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Posts Tagged ‘Infiel’

Abril, primeras horas del segundo jueves del mes. El ritmo en el hospital ha ido creciendo, en las últimas noches mucho movimiento. Había sonado el teléfono un par de veces, pero no me percate, a la tercera vez que sonó, hablábamos de la playa, de lo mucho que nos gusta el amanecer en ella. Contesté la llamada y lo primero que me dijeron en tono de reclamo y enojo, fue: qué donde me encontraba y que necesitaban de mí en la sala de terapia, como si mi trabajo le fuera salvar la vida a alguien, eso fue lo que pensé, pero no dije nada. Allí estaba la paciente, descompensada, con un ritmo más bien lento, que no alimentaba esperanzas de que pudiera pasar el resto de la noche. Hice mi trabajo y quería regresar para seguir hablando de la playa. Hacía tiempo que no hablábamos, quizá desde que a alguien se le ocurriera decir o sugerir al menos, que entre y ella y yo había una historia de infidelidad, me había enojado tanto con la persona que lo había sugerido, así que comencé a evitar las platicas con ella en el hospital y cuando ya no podía soportar tanto silencio, salía a correr, sin importar que los rayos de sol, aún no acariciaran los límites de la ciudad. Disfrutaba mucho hablar con ella.

No soportaba que los compañeros de trabajo se pusieran hablar, pero después de no encontrarme por la noche en mi sitio de trabajo y de las tres llamadas, todo mundo me decía en tono de burla o más bien discordante: uno tratando de encontrarte y tú platicando en otra área del hospital. Lo que más me enojaba era el tono de voz con el que me lo repetían.

La plática transcurre entre ansiosa y lenta, no es nada habitual, a veces creo que ella está preocupada, no por lo que puedan decir de nosotros, sino por lo que se me pueda ocurrir. Le he pedido dos o tres veces que se retire las gafas y ella parece no oírme y si lo hace simplemente responde que no. Me había sentido triste porque solo podíamos hablar de nuestras rabietas y nuestras quejas hacia la administración del hospital y de lo odioso que suelen ser nuestros compañeros, quizá los odiosos somos nosotros o quizá nadie nos toma en cuenta y por eso tenemos la necesidad de hablar de ellos, pero esta noche, hasta antes de recibir la tercera llamada y el reclamo correspondiente, la habíamos pasado muy bien, e intercambiamos una y otra vez sonrisas, estuve a punto de decirle que cubriéramos, la única cámara del lugar y hacerlo en ese instante, y olvidarnos de los ruidosos compañeros de turnos que van de un lugar a otro arrastrando carritos que van tan pesados como sus ganas aburridas de vivir o dejar de lado las quejas diarias de uno que otro que se encarga del mantenimiento del hospital y que no paran nunca con su quejas o comentarios agrios. Quizá mi deseo era algo de lo más normal. Los perros se habían dejado oír y de vez en cuando alguna ambulancia pasaba de largo con ese ulular tan característico y que a todos nos ponía en estado de alerta.

Me habían pedido una tomografía, deseaban el resultado de forma inmediata, pero más que el resultado, lo importante era saber si el paciente no tenía liquido libre en la cavidad abdominal, la falta de un diagnostico terminaba por estresarnos a todos.

Ahora con mis cuarenta y tantos años, no me sentía viejo, y tenía tantas ganas de atragantarme con el mundo, en realidad estaba a la mitad de mi vida, tal vez para unos estaba ya en franco declive, pero en mí era claro que la mejor época se estaba desarrollando. Aquella noche nos habíamos divertido sin lugar a dudas, tal vez en otras habíamos hecho cosas más ardientes, pero estaba vez fuimos como niños, nos dijimos cosas que salían de manera espontanea y en la mayor parte de la plática nos olvidamos de nuestro entorno y de los molestos compañeros de trabajo y de los administradores y de todo, el mundo solo era: ella y yo. No me gusto que me dijera viejo dos o tres veces, es cierto que casi le duplico la edad, pero estoy seguro que aún puedo comportarme como cualquier joven y con la ventaja de tener un poco de experiencia, aunque la experiencia a veces no sirve de nada, no en las cuestiones amatorias, donde lo importante es el empuje. Después de la llamada nos pusimos a trabajar y por la mañana al salir del trabajo, nos dimos la espalda y cada uno tomo su rumbo, no podríamos irnos juntos, yo tenía muchas ganas de estar encima de ella una y otra vez, pero ella tenía una cita para ir a comprar un poco de comida, supongo que era algo excitante.

