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Archive for 30 septiembre 2011

Tenía claro que en este viaje algo iba a pasar, fue así desde que aborde el autobús. Nunca antes me había tocado un chofer de ojos azules, y mucho menos güero. El viaje a Paris había sido un caos, un fracaso descarado, mi idea de visitar la Torre Eiffel o el museo de Louvre, no se comparaba con mis deseos de quedarme a vivir en el viejo continente, pero sin nada a que afianzarme estaba condenada a ir y volver de nuevo, no importaba cuantas veces hiciera ese viaje o, a que lugares se me ocurriera ir, mi destino estaba sellado para siempre en las calles de esta ciudad.

Recuerdo que mis amigos se fueron a despedir, me regalaron unos cuantos globos, cinco en total.

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Realidad

Hoy lo más complejo fue volver a las rutinas del pasado. Menos dolor, más lectura, menos inmovilidad más letra. Hoy comprobé que mi voluntad es poco persistente y que no logro establecer una rutina con disciplina y espero que sea el último día así y que para la brevedad logre recuperar el ritmo del pasado.

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El último refugio es un sitio por donde no pase una bala perdida,

por donde la existencia de de un convoy, sea algo imaginable

y donde todos los ruidos no se parezcan a los existentes en nuestra mente:

que son detonaciones de armas de fuego, ni tampoco sea la pronto aparición

de la muerte que contenta cumple con su cometido. El último refugio

que sea un viaje a los brazos de una amante, o una

invitación a los sueños de Tolstoi, eso sí,

lo que ocurra primero

y que el fuego cruzado

nos agarre confesados

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Con todos los pendientes que tengo a la mano, me pregunto por cual debo empezar. Desde luego que eso de empezar a solventar los problemas de los pendientes es en realidad la mayor de las ficciones que se me pueden ocurrir. Tendré en los próximos quince días, tiempo para hacer todo lo que se me venga en gana y al mismo tiempo, para no hacer nada, el reposo, el no poder apoyar el pie, el estar en casa, el leer durante la mayor parte del día, el escribir, son en suma lo que quiero y no quiero en el orden que sea necesario y cumplir con los pendientes no es algo que tenga a la mano o que me venga muy bien, pero quizá deba organizarme y cumpla de forma “inteligente” con alguno de esos proyectos. Así que no tengo más opción que ponerme a trabajar.

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En todo caso lo único que yo podía hacer era correr a refugiarme. Nadie me había avisado lo que en ese momento estaba ocurriendo y mientras el sol este brillando uno no puede creer que el fin esta cerca. Al empezar a correr te quedas sin palabras, tus ojos suelen clavarse a una velocidad vertiginosa, buscas un sitio seguro, para que los fragmentos heterogéneos de la metralla no puedan alcanzarte. Las nubes ya se estaban perfilando, desaparecerían de un momento a otro. En mi mente tenía muchas imágenes, algunas ideas muy claras de lo que escribiría esta noche. Debo decir que esas imágenes me eran por alguna razón conocidas. Así es la ciudad, es un ambiente y un entorno por todos conocidos, no puedes hacer planes, no puedes creer siquiera que tus deseos puedan ser cumplidos, es imposible; incluso la hierba verde se esconde del viento y casi siempre desea que el sol ya no quiera nada con ella. Y los niños seguían cantando, no se habían percatado de que afuera todo estaba mal, me pregunte entonces: ¿Acaso no lo saben? Afuera llovía plomo. Ni yo mismo lo sabía, a no ser por un trabajador de la telefónica, que me dijo con voz preocupada.

—¿Es qué no los oyes?

—De inmediato, me dije, seguro que este tipo está loco.

—Son disparos, ¿oyes?

—Le dije que no me había percatado, pero que él tenía razón

Entonces salí corriendo, abandone el auto y me fui a un refugio que nos dijeron era seguro y entendí en ese momento la voluntad de las buenas personas, la voluntad de crear una ciudad diferente y sobre todo, sus ganas por no perder la esperanza de que nos merecemos siempre algo mejor para vivir. Pero el paisaje que se presentaba ante mí, me lleno de una inexplicable tristeza, y hablo de un paisaje rutinario, de un lugar en el que todo parece ordinario y la gente en este lugar hablaba que esta ciudad ya no le daba más confianza que ya era tiempo de agarrar otro camino, y encontrarse con su destino. Imaginen lugares normales y comunes, lugares donde la violencia parece tener un poco de recelo para mostrarse, imaginen un mundo donde la gente aún conserve sus valores y los que quieren portarse fuera de la ley, tengan al menos un poco de respeto por todos; digamos que tengan un codigo de honor.

