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Archive for 30 noviembre 2012

para ti querida, aunque las balas no toquen tu vida.

La flaca o historia la vagina tartamuda

Itzel era un nombre muy simple para toda la belleza que había en ella. Nosotros nunca la llamamos por su nombre, para nosotros ella era otra, era Eunice, era la flaca, lo era todo. Luego ella se enamoro de un puto poeta, todo mundo se enamora de un puto poeta, como si solo ellos tuvieron el derecho de enamorarse o de enamorarlas a todas. Y luego ese poeta la lleno de ideas, que si la noche y sus intensos cantos, que si la luna, que si las piedras, que si la madre hermosa, que si el canto de la sirena, que si escribir frases en las paredes, en las banquetas y en los rótulos de los taxis, que si un buen día se atreverían a convencer a los boxeadores para que estos llevaran versos en sus calzoncillos y el mundo pudiera entender que no son malos, que se dan de golpes porque necesitan descargar tanta testosterona o porque la pobreza no les dio otra oportunidad, que no sea la de agarrase a chingadazos con todos y contra todos. ¡No!, estaba de la chingada que la pinche flaca estuviera con el poeta, eso nos jodía, porque ambos nos enamoramos de ella, porque ambos la llevamos a nuestras fiestas o le compramos el puto el celular que no nos hacía falta. Y la flaca o Itzel, que en esos momentos ya no importaba su nombre, nos ignoraba.

Nadie lo vio venir. Ni siquiera yo, mi pinche vieja se estaba poniendo gorda y cada vez me parecía más insoportable, se levantaba por las mañanas diciendo que prefería mil besos el aliento del perro, que mi sucia calva en su almohada, se levantaba de malas y decía que ya era hora de mandarnos a la chingada, que prefería irse a jugar todo el día con su nieto, que verme sentado rascándome los sobacos y según yo tratando de escribir la pinche novela, como si escribir una novela fuera cuestión de sentarse y hacerla de un tirón, quizá algunos pueden, pero en mi caso, es imposible y ni madres que a uno le basta con la llegada de la musa y esas cosas, escribir, fue siempre complicado y no era cosa de juego.  Y mientras mi mujer me decía esas cosas, la flaca fue regresando. No me atreví nunca, a preguntar qué había pasado con el poeta o si es que se habían dado un tiempo, pero ella tenía ese andar peculiar de las mujeres que han sufrido toda las mañanas por culpa de los orgasmos y se le veía calmada, sin estrés, sin presión alguna, como si el pinche poeta le hubiera dado a chupar su pene, yo creía eso del pene, porque el pinche gordo en un taller de creación literaria nos dijo que las africanas para calmar su  estrés debido al hambre de sus hijos, les chupan el pene. Como sea la flaca se veía feliz.

Te dije que nadie lo veía venir y es cierto. Un día la flaca y yo entramos a una cantina, ella se veía hermosa, como siempre pues. Desde que entramos, notamos un ambiente raro, no era el lugar típico al que siempre habíamos acostumbrado a ir con nuestros amigos, no era el lugar donde todo mundo nos conocía, desde ese momento ya nos escondíamos, y cuando uno se esconde de la vista de los demás, intuye que la cosa no va a terminar en unos cuantos tragos y cada quien a su casa. Insisto que ella se veía hermosa, pero eso a mí no me sorprendía. Ya en la cantina, el dueño nos envió una cubeta y nos dijo que era por su cuenta, que para el era todo un placer tenerme en su negocio y que había leído no sé cuantas cosas que yo había publicado y que le parecía bien chingón lo que yo escribía. Pero a mí solo me interesaba en ese momento la flaca, todo lo demás no tenía sentido, me valía madres.

