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Posts Tagged ‘MI VIDA SEXUAL’

LA NARRACIÓN Y EL SEXO (O ALGÚN OTRO TITULO QUE SE ENCUENTRA A LA DERIVA) 1

Durante un tiempo llegue a pensar que la única forma de salir de mis deudas era escribiendo una historia. No pensaba en enviar mi historia a una casa editorial y que me dieran un revés al decirme que no era publicable. La idea era simple, escribir para un premio literario y ganarlo, desde luego en aquellos tiempos yo me mantenía con la idea inocente de que en esos concursos siempre gana el que se lo merece. De que se puede escribir que logre atrapar a los jueces de un concurso. No tenía idea alguna. Lo que tenía muy claro es lo que si vende dentro de la literatura. El sexo. Pensé en escribir una historia de sexo. Mi vida sexual, fue el primer título que se me vino a la cabeza. De entrada me dije: a quién demonios le va a interesar mi vida sexual y luego casi de forma automática me dije que eso no era lo conveniente para un concurso literario, sin duda estaba haciendo todas las cosas al revés.

Mi vida sexual no era del todo un secreto, al menos no para mis amigos, mis familiares más cercanos, los que se supone que me conocían a la perfección, en realidad no sabían nada de mí. Varias veces me acusaron de ser un homosexual, como si un homosexual no tuviera vida activa en el sexo. El no tener relaciones con chicas, lo asociaban a la idea de ser homosexual, supuse que estar bajo esa condición debería traer consigo ciertas frustraciones. Yo adoraba a mi familia, pero sentía pavor de contarles acerca de mi vida sexual.

Mi madre insistía en esa idea un tanto loca de que era necesario sentar cabeza: casarme. La sola idea me aterraba, me resultaba un tormento innecesario, por otra parte si lo hacía se limitaban mis opciones de vivir la vida que yo siempre había deseado y a partir de ese momento mi estilo de vida se vería afectado. Trabas en todo lo que quisiera hacer. Trabajos absorbentes, y salarios de miedo que solo alcanzan para comprar sueños baratos y nada que en verdad valga la pena. La única garantía que se tiene en el matrimonio es la tener relaciones sexuales bajo cualquier circunstancia y hora del día, aunque eso hoy en día también es un gran sueño.
Y como la realidad solo ponía limites a toda mi libertad, nunca hice por casarme. Podía tener sexo con quien yo quisiera sino a cualquier hora casi siempre había alguien disponible para el momento adecuado. Pero esas historias no se pueden contar así de un solo suspiro, sobre todo cuando se pretende ganar un concurso literario que además te deje el suficiente dinero para liquidar todas las cuentas derivadas de las tarjetas de crédito, deudas dicho de paso que en su gran mayoría había servido para viajar alrededor del mundo. De no pagar dichas deudas se veía en chino poder seguir con mis viajes. Me tendría que acostumbrar al sexo con mis vecinas y unas cuantas amigas que rondaban por la colonia en la que vivía. Tenía suficientes historias, un sin número de experiencias, así que resultaba posible contar algo, escribir acerca de esas experiencias, pero una vez que me puse manos a la obra, todo se complico. No era tan fácil escribir una historia, aunque yo estaba confiado de lo contrario y el tiempo límite para pagar mis deudas ya me estaba llegando al cuello.

Mientras que en el país se celebraba el día de la demencia nacional. Yo había concluido que si quería ser escritor tendría que poner el mismo empeño que en el sexo, entre más me pusiera escribir, mejores resultados tendría. Escribir, como el sexo se tienen que practicar a diario.

Un país donde la dominación masculina aún no llegaba a su fin, era entre otras cosas un país con un retraso importante, pero era también el paraíso de la violencia contra las mujeres y eso me daba asco, yo prefería consentirlas y que ellas me consintieran a mí. Nos estaban despojando de todo lo que eran nuestro, algunos nos cruzamos de brazos y otros pretendimos escribir, en mi caso soñaba que se trataba de la novela del siglo, pero la vida sexual de cualquier persona tiene poca o nula importancia para el resto de las personas. Nos acostumbramos al ojalá que de alguna manera era nuestro himno, nos acostumbramos al así tiene que ser, democracia para nosotros era lo mismo que autoritarismo, era permitirnos una y otra vez que nos hicieran lo que se les viniera en gana, esos personajes que nosotros “elegimos” para que se cumpliera nuestra voluntad. Yo mientras todo eso sucedía buscaba el mejor ángulo para escribir: Mi Vida Sexual y ganar mucho dinero. Cada día era parte de una familia arruinada al que le estaban arrancando su ultima pertenecía.

