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Archive for 31 mayo 2014

Hoy había pensado que ya todo estaba dicho, que la posibilidad de las amantes era algo lejano, triste, vacio. Cada amante tenía sus trampas y yo había caído en todas.

Pensé en Cristo, porque ella cree en Cristo.

Salí a la calle, abandone el trabajo. Quería beberla la sangre a Cristo através del cuerpo de ella, quería beberla completa, sin dejar de visitar con mi lengua cualquier rincón de su cuerpo. Las noches estaban tranquilas, las lluvias alejaban a los gatos, lo que se traducía en alarmas no disparadas por su presencia. Nunca me importo abandonar el trabajo, podía hacerlo todas las noches y nadie se daría cuenta. Las lluvias no duran mucho, pero las alcantarillas son lentas y el agua inunda las calles y algunas veces se mete en todas las casas que encuentre a su paso, la mía corría el riesgo de quedar inundada.

Me dijeron que me cambiarían el turno. De hacerlo, yo dejaría de ser velador y me convertiría en una especie de guardia de seguridad, supongo que esas son las curiosidades de mi trabajo, pero la idea no me convencía en lo más mínimo. Odiaba mi trabajo, eso es cierto, pero al mismo tiempo amaba el turno que tenía de trabajo, pues era el momento ideal, con un ritmo pausado, lento y de acuerdo a mis necesidades.

La célula indiferente me dijo que necesitaban a alguien en verdad bueno. Yo, al igual que siempre tenía ganas de mandarlo a la chingada.

La realidad es que mi opinión no importaba en lo más mínimo, una vez que se les metía algo en la cabeza, no había vuelta tras y no es que yo quisiera seguir en este trabajo si es que me cambiaban el turno, lo que sucedía es que tenía muchas deudas y estaba obligado a saldarlas todas. Casi todo el dinero se iba en comprar libros, libros y un buen vino, desde luego, condones.

Recién había llegado al trabajo, cuando cruce miradas con Mía (no es nombre inventado, ni tiene que ver con el deseo o tal vez si), ella una falda corta y zapatos altos negros, quizá el color de los zapatos no tenga importancia, pero a lo largo de la historia veremos lo importante que son. Lo admito, me enamore de su cuerpo, pero sobre todo de sus piernas. Se lo dije. Me gustas. Ella sonrió y me dio las gracias y luego me dijo que a ella le gustaría besarme, pero pensaba que era algo complicado, estaba casada, recién había tenido un hijo (el hijo tenía tres años ya) y no quería lastimarse, la última vez le fue muy complicado y casi estropea su matrimonio. Yo, no dije nada, me salí del trabajo y le tome su mano derecha, deseaba abrazarla, olerla, sentir su cuerpo, pero me aguante. En cuanto llegamos al coche le dije: quiero ser tu amante y ella dijo, que Cristo no lo permita y me beso apasionadamente. Esa noche ella no llego a su casa, le dijo a su marido que tenía que doblar turno y como él era el perfecto marido moderno es decir un güevon que se queda todo el día en casa cuidando al hijo y viendo la televisión, no le dio importancia y solo dijo, cuídate.

No convertimos en amantes. M e di vuelta en la cama y peque mi cuerpo desnudo al cuerpo de ella, si sus piernas me habían vuelto loco, no quiero contar el efecto que me a causado su cadera y sus nalgas, que hermosas nalgas tenía Mía y ahora eran mías.

La miré.

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Le dije que quería discutir lo del libro. No le estaba pidiendo explicaciones. Ella decidió huir, aún no se si de mí o solo quería huir, por alguna razón casi todos huyen, menos las putas, por eso me sorprende. El libro se va a perder antes de llegar a mis manos, está lleno de anomalías, no va lograr arrastrar a nadie hacia la lectura. Me desgarra. Supongo que nadie necesita estas explicaciones para algo tan evidente. Nunca supe por qué, pero ella se mudo y me dejo plantado. Hay cosas que nunca cambian, pero ella cambio, y me sorprende porque las putas nunca cambian. Estoy de vuelta, sin ella y no tengo nada de que hablar con los viejos amigos, toda pasa.

