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Archive for 20 junio 2013

Salgo a la terraza, siento el aire aún caliente , ya es casi la madrugada, pero no se deja sentir ese calor al que nos da por llamar infernal, tengo sueño, últimamente tengo sueño y cuando logro cerrar los ojos, no hago otra cosa que soñar con Sandra. Hace mucho tiempo que no bebo y no dejo de pensar en mis amigos, hace más o menos el mismo tiempo que no los veo. Acá en esta frontera la vida se va haciendo más lenta, no hay forma de estar más alegre o más triste, no hay un punto que nos permita ser más violentos o que nos haga llorar o cantar con más intensidad. La noche en esta ciudad es muy peligrosa, los depredadores sexuales salen a las calles y también vienen con ellos una serie de asesinos ocasionales, ladrones, delincuentes que no saben la virtud del oficio, todos se suman y hacen a esta ciudad cada vez más peligrosa e inestable, pero aún con todas esas alarmas la gente sale, se divierte, se amanece, canta, llora, después de todo la vida es un suspiro que nos puede dejar sin nada en cualquier momento. La vida se nos escapa con cada amanecer, la vida es una broma, a veces es un juego melancólico, con muchas ilusiones, la vida es en sí misma esa oportunidad para hacer lo que se nos venga en gana y no esa pesadumbre que muchos presumen con su cara y olor a muerto. Laura Blake me dice que piense bien las cosas antes de darle una respuesta. Me encanta discutir con ella, es un gasto inútil de nuestras vidas, nos repetimos mil veces las mismas cosas, nos hacemos recordar lo que somos y quienes somos en realidad, nunca tenemos una conclusión, hacer una conclusión sería como empezar a morir y de eso no se trata, nos escuchamos, nos decimos argumentos sin sentido pero que según nosotros podemos citar y al final terminamos desnudos, entrelazados en la cama, gritando o gimiendo, diciendo uno al oído del otro, lo tuyo no es otra cosa que un capricho.
Estoy en una edad maldita. Ya no es aquella edad en la que podías soñar de manera indiscreta y sin poner un límite a lo que deseabas, pero tampoco es el punto de esa lenta vejez, es algo que te desespera, en ocasiones ni siquiera es posible orinar a gusto, algo lo interrumpe y tienes que esperar un largo rato para que se reanimen las ganas y hasta eso te resulta cansado que mejor te sientas a esperar a que la orina salga cuando se le da la gana, pero a los cuarenta también descubres que en cualquier momento puedes morir y lo que es peor a todo eso, es que la panza te empieza a crecer y cada vez resulta más complicado mantenerla en forma, en buena forma. A estas alturas la creatividad tiene límites, ya no es igual escribir cada página resulta cansado y muchas veces solo piensas o deseas que llegue el momento de tener una siestas, la vida se volviendo cada vez en una necesidad de siestas, y los recuerdos de los buenos tiempos se te vienen a la cabeza a cada momento, a esta edad es casi seguro que sientes miedo y es ese miedo la razón por la cual aún sigues vivo. Después de esta edad, llegan las limitaciones y asumiremos nuestras culpas y no tendremos más salida que conformarnos. Justo estoy pensando eso cuando Laura Blake explota de nuevo, me dice no tiene sentido todo lo que le digo, que es necesario actuar, que no hay nadie más convencida que ella, que la vida no es una mierda y que mis miedos no se fundamentan y que si yo quiero mover un solo dedo, que a ella eso no le importa y luego sonríe y embiste de nuevo. Yo lo voy a tener contigo o sin ti, me dice, pero prefiero que sea un hijo tuyo maldito Carlos, prefiero que sea tuyo me repite y se suelta a llorar. Yo me quedo inmóvil, no tengo ni puta idea de lo que deseo o voy hacer. Me dan ganas de abrazarla, pero si lo hago, ella lo va a interpretar como un acto compasivo y su reacción será aún peor. Su departamento está a oscuras, unas