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Archive for 30 abril 2012

Ella. Saco un cigarro de hierba. Me miro a los ojos y me dijo que sí. En ese momento mi vida cambio.  Se llevo el cigarro a la boca, se rasco las axilas y forma natural se las olió.  Sentí ganas de llorar. Los años ya me pesaban y era simple: no me lo podía creer.

Cuando ella me dijo que si se convirtió en la persona más adorable y es que cuando las personas decimos que si, todos nos aman, yo podría amarla, podría perderme en ella durante largas noches  y si un día me decía que no, entonces empezaría a odiarla, pero no era algo personal, las cosas suelen funcionar así.

Empezaba la primavera. Habíamos platicado de tantas cosas. Esas cosas que parecen estar reservadas para los amigos más íntimos, los que se enteran de los detalles.

Gabriela a los 22 años se había enamorado, no era la primera vez, pero ella no sabía lo que le esperaba y tomo las cosas como una aventura, una oportunidad para hacer de su vida lo que se le viniera en gana. Su sillón era el pretexto ideal para el primer encuentro, ese encuentro que se fue prolongando y que en ocasiones parecía que ese encuentro nunca iba a suceder. El de ellos era un amor salvaje, prohibido, un amor que lo succionaba todo. Gabriela era muy alta, muy delgada, no era deportista, se había puesta una banda gástrica y el reflujo no le permitía ser feliz. Tenía las piernas más largas y hermosas que un hombre pueda imaginar, era casi perfecta. Ella se desnudaba con facilidad, en cualquier parte de la casa, su cuerpo era digno de mostrarse, ella era toda una mujer y al decir esto, se podría decir que aquí acaba todo, que no existe nada más que contar.

Hablamos de las cosas que me gustan, de los libros, de los sueños y de esas ganas locas de hacer, de hacernos el amor, hablamos de nuestros miedos y de la vez que a ella le encontraron la hierba, hablamos de sus amores pasados, de sus ganas de ser ella la protagonista de una historia que no tuviera esos tintes violentos y dramáticos que suelen tener las historias de los amantes. Ella bien podría ser un invento.

El hombre de quién Gabriela se enamoro era 18 años mayor que ella. Toda una vida marca entre ellos la diferencia. Uno de los dos tenía triste el alma.

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ella cree que las causas de mis desvelos

son: porque estoy pensando en otra, y no en ella,

la historia suele ser repetitiva, nos incluye a todos;

te puedes retorcer en tus sábanas sucias,

mientras que la chica de piernas largas como autopistas

me ruega porque te la lleves  a la cama,

te puedes retorcer porque él te ha invitado a salir,

de nuevo y tú no sabes decir que no;

te puedes retorcer de puro gusto

mientras ella, mi chica me repite que no duermo

por estar pensando en otra que no es ella;

me quedo viendo una de mis paredes

la que no fue azul

y no encuentro

nada

me he acostumbrado tanto al olor de los libros nuevos

que

a veces pienso que huelen a sexo

con lo libros viejos no pasa lo mismo o pasa

nada

mientras ella cree que pienso en otra.

me siento 15 minutos frente a mi máquina, y

tengo miedo por la mujer gorda

y la de apretado cuerpo,

por la mujer de esos ojazos tremendos

y por los dioses que nunca se aparecen

tengo miedo porque todas ellas

se fueron, sin dejar rastro

estoy en una palabra

PETRIFICADO

no logro escribir nada

es entonces cuando me levanto

y algo se mueve dentro de mí,

quizá sea mi egoísmo, o esta lentitud

con la que ahora me muero

ella cree tantas cosas

además

de estar despierto

muero

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tantas cosas bellas que nunca más volverás a escuchar

conforme pasen los años y siento pena por ti, por mí

y por todas las cosas que han quedarse mudas para siempre;

tú que luces tan joven, que tienes agarrado el mundo

de alguna manera, tú con tus ojazos precipitados

que son el anticipo de ese tremendo encuentro,

tú que me estas mirando y yo, yo que solo encuentro

en mis manos: la huella de los años y el silencio

que de algún modo me va llevando adentro,

al mundo de lo imposible, de donde nadie se escapa;

