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Posts Tagged ‘sexo y hyumedad’

Ella se levanta tarde, su cama la expulsa. No tiene que ir a trabajar y el puto resfriado ya la tiene aturdida. Sus piernas son tan delgadas, tanto que se parecen a las patas de un avestruz. Quizá un flamenco. Su corazón va muy acelerado, la noche anterior, incluso antes de hacer el amor, ya se sentía así. Es una taquicardia, se dijo para poder dormir a gusto. Todo le dolía: la región lumbar, las nalgas, el sexo, ese sexo acalorado que se mueve a un ritmo por momentos lentos, por momentos vertiginoso, por momentos así, sin ritmo alguno. Ella sabía todo de su cuerpo, su ritmo, su temperatura. Su temperamento. Sus ganas.

Sábado. Su cuñada le llamo temprano. Le dijo que era un buen día para ir a la playa y comprar un buen pescado. Un robalo, quizá. Se había cansado de comer pescado, además que le recordaba una época muy mala, un tiempo en el que Miguel se quedo sin trabajo y no tuvieron más opción que comer pescado todos los días, ese pescado que el atrapaba por las noches, pues el mar siempre fue muy generoso con ellos y nunca les cobro un centavo. Esta vez era diferente, esta vez podrían comprar un buen pescado, pero a ella no le apetecía y sin embargo fueron. Camino a la playa, Miguel le tomo la mano. Ella no lo podía creer aún, por un momento había decidido dejarlo, fugarse de su casa, abandonar a sus hijos, regalarse a otra vida.

Siempre se levantaba de la cama balanceándose, apoyando sus piernas delgadas. No era tan hermosa sin maquillaje.

El día podría durar una eternidad. Se pondría esa vieja camisa de Miguel que le cubrirían las nalgas y dejarían entrever sus piernas flacas, sus patas de flamenco, como él le decía. Se metería al mar, se dejaría acariciar ese cabello dorado y su rostro pronto se pondría rojo, pronto el sol tierno, casi inexistente haría de las suyas. En días pasados el frío no le permitía quitarse el abrigo y sin embargo, ese sábado las cosas parecían sacadas de un lugar mágico. Hacía un clima ideal. Y luego las olas acariciarían sus senos grandes y turgentes, senos que eran soportados por sus patas flacas. Y su sexo. Su sexo húmedo, mojado y ardiente, ese sexo que se encendía cada que ella pensaba en él. La brisa se lleva el aliento del mar, lo llevaba más allá de esas orillas. Y su cuerpo que era una ansiedad, un anhelo de deseos, una vasija que desea ser moldeada a cada instante.

¡No soy yo! No tu Magdalena.

El medio día se fue perdiendo. Bajaron un asador de la vieja camioneta. El perro no dejaba de correr y para ella no tenía sentido alguno tener un perro. Era el perro que él, su esposo le regalo cuando regresaron de su luna de miel, pero a ella no le gustaban los perros y más que un regalo para ella, se trataba de un regalo para él mismo, se trataba de un pretexto, una forma de decirle: mi amor te quiero, pero es importante tener un perro, un perro antes incluso que un hijo, un perro que nos haga feliz, que nos cuide y que juegue conmigo. Un perro que sea nuestra vida. Nuestro pacto. Nuestra salvación. Ella prendió el carbón. Habían conseguido un  hermoso ejemplar de robalo y uno más de guachinango. Bastaba con cocinar uno de ellos, y comerían todos. Sus hijos, su cuñada, sus sobrinos. Todos. Su mente distraída por esa soledad interna e intensa no dejaba de darle vueltas al asunto. Era sencillo, habría preferido decir: que ese día tenía que trabajar, que su compañera de trabajo había sufrido un accidente y que le habían pedido que por favor fuera hacer el turno.

Todo era tan fácil, hasta que a ella se le ocurrió decir un día, que no sabía qué hacer, que sus sentimientos eran más poderosos que la razón, que sentía unas ganas inmensas de entregarse, de dejarse seducir y que su cuerpo experimentara ese placer del amor primero, porque así son las primeras veces, siempre intensas, siempre inolvidables. Ella dijo que se dejaría arrastrar por ese amor visceral y así lo hizo.

El fuego se fue intensificando hasta prender por completo el carbón y ella seguía pensando en toda esa humedad que su cuerpo experimentaba y no ya no estaba en ese lugar, estaba viajando, estaba en otra cama, con otro cuerpo y en un largo suspiro que la estremecía desde su pelvis, desde sus nalgas y todas las terminales nerviosas a lo largo de su columna. Y su sexo, esa cajita mágica estaba completamente húmeda. Puso al carbón el guachinango o quizá era el robalo, la verdad es que para ella no tenía importancia. Esa época en la que Miguel no encontraba trabajo, fue suficiente para que ella ya no quisiera volver a comer pescado el resto de su vida. Se bebió una cerveza y luego otra y no se dio cuenta en qué momento ya se había bebido más de seis y sintió calor y se metió al mar. En el agua abrió sus piernas, ella dejo que la corriente le abriera su cajita mágica y luego ella se introducía un dedo y después otro y luego tres y abría cerraba los ojos, de espalda al asador, de espaldas a Miguel. Ella gemía. Estaba perdida. Enamorada.

Miguel aprovecho el momento. Le subió la vieja camisa que apenas lograba disfrazar sus patas flacas. Ella no dijo nada. Y él sin palabra alguna, sin cortejo previo. Se la metió. Ella estaba en otro lado. En otro cuerpo.

Regreso hasta el asador. Probó el pescado, en verdad estaba delicioso y ella pensó que no podría seguir así, no podría vivir sin él, porque a ella, él le daba vida, él le daba forma a ese barro que era ella, y ella era una vasija que hasta antes de conocerlo estaba deforme, sin nombre, vacía. Su vida le daba vida esa era la realidad, y dejo escapar su voz: Tú vida me da vida. Miguel le sonrió.

Sus secretos no estaban bien guardados, en cualquier momento su voz terminaría por traicionarla, tal vez no sería su voz, tal vez sería su silencio, mientras ella estuviera dormida. Tenía miedo, pero al mismo tiempo sentía ganas de dejarlo todo, de arrancarse la vida, porque no estar con él, hacia que nada tuviera  sentido. Ni siquiera aquella tarde en las orillas del mar. Aquella tarde aterradora y deliciosa.

Él le dijo: puedo sentir los latidos de tu corazón, aún sin tocarte y ella se enamoro.

Perdió la compostura. Empezó a llorar, su rostro mostro por primera vez todas sus arrugas y Miguel intentó abrazarla, pero ella le dijo: ¡No, no me toques! No vuelvas hacerlo jamás. Él estaba confundido. Ella estaba excitada sexualmente. No podía controlar su llanto, se subió a la camioneta y se alejo de la playa, se fue a toda velocidad, deseaba hablar con él, deseaba hacerlo con él y su llanto se fue confundiendo con la humedad de su sexo, esa cajita mágica que le había enseñado la otra cara del paraíso. Esa cara aterradora y deliciosa.

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