cuantas luces se filtran entre las cortinas. Yo me acerco a ella por la espalda, su pelo ensortijado tiene un olor peculiar y me excita, me embriaga. No digo nada pero ahora recuerdo a mi familia, a las discusiones de mis padres, parece que todo es la misma pelea y es algo que no me gusta. La abrazo y tengo miedo de verla a los ojos, creo que me voy a quedar petrificado, pienso al mismo tiempo que ella es la Medusa. Tengo miedo que un día Laura Blake me diga que se va a marchar a otro lugar, ella es impulsiva, a veces creo que la esperan en otro sitio, donde ella se siente más a gusto, esta ciudad es un infierno y yo soy uno más de sus demonios. La noche no se apura, y nuestras voces, el sonido de nuestras voces se dejan de oír durante un tiempo; le pongo una mano sobre su ombligo y le susurro al oído: hagámoslo mientras fluyo en ella y entonces ella grita extasiada: bendita locura, no tienes idea de cuánto más te voy a querer.
Durante estos últimos meses las cosas no parecían ir bien. Yo no suelo comprometerme, me gustan las mujeres, sobre todo si no me exigen ese trabajo ingrato que supone una relación que va en ascenso. Esas relaciones viciadas en las que uno debe prosperar, para que no exista un final sino la promesa de una vida acompañada. Desde que perdí a mis mujeres, no tengo en la cabeza otra idea que no sea la de estar solo, la de despertarme todos los días sin que nadie esté a mi lado, es quizá un acto cobarde en el que me protejo para no volver a experimentar esa sensación de soledad y de perdida. No me gusta ser el mártir en ninguna historia, pero el traje de héroe me queda muy grande, me gustan las ciudades, me gusta viajar, me gusta abrazar a las mujeres, olerlas y que pronuncien mi nombre cada vez que entre sus entrañas se asome un orgasmo. Desde que me quede solo, decide que me gustan las mujeres casadas porque ellas no exigen ese trabajo arduo de la larga convivencia.
Mi padre se había casado tres veces cuando conoció a mi madre, en cada uno de sus matrimonios había tenido un hijo. Desde luego que yo fui el último. Cuando conoció a mi madre él pensó: la última, esa era su necesidad de alargar un poquito más el tiempo de su vida, ese tiempo que el necesitaba para olvidarse de su trabajo, de los problemas personales, de todas esas cosas que le quitaban el sueño. Él tenía en ese momento 64 años y parecía conservar la energía y el ánimo para proponerle a mi madre que tuvieran un hijo juntos. Mi madre lo amaba de forma distraída, ella ni siquiera se daba cuenta que él ya estaba en su último aliento. Ella sentada en la orilla de la cama, le dijo: sí, sí quiero tener un hijo contigo. Yo trato de ver ese instante y pienso en la imagen inicial de una película amorosa, y donde ellos no se dan cuenta de que los estoy observando. Mi padre a pesar de todos los años vividos, a pesar de que nunca dejo de trabajar, que las enfermedades le fueron cobrando la factura correspondiente a los años, nunca fue capaz de contestar cuando alguien le preguntaba cómo estaba de otra forma que no fuera decir: “bien”. Está a punto de amanecer. Laura Blake se levanta de la cama. Contempla su ropa interior. Yo hago un recorrido por mi vida, noto esa desgracia que me viene siguiendo desde que era un niño, desde que mi perro murió y deje la casa para no cometer una locura, esa larga cadena de desgracias y tristezas y ahora Laura Blake que me ha convencido a ponerme de nuevo en un punto crítico y me siento más vulnerable, más desprotegido y siento un deseo irremediable por salir corriendo, como si al hacerlo todo se pudiera olvidar o como si alguien más me estuviera esperando para resolver mis problemas. Entonces le digo a Laura Blake: ya es hora de irnos y ella no dice nada, solo me acaricia largamente y me mima como lo haría como un animal herido. Entonces y solo entonces yo me pongo a llorar y no hay forma de parar.