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Me habría gustado orinar delante de ti, pero ya orino con dificultad, diminutos chorritos que me avergüenzan y los sábados se pone peor. Deje de beber mezcal, no por falta de gusto, sino porque en esta tierra no es algo fácil de encontrar y lo que encuentras tiene dudosa calidad y más bien parece bebida para los que gustan del dolor de cabeza al otro día. Lo que sí podría hacer es tirarme de pedos en la cama, pero hasta eso me da vergüenza. Veinte años atrás me habría aventurado a no cerrar nunca la puerta del baño y no solo eso, andaría sin ropa por todos los lugares que me gustan, pero esta es una ciudad extraña, a veces pienso que es un gran basurero, pero eso me pasa en días cuando el clima esta por cambiar, se que el clima esta por cambiar porque me duelen las rodillas y porque me pongo de un humor que nadie me soporta, ni siquiera yo, cuando eso pasa, es cuando lanzo pestes sobre la ciudad, pero nunca en contra de su gente, aquí habita buena gente, otras no lo son tanto, pero se necesita de gente mala, sino no existe el balance.

Todo el tiempo he querido hacer el amor con ella, la cosa no empezó así, pero tenía que tomar esa dirección y no es que sea alguna condición necesaria, ni un rito mediante el cual se comprueba que la amistad entre hombre y mujer no existe, que siempre existe una segunda intención. Me dan ganas de hacer el amor cuando llega la lluvia, todo el tiempo tengo ganas, pero cuando llega la lluvia, la cosa se pone peor y me dejo llevar por mi deseo-voluntad.

No puedo imaginar a una mujer que no tenga ombligo, aunque dicen que existe una operación para borrarlos, pero no me refiero a ese tipo de mujer, sino a las que nacen sin ombligo, dicen que ya existen y yo solo logro pensar en muñecas que a las que suelen llamar: esposas holandesas (los japoneses las llaman sex doll), pero tampoco son ellas. A ellas las deberían llamar las eternas, porque se pueden reproducir a voluntad, aunque nunca he visto a una.

Pero yo no hago otra cosa que pensar en ella, muchas veces me le pongo enfrente, me dan ganas de que ella abra las piernas y que ponga mi mano en su vagina, no importa si trae pantalones, pero eso nunca sucede y no me queda más que jugar con mis muslos y apretarlos una y otra vez para evitar una erección delante de todos, supongo que a estas alturas sería algo no muy divertido. Los viernes suele tomar algunos shots de algo que se parece mucho al mezcal, después de un rato, pierdo la cuenta y mi cabeza comienza a cosquillear, entonces me levanto y antes de irme a casa, paso al baños y dejo que esas diminutas bestias salgan con dificultad mientras orino y luego se pierdan en un ruido escandaloso mientras van a parar al drenaje y pienso que una vez más he perdido la oportunidad para que me veas orinar y creo que tal vez mañana sea un buen día para hacerlo frente de ti. Me joden los cambios de clima y tengo ganas de ya no ir a trabajar, no digo nada, y salgo a caminar, me duelen los muslos y un ligero ardor me corre entre las nalgas. ¡Nadie!, puede hacer algo para que yo me deje de sentir así.

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Silencio. Todos los días lo mismo, trabajando, trabajando, trabajando, para ser millonarios. Hombres y mujeres orgullosos de las cosas que tienen: una hipoteca impagable, deudas por todos lados, todo se debe, pero todo se paga a meses sin interés, no existe mejor oferta. La única puta realidad es que todos hacemos más millonarios a unos cuantos hombres, por eso no me gusta el trabajo, yo preferiría masturbarme (que es lo mismo que hacerme una paja)  en esas horas, antes que trabajar. El infierno esta a ras de suelo, el cáncer de mama devora todos los sueño y qué decir del cáncer de próstata que termina por ser mortal y luego vienen las putas guerras y no hay tiempo de nada, ni siquiera un tiempo para tomarte una cerveza, una sola de ellas. La guerra es un infierno particular, es mierda, es gente muerta por la calle y es miedo y alegría, es pulsión de vida, costumbre, deseos, es sexo con cuerpos manchados de sangre, es desilusión y esperanza, es la otra esquina.

Había pasado todo un año tratando de escribir una serie de relatos que pudieran retratar lo que esta guerra significaba para mí y desde luego que mi visión no era para nada particular, es decir la guerra tenía más o menos los mismos matices en muchos de nosotros, así que empecé a escribir acerca de esta guerra como si yo fuera un niño, trataba de darle a mis relatos esa visión que tendría un niño de esta matanza, pero entendí hasta muy tarde que ese niño era un ser atemporal y digo esto porque los niños de hoy en día no tienen es supuesta inocencia con la que yo creo que hemos crecido los de mi generación. Ser niño hoy en día es alucinante.

