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Archive for 29 noviembre 2014

Esto no es amor

Nunca le he visto las piernas. Las mujeres que usan pantalones me dan desconfianza y pienso que no tienen ombligo, que nunca han tenido ombligo y una mujer sin ombligo no puede sentir amor. Lo extraño del asunto es que ella no es una mujer blanca y no le visto las piernas y no estoy seguro si tiene ombligo, así es imposible enamorarse, pero lo he hecho. Imagino que es por culpa de la sangre que se desliza bajo su piel, pero no puedo ver su brillo. Cuando la veo me dan ganas de olerla, de lamerla sin descanso. A veces deseo levantarle la ropa, buscar bajo la blusa y después subir hasta sus senos, imagino sus senos, esa curvatura poderosa que los mantiene firmes y en lo más alto, imagino la piel de sus senos que rematan  en sus pezones y entonces lo que siento no solo es el deseo y me sacude una emoción que me estremece. Tal vez sus pezones son más oscuros que la noche, eso es lo que creo y entonces pienso en su areola. Su pelo es largo y oscuro; un día le dijeron que deseaban que se tomara unas fotos para un promocional, que se habían fijado en ella por su cabello, otro día le negaron unos vacaciones y después, no si en venganza o porque así es ella, me negó sus historias. No estoy seguro que fue lo que me hizo sufrir más: el no tener sus historias o el dejar de acariciar la posibilidad de tenerla, quizá ambas.

Yo no quería que ella pudiera adivinar lo que siento, pero termine por confesarlo todo, no por la perfección de sus dientes ni por la correcta simetría de sus senos, lo hice porque en ocasiones los arrebatos me dominan y porque pensé que después de hacerlo nos iríamos a la cama. Nada salió como esperaba.

¿Te siente bien? Pregunta ella.

Es el reflujo, respondo.

Debes tener un diagnostico antes de asegurar, ve al médico.

Ahora no. Me duele la cabeza, además los médicos no saben de esto y siempre andan adivinando.

No soporto verla, porque entonces me imagino todo, sus piernas que nunca he visto, su ombligo que supongo inexistente, su sangre que me hace quererla morder y luego pienso en ese delicado movimiento de sus nalgas cuando va de un lugar a otro.

Salgo de la casa. En la calle veo a una mujer que muestra orgullosa sus piernas, es blanca,  lleva una carriola y en la carriola lleva a un niño, lo sé porque lo he escuchado llorar, adivino que la mujer tiene ombligo, solo una mujer con ombligo desea tener hijos y siento mucha alegría, luego imagino como la leche escurre de sus senos mientras lo alimenta y pienso en la ternura que debe sentir hacia el pequeño, solo una madre es capaz de hacer eso. También es cierto que los padres sienten ternura y amor por sus hijos y me dan ganas de regresar a la casa. Veo a otra mujer, usa pantalones y se le ve triste, supongo que no tiene a nadie y me dan ganas de regalarle un gato, pero pienso que quizá no pueda alimentarlo. Mi niño me espera tal vez ya tiene hambre, me voy de prisa.

Me quedo sentado en casa, intento describir a esa mujer que me ha vuelto loco, pero no puedo decir muchas cosas, solo que no le visto las piernas, que no es blanca y que me confunde el no saber si tiene ombligo. Ya sé que eso no puede ser amor, pero yo tengo muchas ganas de estar con ella.

Mi mujer me dice te ves triste. Yo le respondo que solo los que no tienen un amor correspondido se pueden ver tristes. Pienso que todo  es por culpa de las historias, que llevo muchos días sin poder escribir, que me estoy volviendo loco y que me preocupa perder más cabello y ganar más peso, eso es lo que le digo. Ella me dice, deja todo y vente a la cama. Nos hacemos el amor. Mientras que las calles comienzan a oscurecer, a mí se me ocurre, cerrar las cortinas.

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No es otra cosa que locura disfrazada de deseo

Era una mujer flaca, habituada a las fotografías y de labios delgados. Me deje llevar por ese impulso que siente todo loco que se cree escritor, hay que estar loco para pretender ser escritor, poeta o pintor o todo lo que tenga que ver con el arte, me deje llevar y solo entonces las cosas se salieron de control. Yo estaba acostumbrado a escuchar historias, todo mundo cuando se entera que eres escritor, te cuentan historias quejumbrosas que te provocan dolor de cabeza, las escucho mientras espero la muerte y con eso intento no fastidiarme, pero es imposible.