La ilusión sólo se mantenía con la condición de excluir del horizonte toda posibilidad de fracaso. Yo le repetía a mis amigos que me había convertido en escritor, así de la nada, como por arte de magia.

Sin la relación escritura con mi vida sexual, no podría decir que yo era escritor, era la única posibilidad que tenía de escribir algo. Si escribir fuera una tarea autobiográfica, mi situación se tornaba delicada y hasta compleja: no me había ido mal en general, no tenía dinero ni ningún otro exceso, así que mis posibilidades se veían amenazadas, al menos hasta que descubrí que todo aquel que pretende ser escritor, está perdido si comienza a escribir acerca de su vida. Un buen escritor siempre tiene historias por contar pero para llegar a ese punto tuvieron que pasar mil cosas más: perder por ejemplo todos los créditos, limitar la vida sexual al simple acto de fornicar porque no se tenía dinero para salir y beber unos tragos o tener una larga charla antes de pasar al sexo, lo que más me gustaba del sexo era el preludio, las historias que se cuentan antes de cualquier roce de un cuerpo desnudo con otro.

He dicho que me gustaban las pláticas como preámbulo al sexo. No hacía de mis platicas un buen pretexto para tener historias que contar cuando me pusiera a escribir, mucho menos era una provocación para saber que tanto habían experimentado mis amigas, mis actos correspondían a una actitud de perversión bonachona, donde desde luego que la pareja en cuestión se dejaba fluir hasta volvernos uno mismo, era adentrarlas en mis pensamientos, en mi forma de ser y sentir, hacernos uno mucho antes de estar fundidos en nuestros cuerpos ardientes, porque no hay mejor sexo cuando tu pareja se convierte en tu cómplice, así se trate de una pareja ocasional. Yo lo disfrutaba. Me gustaba despertar la curiosidad en cualquier relación (casi todas eran nuevas). Evaluaba las reacciones.
Mientras me entregaba al acto de fornicar, es casi imposible llamarlo acto amoroso, aunque en múltiples ocasiones tendría todo el derecho del mundo de hablar de un acto amoroso, sobre todo cuando estaba con mis viejas amigas: Laura o Luisa; me la pasaba contando historias, no dejaba de hablar, mis fantasmas salían asustados porque casi siempre contaba historias verídicas, estaba comprometido con el arte de narrar y sí, mientras tenía sexo, practicaba lo que yo quería que fuera mi nuevo estilo de vida: ser escritor. Desde luego que seguía con mi gran tema: Mi Vida Sexual. Le daba forma a los lugares, nombre a cada una de las mujeres, las veces que había estado con ellas y lo bien que lo pasamos; si por alguna razón me quedaba callado, la duda asaltaba a mi amante y me preguntaba si me había acostado con alguna amistad común y la misma duda les llevaba a querer saber si ellas lo hacían mejor si tenían un sexo dotado de humedad si su clítoris era híper reactivo, no todo se centraba en lo obsceno, los aspectos banales también hacían su aparición triunfal.

Cuando te cuento estas cosas estoy contigo, pero al mismo tiempo se abre entre mis pensamientos y mis sentimientos un gran boquete que no hace otra cosa que estremecerme y llevar a un punto donde el olvido muchas veces intenta hacer de las suyas. Mi novela, no sería por mucho la gran novela de este siglo, con el tiempo descubriría que no me iba a sacar de pobre, estaba incluso seguro que nunca la publicaría, no era otra cosa que un recurso sin sentido, algo un tanto agresivo para todo escritor que se digne en llamarse como tal. Evaluaba mis actos y mis historias antes de tomar una decisión que me pusiera lejos de este estilo de vida del que ya estaba convencido que me vendría mejor, así, deseaba morir, siendo escritor. Eso es la literatura, un estilo de vida, no una forma de vida (en algunos casos es una forma de vida).

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Las mujeres y los viajes

No hubo ciudad o mujer de la que no me enamorara.