tú con esos ojazos, y tu apretado cuerpo,

y la tristeza real que no escondes por más

que tus ojos te hagan ver hermosa; tú con

tu cuerpo apretado, tu andar rítmico, y el silencio

de tus manos, me tienes todo el tiempo mirando;

mientras tanto te imagino y nos imagino

desnudos, jugando entre tus piernas y rozando

tus nalgas, un viernes por la noche;

tú que hablas con las otras muchachas y les

cuentas de mis deseos por tocarte, por hacerte mía

por decirte al oído lo buena que estas, lo mucho

que me excitas, tú con tu apretado cuerpo,

hablas, sonríes, juegas y me miras ligeramente,

dejando en mí, el regalo más simple

y que me alcanza para soñarte cada noche;

tú con tus ojazos tremendos, que nunca vienes

que te pierdes en tu juventud, que desprecias

todas esas cosas hermosas que hoy

te dicen y que nunca más volverás

a escuchar conforme pasen los años,

y yo, yo que siento tristeza por todo ello,

te recuerdo que hoy es viernes

que es larga mi espera, que de algún

modo voy perderme en tu apretado cuerpo,

te recuerdo que en ti no existen tiempos de espera.

 

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Decidí traer un cuaderno todos estos días. Sí, un cuaderno, para escribir en él todas esas historias que parecen estar negadas y que sin embargo fluyen entre palabras y suspiros cortos, y mientras escribo desde mi olvidada infancia, recordaré todos esos lugares que de alguna forma ya he sido, que ya no soy, que ya no volverán nunca más. Quizá no sea un viaje único, quizá este mundo entre letras sea la más hermosa de las aventuras, única como entregarse al cuerpo del ser amado o perderse entre la sonrisas que me regalas cuando no cabes en tu felicidad. Después de todo, no existe otra cosa que no sea la magia. Esta intertextualidad con tu cuerpo caliente, me trae loco. Lo demás son historias que no se escriben por casualidad. Todo me lleva a ti y no eres Roma.  Olvide decirlo: el cuaderno será rojo.

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Ella intolerante a la adrenalina y él intolerante al látex. Ella había dejado claro que no tendrían sexo si él no usaba preservativo y él, le exigía que ella se arriesgará un poco más. Él le había pedido que fueran una noche, cualquier noche, a cenar, al sitio que a ella más le gustaba, pero estaba claro que de hacerlo, se encontrarían con algunos amigos del otro él, del que nunca se menciona en esta historia y con el que ella duerme. La que si tiene nombre se había dado cuenta de todo y le había exigido a él, que dejara de pensar en ella, luego ella, la que si tiene nombre noto su alergia y su vida se convirtió en una fiesta. Nadie dormía en las noches. Él le propuso, un disfraz, para una ciudad pequeña, no hay otra opción, incluso en las grandes ciudades todos se tienen que disfrazar, porque al final se termina en los microcircuitos, en esas calles que a diario pisamos, ella y él se tendrían que disfrazar. Él no se imaginaba con zapatos de tacón pero de ser necesario, tendría que hacerlo. El olfato de ella, la que si tiene nombre era capaz de distinguir el olor más sutil, incluso a muchos metros, pero sus ojos, no podrían distinguir entre un buen disfraz y si de paso usaban un aroma diferente, las cosas podrían ser más sencillas. El caso es que los vieron y ella la que no tiene nombre aún, corrió el riesgo de que el otro él, se enterara y todo terminará en un recuerdo, un simple recuerdo. La que si tiene nombre se le quedo viendo y dejo al descubierto un pequeño tatuaje que habita en su muslo derecho, sus ojos hermosamente mansos fueron el manantial perfecto para los peces de aguas profundas. La cegaron.

