Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Las mujeres y los viajes’

Las mujeres y los viajes

¿Qué era lo peor que me podía pasar?, la verdad es que no lo sé y tampoco deseaba saberlo.

Había tomado un vuelo con destino a Jerusalén cuando me encontré de nuevo con la chica aeromoza, con ella tuve una segunda vez y nos fuimos armando un supuesto futuro, una carta de seguridad que nos permitiría estar juntos en la vejez y quizá porque no, tener hijos, ella tenía la pelvis ideal para tener muchos hijos, pero ese momento aún no había llegado. El viaje a Jerusalén fue el único que no tenía como fin el sexo, no de manera inicial, pero las cosas siempre terminan por ocurrir, por una razón u otra pasan, así que paso. Fue lamo menos tormentoso que las últimas veces, pero aún así se desato una pasión tan llena de ruido. Casi siempre me olvido los nombres de las mujeres que he conocido y las recuerdo por algún rasgo en particular, la chica que conocí en Jerusalén, tenía el abdomen lleno de lunares, no era blanca y tenía poco interés en conocer formas raras y complicadas para el sexo, le gustaban las cosas en directo. Me propuso viajar a su país, pasar una temporada con ella y conocer a un hijo que había heredado de su matrimonio por fin disuelto. Londres no me gustaba por el exceso de lluvia, así que le dije que me resultaba imposible ir con ella. La relación no termino cuando cada uno regreso a su casa, ella me fue a visitar a la ciudad de México y llevaba a su hijo de 7 años que resulto ser un gran amigo y al que de cuando en cuando me visita cuando está en el país. Este chico termino por hacer una carrera con mucho éxito en la medicina. Es rico y famoso. Su llegada a la ciudad de México, la de Catherine, coincidió con un momento de gran crisis económica, le debía cada vez más a los bancos y ya no me prestaban el dinero con la misma facilidad que al principio. No recuerdo si le dije a ella la verdad de mi situación económica, pero no gaste un solo centavo con su llegada y siempre se lo agradecí porque de otra forma me habría puesto tremendamente triste. Con ella tampoco tuve una segunda vez y me sentí a partir de ese momento el hombre más triste de todo el mundo, se que era algo sin sentido.

Read Full Post »

Las mujeres y los viajes

No podría decir que había pasado por todo tipo de experiencias. Mi vida apenas estaba despuntando en eso de los placeres sexuales cuando me atreví a dar un paso más allá de lo que yo mismo me hubiera atrevido bajo circunstancias normales, aunque aquí la pregunta es a que llamamos circunstancias normales. En Lisboa vivía cerca de una casa donde acudían los inválidos. Quizá no sea la forma correcta de llamarlos, no lo sé. Ella era campeona de natación. Nos amamos no por su discapacidad sino porque entre las piernas tenía un caldero hirviente, que perdería a cualquiera. No tenía idea de lo que estaba haciendo con mi vida.
De joven aprendí que nada llegue por casualidad, que si quieres algo te tienes que esforzar si lo deseas, aprendí a moverme por las calles de la ciudad de México, lo que me sirvió para moverme por las calles de cualquier ciudad grande o medianamente caótica, pero cuando llegue a New York, la vida fue otra. Me había invitado una amiga de la cual estuve enamorado una larga temporada y sin haber llegado a nada. En el tiempo en que yo estuve enamorado ella, ambos vivíamos en la ciudad de México. Ella era de Colombia y amaba el sabor del café cuando su cuerpo desnudo se retorcía entre las sabanas blancas de su cama, era invariable, en su cama no podía haber otro color de sabanas y ella al parecer lo disfrutaba. Solo tenía un defecto: su aliento olía a esencia de clavo y ese es un olor que yo siempre he odiado. A ella no lo podría odiar. Le confesé que deseaba tener uno o dos hijos con ella, era tanto el deseo y la desesperación de tener sexo que empecé a decir cosas que seguramente no estaba dispuesto a cumplir, me sentí político, ruin, insensible. Ella me dijo que si y me perdí entre sus cabellos ensortijados, ella me dijo que si y yo sentí por primera vez que mi vida tendría un poco de sentido, estaba dispuesto a empezar a morir, estaba dispuesto a todo, incluso de quedarme a vivir para siempre en New York, aunque ese para siempre incluía largas temporadas en otras ciudades, sobre todo en la temporada de frío, cuando incluso los patos se pierden de Central Park y nadie te sabe decir a donde se van. Pasamos una larga temporada juntos. Después de un tiempo me encontré nuevamente con Luisa. Luisa parecía mi casa cada que deseaba regresar era el ancla que me recordaba mi sitio, el lugar ideal para descansar de largos viajes y de esas pesadas penas de amor que te da el desconsuelo. No todo era sexo, conforme fui ganando años me transforme en un ser sentimental, que hasta podría jurar que cada vez me enamoraba más y más.