Ella tenía un rostro delicado y estaba triste, algunas veces se tiraba en su cama, boca abajo y mientras lloraba se repetía una y otra vez que se iba a suicidar. Le dije que todos hacen eso, que es un problema que más bien tiene que ver con la edad.

Mientras tanto, la mujer a la que había abandonado, se mudaba de país e iba dejando un rastro de cabellos ensortijados, cabellos que a la primera oportunidad se juntarían para formar una gran bola de pelos que rodarían por toda la ciudad tratando de encontrarme.

Me quedaban unos cuantos años y orina retenida en la vejiga cada que iba al baño. No había perdido el interés en las mujeres, pero estaba atrapado en un capricho, y de paso me había negado la oportunidad de amar a una mujer extraordinaria e inteligente, aunque debo confesar que no lo hice por miedo, las mujeres inteligentes me dan miedo, no porque se les caiga el cabello, sino porque tienen ideas extraordinarias y siempre están sonriendo.

Yo quería que la flaca fuera mi última conquista y en algún momento llegue a parecer pordiosero. Me daba pena. Su belleza era efervescente y su rostro sin notarlo aún se iba arrugando, como dije antes yo esperaba la muerte y que la orina acumulada no me apestara los pantalones en esas fugas odiosas y que suceden cuando menos lo esperas, mientras tanto la mujer que se había ido del país, publicaba su primer libro, ella al igual que yo estaba loca, solo así me explico su deseo por convertirse en escritora.

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Podría asaltarte

Todo el tiempo veo a las mujeres que van de un lado a otro. Abandonan  esta miserable ciudad, unas cruzan por el río, no usan el puente y lo intentan dos o tres veces en un día, otras hacen largas colas y se vuelven invisibles durante un tiempo.

Unos tipos recorren la ciudad y te dicen, oye, tienes que repartir tus ganancias.

Me dan ganas de córtales los huevos, pero también me da miedo, a todo mundo le da miedo cuando hablan con estos tipos, no es por su tamaño, ni el tono de sus voces, sino por las armas que portan, algunos de ellos incluso usan uniformes.

En silencio, respondo, jode a tu madre.

Se bajan de las camionetas, te observan, te piden algunos datos, luego usan un tono que aún no logro descifrar, pero parece que te amenazan o te suplican: tienes que compartir tus ganancias, no hay de otra.

Vuelvo en responder en silencio, jode a tu madre.

Intento adivinar cómo son sus rostros. Sus ojos no tienen brillo. Parecen perros rabiosos; luego viene la noche, supongo que el dinero que nos han quitado, se lo entregan a sus mujeres y dejan un poco para sus putas. Sus mujeres que durante el día se pasean en autos lujosos o van de compras al otro lado, para el resto, los que ahora llamo nosotros, cuando llega la noche, sentimos alivio porque al fin estamos escondidos en un rincón de la casa, alivio casi agónico porque entre la noche y el día no hay tanto espacio.

Los tipos recorren la ciudad y juran que están cuidando de nosotros.

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Ella es como una mujer perdida, me arrastra  entre sus piernas. Pensé que tenía alas, pero nunca fui capaz de volar y ahora lo que hago es temblar porque creí que había olvidado su rostro, pero hay algo que me la recuerda casi a diario.

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La pregunta era muy simple: qué somos. Nada. Lo que uno sentía por el otro no era amor, era la necesidad de quitarnos de encima la no felicidad, por eso lo disfrutamos, hasta que a él se le ocurrió reclamar por sus derechos de exclusividad.

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Monotemáticos. Aburridos, descontrolados y en ocasiones nos sentimos los amos del universo, que otra cosa podemos ser o hacer, si nuestra virtud es la de ser humanos, a veces miserables, pero que nadie no los diga porque le rajamos la cara.