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Laura Blake me insistía en que teníamos que formalizar nuestra relación, lo cual creo yo significaba despertar juntos todos los días, tener un perro, sacar a pasear al perro, ir a reuniones con los amigos de ella y con algunos cuantos amigos míos. Para ella además estaba la idea de tener hijos. Pero yo no deseaba tener hijos, no más hijos y esa fue nuestra primer pelea. Ella insistía que lo que yo sentía por ella no era otra cosa que un capricho.

A estas alturas de mi vida, yo era ya una persona mayor, para andar teniendo hijos. Mi padre era mayor para cuando yo nací y falleció muy rápido, incluso antes de poder conocerlo realmente o poder tener con él una plática acerca de mi vocación verdadera, él deseaba que yo fuera médico, yo deseaba ser escritor, pero él decía que solo los mariquitas pueden ser escritores. Odiaba la forma como yo agarraba las cosas, decía que ser zurdo, chueco, no era otra cosa que un signo inequívoco de que yo era un puto, estas torcido hasta para comer me decía el muy cabrón. Mi padre solo me heredo su nombre Carlos, en el Gran Carlos García, toda una leyenda de la policía criminalista, aunque su nombre no me abría puertas. Él era el tal: Charlie como le llamaban sus amigos. Tengo un tres hermanos mayores, que siempre siguieron los consejos de mi padre. Todos son médicos y uno de ellos me cuenta que mi padre siempre le decía lo importante que resulta que los hijos escojan una buena profesión, que él, mi padre siempre había deseado que sus hijos fueran médicos, porque solo así se podrían costear viaje s a cualquier parte del mundo y vivir como viven los buenos médicos y no andarían sus hijos dando lastima. Crecí con esa maldita idea de hacer todo lo que mi padre quería, pero no es algo fácil, el tener que hacer algo que no te gusta. Eso sí, estudie muchos aspectos de la medicina, pero no fue algo de manera formal. Así que me incline por la ingeniería, pero ahora que he tenido la oportunidad lo he dejado y deseo hacer lo que siempre he deseado. Escribir. Mi padre fue un hombre cruel, siempre me estaba orillando. El recuerdo más intenso que tengo de él, fue el día en que me pidió que cerrara las jaulas-trampas de las chinchillas. Yo estaba cerrando una de las jaulas, le daba vueltas al alambre que servía como condado. Tenía en la mano izquierda las pinzas y le daba vuelta de derecha a izquierda al alambre y mi padre me dijo: tal y como lo hace los putos, solo así se puede entender que agarres las pinzas con la izquierda y le des vueltas de manera retorcida a ese alambre, y mientras se rascaba la cabeza agrego: es por eso que las chinchillas no se reproducen, es por tu necedad de ser maricón, por tu loca idea de ser escritor, estamos perdidos y desde ese momento no recuerdo a otro padre en mi niñez, él nunca fue amable, nunca le importo si yo estaba a gusto, siempre se tenía que hacer lo que él ordenaba, sino teníamos serios problemas.

Laura Blake era hija única, siempre había hecho lo que se le venía en gana. Ella me dijo que no le importaba como, pero que ella tendría un hijo mío y que le daba lo mismo, si yo estaba dispuesto o no a cuidarlo con ella, ella me dijo que mis historias del pasado por más triste que yo quisiera que fueran, no eran en realidad la gran historia que pudiera arrebatarle el sueño a alguien más que no fuera yo. Laura Blake, me dijo que me dejara de estar lamentando por las cosas que ya no podrían ser.
Mis padres murieron cuando yo apenas había cumplido 15 y 16 años. Nos fuimos de viaje los tres para Acapulco, mi padre tenía como misión resolver un caso de múltiples asesinatos. Mi padre fue en este país algo así como el padre de la criminalística. Él, mi padre sospechaba que eso asesinatos, se habían cometido por un asesino serial y que las muertes no pararían hasta encontrar al responsable de todas ellas, para la policía local, era evidente que no podrían resolver el caso y fue por eso que pidieron su ayuda. Nada más llegamos y nos enfermamos los tres de hepatitis B, mi madre no lo resistió y a los primeras semanas perdió la vida, mi padre duro enfermo casi un año, y fue entonces que me dio la oportunidad de conocerlo un poco más. Su muerte aún me sigue doliendo. Recuerdo que en sus últimos días, él, mi padre no deseaba quedarse dormido, me decía que de hacerlo la muerte se lo llevaría y no tendría como defenderse. Así que se pasaba la noche leyendo, y si no estaba leyendo, tenía la luz prendida todo el tiempo y no cerraba los ojos, al principio su comportamiento me aterrorizaba y le rogaba que cerrara los ojos, que intentará dormir. Así fue, un día cerró los ojos y no volvió a despertar jamás. Juntos resolvimos el caso del asesino serial de Acapulco, se trataba de un asesino organizado, nómada, hedonista motivado por compulsión sexual y depredador sexual. Conocido como el “El hijo del Chalequero”. Mi gusto por las historias oscuras, por los asesinatos, por la novela negra y por estas ganas de escribir ese tipo de historias, es otra de las herencias de mi padre. Mi gusto por Laura Blake, quizá tenga que ver con el que ella sea una mujer policía o aún mucho más que esa condición, sea que ella se encarga de resolver homicidios. Ella para mí no es un simple capricho, pero quizá no lo tenga muy claro.

