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Archive for 30 septiembre 2016

Mi eternidad son tus besos

No hay necesidad de gritar todo lo que por ti siento. El amor es un pretexto, a veces una mentira, no estoy seguro si necesaria o no, pero eso a nadie le importa. Veo a mi pequeño correr por la casa y a veces me rompe el corazón saber que un día se tiene que morir, que yo voy a morir que la vida es eso un estado transitorio y me pregunto si la muerte es ese otro estado, un momento en ella y luego de la muerte que sigue o es que en ella existe lo eterno. Otras veces me rompe el corazón el saber cosas sin sentido. Para mí la vida es esa promesa de despertar todas las mañanas y saber que sigo acá y que he tenido un maldito sueño que no me deja descansar, donde un hombre me sigue todo el tiempo y una mujer me rescata de morir. Por qué la muerte no es una mentira y el amor ese paso que le sigue a la vida y por qué demonios el amor no es tan eterno como a veces creemos.

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Querido Joserra

No hago nada fuera de lo normal y a veces me siento tan agotado. Tengo tantas cosas en la cabeza, cosas que recuerdo con mucho cariño y luego viene la tristeza y lo que se pueda leer de ella, hoy habría querido estar a lado de mi amigo y abrazarle para arrancarle su pena y dejar al descubierto todos los recuerdos que su padre ha dejado por siempre en él. Te abrazo querido amigo.

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A veces es sin besos

Me acerco lo suficiente para que tengas la necesidad de rascarle al deseo, no es una cuestión de amor, ni de cuerpos sedientos, tampoco es violencia, no es el sexo que no tienes en tu rutina, con aquel que dice que te ama, ni el aire que respiramos juntos, no hay necesidad de que sea algo o que algo nos justifique, es como dar un beso y después seguir y no parar hasta que el cuerpo diga basta ya no puedo más. Visto así el amor pone entre ambos distancia. Distancia es lo que hay, tú sabes que no es difícil quitarnos la ropa, a menos que sean las dos de la mañana cuando tu marido se levanta al baño porque la maldita próstata ya no lo deja dormir como cuando era joven y te tocaba por dentro. Nos quitamos la ropa sin violencia. No es difícil ignorarnos cuando nos vemos y la situación es comprometida, aunque yo imagino tu espalda desnuda y en esa misma imagen veo como tus caderas van de un lugar a otro. ¿sexo?, no, que va, lo nuestro es parte de los deseos que a diario intentamos cumplir.

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Las noches tienen un sabor a mí

Soñé que estaba de nuevo en la frontera, ruido de balas todo el día, olor a carne quemada y sobre todo sentí que pertenecía a ese lugar. Tras haber vivido los últimos años en tal lugar, termine por e acostumbrarme a ciertas cosas superficiales, por ejemplo; los domingos cruzábamos el río y prácticamente nos íbamos de compras, no es como acá que te puedes ir a unas montañas y cortar manzanas o meterte a un río que aún lleva agua limpia, todo me parecía más superficial en la frontera, incluso la posibilidad de convertirte en ciudadano y tener eso que todo mundo llama vida feliz. Antes de cruzar un agente aduanal nos pregunto: adónde van, en un español mal hablado, pero con acento de los que somos de este lado, quizá en otros tiempos, tendríamos una conversación amena, pero el tono en el que hace sus preguntas te obliga a responder de forma grotesca, todo es grotesco. Lo triste del sueño es que el agente aduanal me negaba la entrada, la ciudad me negaba la estancia, las balas me negaban la valentía y entonces comencé a caer desde una gran altura, no había paredes para aferrarme y sentí mucho miedo, tanto miedo que termine por despertar y me sentí tan ajeno de tantas cosas.