Yo pensaba en esta guerra, como una serie de asesinatos. Aún no entiendo la razón, es muy fácil pensar en ella en estos términos. Durante muchos días, llegue a sentirme derrotado, pero es tan solo una sensación, no es nada que ocurra en realidad. Lo triste de esta historia es que la supuesta guerra contra el supuesto crimen organizado, solo ha servido para enriquecer más a los culos gordos de este país, todo aquel que tiene un negocio relacionado con la industria de la guerra se fue haciendo de más millones, empresas que traen del extranjero armas y municiones, hospitales privados, agencias funerarias, y una larga lista que incluye desde luego a los sitios de comida rápida se fueron llenando de dinero y también se convirtieron en blanco fijo de esta delincuencia. Y la triste realidad siempre es la misma, el pobre que cada vez es más pobre y que tenía que poner el culo para que alguien le diera de patadas, el pobre que no tenía más alternativas que trabajar para el gobierno, y disparar contra sus vecinos o el pobre que se volvía parte de la delincuencia que a su vez lo sub empleaba por unos cuantos pesos y una promesa de corta vida, después de todo a eso venimos al mundo: a morirnos y para alargar esta agonía tanto si nos podemos morir rápido.

Mis relatos se fueron agrupando en un serie interminable, había días que yo pensaba que si esta guerra terminaba pronto, esos relatos no tendrían ningún sentido, pensaba que era necesario darme prisa, escribir al vapor, pero desde dentro, desde la propia guerra, con sangre de la misma en mis manos, por alguna razón esa sangre llegaba a mis manos, pero no la velocidad con la que yo pensaba que debería escribir estas historias y es que la realidad, es que uno tiene que darle distancia a estos hechos antes de escribir acerca de ellos. Así que no tuve más opción que dejar madurar las ideas que fui atrapando y están a la espera de ser sino perfeccionados, si a la espera de ser contados con la distancia adecuada y con la voz de un niño, de estos niños que hoy en día tienen ideas alucinantes, en eso radica la diferencia.

 

Más valdría masturbarse que estar pensando en todas estas cosas. Más valdría verle las tetas a mi vecina o irme de putas o pasar toda la noche leyendo. Pero la vida no es conjunto de valores, la vida es ese instante que tienes que vivir, porque sino ya todo está perdido.

 

Intenté hacer poesía de todo esto.  La poesía dice demasiado en poco tiempo y yo necesitaba tiempo, necesitaba decir poco en mucho tiempo, es decir, mi necesidad se traducía en escribir una novela. Ahí estaba de nuevo esta situación de escribir, de sacar esos supuestos demonios que llevo dentro, la vida es una puta que cobra mucho por sus servicios. Mi vida. Los culos gordos de este país, se han ido enriqueciendo, creo que son los únicos beneficiados con esta guerra, una guerra que de forma casual no ha tocado los puntos turísticos, al menos no esos puntos donde la gente suele ir todo el año, los lugares digamos “más interesantes” del país, se puede ver con facilidad que todo esto sigue intereses de unos cuantos, que el país es una suma de muchos países y que hoy como nunca estamos divididos entre la violencia  y la vida más o menos cómoda y la vida con una serie de necesidades y eso si en una supuesta paz. Donde sea se cocina la delincuencia es lo que pienso.

 

Lo más fácil, es comprarse unas cuantas cervezas, sentarte en alguna parte de tu casa, hacer el amor con regularidad, ser un tipo alucinante, trabajar ocho horas y cuando haga falta, trabajar un poco más, verle las tetas a la vecina o a cualquiera que se parezca o no a la vecina, dormir y desde luego masturbarse.

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¡Inútil! Nadie es mejor que él.  Su boca hambrienta y ausente de carmín, pues él no se pinta, me está llamando, desde lejos puedo descifrar  cuando dice mi nombre, esas seis letras que podrían contener y sostener el universo. Magia.

No es un tipo que sea del todo inocente. También carga sus culpas, sobre todo con las mujeres. Últimamente se había puesto a escribir historias de mujeres infieles o de hombres infieles que para el caso es lo mismo: infidelidad:  juego de alta traición. Se había puesto a escribir sin llevar cierto orden y habían algunas cosas que llamaban mi atención, como por ejemplo: que describiera unos ojos enormes, ojos oscuros, que no me dejaban más opción que llamarlos hermosos, luego describe los cuerpos y los nombres de esas mujeres, sus camionetas, sus casas, sus amantes, el olor de sus axilas, sus senos, su cajita mágica como él lo llama y todo parece apuntar a la misma persona: a mi vecina. Tal vez estoy equivocada y nada de esto es cierto y lo que tengo es un complejo, una especie de celo ganado por lo que él escribe y describe con tanto detalle. Desde luego que yo no soy una santa, mi madre me dice que soy una vampiresa, que le puedo chupar la sangre al vivo como al muerto, aunque yo he querido entender a que se refiere con eso de los muertos, supongo que son esos seres que no tienen voluntad, seres que se dejan llevar por los caprichos de otros y si es así, yo creo que mi madre tiene razón, aunque casi todos están como muertos. Que él escriba eso de las vasijas es mi culpa, pues yo siempre le he dicho que así me siento: como una vasija vacía. Un día mi madre me dijo que yo tengo la vasija llena de tanta sangre que he chupado, que soy una asesina, que si acaso no me doy cuenta. Me dijo: Conduces toda tu malicia sobre la voluntad de los débiles, y yo entendí desde luego que lo que ella quería decir es que mi vasija de barro estaba llena, porque el mundo está lleno de seres débiles. Que importa.