En ese momento tuve muchas ganas de correr a mi ventana y contarte lo que me estaba pasando, pero me detuve, no se aún porque lo hice y si era lo correcto, tuve ganas de dejar un rastro por si me llegaba a perder y así te fuera posible encontrarme, pensé que no me había enterado, pero que en este momento ya estaba sucediendo, el fin del mundo ya hacia su acto de presencia. Pero como siempre: me equivoque, nada era lo que imagine y lo que crei que podría ser y eso me cambio un poco el estado de ánimo.

Habría querido salir a la calle y contarle a todo mundo que era lo que nos mantenía a muchos aterrorizados, quizá debería decir, con miedo, cierto miedo y cierto sabor y olor a la muerte, pero el salir me ponía en una situación adversa, incomoda, de cara a la muerte, y después de todo a la gente, lo que en verdad le importa, pocas veces tiene que ver con lo que uno cree importante. Un resumen de lo ocurrido es simple, se puede leer en tres líneas y no existe más por descubrir, y yo no tengo ganas de contar esos eventos, lo que en realidad me interesa, en cierto modo ya es tarde para hablar de eso, pero me interesa que en nuestra ciudad, esta noche logremos dormir bien y que nunca se pierda la esperanza de un mañana mejor.

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En Matamoros. Balacera de media tarde por diversos sitios de la ciudad. Por primera vez nos toca pasar como “refugiados” en una escuela, a lado de pequeñitos. Y dicen que todo esta bajo control

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Decimos ser diversos, nos gustan

dioses diferentes y tenemos demonios

que nos atraen con su fuego, nos gustan

los encierros con nuestra soledad

nos gusta la otredad y nos gusta

jugar a que somos ajenos del resto

del universo, nos gustan los ojos

de otros, las risas de otros

el andar o los labios de otros,

de los nuestros, de lo tuyo o lo mío

nos gusta como en un juego de niños

nos evitamos, nos negamos miradas

y nos quedamos pensando

en lo que es lo que te pasa

si yo, ni te veo.

 

Decimos que somos diversos

pero igual nos lavamos la boca

nos da miedo el vecino,

nos escondemos del cruel destino

nos bañamos sin ropa,

y de noche soñamos a que nos

atrapa ella o él con sus besos.

 

No tan fácilmente te escondes de mí

ni yo me escondo de tus deseos,

ambos sabemos del misterio

que se esconde en el otro,

pero al sentirnos tan diversos

pretendemos no oír, ni desear

lo que encierra el otro.

 

Nos pasamos la noche vigilando los sueños,

nos pasamos la mayor parte del tiempo

descubriendo que somos solos,

como nunca antes en nuestras vidas:

solos e inventamos un latido

para callar todo el ruido

que esa soledad nos provoca,

tan solo como el hombre que le teme

a los latidos del solo y que en su quietud

deja ir el último suspiro.

 

Y con todo eso de creer y sentir que somos diversos

nos vamos perdiendo en un mundo prohibido,

nos vamos llenando de un breve sonido

que desgarra, que brava, que ataca

a lo que hemos llamado: yo mismo.

 

¿Quién se puede atrever a decir que no somos diversos,

quién sino este cuerpo que mantienes en el olvido?

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Una noche agarre mi mochila y dije:

he aquí la muerte que se acerca,

entonces viaje al norte;

mi madre que era incapaz de tejer historias

donde la muerte no estuviera presente,

pensó que yo estaba haciendo una tontería,

pero no, lo que yo tengo es obsesión con la muerte,

tengo ganas de buscarla a todas horas,

sin importar que sea cruel o única,

sin importar que a todos

nos vaya a llegar de un momento a otro;

y todo porque deseo

hacerle el amor por adelantado

y tener hijos con ella.

 

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Ciudad de monólogos sin respuesta,

sin voces que confirmen su existencia;

más que sueños, realidades crueles

y noches que nos estrechan,

en una isla llora el hombre

en mis brazos, sin ti

llora la muerte que no te encuentra.