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¡y qué demonios es todo esto?,

el sexo primero que el amor

la muerte antes que la vida

el dolor antes que el placer

la guerra antes que el dialogo

la ropa antes que el cuerpo

los viajes antes que la salud;

tu vida primero y después la mía,

lo que dicen los demás

antes de lo que pienso yo;

¿y qué demonios es todo esto?,

tal vez y solo supongo:

la vida “light”, el consumismo

a más no poder

que importa,

lo que importa es

lo que los “otros” dirán

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Él quiere volver a despertar en los brazos de ella.

Ellos se atrevieron a cancelar las citas que nunca habían hecho. ¿Cuántas veces se habían parado en las mismas calles sin darle importancia al color de ellas?, dolerse de las cosas que pasan en el país, no era una alternativa, cada uno tenía la obligación de expresar lo que en verdad sentía y no alzarse con la voluntad de otros, los otros que ya habían sido convencidos de antemano. Ellos deseaban amarse intensamente.

Sobre su escritorio, estaba el iphone, con una foto de ella, donde se muestran un lunar cerca de sus senos casi perfectos. Lo que ella y él tenían en común eran esas ganas por salirse con la suya, atreverse, sentir la libertad en todo lo que hacen. Y ella estaba preocupada, había tenida una semana estresante y ahora lo pagaba con creces, con esos dolores en el abdomen y un incipiente resfriado que en primavera suele complicarse mucho más aún que en el invierno. Sus pies eran largos como: Las mil y una noches.

Una vez que él cuente su historia, todo habrá muerto, porque de ese se trata en el relato, contarlo todo hasta llegar al final, mientras tanto él cree de forma ciega en todas las posibilidades que se regalan cada que las historias de ella se quedan en ese imaginario, pasiones sostenidas en el aire y en el aliento de ella, en la velocidad con la que cuenta, con la misma velocidad que se va la vida, pero contar una historia no duele tanto como la vida, porque el escritor puede dar los giros donde la historia lo necesite y la vida no se puede sesgar, no puede hacerse a un lado ante la cruda realidad.

Ella, hoy no tenía ganas de contra muchas cosas, estaba terriblemente adolorida.

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¿y por qué fue ella y no la otra, la que si tiene nombre?, y después tener que soportar ese silencio, ese abandono y sus faltas de ganas.

Ella tiene unos brazos hermosos, delicados, apenas insoportablemente hermosos como para no querer dejar de estar en ellos y el olor de su pelo, es algo que lo desquicia y cuando le toca las manos se pierde y no sabe lo que en verdad desea. Desde que ella esta, él lucha contra el paso del tiempo, tienes ganas de esconderse, de que las horas no den cuenta de su vida, de sus mejores momentos, pero todo eso parece imposible.

Él se levanta constantemente de su lugar, va hasta donde esta ella, le sonríe, luego sigue su camino y se imagina tantas cosas que parecen imposibles. Sus pasos son los de un hombre cansado, lento, fuera de lugar. En ocasiones, el piensa que deberían salir los cuatro; no hay muchos lugares a donde  puedan ir, pero al menos existen uno o dos, que nos gustan, a todos.

Él había perdido la movilidad desde que se fracturo el tobillo izquierdo y luego estaba eso de los dolores de cabeza y su abdomen que ya no era perfecto, si quería que su abdomen se viera perfecto, tenía que sumir la panza. Y él no sume mucho la panza.

Su pelo era largo, hermoso como los atardeceres de esta ciudad, luego se lo corto, cada vez más corto, más intenso, más sedoso, más ella. Ella quería verse fea, subir por los menos 35 kilos más incluso 40, quería verse fea, que los hombres no se detuvieran en ella, por su cuerpo o por lo intenso de sus ojos, su pelo que desde lejos refleja la luz y su sonrisa, y las tardes que no hemos estado juntos, porque eso son las tardes, excelentes pretextos para no vernos, una tormenta, unas ganas locas porque las cosas fueran otra y no las que se viven.