Tal vez tarde muchos años en perder la virginidad. No tenía otra opción. No me atrevía a decirle a las mujeres lo que deseaba de ellas y cuando lo hice descubrí un mundo intenso que iba más allá del sexo. Con las mujeres he encontrado verdaderas cómplices que me permiten soñar y me dejan intentar la construcción de un mundo donde nadie sufre por culpa del amor. Las batallas que me habían tragado durante muchos años no tenían razón de ser y yo estaba destinado a dejarme llevar por la pasión que despertaban en mi las mujeres, las quería a todas y pensaba que todas eran mías. Tal vez y de haberlo pensado en su momento, podría haber tenido con todas ellas un ciclo, un instante especial que no me hiciera olvidarlas nunca. Que se entienda que si algún día me olvido de ellas la culpa la tendrá alguna enfermedad mental y no mi deseo o mi apatía por la vida si es que algún día parecen en mi tales circunstancias.

Mis fantasías masturbadoras, se desarrollan en la gran ciudad, en ellas existen los fantasmas de las mujeres que he amado, no tengo una favorita, nadie goza del placer de la exclusividad dentro de mis fantasías. La mayoría de estas fantasías, se dan dentro de un taxi de la ciudad de México, voy viajando de norte a sur, quizá mi idea es salir de la ciudad, mientras que una chica de las que he amado, me toca con delicadeza y me baja los pantalones mientras le pide al chofer que mantenga la vista al frente. Me soba repetidas veces, pone mi pene en su boca y me hace el hombre más feliz, hasta que el fantasma de esa fantasía desaparece y regreso a la cruda realidad que es la vida.

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Las mujeres y los viajes

¿Qué era lo peor que me podía pasar?, la verdad es que no lo sé y tampoco deseaba saberlo.

Había tomado un vuelo con destino a Jerusalén cuando me encontré de nuevo con la chica aeromoza, con ella tuve una segunda vez y nos fuimos armando un supuesto futuro, una carta de seguridad que nos permitiría estar juntos en la vejez y quizá porque no, tener hijos, ella tenía la pelvis ideal para tener muchos hijos, pero ese momento aún no había llegado. El viaje a Jerusalén fue el único que no tenía como fin el sexo, no de manera inicial, pero las cosas siempre terminan por ocurrir, por una razón u otra pasan, así que paso. Fue lamo menos tormentoso que las últimas veces, pero aún así se desato una pasión tan llena de ruido. Casi siempre me olvido los nombres de las mujeres que he conocido y las recuerdo por algún rasgo en particular, la chica que conocí en Jerusalén, tenía el abdomen lleno de lunares, no era blanca y tenía poco interés en conocer formas raras y complicadas para el sexo, le gustaban las cosas en directo. Me propuso viajar a su país, pasar una temporada con ella y conocer a un hijo que había heredado de su matrimonio por fin disuelto. Londres no me gustaba por el exceso de lluvia, así que le dije que me resultaba imposible ir con ella. La relación no termino cuando cada uno regreso a su casa, ella me fue a visitar a la ciudad de México y llevaba a su hijo de 7 años que resulto ser un gran amigo y al que de cuando en cuando me visita cuando está en el país. Este chico termino por hacer una carrera con mucho éxito en la medicina. Es rico y famoso. Su llegada a la ciudad de México, la de Catherine, coincidió con un momento de gran crisis económica, le debía cada vez más a los bancos y ya no me prestaban el dinero con la misma facilidad que al principio. No recuerdo si le dije a ella la verdad de mi situación económica, pero no gaste un solo centavo con su llegada y siempre se lo agradecí porque de otra forma me habría puesto tremendamente triste. Con ella tampoco tuve una segunda vez y me sentí a partir de ese momento el hombre más triste de todo el mundo, se que era algo sin sentido.