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Trazos

Tomaba el café como solo los que son zurdos lo saben hacer. Se levantaba a las cinco de la mañana pero no para ir a correr o para irse al trabajo, hace mucho tiempo que no sabe de esas cosas. Se rapaba todos los días, no porque lo estuvieran tratando de algún cáncer. Odiaba a los que a su vez odiaban a los chilangos, más bien no los odiaba pero sentía algo por ellos que no sabía describir y lo más fácil era decir que los odiaba, era lo más equitativo posible. Su tristeza más grande era no escribir, aunque lo que escribía no tenía idea de cómo llamarlo, tal vez eran unas cuantas líneas inconexas que no expresaban nada. En una palabra era un ser extraño que suponía tener una identidad. Zurdo. Amante del café. Madrugador. Aunque nada de eso era cosa del otro mundo.

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Es casi imposible recordar

Hace unos cuantos años, cuando aún vivía en la ahora Ciudad de México, sentí la necesidad de hacer un ejercicio diario de la memoria, desde luego a favor de todos esos recuerdos que un día terminarían por perderse. En esos tiempos aún no estaba del todo viciado por el uso de redes sociales y equipos inteligentes, supongo que la mayoría de nosotros aún no estábamos influenciado y nuestra memoria era antes que otra cosa un prodigio, desde luego que mi memoria no llegaba a los niveles de Funes el memorioso, pero recordaba casi todo y en ciertos casos lo recordaba con lujo de detalles. Si bien he ganado años, también he ido ganando vicios, y paso horas metido entre un dispositivo y otro, entre una serie o algún programa televiso que se están llevando a la mierda mi memoria. En estos tiempos me resulta casi imposible recordar un rostro, para hacerlo tengo que correr a la pantalla de cualquier dispositivo y buscar a la persona, pero buscar a la persona se ha convertido en una tarea casi imposible, pues de casi nadie recuerdo su nombre o los nombres de todos los que me han ayudado a tejer la historia de mi vida, y sin embargo los nombres que puedo recordar están todos en las redes sociales, sin importar si alguna vez he cruzado una palaba o una mirada con ellos. A veces creo que la cosa esta muy complicado, que todo esto es como estar muerto y que en ese espacio de no vida uno se convierte en testigo de la perdida de lo que más atesoramos. La memoria.

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Me consume el silencio

Al principio decidí creer todo lo que me contaban, no porque así fuera más fácil. Las personas muchas veces dejaron de ser personas, no solos sus rostros se habían borrado de mi memoria; también sus nombres. A veces me pregunto si alguien se acuerda de mí, no por las cosas que hice, si no por las que deje de hacer, es casi seguro que pocos se acuerdan y los que tal vez lo harían ya están muertos. Así que me creí todo lo que me contaban, algunas veces sentía rabia y otras no sé muy bien si me sentaba a llorar o dejaba pasar las cosas, me abrí camino en un mundo raro, atado a recuerdos que no me pertenecían o tal vez solo se trataba de ir acomodando las cosas según parecían más llevaderas. Todo se fue retirando, perder los rostros no representaba problema alguna, pues bien lo puedes buscar en la red y más o menos coincide con lo que probablemente puedas recordar, pero cuando olvidas los nombres todo está perdido y la memoria te juega de forma cruel una y otra vez, hasta no saber quehacer, es casi seguro que sea el principio del declive de tu vida, sin importar cuantos años te pueda llevar a ese destino final. Las cosas se van transformando en un misterio, uno muy grande. Te oprime. Te impide entrar o salir. No te mueves, la inmovilidad te anquilosa, te aferras al miedo y solo entonces dejas de creer en todo lo que te cuentan y ahora inventas tú las historias y todo el tiempo tienes ese deseo de enterarte que hay más adelante, de saber el momento exacto de partir, de abrirte camino, de seguir vivo y cerrar los ojos sin cagarte de miedo, pero nada es como lo deseas. Al principio yo creía en todo lo que me decían, no tenía esa cosa que llaman malicia. De seguir así, podrían pasar mil años y jamás averiguaría todos los misterios que se esconden en mi carne y mi mente, de seguir así no seré otra cosa que un escritor fracasado y condenado al olvido, el propio olvido, hasta que llegue un momento en que ya no recuerde mi nombre.

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