me sorprende, quizá si dijeran que han detenido al autor intelectual de tan horrible actos, tal vez y solo tal vez me quedaría con la boca abierta, pero la verdad es que ya ni eso me sorprende. Que algunos señalen a funcionarios corruptos, tampoco me sorprende, y sin embargo a veces albergo esperanzas de que esto termine en un abrir y cerrar de ojos y que yo empiece a dudar si en verdad ha estado sucediendo o se trata de un crudo, cruel, triste y hermoso sueño. Después de todo soñar hoy en día es deporte nacional

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Me pregunto si legalizar el consumo de marihuana lograra controlar toda la violencia que estamos experimentando. Es decir la pregunta va en el sentido de que si la legalización, sea la solución de todos nuestros males y si nuestros males tienen que ver con el consumo ilegal y el tráfico de marihuana o se tienen otro tipo de problemas. Yo no estoy en contra de la legalización del consumo de drogas, tampoco me importa quien la consume y si daña o no a su vida o los supuestos niveles de adicciones. Lo que si me importa es saber si dicha legalización, nos llevaría también a legalizar los secuestros, los secuestros exprés, la quema de guarderías, la quema de casinos, los cuerpos desmembrados o niños asesinos, es decir toda la violencia no está contenida en un solo hecho, porque las bandas criminales hoy en día están muy bien organizadas en diversas áreas en la comisión de todo tipo de delitos y por lo que se puede ver, cada día va en aumento y al pararnos cada día nos preguntamos, ¿Cuál será lo sorpresa el día de hoy? Legalizada o no, esa no es la solución rápida para el país, es apenas la punta del iceberg. Quien quiera droga que haga su lucha por conseguirla y por lo pronto que nos dejen tranquilos, es lo que les pido.

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Conforme me asomo a mi pequeña biblioteca descubro una pila de libros que seguramente nunca he de leer. La cosa es tremenda porque todos los días se me ocurre que deseo tener otros y otros y nunca terminan las ganas por llenarse de lecturas interesantes, inteligentes, constructivas. Quizá debería renunciar a mis actividades primarias y regresar a lo que ahora son mis actividades secundarias, en el fondo muchas de esas cosas primarias no son otra cosa que una absurda vanidad, algo sin sentido que no me lleva a ninguna parte y de paso me estaciona en una edad tantas veces deseadas pero que vista hoy de cerca, me parece algo hermosamente atroz. Al diablo con la edad, con las intermitencias de la muerte, con las actividades primarias que deberían ser secundarias, al diablo con todas esas historias que a diario se me escapan de mi imaginario y se convierten en historias jamás contadas.

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Uno o dos intentos más antes de decir que en este día no he logrado escribir más de una línea o que el cuento que tanto he luchado por escribir quedara inconcluso. Despues de todo qué sería del escritor sin estos intentos

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Existen días para olvidar, pero hoy no fue un día de esos sin importar la violencia o los malos ratos, sin importar otra cosa que la vida diaria, la vida sin ese sentido y con toda la pasión a la mano.