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Las mujeres y los viajes

No podría decir que había pasado por todo tipo de experiencias. Mi vida apenas estaba despuntando en eso de los placeres sexuales cuando me atreví a dar un paso más allá de lo que yo mismo me hubiera atrevido bajo circunstancias normales, aunque aquí la pregunta es a que llamamos circunstancias normales. En Lisboa vivía cerca de una casa donde acudían los inválidos. Quizá no sea la forma correcta de llamarlos, no lo sé. Ella era campeona de natación. Nos amamos no por su discapacidad sino porque entre las piernas tenía un caldero hirviente, que perdería a cualquiera. No tenía idea de lo que estaba haciendo con mi vida.
De joven aprendí que nada llegue por casualidad, que si quieres algo te tienes que esforzar si lo deseas, aprendí a moverme por las calles de la ciudad de México, lo que me sirvió para moverme por las calles de cualquier ciudad grande o medianamente caótica, pero cuando llegue a New York, la vida fue otra. Me había invitado una amiga de la cual estuve enamorado una larga temporada y sin haber llegado a nada. En el tiempo en que yo estuve enamorado ella, ambos vivíamos en la ciudad de México. Ella era de Colombia y amaba el sabor del café cuando su cuerpo desnudo se retorcía entre las sabanas blancas de su cama, era invariable, en su cama no podía haber otro color de sabanas y ella al parecer lo disfrutaba. Solo tenía un defecto: su aliento olía a esencia de clavo y ese es un olor que yo siempre he odiado. A ella no lo podría odiar. Le confesé que deseaba tener uno o dos hijos con ella, era tanto el deseo y la desesperación de tener sexo que empecé a decir cosas que seguramente no estaba dispuesto a cumplir, me sentí político, ruin, insensible. Ella me dijo que si y me perdí entre sus cabellos ensortijados, ella me dijo que si y yo sentí por primera vez que mi vida tendría un poco de sentido, estaba dispuesto a empezar a morir, estaba dispuesto a todo, incluso de quedarme a vivir para siempre en New York, aunque ese para siempre incluía largas temporadas en otras ciudades, sobre todo en la temporada de frío, cuando incluso los patos se pierden de Central Park y nadie te sabe decir a donde se van. Pasamos una larga temporada juntos. Después de un tiempo me encontré nuevamente con Luisa. Luisa parecía mi casa cada que deseaba regresar era el ancla que me recordaba mi sitio, el lugar ideal para descansar de largos viajes y de esas pesadas penas de amor que te da el desconsuelo. No todo era sexo, conforme fui ganando años me transforme en un ser sentimental, que hasta podría jurar que cada vez me enamoraba más y más.

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Las mujeres y los viajes

Que sabroso es andar por toda la casa sin nada que te cubra el cuerpo. Nunca llegue a pensar en la posibilidad de estar con alguien de mi sexo, de haberlo pensado lo habría hecho, porque yo creía que la vida era para experimentar todo lo que se nos pudiera ocurrir. Hice un viaje al sur del continente porque una chica me había prometido el paraíso en forma material y me había prometido su cuerpo todo el tiempo que yo quisiera. Antes de llegar al desierto de Atacama, llegue a Santiago de Chile, donde me fue a recoger al aeropuerto una amiga de ella, por raro que parezca olvide el nombre de la chica que me esperaba para enseñarme esos placeres hasta ahora desconocidos y para mostrarme todo lo que había en esa ciudad de la que ella se sentía orgullosa, solo recuerdo que era nieta de Violeta o Nicanor Parra, lo que nunca logre olvidar fue el nombre de la amiga, una mujer que rozaba los cuarenta. Sabina y yo la nombre mi santa; Santa Sabina, blanca como la leche y a estas alturas ya deben saber que mi debilidad eran las mujeres blancas, ahora ya no tengo preferencias por el color. Sabina estaba casada y tenía cuatro hijos, me llevo a su casa y su marido se moría de celos, se advertía en su mirada el enojo y supongo que me habría matado si ella le hubiera dado la más mínima oportunidad. Sabina me dijo que su amiga estaba muy enferma, que había contraído el Sida y que si yo quería seguir vivo más valdría no tener sexo con ella, llegue al desierto de Atacama, pero nunca me encontré con la familiar de los Parra. Sabina me llevo a un viaje a Isla Negra. El viaje no habría tenido mucho sentido si en el camino ella no me hubiera confesado lo que sentía por mí, pensé que yo era un hombre condenado a la vida que llevaba todos y cada uno de los días y me resigne. Lo hicimos. Pero decirlo así es robarle el merito y la pasión, es como decir que la única forma que conozco para tener sexo es en la posición del misionero y estaría mintiendo. Lo hicimos sobre una tumba, yo se que para muchos eso es un insulto, pero nos escabullimos en medio de la oscuridad hasta estar cerca de la tumba y sucedió, eso fue mucho antes de que alguien se le ocurriera sacar el cuerpo y estudiar la causa de su muerte. No, no era una muestra de rebeldía o falta de respeto, lo hicimos en ese lugar como una muestra del gran amor que nos despertaban sus poemas, en el fondo ambos éramos un par de románticos y le brindamos nuestros orgasmos. Tal vez alguien me odie en estos momentos y yo lo entiendo. Me han de perdonar. Me despedí de Sabina y nunca más nos volvimos a encontrar, ella era divina con el sexo y su lengua era capaz de reproducir el poema del Mío Cid de principio a fin, me tenía atrapado y su marido me quería matar. Al principio de mi vida sexual, hablo de mi vida adulta, la primera condición o regla que me puse fue que jamás me metería con mujeres casadas y lo habría logrado de no haber conocido a ese par de mujeres del sur del continente que me robaron toda intención de respetar mis reglas.