Luego vienes tú y me propones que tengamos sexo, así como si nada, con tu sonrisa estúpida y tu cara de niño bonito, bonito y rebelde me dijiste y yo pensé que de rebelde no tienes nada y te dije que me tenías que demostrar que eras mejor que él y lo único que se te ocurrió, fue decirme que tú no le tienes miedo al trabajo, que todos los días trabajas y yo te dije que lo peor en la vida es estar sin trabajo, que se debe ser valiente para no trabajar, porque pierdes mucho tiempo sin hacer nada y esas horas te pueden llevar al suicidio. No hacer nada en todo el día es un problema y grave. Pero él, no es enemigo del trabajo y si esta todo el día en casa, es porque trabaja, es porque escribir para él lo es todo y para mí también lo es y si tú creías que sería fácil tener sexo conmigo, pues estabas muy equivocado, bueno no del todo. Pero tenías que tener claro que no eres mejor que él y si hacemos algo no es porque él no pueda hacerlo, sino porque yo así lo deseo o lo quiero, que para el caso es lo mismo. Me dices que nadie me va a sentir lo que tú me harás sentir. Me dices tantas cosas y ahora ya no sé si lo imagine, pero estoy segura que me dijiste que me ibas a chupar las axilas y eso te juro que me ha dado mucha risa y también curiosidad.

No tengo claro muchas cosas, no entiendo por qué él empezó a escribir acerca de las amantes, aunque no era del todo de las amantes, más bien era acerca de la infidelidad, a veces pienso que sospecha algo, que alguien le ha dicho que tú y yo, hacemos esas cosas. Lo único que puedo decir es que yo estaba borracha, que tú te aprovechaste del momento, que aprovechaste que él seguía en casa escribiendo y jamás habría notado mi ausencia, no sino le llamo a las tres de la mañana para decirle que se había presentado una emergencia y que aún no podía salir del hospital. Yo creo que fue entonces cuando él empezó a sospechar. Tú siempre hacías lo mismo, sabías que unas cuantas copas bastarían para encender mi libido, para embriagarme, para llevarme a la cama y según tú enseñarme esas artes amatorias que te hacían diferente. Confieso que todo tú: eres un fracaso.

Yo fui una tonta, tú un aprovechado.

Cuando te dejó Mónica, la cosa se puso peor. Argumentaste que ella se había enterado de lo nuestro, que ella me consideraba su mejor amiga. Que ella lamentaba estas cosas. Yo no conocía en realidad a Mónica, había estado una vez en mi casa y no hacía otra cosa que coquetearle a él. Me di cuenta de todo, la vi deslizar su mano por su entre pierna, la vi tocarse con la punta de los dedos su cajita mágica como lo describe él, la vi masturbarse en mi baño, cuando de manera intencional dejo la puerta abierta para que él la pudiera ver desde la sala y se hacían un guiño de complicidad. Ella no era mi amiga, lo que si era, al menos para mí: una cualquiera, una zorra. Me dices que te dejo por lo nuestro y con eso tú renunciaste a tu idea de tener hijos, porque tenías claro que yo no deseaba tener hijos y lo que no tenías claro es que yo no deseaba vivir contigo y sin embargo me rogaste que lo dejara, tú que sabías que eso era imposible. Entre nosotros, nos perdonamos todo, incluso un error como lo tuyo, porque eso fue, un error.

Nuestro engaño era reconfortante, pero no lo era todo. Lo que más me gustaba eran las margaritas y la cara de imbécil que ponías cuando según tú me habías dado el placer más largo e incomparable del mundo. ¡Inútil! Eso es lo que eres. Incapaz de provocar un orgasmo. Lento, mentiroso.

No veo nada, no veo a nadie.

Él insiste en escribir esas historias. Quizá sea una catarsis necesaria. Quizá sea el puente para el siguiente paso, quizá esta vez lograra terminar su novela y ambos podamos salir juntos de casa, tomados de la mano. Lo que él hace es estar encerrado todas las horas posibles del día, a veces se le olvida bañarse y le digo, que le huelen mal los sobacos: ¡apestas cabrón!, ya báñate. Creo que a él nada de eso le importa, está sumido en sus historias, está perdido en un punto en el que parece no haber retorno y yo no lo puedo dejar, pues a veces creo quererlo, y otras veces creo amarlo, aunque la mayoría de las veces supongo que él me necesita, tanto como el río necesita del agua para seguir siendo río o como el cuerpo necesita del aire para seguir viviendo. A veces supongo que tengo que dejarlo, pero me duele pensar que a él eso no le importa, quizá yo este equivocada y todo esto sea por culpa de esa novela, de esa historia que parece que nunca avanza.