Read Full Post »

Las mujeres y los viajes

Que sabroso es andar por toda la casa sin nada que te cubra el cuerpo. Nunca llegue a pensar en la posibilidad de estar con alguien de mi sexo, de haberlo pensado lo habría hecho, porque yo creía que la vida era para experimentar todo lo que se nos pudiera ocurrir. Hice un viaje al sur del continente porque una chica me había prometido el paraíso en forma material y me había prometido su cuerpo todo el tiempo que yo quisiera. Antes de llegar al desierto de Atacama, llegue a Santiago de Chile, donde me fue a recoger al aeropuerto una amiga de ella, por raro que parezca olvide el nombre de la chica que me esperaba para enseñarme esos placeres hasta ahora desconocidos y para mostrarme todo lo que había en esa ciudad de la que ella se sentía orgullosa, solo recuerdo que era nieta de Violeta o Nicanor Parra, lo que nunca logre olvidar fue el nombre de la amiga, una mujer que rozaba los cuarenta. Sabina y yo la nombre mi santa; Santa Sabina, blanca como la leche y a estas alturas ya deben saber que mi debilidad eran las mujeres blancas, ahora ya no tengo preferencias por el color. Sabina estaba casada y tenía cuatro hijos, me llevo a su casa y su marido se moría de celos, se advertía en su mirada el enojo y supongo que me habría matado si ella le hubiera dado la más mínima oportunidad. Sabina me dijo que su amiga estaba muy enferma, que había contraído el Sida y que si yo quería seguir vivo más valdría no tener sexo con ella, llegue al desierto de Atacama, pero nunca me encontré con la familiar de los Parra. Sabina me llevo a un viaje a Isla Negra. El viaje no habría tenido mucho sentido si en el camino ella no me hubiera confesado lo que sentía por mí, pensé que yo era un hombre condenado a la vida que llevaba todos y cada uno de los días y me resigne. Lo hicimos. Pero decirlo así es robarle el merito y la pasión, es como decir que la única forma que conozco para tener sexo es en la posición del misionero y estaría mintiendo. Lo hicimos sobre una tumba, yo se que para muchos eso es un insulto, pero nos escabullimos en medio de la oscuridad hasta estar cerca de la tumba y sucedió, eso fue mucho antes de que alguien se le ocurriera sacar el cuerpo y estudiar la causa de su muerte. No, no era una muestra de rebeldía o falta de respeto, lo hicimos en ese lugar como una muestra del gran amor que nos despertaban sus poemas, en el fondo ambos éramos un par de románticos y le brindamos nuestros orgasmos. Tal vez alguien me odie en estos momentos y yo lo entiendo. Me han de perdonar. Me despedí de Sabina y nunca más nos volvimos a encontrar, ella era divina con el sexo y su lengua era capaz de reproducir el poema del Mío Cid de principio a fin, me tenía atrapado y su marido me quería matar. Al principio de mi vida sexual, hablo de mi vida adulta, la primera condición o regla que me puse fue que jamás me metería con mujeres casadas y lo habría logrado de no haber conocido a ese par de mujeres del sur del continente que me robaron toda intención de respetar mis reglas.

Read Full Post »

Las mujeres y los viajes

Casi todo lo que he escrito está viciado por una parquedad que no entiendo o que deseo no entender. Escribo es cierto pero siento que hace falta algo. No estoy completo. El deseo de las relaciones sexuales era algo muy fuerte en mí, pero también existía el deseo por escribir, dos cosas diferentes, igual de intensas y exigentes. En ocasiones tenía deseos de escribir y de tener relaciones sexuales, aunque no siempre tenía deseos de tener relaciones sexuales y terminaba por ocurrirme algo. He llegado a pensar en lo que sería mi vida si no hubiera sido hombre, quizá las cosas se me habrían facilitado, aunque no estoy nada seguro de eso, creo que para las mujeres siempre es más duro todo. Escribir probablemente no me llevaría a nada. Las relaciones sexuales con el tiempo terminarían por llevarme a una supuesta vida segura, una vida donde solo compartiría el sexo con una mujer y probablemente tendría hijos o solo un hijo o ninguno y eso sería como llegar al final de cualquier viaje porque yo relacionaba las situaciones sexuales, casi siempre estaban asociadas así. Una nueva relación significaba un viaje. La vida contagiada de esa supuesta seguridad era admitir que ya había empezado a morir y eso era algo que yo no deseaba. No sé cuantas nostalgias cargo. Cuando empecé la primera relación que yo suponía dentro de la franja de seguridad, yo vivía en Barcelona, pero no en la Barcelona bulliciosa, sino en una ciudad apagada y solitaria, un lugar ideal para los que aman el silencio. No era el barrio gótico, era un barrio periférico que estaba separado del resto de la ciudad por paredes viejas y de colores mortecinos u ocres, no lo recuerdo muy bien. Vivía con una mexicana que en un principio había ido a España a estudiar pero conforme fue pasando el tiempo ella se olvido de sus sueños y ahora trabajaba de cosas que a mí me parecían imposibles, no solo fue la primera vez en que yo pensé que podría dejar a un lado la vida que hasta ese momento había llevado, sino que con ella experimente mi primera nostalgia y mi primer revés en este intento por escribir una historia. Deseaba por lo menos escribir una historia antes de comenzar a morir. Como con ella las cosas no pudieron ser, regrese a México, desde luego a los brazos de Luisa quien al parecer sería una eterna soltera, aunque ahora estaba más vieja, más gorda y más fea. No deseaba verla porque ella me recordaba todo lo que yo era, pero ella al mismo tiempo me devolvía mi tranquilidad y me dejaba recomponerme a la perfección. En ese viaje de regreso conocí a una aeromoza y lo hicimos en el baño del avión. La misma aeromoza que años más tarde me regalaría la tranquilidad y seguridad que todo persona necesita antes de entrar en los dominios de la muerte. Por primera vez en muchos años, Luisa, Adriana y yo nos amamos al mismo tiempo, en la misma cama y juntos nuestros sexos en todas las combinaciones posibles, yo me sentía dueño del mundo, en ese instante bien podría morir y sentirme en paz.