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Las mujeres y los viajes

Casi todo lo que he escrito está viciado por una parquedad que no entiendo o que deseo no entender. Escribo es cierto pero siento que hace falta algo. No estoy completo. El deseo de las relaciones sexuales era algo muy fuerte en mí, pero también existía el deseo por escribir, dos cosas diferentes, igual de intensas y exigentes. En ocasiones tenía deseos de escribir y de tener relaciones sexuales, aunque no siempre tenía deseos de tener relaciones sexuales y terminaba por ocurrirme algo. He llegado a pensar en lo que sería mi vida si no hubiera sido hombre, quizá las cosas se me habrían facilitado, aunque no estoy nada seguro de eso, creo que para las mujeres siempre es más duro todo. Escribir probablemente no me llevaría a nada. Las relaciones sexuales con el tiempo terminarían por llevarme a una supuesta vida segura, una vida donde solo compartiría el sexo con una mujer y probablemente tendría hijos o solo un hijo o ninguno y eso sería como llegar al final de cualquier viaje porque yo relacionaba las situaciones sexuales, casi siempre estaban asociadas así. Una nueva relación significaba un viaje. La vida contagiada de esa supuesta seguridad era admitir que ya había empezado a morir y eso era algo que yo no deseaba. No sé cuantas nostalgias cargo. Cuando empecé la primera relación que yo suponía dentro de la franja de seguridad, yo vivía en Barcelona, pero no en la Barcelona bulliciosa, sino en una ciudad apagada y solitaria, un lugar ideal para los que aman el silencio. No era el barrio gótico, era un barrio periférico que estaba separado del resto de la ciudad por paredes viejas y de colores mortecinos u ocres, no lo recuerdo muy bien. Vivía con una mexicana que en un principio había ido a España a estudiar pero conforme fue pasando el tiempo ella se olvido de sus sueños y ahora trabajaba de cosas que a mí me parecían imposibles, no solo fue la primera vez en que yo pensé que podría dejar a un lado la vida que hasta ese momento había llevado, sino que con ella experimente mi primera nostalgia y mi primer revés en este intento por escribir una historia. Deseaba por lo menos escribir una historia antes de comenzar a morir. Como con ella las cosas no pudieron ser, regrese a México, desde luego a los brazos de Luisa quien al parecer sería una eterna soltera, aunque ahora estaba más vieja, más gorda y más fea. No deseaba verla porque ella me recordaba todo lo que yo era, pero ella al mismo tiempo me devolvía mi tranquilidad y me dejaba recomponerme a la perfección. En ese viaje de regreso conocí a una aeromoza y lo hicimos en el baño del avión. La misma aeromoza que años más tarde me regalaría la tranquilidad y seguridad que todo persona necesita antes de entrar en los dominios de la muerte. Por primera vez en muchos años, Luisa, Adriana y yo nos amamos al mismo tiempo, en la misma cama y juntos nuestros sexos en todas las combinaciones posibles, yo me sentía dueño del mundo, en ese instante bien podría morir y sentirme en paz.