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Vengo de una familia donde todos creen en el carácter mágico de las cosas. Mis tíos, mi madre y mi abuelo se consagraron a la brujería, ellos creen en las maldiciones y en el carácter maldito de las personas. Mi abuelo fue un famoso gitano. El padre de mi abuelo, mi abuelo, mi padre, yo y mis dos hijas habían nacido el mismo día. Un siete de enero. Yo era hijo único. En estos momentos tenía ganas de encontrarme con Marianna Bernal y seguir hablando con ella, me lamentaba haber salido del hotel como un prófugo. Luego de hacer algunas cuentas caí en que si ella era la victima del homicidio, y si su embarazo se llevaba a término, su hijo nacería un siete de enero. Estaba desesperado y no hacía otra cosa que negar su muerte. Me repetía una y otra vez: no puede ser, no puede ser, no puede ser.
Pensé que ser escritor era una vocación. Tendría suerte si alguna vez lograba escribir una historia por completo, casi siempre las abandonaba, no importaba en que punto de ella me pudiera encontrar, al final era lo mismo, abandonaba para empezar de nuevo, con otra historia, pero casi siempre las mismas emociones. Mi psiquiatra me había dicho que era una forma interesante de descubrir lo que me había pasado, que tendría que luchar hasta llegar al final de una historia y que en ese final yo encontraría las respuestas necesarias que durante años había estado buscando. Yo no lo tenía claro pero cada vez me resultaba más complejo entender que es lo que estaba pasando y lo único que deseaba era escribir, y escribir hasta perderme en mi memoria y en mis historias, pero esta vez no podría ser así, me sentía obligado a investigar que había pasado, me sentía en deuda con Sandra y las niñas; tenía que descifrar qué demonios significaba ese sueño recurrente y porque se aparecían en mis sueños esas frases que revelaban la existencia del Viajero. Me sentía en deuda con mi perro. Tenía que averiguar qué había pasado con Marianna Bernal o María Betania y si ese niño que llevaba en su útero era mío. Tenía que vencer mis demonios, pero sobre todas las cosas tenía que terminar esta historia de una vez por todas, de no hacerlo me tendría que olvidar de mis deseos por ser escritor. Pero lo que más me preocupaba era Laura Blake, porque si todo aquello que yo tocaba terminaba por morirse, ella estaba en un grave peligro y yo no deseaba que a ella le sucediera nada, quizá estaba enamorado y no quería reconocerlo, pero me aterraba la idea de perderla. Ya no más me dije y cerré los ojos.

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Recordé el día en que decidí salir con Marianna Bernal.

