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Archive for 31 octubre 2014

Despierto y lo primero que viene a mi mente es: y ahora qué, parece una pregunta sin sentido. Todos los días las malas noticias nos van tragando, es algo lamentable, triste, casi agónico y para algunos este es un mundo mágico.

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Despierto y lo primero que viene a mi mente es: y ahora qué, parece una pregunta sin sentido. Todos los días las malas noticias nos van tragando, es algo lamentable, triste, casi agónico y para algunos este es un mundo mágico.

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Matamoros. Otoño. Lo atractivo de esta ciudad, lo encuentras cruzando un río, en otro país, es lo que la gente cuenta. Sin embargo del otro lado no existe esta orfandad, este déficit, estas muertes sin sentido, ni las estadísticas a favor que dicen que somos el primer país del mundo en cuestión de infidelidades, ni fosas llenas de muertos desconocidos, ni estudiantes desaparecidos. Lo más cerca del otro lado, son grandes almacenes, ni siquiera tienen ventanales imponentes, parece que todo mundo se protege, aunque las balas estén de este lado. Odio ir al otro lado, pues nunca encuentro una buena librería o tal vez es mi necedad de leerlo todo en español, no lo sé, los libros los encuentras en los centros comerciales, donde huele a todo menos a libros, eso me confunde. Tal vez debería ir a New York, esperar la época de lluvia o cuando el frío es insoportable, para andar corriendo por las calles, como si nada tuviera sentido, al menos nadie cuenta que en New York existan fosas donde arrojan cuerpos víctimas de una delincuencia que a todos nos parece institucionalizada, pero me da miedo viajar y encontrarme con el reflejo de mi cara en los ojos de Udele, mi rostro que contrasta con el de ella: tez morena, nariz ancha, orejas chicas, labios inquietos, cabello inexistente, imposible. Imagino que llueve y solo así podría empezar un relato.

Una mujer que no pasa de mi edad, camina por las calles de esta ciudad. Imagino que tiene un tatuaje a la izquierda del ombligo, quizá sea un lunar, pero en este momento yo imagino que se trata de un tatuaje, tal vez sea un punto, eso es, el tatuaje es un punto, pero no se puede saber si es el principio o el fin del punto. La mujer se detiene, me observa, siente curiosidad por mí y se acerca, no dice nada y sigue su camino. Es morena, de un color casi humillante para una mujer blanca que se tiene que esconder del sol para no quemarse. Después de unos pasos voltea y no me da tiempo a desviar la mirada, la estoy viendo fijamente por debajo de las caderas, me pongo nervioso y no soy capaz de sonreír. La mujer no me quita la mirada de encima, tiene los brazos marcados, supongo que su gato al estar jugando con ella le ha hecho esos rayones, pero podrían ser tantas cosas, sus ojos intensos se clavan en los míos y estoy a punto de desviar la mirada, me siento desnudo, pero no dejo de verla. Lo que sigue es una mezcla de realidad mezclada con los sueños. La mujer amanece desnuda junto a mí, tiene la piel brillante y los labios aún pintados de rojo, tal vez afuera este lloviendo, sus senos se aplastan contra la almohada, sus ojos ahora me parecen infantiles y no dejo de pensar en mi suerte o en la telaraña que he tejido alrededor de ella para que no pueda escapar, la quiero sólo para mí, pero parece algo imposible, ella está casada, no me lo ha dicho, pero lleva un anillo que lo confirma. El problema viene cuando se termina el relato.

Veo la ciudad desde el carro, no logro comprender tantas cosas y en mi traslado-encierro, me siento una persona segura, quizá porque las calles donde suelo transitar no hay ruido de balas ni de maquinas excavadoras preparando el terreno para arrojar cuerpos sin posibilidades, sin sueños, sin esperanzas, eso es lo que voy perdiendo conforme pasan los días, la esperanza y la maldita certeza me dice que cada vez las cosas están peor, que lo que reina es la violencia, la crueldad, el miedo y ya nada me distrae. Salgo a la calle y veo hombres armados, casi todos andan armados, me parecen seres transparentes, y con un poder extraño, embriagador, con un ruido que no cesa jamás, un ruido con voces, voces claras que nos dicen que ya lo hemos perdido todo, que ya nada es nuestro, que esto va a terminar mal, que nos va cargar la chingada.