Read Full Post »

Las mujeres y los viajes

Me gustaba escaparme del resto de las personas. El nuevo mundo sexual era para mí un encanto, un encanto que se detenía constantemente en el cuerpo de Luisa y algunas veces en el cuerpo de Adriana, parecía que ellas estaban de acuerdo en compartirme, la revolución sexual, las nuevas tendencias en las relaciones y esa vida que para algunos era fácil de acusar de libertinaje en nosotros eran virtudes. Llevaba una vida en pareja, algo sin importancia, solía estar fuera de casa todo el tiempo, embriagada por la idea de salir de viaje y conocer otras ciudades, otras gentes y descubrir el sabor de cada mujer en cada uno de los rincones del mundo. Imposible, esa era la conclusión, pero yo no dejaba de intentarlo. El sexo me había convertido en ese animal solitario, ese animal que parecía la soledad para poder estar con quien quisiera y a la hora que fuera, desde luego que mi vida en pareja había durado lo que dura la brevedad, era imposible vivir en un lugar, a lado de alguien que te estuviera condicionando o diciendo que hacer. No sé bien si fui feliz, si alguien me lo pregunta le diría que por nada del mundo me habría perdido aquellas experiencias y que de tener oportunidad volvería hacer cada una de esas cosas.
Comencé a salir de la ciudad con la promesa de que me acostaría en la cama de esas mujeres que visitaría, me decían que me tocarían y que experimentaría el sexo más excitante de toda mi vida, no estoy seguro si alguna vez puse mi vida en riesgo, solo deseaba vivir y dejaba que mis deseos me llevaran de una ciudad a otra. No siempre fue así, por supuesto. Adriana se caso y yo hacia los viajes de regreso con la promesa de encontrarme con ella, la simple idea de que ahora ella se había convertido en mi amante me causaba una erección que podría jurar que aún me duele. Llegue a pensar que todos mis viajes los hacía porque existía la promesa de que al regresar me estaría esperando mi amante, Adriana. Cuantas veces hice esos viajes, para encontrarme con mujeres que apenas conocía o incluso mujeres a las que visitaba a ciegas.

Más de una ocasión desperté en un departamento desconocido, no tenía idea de donde estaba el baño o cual era la rutina de aquel lugar. Más de una ocasión desperté y no había nadie a mi lado, de haber querido me habrían cortado el cuello y no habría sentido nada. A Luisa la buscaba cuando había un rompimiento o cuando nadie me esperaba, Adriana no contaba como parte de una relación ella era mi amante y su historia merecía un punto y aparte.

De haber sido mujer, pienso que me estaba comportando como una prostituta de lujo.

He viajado infinitamente, los viajes eran casi todos parte de esa tarea sexual que me había autoimpuesto. Muchas veces aprovechaba los tiempos de espera en los aeropuertos o el trayecto entre una terminal y otra. La experiencia de hacerlo en un avión no solo es desquiciante sino que además te transforma. No sé a cuantas mujeres conocí en los aeropuertos, por más que le insisto a mi memoria, solo se aparecen un par de ellas, debe ser la circunstancia en la que se dieron esos encuentros o el impacto que lograron causar en mi. Mentalmente me aproximo a todos con solo tenerlas a ellas en mis recuerdos. No hay otra opción. Viajar era entonces sinónimo de sexo.
Cuando las cosas no estaban bien, yo me ponía de malas, como es casi seguro que lo haga todo mundo. Lo único que me ponía el alto a los viajes y la vida sexual fuera de la ciudad era el trabajo, en ocasiones tenía que trabajar más de ocho diarias, el trabajo en exceso no era otra cosa que mi mala formación, decidí dejar de estudiar mucho antes de intentar siquiera entrar a la universidad. Yo no quería ser bombero, al menos no me interesaba apagar ese fuego que ellos acostumbran a sofocar. Algunas de las mujeres con las que tenía sexo, terminaban por regalarme parte de su dinero, me decían que no estuviera preocupado y que no estaban pagando por mis servicios, ellas tan solo querían consentirme porque la habían pasado bien a mi lado, que ya no recordaban lo que era la ternura y el placer que les provoca el sexo.

Read Full Post »