Ella me sonrió y me dijo que no habría de llegar muy lejos, y que sin embargo deseaba salir conmigo esa noche. Me contó de su gusto por los hombres, que le encantaba ser consentida, que no le importaba el dinero y que alguna de sus amigas le habían dicho que era una puta pero que eso a ella no le importaba en lo más mínimo. Me hablo de su experiencia y me dijo que me recordaba muy bien de esa primera noche en la que nos conocimos y que había estado desde ese instante encontrar el momento de volver a encontrarnos y cuando eso sucedió ella sabía que no dejaría pasar más tiempo y ahora ella me tomaba de la mano y se repetía que no lo podía creer. Yo no entendía su asombro, pero lo disfrute.
Desperté muy temprano en el cuarto de hotel. Trate de no despertarla, me puse mi ropa y recorrí el pasillo hasta dejar atrás el hotel. Estaba confundido, Marianna Bernal, era una mujer hermosa y joven, yo no tenía nada que ofrecerle y sin embargo pasamos la noche juntos. Sus ojos se me quedaron grabados en el alma. Eran unos ojos enormes. Esos ojos que no fui capaz de reconocer sin maquillaje y sin vida, esos ojos que sin vida parecían haberse encogido hasta tener el tamaño de una pequeña canica, sus ojos sin brillo y su cuerpo desnudo tirado en medio de una habitación desconocida la hacían distante e irreconocible, pensé que algo así no se puede olvidar, pensé en tantas cosas, como aquella noche que estuvimos juntos y que ella era una explosión de olores a feromonas y el alcohol que nos habíamos tomado, pensé que todo eso había sucedido diez o doce semanas atrás, pensé en la posibilidad de que ese embarazo fuera producto de esa noche juntos. Ella me había pedido no usar un condón, me dijo que estaba cansada de orgasmos fingidos y que esa noche deseaba sentir, sentirme en realidad tal y como yo era. Accedí.
Me sentía culpable, me había costado sacarme de la cabeza esa idea de que todo lo que toco lo destruyo. Había ido con una psiquiatra durante muchos años para poder establecer cierto balance y ahora con toda esta historia de muertes en mi vida, las cosas se estaban poniendo difíciles de nuevo. Si algo tenía claro es que no podía caer de nuevo. Sentí frío.

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Guarde todas las fotos y demás papeles del archivo. Salí del hospital y me fui a casa. No tenía ganas de ver el amanecer desde ese feo edificio y tampoco tenía ganas de encontrarme con el personal de turno matutino. Me quede dormido antes del amanecer y tuve un extraño sueño. En el sueño me encontraba con Marianna Bernal y le confesaba lo que sentía por ella:

—Yo siento algo por ti, solo que no podemos tener un romance —le dije
—¿Por qué? —preguntó ella
—Porque todo lo que toco se muere —le dije
—No seas tonto —dijo ella
—Es verdad, todo lo que toco se muere —dije. Al tiempo que despertaba. Me sentía atrapado, estaba sudando. El calor era insoportable, pero yo nunca sudaba. Sentí taquicardia y un deseo insoportable por llorar. Me vino a la mente la imagen de Sandra y de mis niñas. Yo los había matado, estaba destinado a que todo lo que tocaba se moría, eso pensé y sentí miedo por Laura Blake, me estaba ablandando, me estaba volviendo viejo. Quizá y solo quizá, me estaba enamorando. Grite tan fuerte como pude y esa mañana no deje de llorar.

En el hospital me dijeron que María Betania, la colombiana, hacía mucho tiempo que había trabajado para el hospital, era una técnica radióloga, muy amiga de Marianna Bernal y que entre ellas existía un parecido inexplicable, que la única forma de diferenciarlas era la forma o el acento con la que cada una de ellas hablaba, además de que en el registro de señas de identificación, Marianna Bernal, había declarado tener un tatuaje en la cadera izquierda que dicho de paso, nadie había corroborado su existencia. No podría estar más confundido.
María Betania, era la mujer que se investigaba el homicidio, de ser así, donde estaba Marianna Bernal. Decidí que ya era hora de investigar a fondo. Llame a Laura Blake y le conté de mis descubrimientos así como de mis sospechas. Ella me dijo que no había en esta historia dos personajes, que solo había una y que seguramente María Betania, habría comprado los papeles de alguna persona y se hacía pasar por ella. Me dijo, piensa si alguien alguna vez las vio juntas, si es así entonces investigaremos tu teoría. Me sentí humillado, pero no dije nada. No quitaría el dedo del reglón e investigaría lo que había sucedido en realidad y si existía esa doble identidad de la víctima o se trataba de personas diferentes.