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La misma situación de siempre, todo mundo se queja, pero nadie hace nada o propone algo que nos permita hacer las cosas de forma diferente, estamos atrapados por esa inercia y hacemos cosas sin sentido, carecemos de sentimientos. A nuestra juventud e incluso a los que son 20 años mayores que yo, les gusta estar pegados al teléfono, sin hacer nada, leyendo cosas que no llevan a nada o jugando una serie de juegos que solo entorpecen nuestra capacidad de asombro y nuestra relación con lo que nos rodea, personas haciendo comentarios banales o fotografiando lo que se van a comer, me dan tristeza, nadie aporta nada, desde luego que es un situación personal observar lo que hacen o fingir que lees (en esos comentarios no hay lectura posible) lo que escriben.

Algunas cosas me molestan, como la idea de falsos poetas que se levantan todos los días en la mitad de este continente y sueñan que lo que escriben va a cambiar el mundo. No se escribe para cambiar al mundo y mucho menos para salvar a quienes lo necesitan, la poesía o la literatura en general no ejerce el papel de psiquiatra o de psicoanalista personal, aunque genere en ocasiones ciertos comportamientos que parecen rescatar a cualquiera.  Yo no entiendo como alguien se atreve a decir que es poeta y engaña a un número de personas, supongo, porque no tengo otra opción que debo creer que es la bondad de las personas que les hace creer todo ese tipo de cuentos. Mi molestia carece de sentido.

En ocasiones me canso de la gente y quisiera permanecer alejado, en lugares a los que nadie pudiera tener acceso, una situación en extremo egoísta. Intento escribir todos los días y en ocasiones me resulta muy difícil, no sé muy bien, si por la carga emocional que se me deja venir después de una larga jornada de aburrimiento o de ver pasar la vida sin hacer nada. escribir es para mí, lo más  esperado, pero por desgracia no tengo un tiempo definido para ello, ni el espacio, ni tantas otras cosas, supongo que nada de eso hace falta y que solo me invento pretextos para disculpar mis fracasos, la vida está llena de eso, de fracasos. Me gusta la noche para escribir y la música, pero no esa cosa a la que los jóvenes suelen llamar música y no es otra cosa que sonidos atrapados en una especie de gritos que no son gritos e historias que son todo menos historias, me gusta dejarme llevar por la buena música, supongo que no hay escritor sin buena música.

A veces quisiera dormir todo el día y despertar a mitad de la noche y escribir hasta quedarme dormido de nuevo.

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Por  las noches hacía un par de cosas: una era escribir y la otra era adivinar un amor absurdo y por lo mismo casi imposible. Buscaba su cuerpo en los pasillos del hospital. Al principio su nombre carecía de interés, luego se fue transformando hasta tener una forma breve, no tan breve como el nombre de Ana y desde luego que no se volvió con el tiempo impronunciable. La busque tantas veces que ahora no estoy seguro si es que un día la encontré. La noche anterior a esta, la soñé y fue muy triste porque ella había muerto, un paro fulminante a su corazón y eso fue todo, yo prefiero los sueños donde mi nariz busca estar entre sus piernas, pero esos parecen estar perdidos y no hay para cuando logren aparecer, después de todo no importa, porque no es otra cosa que adivinar un amor, presentirlo, pero nunca tenerlo en mis brazos.