A ella no le gustaba la idea de ir a cenar los cuatro, sin embargo estaba dispuesta hacerlo, con tal de darle gusto, con tal de estar un rato junto a él y rozar sus manos por debajo de la mesa. A ella le gustaba su manera tan simple de ver las cosas y esa forma tan directa para decirle lo loca que estaba por ella.

La otra, la que si tiene nombre nunca decía nada, incluso cuando se entero que ella me contaría su historia, incluso cuando sin decirlo sintió una especie de odio, porque podía adivinar lo que venía, lo que entre ellos se estaba fraguando. La otra la que si tiene nombre, siempre había estado sola, incluso cuando estaba con él. A ella no le gustaban los amigos de él. Los evitaba, argumentaba que no lograba tener una plática inteligente con ellos, que a ninguno le venía bien hablar del psicoanálisis y que todo mundo estaba interesado en sus piernas. Por eso quería subir 30 kilos al menos, verse fea, usar esos lentes grotescos, parecer una intelectual, antes que una mujer sensual sexual, deseada.

Ella quería que él le hablara de la gran ciudad y sus micro circuitos. De las calles que él siempre caminaba, de la gente que la habita, de sus amigos, quizá con ellos si podría hablar algún día. Ella le había prometido un masaje para la próxima vez, él le dije que sería correspondida. Ambos eran unos perversos.

Nadie le había besado sus rodillas.

Ella tiene los senos pequeños. Perfectos. Cuando él, la ve desnuda, se pierde, no sabe que  está haciendo y su idea de escribir la historia, esa que ella le ha prometido, la que le va contando a cuenta gotas, para que no se rompa el encanto. Si ella no fuera tan perfecta y no tuviera ese abdomen tan fuerte y tan largo, quizá sería lo mejor, pues él podría huir con facilidad y refugiarse en los brazos de la que si tiene nombre y no serle infiel jamás, aunque con ella, con la que si tiene nombre, él le es infiel a la otra.

Él vuela.

Lo mejor de todo es cuando ella le cuenta su historia, porque es en ese momento cuando ambos se entregan por completo al chisme. Ambos se ríen, cuando se dan cuenta de que alguien la sigue con la mirada y luego cuando ella se levanta de su lugar y se va al baño, él, siente unas ganas irremediables de entrar con ella. El sexo no lo es y nunca lo fue todo. La historia que ella cuenta es lo más importante.

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Acaso el  acto más solitario de este mundo es: la masturbación

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Él tenía tantas ganas de hablar con ella. Cuando se la encontró, ella escondió la mirada y le dijo: que no tenía ganas de hablar, que estaba muy cansada, que otro día quizá.

Y entonces vino la muerte, así en medio de ese silencio, sin previo aviso.

Él quería decir su nombre, pero ella se negaba a que él lo hiciera, y se dejaba atrapar en medio de tantas preguntas y después escondía la cabeza, como jugando, como que riendo encontrar en el suelo la respuesta  de lo que él deseaba saber, él que se perdía mientras buscaba las piernas de ella y encogía los hombros y dejaba que su ropa le calara, porque tenía ganas de besarla, pero ella simplemente, ese día no deseaba nada. Estaba cansada.

El estaba enganchado y creía que sabía escribir, pero en esos momentos no importaba si él sabía escribir, lo importante era decirle de una buena vez lo que él deseaba y que ella dijera que si, que tenía ganas de salir corriendo de esa cárcel que la atrapa por las tardes y que deseaba que su nariz pudiera olerla de cerca y luego ella  olerlo él, que se acercaran sus labios, sus ojos, sus sueños.

Había decidido no llamarla más como lo venía haciendo, es decir: ella;  no sería más ella,  él o quería hacerle justicia al nombre de ella, y es que un nombre lo es todo; él deseaba consultar con ella, que le dijera que es lo que prefería, de eso dependía todo en esta historia, y él, desde luego debería adoptar un nombre, pero tendría que esperar a que ella lo hiciera para luego inventarse algo.

La muerte venía siempre anunciada, algunos hasta creen que ya traía tatuado el nombre de su víctima, para evitar los errores.

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