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Las mujeres y los viajes

Me gustaba escaparme del resto de las personas. El nuevo mundo sexual era para mí un encanto, un encanto que se detenía constantemente en el cuerpo de Luisa y algunas veces en el cuerpo de Adriana, parecía que ellas estaban de acuerdo en compartirme, la revolución sexual, las nuevas tendencias en las relaciones y esa vida que para algunos era fácil de acusar de libertinaje en nosotros eran virtudes. Llevaba una vida en pareja, algo sin importancia, solía estar fuera de casa todo el tiempo, embriagada por la idea de salir de viaje y conocer otras ciudades, otras gentes y descubrir el sabor de cada mujer en cada uno de los rincones del mundo. Imposible, esa era la conclusión, pero yo no dejaba de intentarlo. El sexo me había convertido en ese animal solitario, ese animal que parecía la soledad para poder estar con quien quisiera y a la hora que fuera, desde luego que mi vida en pareja había durado lo que dura la brevedad, era imposible vivir en un lugar, a lado de alguien que te estuviera condicionando o diciendo que hacer. No sé bien si fui feliz, si alguien me lo pregunta le diría que por nada del mundo me habría perdido aquellas experiencias y que de tener oportunidad volvería hacer cada una de esas cosas.
Comencé a salir de la ciudad con la promesa de que me acostaría en la cama de esas mujeres que visitaría, me decían que me tocarían y que experimentaría el sexo más excitante de toda mi vida, no estoy seguro si alguna vez puse mi vida en riesgo, solo deseaba vivir y dejaba que mis deseos me llevaran de una ciudad a otra. No siempre fue así, por supuesto. Adriana se caso y yo hacia los viajes de regreso con la promesa de encontrarme con ella, la simple idea de que ahora ella se había convertido en mi amante me causaba una erección que podría jurar que aún me duele. Llegue a pensar que todos mis viajes los hacía porque existía la promesa de que al regresar me estaría esperando mi amante, Adriana. Cuantas veces hice esos viajes, para encontrarme con mujeres que apenas conocía o incluso mujeres a las que visitaba a ciegas.

Más de una ocasión desperté en un departamento desconocido, no tenía idea de donde estaba el baño o cual era la rutina de aquel lugar. Más de una ocasión desperté y no había nadie a mi lado, de haber querido me habrían cortado el cuello y no habría sentido nada. A Luisa la buscaba cuando había un rompimiento o cuando nadie me esperaba, Adriana no contaba como parte de una relación ella era mi amante y su historia merecía un punto y aparte.

De haber sido mujer, pienso que me estaba comportando como una prostituta de lujo.

He viajado infinitamente, los viajes eran casi todos parte de esa tarea sexual que me había autoimpuesto. Muchas veces aprovechaba los tiempos de espera en los aeropuertos o el trayecto entre una terminal y otra. La experiencia de hacerlo en un avión no solo es desquiciante sino que además te transforma. No sé a cuantas mujeres conocí en los aeropuertos, por más que le insisto a mi memoria, solo se aparecen un par de ellas, debe ser la circunstancia en la que se dieron esos encuentros o el impacto que lograron causar en mi. Mentalmente me aproximo a todos con solo tenerlas a ellas en mis recuerdos. No hay otra opción. Viajar era entonces sinónimo de sexo.
Cuando las cosas no estaban bien, yo me ponía de malas, como es casi seguro que lo haga todo mundo. Lo único que me ponía el alto a los viajes y la vida sexual fuera de la ciudad era el trabajo, en ocasiones tenía que trabajar más de ocho diarias, el trabajo en exceso no era otra cosa que mi mala formación, decidí dejar de estudiar mucho antes de intentar siquiera entrar a la universidad. Yo no quería ser bombero, al menos no me interesaba apagar ese fuego que ellos acostumbran a sofocar. Algunas de las mujeres con las que tenía sexo, terminaban por regalarme parte de su dinero, me decían que no estuviera preocupado y que no estaban pagando por mis servicios, ellas tan solo querían consentirme porque la habían pasado bien a mi lado, que ya no recordaban lo que era la ternura y el placer que les provoca el sexo.