A veces me pregunto: ¿Y si nunca termina de escribirla?

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Ella se levanta tarde, su cama la expulsa. No tiene que ir a trabajar y el puto resfriado ya la tiene aturdida. Sus piernas son tan delgadas, tanto que se parecen a las patas de un avestruz. Quizá un flamenco. Su corazón va muy acelerado, la noche anterior, incluso antes de hacer el amor, ya se sentía así. Es una taquicardia, se dijo para poder dormir a gusto. Todo le dolía: la región lumbar, las nalgas, el sexo, ese sexo acalorado que se mueve a un ritmo por momentos lentos, por momentos vertiginoso, por momentos así, sin ritmo alguno. Ella sabía todo de su cuerpo, su ritmo, su temperatura. Su temperamento. Sus ganas.

Sábado. Su cuñada le llamo temprano. Le dijo que era un buen día para ir a la playa y comprar un buen pescado. Un robalo, quizá. Se había cansado de comer pescado, además que le recordaba una época muy mala, un tiempo en el que Miguel se quedo sin trabajo y no tuvieron más opción que comer pescado todos los días, ese pescado que el atrapaba por las noches, pues el mar siempre fue muy generoso con ellos y nunca les cobro un centavo. Esta vez era diferente, esta vez podrían comprar un buen pescado, pero a ella no le apetecía y sin embargo fueron. Camino a la playa, Miguel le tomo la mano. Ella no lo podía creer aún, por un momento había decidido dejarlo, fugarse de su casa, abandonar a sus hijos, regalarse a otra vida.

Siempre se levantaba de la cama balanceándose, apoyando sus piernas delgadas. No era tan hermosa sin maquillaje.

El día podría durar una eternidad. Se pondría esa vieja camisa de Miguel que le cubrirían las nalgas y dejarían entrever sus piernas flacas, sus patas de flamenco, como él le decía. Se metería al mar, se dejaría acariciar ese cabello dorado y su rostro pronto se pondría rojo, pronto el sol tierno, casi inexistente haría de las suyas. En días pasados el frío no le permitía quitarse el abrigo y sin embargo, ese sábado las cosas parecían sacadas de un lugar mágico. Hacía un clima ideal. Y luego las olas acariciarían sus senos grandes y turgentes, senos que eran soportados por sus patas flacas. Y su sexo. Su sexo húmedo, mojado y ardiente, ese sexo que se encendía cada que ella pensaba en él. La brisa se lleva el aliento del mar, lo llevaba más allá de esas orillas. Y su cuerpo que era una ansiedad, un anhelo de deseos, una vasija que desea ser moldeada a cada instante.

¡No soy yo! No tu Magdalena.

El medio día se fue perdiendo. Bajaron un asador de la vieja camioneta. El perro no dejaba de correr y para ella no tenía sentido alguno tener un perro. Era el perro que él, su esposo le regalo cuando regresaron de su luna de miel, pero a ella no le gustaban los perros y más que un regalo para ella, se trataba de un regalo para él mismo, se trataba de un pretexto, una forma de decirle: mi amor te quiero, pero es importante tener un perro, un perro antes incluso que un hijo, un perro que nos haga feliz, que nos cuide y que juegue conmigo. Un perro que sea nuestra vida. Nuestro pacto. Nuestra salvación. Ella prendió el carbón. Habían conseguido un  hermoso ejemplar de robalo y uno más de guachinango. Bastaba con cocinar uno de ellos, y comerían todos. Sus hijos, su cuñada, sus sobrinos. Todos. Su mente distraída por esa soledad interna e intensa no dejaba de darle vueltas al asunto. Era sencillo, habría preferido decir: que ese día tenía que trabajar, que su compañera de trabajo había sufrido un accidente y que le habían pedido que por favor fuera hacer el turno.

Todo era tan fácil, hasta que a ella se le ocurrió decir un día, que no sabía qué hacer, que sus sentimientos eran más poderosos que la razón, que sentía unas ganas inmensas de entregarse, de dejarse seducir y que su cuerpo experimentara ese placer del amor primero, porque así son las primeras veces, siempre intensas, siempre inolvidables. Ella dijo que se dejaría arrastrar por ese amor visceral y así lo hizo.