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Sigo vivo, quizá eso sea un gran problema. Parece que hay muy poca gente interesante. No entiendo muchas cosas, y me obsesionan otras. Quizá los que ocasionalmente me leen puedan decir que me obsesionan las amantes, a veces no yo sé porque me dejo arrastrar por ese tema, tal vez sea algo tan común que no debería escribir acerca de ello, otra cosa que me desespera es la música, la que ahora oyen los que son más jóvenes es fatal, está llena de ruidos y no entiendo cómo es que se puede llenar una cabecita con esos ruidos, pero la gente ama esos ruidos que nunca trascienden más allá del momento.
Durante mucho tiempo mataba el día corriendo, desde luego que solo lo hacía durante una hora y a veces dos, el resto del día me ponía a trabajar, aunque no estoy seguro si en realidad trabajaba, era un trabajo duro y que tenía que hacer con las manos, quizá por eso le tengo especial cariño a ellas, mis manos; sino asesinaba el día, las cosas se me complicaban y me parecía que era algo interminable, me gusta la noche porque todo está en silencio, prefería escribir cerca de la mitad de la misma, cuando solo se escuchan los ruidos de los gatos en los tejados, aunque en la ciudad de México que era donde antes vivía lo que menos hay son tejados, pero si muchas casas con laminas ruidosas. Donde ahora vivo parece que los gatos esta ausentes o tal vez le tienen miedo a las balas y por eso no salen a la calle.
No me gustan las fiestas y tampoco me gusta la compañía de mucha gente, es más a veces creo que no fui hecho para compartir con la gente y casi siempre la evito. Me gustan las mujeres sobre todo si puedo revolcarme con ellas. Estos tiempos las cosas son muy difíciles, las amantes modernas, prefieren que las veas por skype, o pasar horas interminables enviando mensajes, supongo que no hacen nada de sus vidas en las que el teléfono, tableta o lo que usen para enviar sus mensajes este lejos de sus manos, la comunicación entre amantes hoy en día debe ser del orden de unos quince mil mensajes por mes. Hace un tiempo me gustaban las piernas flacas, no preocupaba por nada más, hoy en día no sabes si la mujer que te gusta tiene las piernas flacas y no solo porque todo mundo use pantalones sino porque la posibilidad de verlas es casi nula.
Alguien más ha tomado el control por nosotros. Nos pasamos el día viendo cuando gente hace like a nuestras publicaciones y cuanta más se agrega como nuestros amigos, no vemos a los demás y nos enteramos de las vidas de nuestros compañeros de trabajo por medio de mensajes. Aunque suene raro tengo que trabajar, yo no tengo padres con mucho dinero que me hagan el chingado favor de evitarme el trabajo y que yo pueda dedicarme de tiempo completo a escribir, lo otro es que no soy muy bueno escribiendo, así que sería un dinero tirado a la basura.
Hay tantas cosas que me llenan de tristeza y que me ponen cada vez con más ganas de no salir a la calle, por ejemplo, cuando voy al trabajo, siempre me topo con las misma historias y los mismos rostros confusos, rostros que parecen no albergar ningún sueño y que parece que están esperando que alguien venga a resolverle sus problemas, el negocio es el dinero, no importa cómo o cuantas mañas te tengas que dar, el negocio es aprovechar la ocasión sin importarnos que el barco se esté hundiendo, un barco que se llama país y donde el capitán se encuentra preocupado porque desea cambiar de set para que su actuación sea magistral, el supone quiero pensar que su actuación es elemental para el país y el resto de nosotros suponemos que sino actúa bien debemos quedarnos callados para no experimentar su furia, pero te hablaba del trabajo y de las cosas tediosas con la que me topo todos los días. En ocasiones pienso que lo mejor sería irme a la cama con todas las mujeres del trabajo, pero desde luego que se trata de una tontería, algo sin sentido, además quien podría aguantar una situación así por el resto de sus días. Yo no. Tengo necesidad y es por eso que tengo que seguir interactuando, pero en realidad esa situación me jode todo el tiempo y parece que estoy ciclado porque no se otra cosa que no sea hablar de lo mismo.
Una amante que no haga otra cosa que estar enviando mensajes no es una amante, aunque en estricto la acción del engaño, si es que se ve a la amante como parte de un engaño, existe. Piernas flacas, ojos grandes, y mucho senos, quizá eso era lo ideal hace algunos años, ahora basta con tener buena conexión, buenos dedos para responder a la brevedad y no importa si en algún momento estas frente a ella y te ignora, pues lo que en realidad importa es que te conteste todo el tiempo y tengas que imaginar su voz, su risa, su vida. A todo esto anoche soñé con Tolstoi y no estoy seguro, de si me sigue gustando.