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Las mujeres y los viajes

Perdí la virginidad casi a los 20 años, si es que se le puede llamar así. Mi vida adulta a transcurrido en medio de batallas sin sentido. Recuerdo que la primera vez, fue algo simple, lo había intentado cinco o seis veces y no lo había logrado, algunas veces porque era tanta la emoción contenido en la simple idea que terminaba por eyacular antes de tiempo y porque en otros intentos, me había tocado la suerte de estar con alguna chica inexperta que se preocupaba más por el dolor o las consecuencias de nuestros actos. La verdad es que no estoy seguro si es que perdí la virginidad a esa edad. Si alguien hoy en día me dice que a los seis años fui violado, es probable que le crea y no es que tenga una memoria deficiente, sino que no me acuerdo de muchas cosas, cosas que quizá no vale la pena recordar, pero que siempre han existido.

Me he pasado la vida enamorado.

Antes de llegar a la edad adulta un grupo de niñas, gustaba de jugar conmigo o con lo que en ese tiempo yo llamaría un cuerpo inexperto. Recuerdo (algunas cosas las recuerdo de forma intermitente y otras creo que así fue como sucedieron), que a ellas les gustaba desvestirme o me hacían revisar sus cuerpos porque yo era una especie de doctor y estaba para curar sus males. Ellas eran un poco mayor que yo, pero eran inquietas, atrevidas y siempre encontraban el lugar y el tiempo exacto para jugar a lo que más les gustaba. Perdí la virginidad, al menos de forma consciente, cuando ya estaba en la ciudad de México. Me había cansado de vivir con mis tíos y por lo mismo rente un departamento. Adriana había quedado de ir a buscarme para ir al cine, pero nunca llego, a cambio me envió a su amiga Luisa para que me explicara por qué demonios no había podido ir, en ese tiempo habría bastado una llamada, pero no fue así (no usaba el teléfono celular o móvil según sea el lugar de uso). Luisa llego a la casa y me explico las razones de la Adriana. La invite a pasar y después de un rato nos pusimos hablar de sexo. No tengo claro cómo es que las personas pasamos de una plática a otra y de pronto ya estás hablando de sexo.

Luisa me dijo que de sexo no se podía hablar, que eso es algo que se tiene que sentir. Me sonroje y ella tomo la iniciativa.

Un tiempo después me enamore de una chica Noruega, a la que le gustaba hablar del contraste entre el color de nuestra piel y de lo bien dotado que son los chicos de su tierra. Lo único que tenía en mi defensa era decirle: que esto era México y que lo que tenía en sus manos era la media nacional, lo disponible y que si deseaba algo más, tal vez debería regresar a Noruega. Ella no hacía el amor, a Kim le gusta el sexo, ese sexo dotado de la frialdad de su tierra (era una mujer que se excusa de su falta de temperamento sexual, diciendo que en su tierra las necesidades eran otros, que primero se piensa en la seguridad y después en el placer), a mí ella me volvía loco, era lo largo de su cuerpo y sus exageradas manos blancas recorriendo mi piel lo que ponía al cien, eso y sus grandes senos blancos. Quería irme a vivir a Oslo. Me hacía palpitar la idea de estar en Europa, en la Escandinavia, me hacía ilusión perderme de la ciudad que me había visto nacer y de que nadie más volviera a tener noticas de mí. Kim se marcho de México y me prometió que en cuanto llegara a su ciudad buscaría establecerse y que nos casaríamos. Yo estaba ilusionado. Un día me escribió y me dijo, que nada tenía sentido, que ambos aún éramos muy jóvenes y que ella pensaba que nos faltaba mucho por vivir, me dijo que se había independizado de sus padres y que era posible visitarlo en cuanto me diera la gana. Busque nuevamente a Luisa. Desde luego que fui a Oslo. No tenía el dinero suficiente, así que pedí prestado a unos amigos (dinero que nunca les pague, quizá ellos me habrían dicho que lo tomara como un regalo, pero tampoco les pregunte). Mi viaje en un principio tenía como sentido el resolver los problemas don Kim, no miento cuando digo que me moría de ganas por conocer Oslo y viajar por fin a Europa. Kim me recibió en su casa y me explico a su manera las consecuencias de tomar un rumbo como el que ambos en algún momento pensamos como posible y que ahora solo era yo el que lo deseaba, pensé que tenía razón. No bien había pasado un año de la partida de Kim de la ciudad de México, cuando ella se estaba casando, desde luego que no me invito a su boda. Mi primer rompimiento en la vida adulta, fue en la cama de una mujer que tenía una armazón gigantesca como el soporte para su cuerpo y una manos gigantes, blancas y frías.

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