El fuego se fue intensificando hasta prender por completo el carbón y ella seguía pensando en toda esa humedad que su cuerpo experimentaba y no ya no estaba en ese lugar, estaba viajando, estaba en otra cama, con otro cuerpo y en un largo suspiro que la estremecía desde su pelvis, desde sus nalgas y todas las terminales nerviosas a lo largo de su columna. Y su sexo, esa cajita mágica estaba completamente húmeda. Puso al carbón el guachinango o quizá era el robalo, la verdad es que para ella no tenía importancia. Esa época en la que Miguel no encontraba trabajo, fue suficiente para que ella ya no quisiera volver a comer pescado el resto de su vida. Se bebió una cerveza y luego otra y no se dio cuenta en qué momento ya se había bebido más de seis y sintió calor y se metió al mar. En el agua abrió sus piernas, ella dejo que la corriente le abriera su cajita mágica y luego ella se introducía un dedo y después otro y luego tres y abría cerraba los ojos, de espalda al asador, de espaldas a Miguel. Ella gemía. Estaba perdida. Enamorada.

Miguel aprovecho el momento. Le subió la vieja camisa que apenas lograba disfrazar sus patas flacas. Ella no dijo nada. Y él sin palabra alguna, sin cortejo previo. Se la metió. Ella estaba en otro lado. En otro cuerpo.

Regreso hasta el asador. Probó el pescado, en verdad estaba delicioso y ella pensó que no podría seguir así, no podría vivir sin él, porque a ella, él le daba vida, él le daba forma a ese barro que era ella, y ella era una vasija que hasta antes de conocerlo estaba deforme, sin nombre, vacía. Su vida le daba vida esa era la realidad, y dejo escapar su voz: Tú vida me da vida. Miguel le sonrió.

Sus secretos no estaban bien guardados, en cualquier momento su voz terminaría por traicionarla, tal vez no sería su voz, tal vez sería su silencio, mientras ella estuviera dormida. Tenía miedo, pero al mismo tiempo sentía ganas de dejarlo todo, de arrancarse la vida, porque no estar con él, hacia que nada tuviera  sentido. Ni siquiera aquella tarde en las orillas del mar. Aquella tarde aterradora y deliciosa.

Él le dijo: puedo sentir los latidos de tu corazón, aún sin tocarte y ella se enamoro.

Perdió la compostura. Empezó a llorar, su rostro mostro por primera vez todas sus arrugas y Miguel intentó abrazarla, pero ella le dijo: ¡No, no me toques! No vuelvas hacerlo jamás. Él estaba confundido. Ella estaba excitada sexualmente. No podía controlar su llanto, se subió a la camioneta y se alejo de la playa, se fue a toda velocidad, deseaba hablar con él, deseaba hacerlo con él y su llanto se fue confundiendo con la humedad de su sexo, esa cajita mágica que le había enseñado la otra cara del paraíso. Esa cara aterradora y deliciosa.

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Creo que no la vi. Me habían dicho que era fea en exceso, a mí eso de que alguien sea fea, me parecía una exageración. Olía a sangre y ella escondía la cabeza, tal vez pensaba que yo asociaba ese olor con su menstruación. A ella le gustaban los hombres, estaba loca por todos los hombres.

Ella presumía, eso era todo.
Había algo erótico en su historia. En cuanto al olor a la sangre, eso era algo íntimo. Yo había regresado de trabajar y necesitaba que alguien me ayudara a limpiarme el cuerpo.

Fue una semana complicada, se habían soltado,  en toda la ciudad había una oleada de desordenes que se tenían que arreglar. Los contrarios, que a veces nos parecían que eran todos, estaban haciendo de las suyas. Vaciaban sus armas con la misma facilidad que se nos escapa un bostezo, y hasta no cazarlos a todos, yo no podría regresar a casa.

Esta vez fue una semana completa.

Al último que cazamos, me vómito en la cara, por eso fue que lo deje colgando de un puente.
Volvía a casa cuando me la encontré a ella, a la que todo mundo, le decía que era fea en exceso. Si llegaba tal y como andaba a casa, Isabella, me habría corrido inmediatamente, a ella le gustaba mi dinero, pero no mi trabajo, eso era lo que ella decía; yo creo que no le importaba en lo más mínimo nada de mí a no ser claro, el dinero. El sexo con ella era eso, solo sexo por el pago total de mis ganancias. Mi trabajo era duro, triste y la mitad de la gente del país parecía odiarlo, como si disparar un arma fuera cosa de otro mundo y luego matar era de lo más normal,  todo el tiempo fue así, desde la revolución o incluso desde antes de la llegada de los españoles, siempre nos hemos matado y por nada. A Isabella no le importaba regresar con sus papas a Italia. Lo quería todo. Lo mejor.
Me encontré con la chica a la que siempre le decían que era fea en exceso. Le ordené que se subiera a la troca. Le ordené que limpiara mi cuerpo. Ella lo hizo de forma amorosa, pasó sus manos y su lengua por toda mi piel y se detuvo en mi pene.  Luego me contó una historia: un africano (no estoy del todo seguro si era africano) le había contado que las mujeres en su país le chupan el pene a sus bebes cuando ellos tienen hambre o cuando lloran de forma desesperada, que al hacerlo lo liberan de  todos sus males, que es como un acto casi mágico. Ella mi libero de mis males, se llevo mi pecado y mi estrés; y yo seguía sin verle el rostro.