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Nos dicen tantas cosas y mientras, nosotros, los que antes solíamos llamar los de abajo, pero que ahora somos todos o al menos un todo más general, nos ponemos a temblar. Nos dicen que tenemos la culpa por no denunciarlos, por ir al punto (ese puede ser un lugar donde se vende gasolina robada o incluso droga), nos dicen de alguna forma que pensemos en convertirnos en “Halcones”, aunque ese término está reservado para gente que trabajo para el crimen organizado, nosotros por el amor a nuestro país debemos convertirnos en “Caballeros Águilas”, aunque eso de ser soplón a nadie nos gusta. El caso es que nos culpan, y mientras eso sucede, pues nos matan y uno no puede exigir que no nos maten, apenas y podemos exigir la renuncia de un funcionario público, renuncia que sabemos que no va a ocurrir y el consuelo que nos queda es que ese mal no puede durar cien año y si así fuera, la otra posibilidad es que hasta hoy no hay nadie que resista un mal por tantos años, sea como sea existe la esperanza. Pero nos dicen culpables por entrar a un casino y dejar nuestros dinero (al menos eso parece que sucede en esos lugares), porque para una gran cantidad de gente esos lugares son de “ellos”, de los malos y nosotros al entrar a esos sitios contribuimos a que perduren haciendo el mal. No, si el problema no está en quien o quienes son los dueños de determinados negocios, que va desde “ordeñar” ductos de Pemex, vender películas piratas y el negocio que es rey en su categoría: el tráfico de drogas. El caso es que somos culpables por fomentar el enriquecimiento ilícito y lo cual dicho de manera cruda está muy bien, uno al escucharlo siente ganas de llorar, se llena uno de tristeza, pero eso no resuelve nada, uno debe estar enterado de quién y por qué algunos tienen ciertos negocios.  Así que si nos matan es nuestra culpa y una larga lista puedo mencionar en este momento, de lo que se supone que es nuestra culpa y ojalá que no nos digan que parte de nuestra culpa es y fue haber nacido en este país, yo, al menos no quiero irme y a veces no veo otra salida, que huir, salir de estos terrenos. Pero si nosotros sabemos de quien son esos negocios, mi pregunta es: ¿por qué ellos, las autoridades, no tienen idea de los dueños de los casinos y por qué no los aprenden? Después de todo ellos al igual que yo nos pasamos suponiendo mil cosas, pero en la realidad, todos sabemos que es necesario demostrar la realidad que nos toca vivir y reconocer nuestras culpas, mucho antes de que alguien venga y nos la eche en cara.

Yo no soy culpable, al menos no soy el culpable de los miles de muertos, yo no aposte porque los terroristas intenten tomar el poder y con ello, hacer de nuestras vidas lo que se les venga en gana.

 

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Se vende país en ruinas, pero se advierte que no cualquiera lo puede comprar. No es una cuestión de racismo o de querer pertenecer a una élite determinada. ¡No!, nada de eso, es una necesidad por deshacernos de lo que ya hemos hecho mal. Se vende el país, porque este es quizá el púnico momento en el que podemos tener esperanza de que algunas cambien, porque en este momento para algunos no llega el miedo a su máxima expresión, porque muchos ya no queremos salir a la calle y bajar la mirada y porque ya no queremos saber cosas que no nos interesan, cosas tan simples como: donde está el punto, quien es Halcón, quien o quienes forman parte del grupo de “aquellos hombres”, y no es que sea o no un secreto y no es que nos de miedo denunciar si es que conocemos, a un narco o un sicario o como cada uno lo quiera llamar, no es eso, sino que muchos de estos hombres que son parte del grupo o de los que forman la sociedad de aquellos hombres o los hombres al servicio de la delincuencia, son nuestros amigos, nuestra familia, nuestros hermanos, son gente del pueblo, que asesina al pueblo, que asesina, a sus hermanos, a sus padres, a sus hijos. Se vende el país, porque no queremos sentarnos en un barril de pólvora y creer en una sueño inexistente, porque no podemos esperar a que la política y los políticos corruptos hagan un remiendo a todos los males causados, si bien es cierto que un hombre está al frente del país, una comisión de otros hombres se encarga de regular los pasos de un país, decide que hacer, y como hacerlo, autorizan gastos extraorbitantes y deciden el rumbo que nos toca vivir y eligen desde luego, bala y miedo para la sociedad, mientras ellos se dan la gran vida en casas y autos de lujo y viajes pagados por nosotros, el pueblo espantado. Se vende el país, pero no a cualquiera, y si vamos a vivir llenos de terror, que sea porque nos dejo de pertenecer y ahora es de extraños, de gente a la cual no le importa nuestro destino y que nos desconoce, pero no está a la venta a narcos, a políticos corruptos y mucho menos a gobiernos incapaces.

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Aunque en este norte se han ofrecido toda clase de ofrendas al dios Tlalot, (quemados, ejecutados, descabezados e inclusos unos llamados colaterales), la lluvia se nos niega aún.

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Jorge Luis Borges
(1899–1986)

Funes El Memorioso
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)

         Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado… Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, elThesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por yj por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:
El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas… Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

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