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Udele acostada en Central Park, presume que ha publicado su libro de relatos o quizá eran cuentos, habla de un primer amor y no me veo retratado en esas historias. No importa me dije, hasta que descubrí que él, era mi mejor amigo.

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Según mis cuentas, hoy no debería de llover, pero llovió, no debería caerse un gran espectacular y se cayó, pero no solo eso sino que ha caído sobre un grupo de personas que circulaban en sus coches por ese lugar, las consecuencias de un accidente de ese tipo, son siempre terribles. Supongo que a los administradores locales, que de paso sea dicho son políticos se les olvido garantizar la seguridad de sus ciudadanos y no pensaron por ahorrase el pensamiento, seguro que no lo pensaron, pero no porque no quisieran, sino porque se les olvido hacerlo, pese a que se necesitan 325 años para que la última neurona reviente. Con una neurona, supongo que se habrían dado cuenta del peligro que corríamos todos los que por una u otra razón circulamos por todos los rumbos de la ciudad donde existen este tipo de espectaculares.

Ahora caigo en cuenta de que los políticos son unos mentirosos cuando declaran su edad.

Si bien estamos condenados a una vida llena de peligros, es necesario evitar peligros que no tienen razón de ser, en ciudades tan chicas como estas medio mundo sabe donde se encuentra cada tienda, y cada lugar que se digne en vendernos algo, tal vez ese consumismo despiadado que nos arrebata de todo pensamiento racional, obliga a estos vendedores a anunciar de forma espectacular, y con ello deben logra cien mil o cien millones o mil millones de ventas anuales o el tiempo que corresponda, bien por ellos, pero mal para nosotros. En conclusión, quien se hará cargo de garantizarnos nuestra seguridad, quien va a corroborar que cosas nos ponen en peligro y que no, “claro” el gobierno y su administración correspondiente, pero quien va a dar la cara ante incidentes poco afortunados como este, tal vez preguntar, lo que sea, se convierte en una pérdida de tiempo, pero me da mucha tristeza saber que nuestra vulnerabilidad crezca exponencialmente a manos de las personas a las cuales pagamos para garantizar nuestra seguridad, igual y estoy loco o simplemente no hay nada que pensar. Que importa.

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Me invitaron a trabajar como guardia en una casa de seguridad. Eso fue lo que me dijeron. Cada trabajo tiene sus trampas y yo no sabía los secretos que guardaban las casas de seguridad. Todo era una cosa nueva y con ellos venían los demonios del recuerdo y también esa necesidad de estar solo. Resulto que la casa de seguridad era el refugio de un par de policías federales que mantenían en ese lugar a sus víctimas, las cuales habían sido secuestradas. Me entere gracias a las noticias. Tenias que estar listo para todo, un asesinato, una violación, todo era posible. Por primera vez sentí alegría por no abandonar mi trabajo, pues ahora estaría detenido y acusado de no sé cuantos crímenes y me aguardaría una vida de perro. Nadie te contaba sus secretos y trabajar a ciegas no era algo que me interesara, no en esta época. Seguí con mi trabajo de siempre, y soportando a La célula indiferente, en ocasiones hacia un rondín a la una de la mañana y dormía hasta la cinco para hacer un recorrido más. Esas son las horas más ricas para follar y supongo que de seguir así mi chica terminaría por irse con otro. Pero el trabajo era necesario.

Un día me encontré con uno de los tipos que me habían ofrecido el trabajo de guardia en la casa de seguridad y me preguntó si me había enterado de lo que había ocurrido y agrego que él no tenía nada que ver en ese asunto.

Me rasque la cabeza y pensé en salir de la ciudad, estaba hasta la madre de toda esa mierda.

Tenía más de nueve meses en el mismo turno y juro que estaba por reventar, no me apetecía seguir con la misma rutina y con los mismos desvelos, la cabeza me dolía hasta el punto de sentir que me iba a reventar y luego estaba ese asunto de los policías secuestradores que me tenía pendiente de todo lo que sucedía a mi alrededor, a veces pienso que me había convertido en un ser dependiente de las malas noticias, me estaba cansando que en las redes sociales o los noticieros o con los vecinos las noticias siempre fueran las mismas, me estaba cansando tanto de lo mismo y la verdad es que a unos cuantos no les importaba nada de lo que sucedía y se regodeaban con el sufrimiento de los demás, en realidad había gente mala que disfrutaba de ese sufrimiento.

