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Retazos de un diario no escrito

La historia que trato de contar está llena de retazos, odio la precisión y los detalles y casi siempre a modo de capricho, solo cuento lo que quiero contar, en esta especie de diario no escrito (gran contradicción, porque ahora de alguna forma lo voy escribiendo), más de la mitad de las historias están falsificadas, no porque me guste la mentira sino porque me gusta contar y un evento contado a lo crudo, tal y como sucedió, carece de sentido y no vale la pena ser contado. Si alguien quiere saber en beneficio de que me he atrevido a contar estas historias, lamento decirlo, pero no tengo la menor idea. Muchas cosas quizá sean indeseadas, ajenas incluso a mi verdadero pensamiento (en cuanto el tema de las amantes o lo bien que se ve mi vecina, no miento, como tampoco es algo indeseado, a menos que sus maridos lean estas líneas, diré que ya estoy inventando de nuevo), pero el caso es que intento contar algo, rescatar a mi memoria, porque un día me dirá que no se reconoce ante determinada situación, quizá más que ayudar a mi memoria, lo que haga es lavarme las manos de mis errores y busco establecer una forma donde todas mis locuras y pasiones un tanto neuróticas queden disculpadas de cualquier acción futura desagradable.

De que puedo hablar cada vez que pienso en un nuevo capítulo de esto, confieso que ni yo tengo idea.

Nada mejor que una mentira para empezar una historia. El problema es cuando dicha mentira no es asunto de la historia, entonces todo se complica. Creo que ahora me desvío del verdadero sentido de lo que en un principio deseaba contar pero siempre es así, por lo que me lo tomo con mucha naturalidad. Hoy volví a tener contacto con ella, con Laura, después de mucho tiempo de no saber nada de ella, me atreví a marcarle, no lo hice como en otras ocasiones en las que mi intención era pervertirle el alma y desnudarle el cuerpo, supongo que esa es una contradicción burda y sin sentido, porque creo que no hay perversión del alma sin desnudarse el cuerpo, al menos no con ella, ahora le había marcado porque tenía ganas de saber cómo se encontraba y por qué nunca hizo nada por buscarme de nuevo. Me había gustado esa última noche en la descubrimos todo lo que no habíamos vivido y nos embarramos el cuerpo con nuestros sexos, ella se sentía seductora y yo no cabía en el asombro de tenerla entre mis brazos y es que nunca he sido un seductor. Ahora no buscaba su sexo, pero si se daba la oportunidad no tenía planeado dejarla pasar. El caso es que ella no me dijo a lo largo de la conversación si me extrañaba, pero después de un buen rato de una plática más bien caliente, me dijo que si quería ir a su casa. Cuando nos vimos, me quede congelado, el motivo algo atroz por cierto, era esa cicatriz que le atraviesa el cuello y terminaba en su barbilla, lo bueno que fue del lado derecho, porque a mí siempre me gusta verla del lado izquierdo. Antes, incluso la última vez que estuvimos junto, ella se durmió y habría jurado que no despertaría jamás, ella no tenía cicatriz alguna. Nos vimos, nos dijimos tres o cuatro mentiras, luego pasamos al sexo violento, como si esa noche uno de los dos hubiera presentido su muerto, aunque en esta año solo mueren los poetas y ninguna de los dos escribía poesías. Los dos nos pusimos a luchar para que nada nos arrancara la seguridad que teníamos y si era necesario engañar a la muerte nos poníamos a contar historias que no tenían sentido alguno. Ahora es lo que hago. Intentar contar.

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Retazos de un diario no escrito

De regreso a la realidad.

Mujeres exquisitas que huelen a cuerpos desnudos que no quieres voltear a verlas porque sabes que en ese instante pierdes todo contacto con la realidad y porque también pierdes la vida. En el sueño la vida entra y sale, no es como en el coito, ni como en cualquiera de mis alucinaciones, es algo entre la realidad y la no realidad y no porque sea un sueño, sino porque en ocasiones algunos no regresan se quedan soñando interminablemente, como un viaje al infinito. En el coito todo entra.

Soy el más viejo de todos.

Te fijas en ellas, no importa que al hacerlo te llegue ese olor  a mujer desnuda, la vida no es nada si no te arriesgas por ellas, además todo en este vida gira alrededor del sexo, así que porque no hacerlo, aunque ellas sean las novias de la mafia y las representantes de la belleza del país, quien dice que no se pueden hacer dos cosas a la vez, quien así lo crea, está influenciado por sus padres que de seguro eran o siguen siendo egoístas. Prefiero el whisky que al cigarro y últimamente tarareo una de Passenger: let her go, podría empezar esta historia así, con la letra de la canción, pero no lo he hecho y entonces esta es ahora otra historia que cuenta otra cosa, como cuando hablas de una u otra enfermedad. Me gusta la música suave.

Cuando entras a un motel barato (la verdad es que no importa si es barato o no), ya no puedes regresar a casa con la misma confianza que antes y entonces dudas de todo y de todos, como si los demás tuvieran culpa alguna de lo que tú haces. Así que ya no te sientas a esperar cuando estas solo, te desesperas, estas a un paso de tomar más de lo que acostumbras, incluso piensas en un pericazo, ya sé que suena anticuado, pero es más seguro que el cocodrile y todas esas hierbas modernas. Cuando sales de ese motel barato, ese motel que esta camino al desierto que no es tan desierto y que se ve poblado de cuerpos sin vida o de manchas de sangre por todos lados, sabes que renunciaste a la felicidad y si te atreviste a entrar a ese lugar con una de esas mujeres que huelen a sexo que es lo mismo que las mujeres que huelen a cuerpos desnudos, sabes que estás desterrado del mundo, no solo de tu casa, desde luego que eso no pasa nunca o alguien se atreve hacerlo sabiendo que está en juego su estancia en cualquier parte de este mundo.

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Retazos de un diario no escrito

No dejo de ser un sentimental, no he tenido que renunciar a nada, mi viaje a la frontera, mi vida en la frontera se puede leer como ganancia total, ya no tenía casa en otro sitio, quizá unas cuantas paredes, porque las casas no se reducen a esa cuenta obsesiva de cuatro paredes, pero esas paredes ya no significaban nada para mí, quizá porque todo o casi nada de lo que tenía estaba roto. Me gustan los gatos, no sé por qué demonios pero me gustan. Casi sin querer mi vida dio ese cambio, una especie de giro, una segunda oportunidad, una clase de situación imposible, algo que nadie, ni siquiera el mejor de los adivinos podría predecir. Yo no creo en los adivinos, aunque mi madre insista todos los días que mi abuelo es un gitano de los que leen mi mano y que herede de él el gusto por dos cosas: los viajes y el entender del futuro, supongo que herede el gusto por viajar de forma errante y las deudas, esas que nunca se pagan. No sé cuantas veces entre a un motel, eso ahora ya no importa. Yo cada día soy más viejo y es fácil decirlo.

 

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