Para  no hacer largo el cuento, la flaca me dijo, que ya nos fuéramos de ese lugar, que buscara un cuarto de hotel, que no fuera malo, que le hiciera el amor ese día, porque ella había despertado triste; yo lo único que notaba es que no traía ese andar que delata a las mujeres después de un orgasmo, quizá el poeta este enfermo, fue lo pensé. Luego me dijo que no importaba si tenía que pagarme, pero que quería pasar un rato conmigo. Me jodió que me dijera eso, es cierto que no tenía ni un pinche peso de más y que llevarla al hotel significaba todo un esfuerzo, económico desde luego, pero le tenía ganas, ambos le teníamos ganas, el piche gordo y yo. Me la lleve a la casa, la gorda de mi esposa, seguramente estaría con el nieto, ya no sabe hacer otra cosa y si tengo mi casa por qué tendría que pagar un hotel.

Nos vimos muchas más, he hicimos las cosas más extrañas.

La cosa se puso mal cuando mi mujer lo descubrió. Aunque ella creía que yo la engañaba con una amiga en común. Con la tartamuda y es que conforme pasaba más tiempo con la flaca me fui volviendo tartamudo, pero no era algo natural, o mejor dicho era algo natural, la flaca no era tartamuda, pero tenía una vagina tartamuda, esto es difícil de  explicar hasta para un escritor, desde luego que lo difícil de explicar no es mi tartamudez, sino el hecho de que la flaca tuviera una vagina tartamuda. Me contagie por contacto directo de la lengua.  Mi mujer me pidió el divorcio y yo dije que eso me parecía muy bien. Yo saldría ganado, le diría a la flaca que viviríamos juntos y que ya era tiempo de dejar a su pinche poeta. Nos divorciamos y la flaca se desapareció.

Lo tartamudo no se me quitaba ni las ganas ardientes de estar con la flaca, confieso que busque todo tipo de placeres, me metía en la cama de cualquiera y a la hora que fuera, más de tres habían leído mi obra y se excitaban de cierta forma que a mí me parecía imposible, pero nada de eso lograba sacar de mi cabeza a la flaca y si por alguna razón la olvidaba, era algo momentáneo, pues mi forma de hablar no solo me la recordaba, sino que me hacía sentir un deseo imposible de arrancar, sin importar los días que no dejaban de pasar. La flaca se esfumo y me jodió de plano, ya no era capaz de escribir nada y la gorda de mi ex mujer se había quedado con todo y aunque no teníamos casi nada, yo ahora no tenía donde dormir.

Una  mañana me encontré con el gordo y note cierto y particular tartamudeo en él, me dijo: mataron a la flaca cabrón, allá por Sinaloa, el pinche gobierno dice que ella le jalo, que era de la mafia, que su novio era un puto narco, un güero jodido y la neta que no cabrón, el pinche novio era el poeta y la puta flaca que nunca se atrevió a dejarlo, yo le dije que no le traería nada bueno.

Mataron a la flaca y ahora que vamos hacer nosotros, cabrón.

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Calles sucias, paredes mal pintadas, música de dolor, ruidos de cañeria y muebles roídos por los años y el descuido. Niños corriendo sin destino alguno. Ropa que ha perdido su color y acumulación de basura. No hay libros a la vista, ni una revista siquiera. Por un momento pensé que mi tristeza venía de la melancolía, pero no, la tristeza de las cosas es mayor que cualquier dolor antes experimentado y las personas que siguen llorando a su suerte y deseando en ocasiones, que una de esas tantas balas lanzadas por el gobierno, toque a sus vidas y así sus niños que corren descalzos, tengan al menos una oportunidad.

“Que pronto se te olvido que eres pobre, y como fue desde siempre la casa”

“Nada se me había olvidado, ni la casa, ni la pobreza diaria, solo que antes era joven y no llevaba conmigo tanta tristeza y soñaba con ganarme la lotería”

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La historia natural del orgasmo, queda bien definida en la mujer al andar, no hay posibilidad de error, ni confusión alguna.