Pensé, parece que matar o dañar a los otros es lo mejor.

Un día se presentó La célula indiferente a mitad de la noche al trabajo y no me encontraban por ningún lugar, cuando intentaron llamarme al teléfono móvil, descubrieron que lo había dejado en la pequeña oficina y eso lo irrito muchísimo, me levanto una nueva acta administrativa, la cual me negué a recibir, no era posible que por cagar te quisieran imponer un castigo. Pensé que al salir del trabajo le propondría a la primera chica que me encontrará irnos a un motel, pero no quería ver el titular de algún periódico de eso que aún sobreviven: GUARDIA DE SEGURIDAD SORPRENDIDO AL SALIR DE UN MOTEL DE PASO CON JOVEN AMANTE, AL INTENTAR DARSE A LA FUGA CHOCA SU AUTO QUE VIAJABA A MÁS DE 250 Km/h.

Esa noche por primera vez en mi vida bebí en el trabajo, La célula se podía ir mucho a la mierda.

Descubrí que todo mundo guarda un secreto, que en esta ciudad ya nadie se dedica a vender basura que viene del otro lado, que el mejor negocio, el más rentable es el de secuestrar. Descubrí que si quieres salir adelante te tienes que emplear del lado malo de la justicia, que los malos tiempos no existen que solo es un pretexto para no hacer las cosas. Con todas estas historias me quedo claro que si voy al baño debo llevar el teléfono móvil y que hoy en día es imposible estar desconectado de la agresión del mundo y que las cosas que parecen no tener sentido son noticia y que cada vez estoy más viejo y que La célula indiferente sale a correr todas las mañas y es apenas un año mayor que yo y que para ser escritor se necesita mucho más que un trabajo de noche

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Siempre existían los días complicados. Lo importante de mi trabajo, no era el trabajo sino la posibilidad de poder escribir, esa era la esperanza que me mantenía todos los días con ganas de hacerlo. En algún momento pensé en abandonar la literatura, pero me resulta imposible, se había constituido en mí como el acto de respirar, el trabajo era descartable, dejar de escribir era como abandonar mi vida a la primera oportunidad.

—¡Eres un maldito! —Lloré—. ¡Maldito asesino! ¡Cobarde! ¡Atormentador! ¡Miserable!

En algún momento pensé que ya era tiempo de hacer otra cosa con mi vida. Digamos hacer una vida normal, dejar que la panza me creciera tanto como humanamente fuera posible, beber cerveza todos los días, ver los Simpson, dejarme morir y esperar. Esperar qué, esperar nada. Quizá todo habría seguido por ese derrotero, si no hubiera conocido a una niña de tres años que me dejo asombrado. Alex. La escuche en un dialogo que sostenía con su madre.

—Te imaginas mamá un auto donde quepa todo el mundo.
—Todo el mundo en un auto, no se puede —dijo la madre.
—Por eso mamá, solo imagina.

Escucharla fue quizá lo que me saco de todas mis crisis. Una tarde me quede dormido, olvide que esa noche teníamos supervisión y llegue más de media hora tarde. La célula indiferente me estaba esperando, por supuesto que llevaba las manos en las bolsas del pantalón y arrastraba los pies cada que daba una especie de paso. El muy hijo de puta ni siquiera me preguntó cómo estaba o cual era el motivo para llegar tan tarde.

—Llegas tarde —dijo, mientras miraba su reloj— te voy hacer un acta administrativa.
—Tú nunca llegas, ni llegaras —le dije mientras le daba la espalda—. Haz lo que quieras.

Me habría gustado darme de golpes con ese hijo de puta que creía que las emociones de las personas se miden con reloj en mano, me habría gustado deshacerme de él, pero no era del todo mi naturaleza la que en ese momento afloraba, así que me aguante. ¿Quién demonios lleva un reloj de pulsera en estos tiempos?, la cosa estaba jodida. Me fui a mi lugar de trabajo y me puse a ordenar unos expedientes. No había comido en todo el día y mi chica no se había aparecido en toda la mañana, estaba de mal y de malas.

