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Posts Tagged ‘—¿Ves? Ese hombre no es tu padre.’

 

 

—¿Ves? Ese hombre no es tu padre.

 

Esas eran las cosas más antiguas que recordaba. Mi abuela, que no era del todo mi abuela, ella y mi tía se encargaban de decirme todo el tiempo. Ese hombre no es tu padre. Les gustaba la idea de verme llorar, de verme sufrir, de verme triste, de verme derrotado. Yo apenas tenía 6 años, no podía entender en ese momento tanta maldad, confieso que aún sigo sin entenderla.

Comencé a inventar cosas, vivía en medio de una situación desesperada y si no lo hacía creo que mi vida se habría ido al traste. Yo no era un genio, solo tenía necesidad de hacer esas cosas. Mi tía y mi abuela, me llamaban mentiroso. Pensaba en aquellos años, que no existía en el mundo una ciudad tan espantosa como esa, desde luego que el tiempo me ayudaría a entender que existen otros lugares más espantosos, pero en aquellos años, yo estaba condenado y sin remedio alguno a vivir en esa ciudad. Me sentía prisionera a mi corta edad.

 

Recuerdo que fue el día de mi sexto cumpleaños cuando lo vi por primera vez. Y hasta ese día no recuerdo a ningún otro hombre, no sabía nada de un padre y quizá no me hacía falta, pero a partir de ese momento, ya era igual a otros niños, ya tenía un padre, ya podría presumir, ya estaba comenzando a perder la magia. Quizá eso fue lo que más me dolió, pero tardaría más de tres décadas para darme cuenta. Había pensado, que mi padre no estaba porque estaba enojado conmigo. Nadie había mencionado nada antes, ni siquiera mi abuelo, o mi madre. Nadie. Sin embargo, jamás en la vida vería el rostro de mi verdadero padre y mi abuelo que era al único que yo quería como si fuera un padre moriría antes de que yo me enterara de que las cosas no eran como yo creía. Fue ese mismo año cuando le pedí a mi madre que me pusiera Carlos.

 

Ahora pienso que mi padre era muy guapo. Mi verdadero padre.

 

Mi madre siempre se aparecía a tiempo. No me protegía contra nada ni nadie, dejaba que mi abuela y mi tía me dijeran esas cosas. Una y otra vez. La ciudad tenía ese breve aroma a podredumbre, así como el aroma de los desperdicios que tiraban en la playa, aunque la playa no era la de un mar, sino la de un río. Ese fue el día que recordaría para el resto de mi vida, el día del sexto cumpleaños, cuando mi madre me regalo un perro blanco al que yo nunca dejaría de amar, ese día quizá el más intenso de mi vida porque nunca más me sentiría tan querido como en ese momento y porque lo tenía todo y me daban aún mucho más y porque fue en ese momento que mi madre había regresado de ese largo viaje y ya nunca más nos separaríamos, pese a que mi abuela alegaba que yo era su hijo y mi abuelo como siempre no decía nada y se la pasaba chiflando. Mi madre se vio obligada a pagarle a mi abuela para que me dejara estar a su lado, eso al abuelo no le importo, supongo que el dinero lo llenaba de felicidad. Fue ese día que aprendí a mirar fijamente y me deje llevar por todas las pasiones que ahora me tienen atrapado.

Crecí sabiendo de mí através de las cosas que contaban de mí, parece que la palabra de los otros tenían más poder que las mías y fue así como llegue a conocer de mi existencia, tal vez porque la gente no me tenía confianza o porque los recuerdos que tengo podrían ser falsos, inventados por mi necesidad de una vida y de esa genialidad llamada contar una historia. Después de todo, eso no importa.

 

Jamás me había preguntado por qué mi madre no me había dicho nada, por qué me había ocultado las cosas hasta entonces y por qué ahora me las estaba contando.

 

Era un secreto. Ella necesitaba guardar el secreto. Incluso mi padre desconocía la existencia de ese secreto. Él le había jurado que un día la iba a buscar. Cuando él fuera un hombre, cuando su madre no se interpusiera en sus deseos, cuando ella, mi madre le dijera por fin donde buscarla. Él le había prometido que no habría lugar en este mundo donde ella se pudiera esconder y que él no la pudiera encontrar. Se equivoco, él se equivoco. Mi abuela, la madre de mi padre deseaba destruirme, era lo que ahora llamamos un embarazo no deseado, al menos por ella, me odiaba aún sin conocerme, como si con ello, ella perdiera un pedazo de cielo o una buena tajada de dinero que alguien seguramente deseaba darle.

 

Nunca fui infeliz, siempre tenía a mi madre cerca y por lo del padre, todos los años que duro fue perfecto, bueno casi hasta al final, cuando él pensó que podría hacer lo que se le viniera gana. Puedo decir que tuve un padre a quien amar, aunque lo echaría a perder todo. Aún recuerdo todo de aquel día cuando cumplí 6 años, es mi recuerdo más lejano, fue en ese día que mi madre me consintió y me hizo el regalo más hermoso que he pude tener durante muchos años, me puse por nombre Carlos y a partir de ese momento comenzó a crecer la magia en mi. Mi abuela y mi tía se aferraban a decirme como ellos creían que me llamaba, me gritaban que ese hombre no era mi padre y que yo no cumplía años el 6 sino el 7, eso para mí no tenía la mayor importancia. Y entonces sucedió. Un día en un arranque de intimidad maternal, ella me lo contó todo, me hablo de mi padre y me dijo que mi nombre era especial que tanto mi padre como mi abuelo tenían el mismo nombre y que al igual que yo habían nacido el mismo día, me dijo eres especial, porque naciste de mí y porque te amo. Te puse así en honor a tu abuelo y a tu padrea quien más iba ser si yo amaba a esos hombres.

 

—Tú, Emilio, eres una combinación de tu abuelo, de tu padre y mía, tú eres especial, y tu destino está frente a ti, tu vida está escrita, solo tienes que seguir el guión. Me costaba deletrear ese nombre y pronunciar cada silaba me hacía temblar.

 

El día que mi madre me confesó la historia con mi verdadero padre, ese día me volvería a cambiar el nombre por decisión, por dolor, porque no podría soportarlo. Hice lo que la vida me exigía y en ese momento me exigía que permaneciera vivo, porque era la única forma de contar, y había mucho por contar, eso era en realidad mi destino.

 

 

 

 

 

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