Me fui a casa e Isabella me recibió exigiendo su parte del botín. A ella le preocupaba el dinero, que no me lo fuera a gastar con mis putas. Decidí cortarle las nalgas y los senos a Isabella, se lo merecía, además yo los había pagado, así que de alguna manera eran míos. Lo que era comible se lo di al perro y pedí que a ella, la arrojaran al río, una puta extranjera más, ni quien le fuera a llorar, luego sentí deseos que esa mujer de la que decían que era extremadamente fea me chupara el pene, me sentía triste, me sentía cansado y mande a buscarla

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Has oído hablar de los gitanos. Nos pusimos de acuerdo para quedarnos con todas las pertenencias del doctor. Ella era en realidad, bueno, no sé cómo llamarlo. Nos veíamos todas las tardes y el doctor insistía en querer hacer una vida con ella. Siempre me he preguntado por qué mi abuela me odiaba tanto. Luego se dio la oportunidad, el doctor la invito a su casa y yo dentro me estaba muriendo de coraje, sentía lo que tal vez llaman celos, pero seguía sin estar seguro de ese sentimiento. Lo primero era casarse. No había necesidad de forzar un matrimonio, pues el doctor estaba perdidamente enamorado de ella. Lo segundo era que ella y el doctor tuvieran un hijo, aunque ese hijo sería mío, nuestro, de los dos, después de eso y de el doctor pusiera una cosas a su nombre, entonces ella le pediría el divorcio y nos quedaríamos con la casa y nuestro hijo. Siempre nos gusto esa casa.

Antes de nacer mi abuela ya me odiaba. Ella no era gitana. Lo intento todo. Un día la abuela le dijo a mi madre que no tenía sentido que yo pudiera nacer, que su familia no lo pensaba tolerar, que su hijo no podría ser el padre del hijo de la sirvienta. Mi abuela era una de esas mujeres ricas que recién se estrenaba y por mucho que ella quisiera demostrar lo contrario, era imposible, pues la riqueza se mama. Me odiaba esa es la realidad, de seguir viva me seguiría odiando, pero eso a mí no me quitaría el sueño. Fue con un doctor para que este inyectara un poco de aire en mi madre y después de eso ya no habría nada, le dijo que era seguro, que tenía que acceder, porque si no le arrancaría la vida, que mi caso era algo perdido, que ella lo tendría que entender y que estaba condenado a ser un ladrón. Mi abuelo quien si era gitano y hacía muchos años no vivía con ella, le dijo a mi madre que huyera y eso fue lo que ella hizo. Me regalo la vida.

El doctor se la llevo a su casa y tuvieron sexo, no sé bien por cuantas horas pero eso me estaba matando. En casa me portaba raro. Mi mujer me dijo si quería salir a dar una vuelta, era claro que ella no sabía nada y lo único que yo deseaba era fugarme de la realidad y pensar que todo era un mal sueño. Luego ella quedo embarazada, no mi mujer, sino la otra, la chica sin frenos. Al principio pensamos que sería nuestro, pero al nacer, tenía toda la cara del doctor, además había nacido tres días después de mi fecha de nacimiento, lo cual era un claro indicador que no era mío, pues en la familia de mi abuelo, todos los primogénitos han nacido el mismo día. Incluso el único que tuve con mi esposa, cumple años el mismo día que yo. Me sentí traicionado y le dije que así no podríamos seguir. En ese momento lo que me interesaba saber es porque mi abuela me odiaba tanto, debí preguntarle a mi madre, pero pensé que era como revivir viejas heridas. Me aguante.

Mi abuelo no se había sacado la lotería, al menos eso me contó mi madre. Se pasaba viajando todo el tiempo, de un lugar a otro, fue así como conoció a mi abuela. Tal vez mi abuela tenía miedo de que un nieto despertará en su hijo, ese deseo de salir de su casa y de perder el destino que ella le había trazado. Ella tal vez, mi abuela, pensaba que su hijo merecía algo mejor que mi madre, quizá hasta había pensado casarlo con la hija del presidente de la república o porque no con la hija del embajador británico, tal vez estoy exagerando un poco y todo lo que mi abuela quería es que mi padre se casara con la chica más rica de la ciudad y que tal chica era hermosa e inteligente, como quien dice de buena cuna. Al parecer eso a mi padre le valió madre y me condeno a vivir sin padre y sin un recuerdo claro de lo había sido mi infancia.

Dejamos de vernos, no tenía idea de lo que había pasado con ella. Habían vendido la casa.  Ella era manipuladoramente cruel y yo un aprendiz de ladrón, aunque eso lo traía en la sangre y ante los genes uno no puede hacer nada. En todo caso, yo no dejaba de preguntarme, ¿a dónde se había ido? Mi abuela me había traicionado, incluso antes de nacer, nunca fui suficiente para ella.