La célula indiferente me pidió que firmara el acta administrativa, me la llevo hasta donde yo estaba sentado. Ni siquiera la leí, tome las hojas y las hice “bolita”, después las arroje al cesto de la basura, esa noche me podrían despedir, yo tenía claro que lo único que deseaba era no dejar de hacer lo que tanto amo, no importaba que en ese intento el hambre me hiciera su presa, no importaba que la muerte por fin saliera ganadora de sus múltiples batallas por atraparme, no importaba nada.

Me levante de mi lugar y fui a supervisar todas las áreas de trabajo como si fuera una costumbre, fue en ese momento que me acorde de Alex, la niña que me salvo de mi naufragio literario, aunque en la realidad yo no era un escritor.

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Fueron muchos días en la que los ruidos de las sirenas no me dejaban dormir, la cosa se había puesto muy complicada y me daban ganas de gritar. Lo más duro de estos días es el calor, parece insoportable, las casas se mantienen con las puertas abiertas, así es para los que no podemos pagar por el clima, que somos la mayoría. Miserables ventiladores intentan refrescarnos y mantenernos en calma, de un lado a otro de la calle, los perros ladran, mientras que la gente no deja de escuchar esa música espantosa que desespera a cualquiera, insisto, yo tenía ganas de gritar, quizá por eso es que me gusta el invierno, aunque solo se sienta un leve frío, con eso basta para que todo mundo se esconda.

El sudor lo cubre todo y es imposible no enterarse de lo que está ocurriendo fuera de casa.

Dejen les cuento de la ciudad. La ciudad es asquerosa, sus calles no pavimentadas del todo y el olor constante a carne sudada y cocida por el calor del carbón. En uno de esos días cuando la temperatura supera los 40 grados no puedes salir y hacer un recorrido porque el calor te atrapa y te pone de malas, te hace sentir enfermo y es casi seguro que todo mundo se siente así y todos somos más agresivos. Las calles de esta ciudad están todo el tiempo vigiladas, unos vigilan a otros, se observan, miden sus movimientos, miden su poder y luego se retiran hacer recorridos imposibles por brechas que parece que nadie recorre, la ciudad tiene brechas, y tiene una historia compleja, donde una noche cualquiera te pueden encontrar con los peores delincuentes del mundo que ven en el otro lado una oportunidad para empezar de cero. Imposible. Hay días que no logras escuchar nada, es tanto el ruido que todo se confunde.

Una noche que me escape del trabajo me detuvieron uno de estos vigilantes y mientras me interrogaban no me quitaban la mirada de encima, revisaron todos los rincones de mi viejo auto, uno de ellos parecía perro, husmea por todos lados, ¡snuff!, ¡snuff!, ¡snuff!, ¡snuff!, el tipo no me quitaba la mirada ni la nariz de encima era imponente, lo vi directamente a los ojos y se me acerco tanto que llegue a penar que me tragaría. Supongo que él era capaz de oler el miedo y eso lo excitaba, yo me cagaba de miedo, sentí incluso ese olor característico de la mierda. Me sacaron del auto y subieron a su camioneta, me explicaron que no había que tener miedo que solo me querían mostrar la ciudad, fue un recorrido corto, unos veinte o treinta minutos quizá que para mí fueron toda una vida, me devolvieron las llaves de mi viejo auto y me explicaron como regresar a píe desde ese punto y agregaron que debería tener cuidado porque si alguien me encontraba en medio de la noche por ese lugar, la pasaría muy mal. Decidí que aquella noche no regresaría al trabajo y que nunca más lo abandonaría.

Volví a casa, me fui muy lento que casi me sorprende el amanecer, apenes llegue me escondí entre las sabanas y no fue hasta medio día cuando el calor me obligo a levantarme que entendí que la había librado, que había estado frente a la muerte y que aquel husmeador la había olido y que eso fue lo que me salvo. Me quede en silencio y escuche a lo lejos como los perros ladraban cada vez más fuerte, quizá nunca había oído algo así y no sabía qué hacer.

Lentamente salí de casa y por primera vez escuchar tanto ruido y sentir ese despiadado calor, era motivo de alegría.

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