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El tiempo se detuvo y con ello las historias fueron cayendo una a una hasta detenerse en unos labios rojos. Se oyeron ruidos que intentaban apagar el silencio, ese silencio al que me habías condenado.

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Lo más absurdo de todo es querer guardar silencio, porque en todos mis silencios hay algo que se parece a ti. En una ciudad grande nuestro secreto sería una tontería, cosa de niños, algo que no tendría sentido llamar así. En una ciudad chica como esta, no pueden existir los secretos y si alguien cree no tener un secreto, de inmediato le inventan uno para que este en boca de todos. Tener secretos es un obsesión es el infinito mismo de las pasiones, es la vida. Yo, en realidad odio lo silencios, no puedo soportar la vida cuando se está callado, cuando no se dice nada, también odio la vida sin besos, sin sexo y sin historias, quizá es la parte que más odio de la vida, la ausencia de historias y desde luego que me resulta insoportable no tener secretos.

Hay quienes dicen que en otros tiempos esta ciudad era más grande y que la gente se divertía, yo la he tenido desde siempre como una ciudad fea, no añora nada de ella, porque cuando la conocí ya patrullaban los soldados por sus calles, a veces me pregunto qué es más útil: el que los soldados patrullen las calles o que los gatos salgan a poblar los tejados, aunque en esta ciudad tampoco existen muchos lugares con tejados, y eso me jode todo el tiempo, no por los tejados, sino porque no me gusta ver a los gatos a ras de suelo, se vuelven vulgares y hurgan en las bolsas de basura que todo mundo lanza a la puerta de sus casas, de la puerta hacia afuera ya no es su problema, eso dicen. Si te aventuras a caminar por las calles de esta ciudad, encuentras casas en ventas, casi todas son casas viejas y feas, también encuentras puestos de tacos, supongo que es lo que más tenemos o tal vez consultorios de médicos odontólogos, ahora mismo no lo sé.

En esta ciudad te puede esperar la suerte o la muerte, porque seguir vivo cada día, me parece que es cuestión de suerte.

Supongo que la cosa del silencio es algo grave, sobre todo porque amamanto el ocio y leo como desesperado. No puedo pensar en dejar los libros, sería como citarme de manera seria con la muerte, también pensé que debería dejar el ocio, que esa sería la forma más fácil de no tenerla en mis pensamientos y sobre todo de no pensar en ella, luego me dije que el ocio no tenía culpa alguna, que lo mejor era olvidarla a ella, olvidarme del sexo con ella, olvidarme de su risa, de su andar y sepultarla en un silencio compartido, pero más me tardaba en pensarlo que ella en estar de regreso. Comenzó a llover, martes por la noche, no había otra cosa que hacer que contemplar su silencio, si es que el silencio se puede contemplar, di vueltas por la habitación, cerré los ojos, pensé en tantas cosas, mientras su imagen me taladraba una y otra vez mis pensamientos, me dije así no se puede y comencé a desear sacarme su piel de mi mente, leí una y otra vez y en casi todos las paginas aparecía su nombre, su historia, su silencio; sin duda me estaba haciendo viejo y no quería reconocerlo y lo más absurdo de todo era querer guardar silencio.

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Me habría gustado orinar delante de ti, pero ya orino con dificultad, diminutos chorritos que me avergüenzan y los sábados se pone peor. Deje de beber mezcal, no por falta de gusto, sino porque en esta tierra no es algo fácil de encontrar y lo que encuentras tiene dudosa calidad y más bien parece bebida para los que gustan del dolor de cabeza al otro día. Lo que sí podría hacer es tirarme de pedos en la cama, pero hasta eso me da vergüenza. Veinte años atrás me habría aventurado a no cerrar nunca la puerta del baño y no solo eso, andaría sin ropa por todos los lugares que me gustan, pero esta es una ciudad extraña, a veces pienso que es un gran basurero, pero eso me pasa en días cuando el clima esta por cambiar, se que el clima esta por cambiar porque me duelen las rodillas y porque me pongo de un humor que nadie me soporta, ni siquiera yo, cuando eso pasa, es cuando lanzo pestes sobre la ciudad, pero nunca en contra de su gente, aquí habita buena gente, otras no lo son tanto, pero se necesita de gente mala, sino no existe el balance.