 

Fresca al tacto es la sangre que se derrama

en una ciudad que se amolda a sus exigencias

las exigencias de grupos que dicen tener

el control y solo controlan lo que sus ojos pueden ver,

ojos gastados por las incidencias diarias

ojos que no saben del amor, porque no sienten

pasión en sus tareas diarias, tareas donde el alma pierde

el control y son los pesos quienes las gobiernan.

 

Acá los hombres, ¡Sí, los hombres!, no tienen

un alma azul, no tienen sueños siquiera,

acá los hombres desean abrir las puertas

abrir a golpes de metralla y no de pasión

el corazón de su princesa,

acá los hombres abren a golpes un  mundo sin razón

a golpes escriben esa historia que jamás entendió

el ritmo hostil que escupen  sus cuerpos

con forma de fusil fornicador y donde

el ruido hostil de su conciencia, les hace

contar todos los muertos que ha logrado hoy.

 

En todo ello busco la cohesión de tu cuerpo al mío

y que tus espacios se unan a uno que he inventado;

busco la existencia de un minuto que nos enardezca,

un minuto que nos haga  olvidar este mundo raro, busco

el silencio de la metralla y luego mudar nuestros besos a las brazas

del eterno significado del ¡ahora no, no más fuego!, nos estamos amando.

 

Siempre nuestras, las historias paridas, siempre nuestras

las corrientes de  vida y este incesante encierro

siempre nuestra la posibilidad de descubrir lo que encierra

este sentido de vida, de desenmascarar

este batallar que no lleva a nada, de entender este andar

entre olores que ya no son más desconocidos

y de noche te pierdes de mis espacios.

 

La vida no me sirve si esta ciudad con su largo monólogo

deja sordo al eco que me confirma que aún estoy vivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mi ventana

 

Desde una ventana, sitiado en mí intimidad

y mis miedos; en mi piel veo venir la muerte

entre estruendos y gritos, entre  el olor a sangre

y pólvora recién quemada, en una atmosfera

que me ahoga, que me traga, que me pierde.

 

Metido en mí, en mi piel y más adentro incluso de la piel,

metido en mis mañanas rotas por las esquirlas que anoche

rozaban el aire: me descubro distante de lo que antes fui,

de lo que ahora deseo ser, estoy ausente de la radiante historia

de una ciudad de luces, de una ciudad que a diario

me regalaba un mini circuito donde siempre coincidía en ti.

 

Desde mi ventana, acaricio la posibilidad de encontrarnos

te envió mensajes dos o tres veces al día, la magia

de no depender de una botella que las olas del mar

lleven hasta ti, me regocija, desde mi ventana te acaricio

en mi intimidad y en la tuya, es todo lo que nos queda:

intimidad, ventana, miedos, gritos en la calle, y

esquirlas que buscan nuestros cuerpos. De todo lo demás

somos huérfanos, incluso los sueños se mudaron

al sonar de los fusiles y el olor a muertos.

 

Sin importar el rigor de las balas o del constante silencio,

mi ventana es una paradoja, pues el cuerpo toma forma

y por más que quiera tocarlo no puedo.

 

Atados a la red, reposa la gentil muerte de nuestros tiempos

si esa red fuera agua, gota a gota se desgastaría,

si fuera niña dulce la muerte sería y amarga para los que quedan;

cumplimos con todos los tiempos, nos acosamos, nos aburridos,

nos prometemos amores imposibles, pero siempre eterno,

la red nos estrangula, nos desconoce

nos aburre y nos vuelve más lentos, lentos

en un reposo jamás pactado, más lentos incluso

que el vuelo de un pájaro en desbandada

y el reposo que nos espera, después de la una y media

nos traga, nos amamanta, nos hace pensar en silencio

y nuestra ventana no sabe estar apagada.

 

Que ventana tan ventana, que mundo tan heroico, y

qué vida enciende los motores allá afuera;

y nosotros que nos rendimos siempre puntuales

por no saber amar y amarnos, por no entender

que la vida es así, y que un proyectil

puede cobrar la factura en cualquier instante

y mientras no sucede así

nos agobiamos en esta prisión diaria

y algo nos atrapa en una libertad enrarecida

en unos gritos ahogados,

en una ventana luminosa

en una flor post procesada, donde la intimidad

no existe, donde el miedo y los sueños duelen

sin importar si es de noche, tarde o madrugada.

 

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