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Últimamente he llevado una vida que a veces me da por llamar aburrida, aunque no lo es. Amanezco cansado, mi pequeño Pablo cada vez se mueve más y duerme menos durante el día; hace mucho que olvide algunos rituales y sobre todo deje de viajar a la playa, lo paradójico es que la tengo a unos cuantos kilómetros. Podría decir que extraño la ciudad de México y esa alegría contagiosa de sus calles y su gente, aunque para muchos la ciudad representa un peligro, pero qué rincón del país no representa hoy en día un peligro. Soy de una época un tanto extraña, los bares de putas estaban en franca decadencia, la gente hablaba de nuevos conceptos para referirse a lo mismo, el oficio desde luego va a durar lo que la humanidad, pero se irá transformando hasta el punto en que se pueda confundir con la vida rutinaria. Mi lugar de residencia es un tanto soso, dos o tres seudo escritores acaparan la atención de las autoridades estatales en lo que se refiere a otorgamientos de becas para poder desarrollar su trabajo, son personas que se han mimetizado con sus personajes y desde luego que aburren hasta el punto de decir no quiero saber nada más de ellos. Si bien es cierto que se dice que la profesión de escritor, es una profesión que amamanta en la soledad y necesita de se gran silencio para poder crear, yo digo que es pura mentira, se necesita de los amigos, de la gente que te nutre con sus historias y necesitas saber de boca de otros escritores que están haciendo pero no con su obra, sino con su vida, puede que en esos actos se escondan historias interesantes. Me cansa esta ciudad y su gente que se persigna ante la posibilidad de un solo acto que demande o los invite a hacer algo que dañe su imagen moral ante la sociedad. Incluso que en esta ciudad las putas fueron abolidas de esa larga herencia cultural o se dice que no hay un lugar específico donde encontrarlas, la justificación es que a la alcaldesa de esta ciudad no le gustan las putas. Nunca he pagado por sexo, es un tema cliché. Muchas noches estuve tentado a pagar por sexo, desde luego que eso no tiene nada de romántico y supongo que me habría convertido en un hombre triste y quizá estaría inmerso en el aburrimiento y la soledad, pero no lo sé y en estos días solo me queda suponer.

La situación de las amantes es una posibilidad latente en mi imaginación, pero en el plano de la realidad se vuelve cada día más complejo, no por mis casi 43 años y que tal vez pronto comience a retener orina en mi vejiga y las visitas al urólogo tengan que ser frecuentes, sino por el alto sentido de culpa que las mujeres suelen cargar y al que sus maridos les encanta alimentar con sus quejas y lamentos, mientras que ellos todo el tiempo están buscando con quien descargar sus ganas y sus espermas. Una amante suele ser una mujer joven que se atreve a todo y no tiene nada que perder. En esta zona, no estoy seguro si es por las cercanía con USA o por el carácter mismo de las mujeres, que para tener una amante se necesite mucho más que seducirlas y mucho más que el dinero, parece que quieren promesas incumplibles o realidades extrañas donde el que sean las amantes no existe, y uno se tenga que entregar en cuerpo y alma a ellas. Hace un tiempo supuse que lo mejor sería tener como amante a una mujer casada, pero me encontré que para eso se tienen que cumplir con una serie de requisitos extraños, por ejemplo que la mujer no tenga hijos, que su marido tenga un trabajo que lo ausenta todo el día de la casa y que tengan el peor sexo del mundo. No tengo la más mínima idea de cómo una mujer casada puede tener una relación sexual fatal, hoy en día primero te vas a la cama y después de casas, pero parece que sucede. Lo bueno de este mundo de requisitos, es que la posibilidad de tener una amante es alta, pero solo es eso, una probabilidad.

El día de hoy me di cuenta de que si quiero una vida de sueño, una vida no tan aburrida, debo de huir de esta ciudad, pretextos tengo tantos: la inseguridad, un mejor lugar para mi niño, que en esta ciudad las amantes son tema imposible, que no quiero morirme en este pedazo de tierra o que tal vez que las gringas, las que viven del otro lado, son, piensan y actúan como mexicanas fronterizas, lo cual reduce a que el territorio es más grande pero igual de inhóspito. Tal y solo tal vez, es que he tratado de seducir a las mujeres equivocadas y he tratado de tener amigos equivocados y quedarme en una ciudad por comodidad sea la mayor imbecilidad que pueda cometer. Como sea, espero que nunca desaparezca este deseo que se forja en mi imaginación todos los días y que pronto venga la mía, para reírme del mundo y todas sus pequeñas bromas.

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