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Posts Tagged ‘obsesión’

Me gusta la forma en la mueve su cintura, esa zona estrecha de su cuerpo. Una mujer, eso es ella, sonríe cada que nos vemos, a veces no sé, si me hace un gesto o una invitación. Es memorable verla abrazada en sus vestidos, casi siempre del mismo color del cielo, añadiría a todo esto que me gustan sus pies, no por pequeños, sino por lo hermoso que se ven en su cuerpo. Cuando la veo tengo ganas de quedarme con ella, es una cosa que tiene que ver con el naufragio, con la historia de Ulises y las sirenas, me siento hechizado y supongo que la vida sin ella no tiene sentido. Apenas despunta el día, salgo a buscarla, llevo preparada la sonrisa y me olvido de mis intenciones de poeta, no soy capaz de articular un verso, pero mi deseo por contarle lo que siento, lo que sueño, se apoderan de mí. No lo hago, no cuento nada, solo le sonrió y sigo corriendo; a veces creo que sería mejor quedarme abrazado de un árbol y verla pasar hasta que se pierda de mi vista, todo ella me parece perfecta. Me hace pensar en mi infancia, en los peligros que me dijeron que descubriría a lado de una mujer como ella, delgada, alegre, labios rojos e intenso, pero no por los efectos de un labial, sino por el contraste de su piel. Alguien me había dicho que si una mujer me enseñaba los pies, era porque la maldad habitaba en ella y porque el diablo estaba suelto y desde niño me sentía atrapado en la orfandad, porque todo mundo deseaba sacarme de ese supuesto infierno. Todos las mañanas quería tener un pretexto para sacar de sus labios un beso fresco y perderme en las humedades de su cuerpo. Pero hasta ahora me parecía imposible.

La otra mujer es diferente. Me cuenta sus historias y me dice cada que puede, que conmigo le da miedo intentarlo, porque la envuelvo con facilidad, jura que de ser vendedor ya me habría comprado lo que yo estuviera vendiendo. Me gana la risa. Le digo que yo le quiero vender noches apasionadas, que me interesa arder en el infierno, y en su cuerpo, le digo tantas veces que la forma más fácil de llegar al infierno es: fornicando o siendo infiel o deseando a la mujer de otro; lo que me extraña es que se diga que si deseas a la mujer de otra te vas al infierno, pero nadie ha dicho que si una mujer desea al hombre de otra se va al infierno, parece que las mujeres no tienen entrada en el infierno, al menos no por desear al hombre de otra y entonces yo le digo que ella no me puede desear porque entonces yo no me iría a ese lugar del que tanto hablo. Se rió. Me pongo nervioso. No le gusto yo. No sé cómo explicarlo, tampoco son las cosas que le cuento, yo creo que ella vive en un mundo raro, siempre deseando al hombre de otra, siempre soñando en el amor y negando su existencia, siempre diciendo que está enamorada y que la persona con la que esta se complementa a la perfección. Ella no me desea y no sé si eso me alegra o debería preocuparme. Yo creo que ella me ha tomado la medida y me miente, lo hace siempre, me hace pensar que lo nuestro es imposible y cuando ya estoy del todo convencido, vuelve a la carga y me convence de lo contrario, y entonces mi mundo no tiene sosiego y no dejo de pensar en ella, este lo que esté haciendo. A veces me toma de la mano y riendo me lleve de donde este, se esconde conmigo y me besa, me espanto, ella se da cuenta pero no hace nada, mientras espero que ella quiera que nos refugiemos en casa y pienso en su cintura que no es estrecha, pienso que el diablo se la llevara a su casa agarrado de ella, de su cintura. Supuse que no hacemos el amor porque ella no sabía hacer ochos con su cadera o porque tenía miedo de este remolino que me habita. Eso era lo que pensaba, hasta que me dijo; hoy es el día y yo le dije ahora es imposible, ahora tengo miedo, ahora me he perdido al ver los pies de otra; pero sucedió y eso nos llevo a los silencios, a las historias truncadas, a nuestras pasiones perdidas y cuando nos vemos nos resulta clara la necesidad de deshacernos de esa vida. Ella efectivamente no sabe hacer ocho con sus caderas pero me provoca la más absurda de las metáforas y mi lugar en el infierno está asegurado porque es la mujer de otro, porque la he deseado, porque hemos fornicado, aunque de forma gratuita.

La tercera de estas mujeres tiene esa facilidad para sacarte de quicio, sin embargo me volvía loco. La primera vez que le llame por teléfono decidió no contestarme. Siempre me llamaba peloncito y en respuesta a esa “muestra” de cariño yo la llamaba peloncita. Ella me reclamo un día, diciendo que no era ninguna peloncita y le dije que así la imaginaba y a ella le parecía de mal gusto el que alguien la viera sin su cabello, le dije que yo la imaginaba peloncita, pero no de la cabeza y entonces se puso roja. Me gustaba. Le volví a llamar y me dijo que no me había contestado, que escucho el teléfono, que sabía que era yo y que en ese momento decidió bañarse. Me gustaba esa manera que tenía de moverse, su cintura no era tan marcada y su piel pecosa despertaba mi imaginación más sucia. Le gustaba el halago, que le coqueteara, todo el tiempo me estaba buscando, me reclamaba sino me afeitaba. Yo no tenía muchas cosas que contarle o mejor dicho tenía tantas cosas por contar, pero no quería hacerlo con ella, porque despertaba en mí una pasión desesperada y seguir platicando me provocaba una erección que hacía que me doliera hasta el roce con la ropa. Nos gustaba provocarnos, tocarnos las manos, contarnos una que otra tontería o ella me hablaba de su novia y yo sentía celos, no porque estuviera con otra mujer y no estuviera conmigo, eso en realidad no tenía importancia, los celos era por las cosas que hacía con su novia y porque yo no podía estar con ella. Muchas veces sentía vergüenza por mis deseos, pero muchas veces ya me había visualizado en los brazos del diablo gracias a esa debilidad que me tenía todo el tiempo deseando acariciarla, y perderme en ella, en esa parte peloncita. La llame por segunda vez y me contesto como ajena, me dijo que no lo esperaba y que tenía mucho sueño, yo no deseaba dejarla dormir, pero termine por aceptar sus deseos. Fue un día nublado quizá solo llovía sobre su casa, quizá el cielo estaba triste porque ella y yo nos había condenado, ella había deseado al hombre de otra, aunque eso no era condición para irse al infierno y yo no había deseado a la mujer de otro, pues ella era de otra, por esa razón ninguno de los dos estaría condenado; pero se nos ocurrió fornicar y eso nos dejaría para siempre marcados. Después de eso entre los dos las cosas se tornaron distantes. Entonces ella levanto el auricular y siguió haciendo su trabajo. Yo estaba perdido en la belleza de esos pies que podía ver todas las mañanas, yo estaba en camino a desgarrarme por permanecer en ese demonio de cuerpo llamado mujer, mientras nos durara la vida.

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