Continúe el resto del día pensando en toda esa teoría que se me había ocurrido. Si estuviera escribiendo una novela, la existencia de Marianna Bernal, resultaría algo mágico como un as que se saca para darle fuerza al relato, algo que no tendría validez pero que vendría a darle a la historia un nuevo aire. En el caso de una investigación formal, sería un hilo frágil, algo que no se sustenta, pero la existencia misma de María Betania, no se sustenta por sí misma, porque para los investigadores se convirtió en algo fácil, una mujer de otro país, de la cual no se sabe nada de su familia y no hay forma de contactarlos, una mujer que es reconocida por unos cuantos que dicen creer conocerla y le asignan un nombre, sus datos aparecen en el instituto nacional de migración, pero no se tiene nada que sustente legalmente su existencia. Digamos que es un buen distractor y un personaje ideal dentro de la investigación, de la cual no se tiene nada y nadie la reclama y por lo tanto el caso se puede cerrar. En cuanto a Marianna Bernal, las cosas son diferentes, se tienen datos que ubican a su madre hacia el interior del país. En el hospital me han dicho que tienen una fotocopia de su identificación oficial y por lo tanto existe un registro de su existencia, con todo y huella digital. Eso supone un avance y nos hace pensar que no se trata de un truco si en este caso estuviera pensando en ella como el personaje de una novela. Todo era una cuestión de hallazgos. Tenía una línea de investigación, una línea muy delgada que después de todo era una pista, habría que investigar desde ese punto, seguro que llegaríamos a algo, solo tenía que convencer a Laura Blake y las cosas irían por buen camino.

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Solo después de levantar la foto sobre mi cabeza donde María Betania aparece maquillada, según mis caprichos, lo entendí todo. Estaba claro. Yo la reconocía. Era una mujer muy guapa, la había visto por primera vez unos 5 meses atrás. Tenía ese tipo de belleza que te deja pasmado, boquiabierto. Los rasgos de su rostro estaban tensos cuando la conocí. Ella había venido a trabajar por la noche al hospital porque la recepcionista en turno se había enfermado y no había nadie más que la pudiera cubrir. Esa noche solo intercambiamos saludos. Los chicos de personal que solían rolar turnos, me hablaron de ella y me dijeron que acostumbraba a venderse, y de entrada no entendí que querían decir con eso, hasta que me explicaron que solía venderse, pero no por dinero, de alguna forma a ella le gustaba comer bien y solía pedirle a sus conquistas que la llevaran a cenar a lugares caros. Pensé que en esta ciudad no existía un lugar al cual se le pudiera llamar caro y mucho menos existía un buen lugar, pero no dije nada. Ella es una meretriz, fue lo que pensé y me olvide de ella.
Tres meses atrás la había vuelto a ver, fue entonces que me detuve un poco más. Tenía unos ojos grandes y muy expresivos, ojos que seguramente habían visto todo tipo de cuerpos y un cuerpo que emanaba feromonas a más no poder, su cuerpo que debería ser el templo y la adoración de muchos hombres. Entonces recordé su nombre: Marianna Bernal.
Nos conocimos en el estacionamiento del hospital. Yo había ido a resolver un problema esa mañana y ella recién llegaba a trabajar. Nos presentamos y ella me dijo que si estaría ocupado por la noche. Era imposible resistirse a esos ojos, eso sin mencionar su sonrisa y la habilidad que poseía para seducir a los hombres, bastaba un guiño para quedar paralizado y dejar que tu voluntad estuviera a merced de sus caprichos. Acordamos ir a cenar, pero le propuse cruzar la línea fronteriza, vernos del otro lado, no quería que gente del hospital se enterara de lo que estábamos a punto de hacer. Ella accedió. En verdad le gustaba comer, parecía no tener llenarse nunca. Me gaste poco más de 400 dólares en la cena, ya sé que puede sonar exagerado, sobre todo cuando vas a un lugar donde el precio de un platillo oscila entre los 35 y 40 dólares. No hablamos mucho. Me contó unas cuantas cosas y quedamos de acuerdo en irnos a un hotel. Lo hicimos y durante las siguientes semanas no volví a tener noticias de ella, yo no la busque y ella dijo que me llamaría. Quede esperando su llamada.

