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En estos momentos intentaba escribir una historia, algo que no fuera nada complicado, tal vez una historia con mucho sexo o mucha sangre o mejor aún con mucho sexo y abundante  sangre, tal vez se trate de una novela, una no muy larga con personajes comunes y el asesinato de una mujer y que la mujer muerta aparezca debajo de un puente y que sea novia de un escritor obsesionado con las historias oníricas, pero como dije antes, intentaba escribir esa historia, pero algo me ha sacado de mi ambiente ideal para escribir y ahora me dedico a imaginar cómo sería esta historia y me olvido de escribir; no más por esta noche.

Cada noche era un pretexto para ir con ella. Solo de anoche porque los amantes no se pueden ver a la luz del día y mucho menos estar en boca de todos, no, en una ciudad como esta, una ciudad donde los fines de semana huele a carne asada y llegas de un extremo a otro en unos cuantos minutos, pero sobre todo porque los perros dejaron de ladrar, que tristeza que los perros ya no ladren y se escondan cuando escuchan ruidos. Miro su cuerpo y me parece el cuerpo más autentico, la toco, le meto un dedo, luego dos y en ocasiones más de tres, ella gime, grita, goza. Yo estoy perdido en un orgasmo interminable, no podría ser de día, todo mundo vería mi cara de satisfacción y le contarían a su marido. Al marido no le tengo miedo, pero es muy grande y me imagino que un golpe de él me traería graves consecuencias.

Me había preguntado toda la noche si en realidad era bonita. ¡No!, no era bonita, ni siquiera tenía nalgas y sus piernas eran demasiado flacas, tan flacas que cabían en mi puño. Me le quedaba viendo a sus senos y pensaba en aquello que dicen que cuando uno se le queda viendo los labios a una mujer, es porque quieres besarlos. La única mentira que me dijo es que las mujeres casadas no desean andar con otros hombres, al menos no, ella y su hermana.

Animal infeliz

No me canso de verle los ojos. No me gustan sus lentes, los odio porque le roban la esencia de lo que ella es, pero no tengo alternativa, a veces se los quiero arrancar, y tomarla a ella en mis brazos y besarla hasta que se me borran las ganas o nos amanezca, lo que suceda primero.

Tengo que confesar que durante muchos años yo me creía poeta, escribía poesía, a escondidas, no quería que nadie las leyera porque decían cosas tan absurdas de las que ahora me río, sucedía todos los días lo de ponerme a escribir poesía, tenía las paredes tapizada de poemas. Un día me se me ocurrió leer esos poemas delante de un público y me di cuenta de que un hombre o una mujer no pueden vivir sin poesía, como tampoco pueden vivir sin un hombre o una mujer según sea el caso y fue entonces que deje de escribir poesía y de pretender leer con un público frente a mí y me dedique amar a una mujer que era toda la poesía que necesitaba, pero la cuestión amor no dura gran cosa y un día me descubrí en un cuarto a oscuras como si anduviera a hurtadillas, tratando de escribir un verso, uno solo por noche me repetía, mientras que mi mujer se lavaba las axilas y se perfumaba.

Por la mañana, salimos del trabajo y nos fuimos a refugiar a su cama, ella insistía en preparar café. Yo me sentía triste como para de paso tomar café. Había vivido ya dieciocho  años con mi esposa y era la primera vez que me metía a otra cama sin que ella estuviera conmigo, no solo me sentía triste, debo decir que por primera vez en todos estos años me sentía vacio. Me puse la ropa lentamente, mientras que Aline (la voy a llamar Aline, porque su verdadero nombre no me gusta), bebía su café en la sala, me acerque a ella y la bese en la frente y le di las gracias. Antes de salir, ella me dijo que la había pasado muy bien y que espera volver hacerlo después de la siguiente guardia, fije los ojos en ella y comencé a caminar, no quería que me viera llorar y una vez fuera de su casa comencé a correr, necesita ver a mi esposa, necesitaba bañarme, necesitaba quitarme todas mis culpas, necesitaba no volver nunca más al trabajo.

Historia de amor

Antes de comenzar esta historia, tenía pendiente un par de viajes, me esperaban en New York y en la frontera más horrenda del mundo. Mi apetito había cambiado, ahora devoraba con un gusto exquisito las agujas norteñas y todo lo que fuera carne. Desde luego que esta historia no tenía posibilidad alguna de existir, es más debo confesar que yo me había dado por vencido, pero esa noche nada más llegar al trabajo, vi a su marido llegando con una pequeña bolsa de papel, supuse que traía una torta. Ella estaría de turno toda la noche. El único problema es que la incontinencia urinaria me traía jodido o jodidamente preocupado, me habían hablado de algunos remedios milagrosos asociados a la propiedad del agave azul y de forma personal debo confesar que la única forma en la que me gusta el agave azul es en tequila, pero me había dicho que si me atrevía a llevar un tratamiento mi vida mejoraría y mi comportamiento sería igual o mejor a la de un chico de 20 años, supongo que me dicen que podría ser mejor por la experiencia, no encuentro otro motivo. Así que la fui a buscar, no tenía mucho tiempo antes de irme de viaje, le dije que era importante que me acompañara, que necesitaba contarle algo y nos subimos al elevador y ya arriba, hice que el aparato se detuviera como si existiera una emergencia y casi de forma inmediata la bese y le quite la ropa, fue inesperado para ambos, yo actúe de forma instintiva y las cosas no pudieron salir mejor, entre en ella una y otra vez, hasta que me dijo: detente, las cámaras están funcionando. Horas después me subí al avión y di un largo paseo por la playa,  iba descalzo, y una lluvia tenue acariciaba mi calva, después de ese día me encerraría a escribir o me regresaría a la ciudad y tomaría el primer vuelo que hiciera parada en New York, tenía tantas ganas de olerle las axilas a Udele.

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