Tenía muchas ganas de escribir una historia: Las mujeres que amaban a los sicarios, pero me enfrente al problema de no verlas andar pues siempre andan metidas en las trocas y si una historia carece de orgasmos, es como un coito inexistente o imaginado

En algún momento me paso lo siguiente por la cabeza, o lo soñe o tal vez lo viví, con eso de los personajes que estan todo tiempo en mí, ya ni lo recuerdo bien.
Flaca. Quiza 1.82cm de altura. Ya desnuda no era tan fea. Me gustaba su caracter entre agresivo inofensivo y distraído. Producto de estas batallas. Desde luego amante de un narco y que buscaba a toda costa que algioen escribiera su historia, la de él, no la de ella. La conocí, después del anuncio en el periodico: Escritor fantasma. Todo tipo de historias. Sino la conocí, entonces todo esto lo soñe, pero ella era alta

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Hacer memorable la vida es quizá la tarea más simple y compleja que nos hemos impuesto, en el fondo lo de imponerse es una necesidad, sin embargo no es como el respirar, sino algo más intenso. Vivir es robarse el aliento todos los días.

Estoy a un par de horas de llegar a esa ciudad mágica que me roba el aliento, me emociona, me toca y me transforma, al mismo tiempo que provoca en mi memoria una serie de recuerdos de todo lo que fui y me hace pensar en lo que ahora soy: decir feliz, parece poco. Lo que me pone triste es no haber podido ir a la feria del libro, el no haber respirado el mismo aire que Rubems Fonseca, el no haberme acercado a ese Brasil mediante su risa, ya que con sus historias me he dejado llevar. La feria del libro se fue este año de mis manos, es como cuando los niños lloran porque experimentan una tristeza inusual y que nadie logra explicar. Este año me llega al parecer un trabajo formal que intenta alejarme de ese placer llamado escribir, pero el reto es no dejar de hacerlo y seguir con los proyectos o mejor dicho seguir con mi extraña novela que parece no llevarme a ningún lugar y seguramente un día de estos me gritara sorpresivamente que va llegando a ese posible final, aunque escribir es siempre una tarea de principios.

Es quizá este mi último viaje del año y sin embargo me parece que los días para las diferentes cosas que pienso y sueño, apenas van comenzando.

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Nunca había pensado en la posibilidad de contar esto. Luego viene un problema aún más grave, que tiene que ver, en como contarlo, porque de eso depende todo, de como se cuenten las cosas. Si se pudieran decir en dos líneas y olvidarnos de esa historia, nos vendría muy bien a todos, pero esas cosas duelen a mis ojos, a la historia, a la vida de esas mujeres: sí, a las mujeres, sin importar si ellas son hermosas o altas o rubias o si salen corriendo tratando de ocultar: su dolor, su asombro, su historia truncada, y ellas no paran de correr hasta encontrarse con nuestros rostros y descubrir que en ellos también se encierra ese dolor y las mismas ganas de salir corriendo, lo más fácil sería mandar todo al diablo, es simple, y no implica mezclarse en tantos sentimientos. Al diablo entonces.

La mujer morena y sus sueños que quizá saben más que yo en esto de contar historias, mientras que yo solo deseo tener una amante, y ya no importa si es estable o no, o si es hermosa o se distrae contando estrellas o buscando forma caprichosas en las nubes, o si se depila todas las mañanas y mucho menos si tiene un lenguaje soez. Escribo todos los días, aunque es más bien un decir, una alucinación mía. Tengo que escribir si deseo llegar a donde deseo, eso es. Alguien tiene que escribir, si es que esto va a ser contado y que mejor que sea yo, porque ellas están muy comprometidas, porque para ellas es revivir el dolor y porque muchas de ellas ya están muertas, y me habría gustado conocerlas, pero creo que me habría distraído, y no se trata de engañar a nadie cuando digo que escribo, pero me distraigo de inmediato, y si veo a una mujer, entonces estoy perdido y las historia que tengo que contar esta aún más perdida, después de eso ya no sé por dónde empezar y pierdo contacto con la realidad.