—Marianna Bernal —dije.

La puerta de mi oficina se abrió. Uno de los técnicos deseaba dormirse un rato y me estaba pidiendo autorización. Le dije que no había problema. El técnico alcanzó a observar la foto con el rostro maquillado y me dijo: también caíste en sus garras, ten cuidado, esa es una mujer fatal.

No pude esperar más tiempo. Llame a Laura Blake y le conté lo que había descubierto. Ella me dijo que estaba muy cansada y que le hiciera el favor de llamarla muy temprano, que por lo pronto no tenía ganas de pensar en nada y que solo deseaba descansar. Colgué. Si yo estaba en lo cierto, quién demonios era María Betania. Acaso eran la misma persona. Tendría que esperar hasta el otro día y preguntar en recursos humanos que sabían ellos de una u otra persona. Me sentía confundido.

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Abrí el archivo. Lo primero que hice fue buscar las fotos.

María Betania. 24 años. Colombiana. Era lo que recordaba de ella, era lo que me había dicho Laura Blake.

Observe las fotos. Había algo en el rostro de María Betania. Algo que me resultaba familiar, pero no tenía idea de que era. Su rostro era peculiar, nada de otro mundo, quizá con un poco de maquillaje, me dije y entonces me di cuenta que ese rostro no me era tan ajeno como yo pensaba. Así que obtuve una copia de la foto a color y comencé a “maquillarlo”, no era algo que me gustaría hacer con el rostro de un muerto, pero tenía esa necesidad de saber porque ese rostro me parecía conocido.
María Betania había sido detenida un par de veces. La primera por trabajar en el país de forma ilegal. Aunque no la deportaron, la amonestaron y condicionaron su estadía en el país, pero poco tiempo después se presento ante el instituto nacional de inmigración para mostrarles una carta donde se decía que ella había obtenido permiso para trabajar en el país, así que no la molestarían más por eso. Había otro caso en contra de ella. Un tránsito la había detenido por manejar en estado de ebriedad y le había levantado cargos. En ninguno de los casos fue encarcelada y bajo ninguna circunstancia se tenía de ella un juego de huellas dactilares. La policía en su proceso de investigación había dado por válida la identificación de su cuerpo y no se tomo la molestia de investigar a fondo. Quizá no habría necesidad de hacerlo. Los investigadores suelen no investigar más, les da miedo lo que puedan hallar y se quedan con lo más básico; unos días más y le darían carpetazo al asunto, pondrían un sello en los archivos con la leyenda: Caso cerrado.

Una vez que termine de “retocar” la foto, una ola de familiaridad me ataco de nuevo.

El informe sobre el arma homicida, y la teoría de como habían drenado toda la sangre del cuerpo de las victimas parecía estar claro, pero mientras no se tuviera el arma o la escena del crimen no se tenía un caso, ese me parecía haber escuchado. El resto del contenido de la carpeta no habría sido de importancia a no ser por lago que llamo poderosamente mi atención. El reporte del forense establecía que María Betania, llevaba 12 semanas de embarazo.
Estaba por terminar de revisar todo el archivo del caso, cuando me llamaron de quirófano, una de las conexiones del aire acondicionado había colapsado y se necesitaba una reparación urgente. Fui al lugar de inmediato y me olvide de todo ese asunto de los homicidios, la reparación me llevo más de tres horas junto con los técnicos de mantenimiento. Había dejado el archivo bajo llave por si alguien se le ocurría entrar a mi oficina.

No podía situar el origen de la familiaridad con la foto. Observe de nuevo la foto en la que la víctima no tenía maquillaje, era un rostro común, se puede decir que cualquier chica entre 20 y 26 años de esta ciudad podría tener ese rostro. Ya con el maquillaje era otra mujer. Pero la forma en la que estaba maquillada correspondía a mis caprichos y más preciso aún correspondía a los caprichos de una memoria que es empeña en creer que ese rostro se habría cruzado alguna vez en mi vida.
¿Quién podría ser ella?

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