Todo el tiempo he querido hacer el amor con ella, la cosa no empezó así, pero tenía que tomar esa dirección y no es que sea alguna condición necesaria, ni un rito mediante el cual se comprueba que la amistad entre hombre y mujer no existe, que siempre existe una segunda intención. Me dan ganas de hacer el amor cuando llega la lluvia, todo el tiempo tengo ganas, pero cuando llega la lluvia, la cosa se pone peor y me dejo llevar por mi deseo-voluntad.

No puedo imaginar a una mujer que no tenga ombligo, aunque dicen que existe una operación para borrarlos, pero no me refiero a ese tipo de mujer, sino a las que nacen sin ombligo, dicen que ya existen y yo solo logro pensar en muñecas que a las que suelen llamar: esposas holandesas (los japoneses las llaman sex doll), pero tampoco son ellas. A ellas las deberían llamar las eternas, porque se pueden reproducir a voluntad, aunque nunca he visto a una.

Pero yo no hago otra cosa que pensar en ella, muchas veces me le pongo enfrente, me dan ganas de que ella abra las piernas y que ponga mi mano en su vagina, no importa si trae pantalones, pero eso nunca sucede y no me queda más que jugar con mis muslos y apretarlos una y otra vez para evitar una erección delante de todos, supongo que a estas alturas sería algo no muy divertido. Los viernes suele tomar algunos shots de algo que se parece mucho al mezcal, después de un rato, pierdo la cuenta y mi cabeza comienza a cosquillear, entonces me levanto y antes de irme a casa, paso al baños y dejo que esas diminutas bestias salgan con dificultad mientras orino y luego se pierdan en un ruido escandaloso mientras van a parar al drenaje y pienso que una vez más he perdido la oportunidad para que me veas orinar y creo que tal vez mañana sea un buen día para hacerlo frente de ti. Me joden los cambios de clima y tengo ganas de ya no ir a trabajar, no digo nada, y salgo a caminar, me duelen los muslos y un ligero ardor me corre entre las nalgas. ¡Nadie!, puede hacer algo para que yo me deje de sentir así.

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Todos sus sentimientos estaban enmarañados, era una lucha por sostener lo que parecía no tener futuro alguno, una batalla de la cual no se podría librar, porque él siempre estaba dudando de ella, si las cosas hubieran sido de otra forma, desde el principio, quizá ella nunca habría pensado siquiera en la posibilidad de tener un amante. Y ahora a pocos días después de cumplir 25 años, las cosas seguían igual y nada parecía cambiar, ella comenzaba a desesperarse, los dolores de cabeza eran cada vez más intensos y frecuentes.
La última vez que ella había visto a su madre, se abrazaron y no pudo aguantar el llanto, se sentía perdida en un mundo extraño, como si fuera habitante en una isla desierta y eso era esta ciudad una gran isla que la limitaba de todo, pero sobre todo era él el que se encargaba de hacerla sentir así. Su madre al soltarse de ese abrazo le dijo:

—Estas, embarazada, así me paso a mí. Ella, Abril se sonrió y no dijo nada más. Parece que todos los problemas del mundo se resuelven con un embarazo, cuando tal vez es donde comienzan. Claro que ella lo había pensado, embarazarse, pero están de por medio sus sueños y no es que no quisiera hijos, sino que aún tenía muchos pendientes por resolver. Volver a la universidad un par de años más, aprender inglés, descubrir el mundo que le rodea, ese mundo que la mayor parte de las veces la estaba ahogando. Cuando ella le hablaba de sus sueños, él se enfurecía, no sabía hablar de otra cosa que no fuera la vida a lado de su familia, sobre todo de ese hermano que vivía en alguna ciudad americana, donde todos sus sueños parecían adquirir dimensión y su libertad se veía coartada porque todo el tiempo tenía que andar escondido. Ella odiaba esconderse y sin embargo, la única forma de que ella y yo pudiéramos estar juntos era escondernos y así lo hicimos. Ella había pensado que ambos podrían viajar la mayor parte del tiempo y deseaba hacerlo ya, en vez de estar perdiendo el tiempo con discusiones que no la llevaban a nada. Su trabajo era un encierro total, hay días que no veía otra cosa que esas paredes de un blanco desgastado, sobre todo no podía ver los atardeceres de este otoño, cuando todo se pinta de rojo y las aves cruzan el cielo buscando un refugio contra del frío que suele ser muy crudo, mucho más al norte.

Harta de estas calles, harta de su situación, harta de todo, ella quería olvidarse, empezar de nuevo, porque no le encontraba sentido a ese estilo de vida. Quería una vida diferente, la vida soñada. Los sueños que tienen los que se quedan de este lado, los que no cruzan al otro lado y se pasan todo el tiempo escondidos, no los sueños de una vida de trabajo, para tener cosas, esas cosas que llenan tus espacios vacíos pero que siguen siendo las cómplices de una existencia absurda, triste, desolada. No sabía que era, si sus padres o el haber pasado toda su vida en esta ciudad, lo que la retenía, sentiría mucha tristeza si un día se tenía que ir de la ciudad.

Ella estaba enamorada, por eso decidió casarse. Cuando la conocí ella era una mujer triste, todo el tiempo estaba riendo, pero no dejaba de ser una mujer triste, había algo en su tristeza capaz de seducirme y lentamente sin decir nada lo fue haciendo, yo me mantenía al margen, hasta que un día la vi sentada esperándolo a él y lo entendí todo. Él había dejado de preocuparse por ella, ahora pensaba en su vida, en sus cosas, en lo que deseaba hacer y por alguna razón las había dejado atrás, ella pensaba en que tendría una noche más, una semana más, un año más y toda una vida al lado de él, como para que las cosas pudieran cambiar. Ninguno de los dos pensó esa noche en la posibilidad de convertirnos en amantes. Cuando él llego me aleje de ella, no le tenía miedo a él sino a las reacciones propias de los hombres celosos. Lo había un par de veces y era evidente que sus celos lo dominaban, un impulso y hasta cierto punto egoísta, un hombre que no le importaba otra cosa que ser siempre el más importante, el único, el primero. Fue esa noche quizá donde todo comenzó o donde toda la vida pasada parecía cobrar sentido.

Cuando quieres a alguien comienzas hablar de tu pasado, ella empezó hablarme y yo no pude quedarme callado, le fui contando de a poco la historia de mi vida. Me preocupaba contarle todo de un solo golpe y quedarme sin nada más para contar, me preocupaba caer en un largo silencio que viene acompañado del tedio y la rutina y perderme para siempre en una vida sin sentido, una vida de reclamos, de engaños, de pasiones mal vividas, pero sobre todo me preocupaba ser un mal amante, en esta vida lo único imperdonable es ser un mal amante, puedes incluso negar la existencia de Dios, ser infiel y de alguna forma estar perdonado, pero ser un mal amante es como no vivir, puedes incluso ser un pobre idiota que no entiende nada de la vida y aún así salir adelante. Los días sin verla se fueron transformando en mi angustia. Una angustia que todos los días nos decía: tú y yo aún somos amantes. ¿Es así? ¿Verdad?

Total que aquella noche, cuando ella lo esperaba a él, nuestras vidas dieron un giro, algo insospechado y las cosas fueron teniendo otra dimensión, sin embargo ella no podía dejar de lado su tristeza, y pasaba por todo tipo de días, días donde el enfado era aún mayor y ella lo único que deseaba era dormir. cuando cumplió 25 años, me quede con ganas de verla, me conforme con pensar como sería su día y tuve un largo día donde todo me ponía de malas, un día para olvidar.

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