A veces quisiera saber porque tengo que contar todo esto, si básicamente tengo lagunas culturales, y lagunas mentales y lagunas en con imaginación, pero sucede que cuando me pregunto el por qué de tantas cosas que hago, no encuentro respuesta alguna, la mayoría de las veces por más que te preguntas no encuentras respuesta alguna y si bien la biblioteca es importante, la calle también nos enseña y uno casi siempre aprende en la calle, así fue como me entere de estas cosas, así fue como he ido empapando y llegado el momento creo que sería imposible resistirse más y no contar nada, y argumentar que no se tiene la suficiente soledad para escribir, ya no es válido. Tengo que contar lo que pasa, lo que ya paso, no importa que mi lenguaje no sea el adecuado, uno siempre está contando, incluso me he atrevido a decir que quiero tener tres amantes o que en ocasiones no importa si alguien que me gusta quiera ser mi amante o no, que me basta si nos entregamos a nuestras pasiones a nuestros instintos más bajos y entonces no siento pudor y lo cuento. Puestos en la tarea de contar, me puse hacerlo y cada vez que lo hacía el miedo y el dolor del estomago me invadían y contaba lo mismo, las cosas que suceden en la calle, los disparos, los enfrentamientos y la muerte sin sentido, así como el que para la muerte no importe si sus víctimas eran de un color u otro o si es que las victimas por ser victimas tuvieran importancia alguna, pero básicamente contaba mis miedos, y acerca de las cosas que fuimos dejando de hacer por causa del mismo miedo y contaba de las amantes que no tuve por miedo de nuevo, porque esas posibles amantes tal vez ya lo eran de algún tipo que estuviera metido hasta los cuernos con la mafia y porque esas posibles amantes antes que ninfómanas desean beber sangre y porque el vampirismo me encanta pero ninguna de estas historias era la que contaba, al menos que las historias que cuentan mis miedos sean aceptadas como tales. Y cada vez que respiro siento el miedo, pero no es el miedo común, es algo diferente y con el tiempo uno la va tomando gusto, ese miedo que imposibilita pero excita.

No sé bien quien va a contar todo esto, si seré yo, o eso que ha ocurrido; para mí es sencillo, porque aún no estoy muerto, es probable que repita la historia mil veces, pero esa es una necedad mía, no es una necesidad, mis necesidades son otras.  Yo soy un fotógrafo de interiores, alguien me atrapo con esa idea y me fue gustando, por eso fue que me vine a la frontera y desde un principio me dije que tenía que ser un verdadero fotógrafo de interiores y no un seudo fotógrafo que retrataba las historias de supuestos personajes. He pensado muchas veces salir corriendo porque pienso que lo que cuento no es verdad o quizá solo sea mi verdad y no me hace sentir nada bien, pero las historias son así, uno escucha un cuento y corre a casa a escribir, a veces  quisiera que todo fuera en automático, que al llegar a casa la historia ya estuviera escrita, incluso que las cosas no escritas describieran a la perfección lo que no he oído, porque muchas veces se dicen cosas sin mencionarlas, y uno empieza a suponer y eso la mayoría de las veces me enferma. Sea lo que sea, yo, siempre tengo necesidad de contar.

Calles  con tanta sangre que las que no estaban manchadas quedaban como humilladas ante las otras.

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Después de vivir muchos años en la misma ciudad, uno cree que esas calles estarán por siempre en cada uno de los sitios que se visitan a diario. Lo más complejo es esa sensación que seguramente sienten los amputados, es decir uno no logra sacar de su mente, la versión anterior de lo que fuimos en ese pasado y hasta creemos que nunca las cosas han cambiado, como dije antes: el amputado, pocas veces toma conciencia de que ya no tiene determinada extremidad y en su memoria sigue existiendo como un ser completo, sin amputaciones, sin importar que lo que ahora tiene sea un fantasma de toda esa historia. Yo deje la ciudad que más me gusta; a lo largo de mi vida he conocido ciudades verdaderamente hermosas, llegue a la ciudad de México, cuando apenas tenía unos 17 años y me quede un poco más de ese tiempo a vivir en ella y desde ese momento cada una de las calles que frecuentaba se volvieron inolvidables en esta memoria. Lo que más recuerdo es la calle donde pase el mayor tiempo, muchas veces cuando regreso y voy pasando por ellas, creo verme cruzando una de las avenidas y me lanzo a seguirme, es un recorrido extraordinario y vertiginoso, inmediatamente que comienza, me tengo que subir a un pesero atascado de gente y casi la mayoría de las veces hago un recorrido en el metro, muchos de los años fueron así, quizá hasta rutinarios. Lo más intenso fue quizá en los últimos años que viví en ella, y lo más extraño es que lo hacía de forma intermitente, como si el entrar y salir constantemente fuera una forma de duelo o una forma de renuncia o convencimiento de que lo que ahora estaba haciendo era lo mejor para mi vida.

En los últimos años he conocido gente importante, al menos en las cosas que a mí me gustan, gente metidas de lleno en la literatura, poder hablar con esta gente, y llevarme uno que otro consejo generaron en mí una situación mucho más complicada, porque ahora ya no se trataba de esas calles que de alguna forma recordaba todo el tiempo, ahora existía esa incapacidad de poder coincidir con los nuevos amigos, con esos seres geniales que podrían transformar cualquier historia y contarla de tal manera que uno quedaba preñado de sus ideas. Tantas emociones me habían hecho dudar acerca de las cosas que en verdad quería y así pase una larga temporada, una temporada que podría nombrarla como de apatía y tristeza.

No tenía muy claro que todos esos cambios me estaban llevando por fin, a ese mundo que me interesaba, donde lo que fui durante muchos años que habite en la ciudad de México, se convertiría en un fantasma que no me deja en paz y que todos los días me recuerda lo que en verdad me gusta y el verdadero sentido de mi vida o de esta vida si es que cabe la posibilidad de que vivimos tantas vidas (aunque yo no crea nada de eso).

La tarde anterior, antes de mi mudanza definitiva a la frontera, nos fuimos los escritores: Molina y Joserra, a un barecito céntrico, si mal no recuerdo se llama la “Mascota”, iban dos o tres amigos más. Hablamos de tantas cosas, quizá la mayoría de ellas eran en su conjunto chismes, de los que uno puede nombrar como literario, desde luego que al ser literarios salieron dos o tres nombres de los elefantes de la escritura de este país, sus manías, sus malas costumbres y luego una que otra historia personal, hablamos de lo que para nosotros (yo sigo sin ser escritor), era la mejor novela de los últimos años, al menos en nuestra lengua y quizá debería acotar y decir que en nuestro país, desde luego que cada uno difiere en esos conceptos, pero al final, lo importante no fue lo que cada uno pensaba, sino la ocasión de poder convivir y mostrarnos la amistad que en ese momento sellamos y sin decir nada acordamos como eternas, así nunca más nos volviéramos a encontrar, entre escritores, he llegado a creer es algo muy normal.

El tiempo como siempre se acaba, me habría gustado coincidir mil veces más, pero creo que en los siguientes viajes que hice a la ciudad de México, termino por imponerse mi timidez, ese miedo a no importunar en el trabajo de mis amigos, pero también era ese miedo a sentirme rechazado, esas cosas suceden y uno nunca tiene claro porque, así sea con tu mejor amigo. Recuerdo exactamente todas las cosas que ocurrieron ese día, recuerdo el apretón de manos, y los abrazos al despedirnos, recuerdo la voz peculiar de Molina que decía: no hay nada mejor que sentirnos amigos

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Quiero ser tu amante y tener mucho sexo contigo, dejar de pensar en lo absurdo o en lo estupido de esta vida y en la imposibilidad de lo que puede o no ser, quiero saber si es que te interesa, porque de otra forma planeo sacar la desnudes de tu cuerpo de mi mente y dedicarme a construir otra historia, en donde tu cuerpo no sea el motivo aparente de lo que hago; si tienes interes, llamame, andare el lunes desocupado.

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