Un tiempo después me encontré con el doctor. Me dijo que su esposa era una madre anti natural, que los había abandonado, que se había llevado todo el dinero y que los había dejado a los dos solos, solos y con el perro, agrego. Nosotros, incluido el perro: la perdonamos, la olvidamos y ya no la echamos de menos. Ella era infiel, y supongo que se fue a vivir a New York, siempre estaba hablando de ese lugar.

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La gente olía a tristeza almacenada y a codicia. Durante mucho tiempo yo fui seguidor de los poemas de Neruda, me gustaba sobre todos el poema 18, aunque en ocasiones sentía  una poderosa atracción por el poema 20. Nunca había pensado en el sexo muerto de la amante. Nunca había pensado que nuestros juegos eran una forma de masturbación. Ya estaba demasiado viejo para sentirme otro. Pero con ella me sentía otro. El tiempo se nos escurría entre las manos y entre sus dedos el fluido que salía de ambos, le confirmaban la existencia de esa pequeña muerte. Una lagrima que la recorre toda hasta perderse entre sus piernas, nos recordaban la necesidad de salir huyendo. Nunca hicimos caso a las advertencias.

Esta ciudad estaba hecha para matar a las gentes. Fue diseñada así, a propósito. Acá era importante tener suerte.

Regrese a México en el 2006 y todas las noches soñaba con estar escribiendo una novela a lado de Mauricio Molina, pero Molina no escribía novelas y mi sueño era entonces una cruel mentira, pero que sueños no son una cruel mentira. Después de mi regreso me subí a un avión en la ciudad de México, desde las alturas todo parecía un infierno, el país comenzaba a incendiarse y no sé o no tengo claro si aquella imagen era una parte de la realidad o era como un presagio de las cosas que estaban por venir. Quizá todo lo estaba imaginando. No había un mundo peor, ni esperanzas. Ni nada. El futuro ya estaba muerto.

Tocaba su sexo con la punta de mi lengua y la dibujaba, como si mi lengua fuera mi mano, como si mi mano fuera su boca. Su olor dolorosamente fuerte, atravesaba mis pulmones. Yo había sido infiel en otras ocasiones y seguramente mi mujer me había sido infiel, tal vez una o dos veces, todo es posible, si mi mujer no me había sido infiel sexualmente, estoy seguro que en sus emociones lo había hecho. La besaba con intensidad y soñaba, despierto que nos podríamos largar de este infierno.

Supe que había algo sospechoso en la forma como se dieron las cosas. Le duplicaba la edad y ella me duplicaba la hermosura. Aunque yo era un hombre feo, particularmente feo, eso no tiene importancia; yo era dado a sospechar de todo. En el fondo nuestra historia estaba reservada a la existencia de cadáveres. No se podía evitar. Un día me dijo mi amante, que su marido la maltrataba. Las marcas en su espalda, y sus nalgas desgarradas y sus piernas llenas de moretones eran más que una evidencia. Nos pusimos de acuerdo, lo sacaríamos de la jugada y de paso nos quedaríamos con todas sus propiedades. Las venderíamos, y de una vez por todas nos largaríamos de esta ciudad espantosa, quizá la ciudad más fea del mundo. A mí me atrajo su olor y creo que a ella la atrajo su mirada. Nos vimos, nos olimos, las cosas pasan más o menos así.

Fuimos preparando todo, la navidad estaba cerca y sería muy fácil provocar un incendio. Las luces de navidad suelen ayudar en eso y luego estaba el calentador. Era la temporada perfecta y el forense era mi amigo. Pan comido. Lo hicimos.

—Lo maravilloso de esto es que esa muerte no duele—dije—. La felicidad es nuestra.

—¿Estás seguro?

—No nos duele porque ninguno lo quería. Supongo que nos hemos liberado

—¡No! No digas esas cosas, por favor, por favor, por favor

—Míranos, somos libres—le dije—. Pronto tomaremos un avión y nos iremos lejos.

—Quisiera que no fuera así, sabes bien que me molestan estas cosas—dijo ella retorciéndose en la cama—. Además no podemos irnos, al menos no, tú y yo. Quiero a otro.

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AMOR POR LAS MUJERES DE OTROS

Las mujeres lo saben. La ciudad olía a tierra mojada y fría. Yo. No era un poeta, como me gustaba creer. No dormimos mucho. Después de un largo tiempo, ella se había despojado de esos fierros y se veía terriblemente hermosa. Toda la noche habíamos oído el ruido de los cuetes  y de los disparos, como si estar en una zona de guerra, no fuera suficiente para guardar la compostura. Hicimos el amor por primera vez, otras veces ya habíamos tenido sexo. Ella me había dicho: ¡te odio!, ¡no quiero seguir contigo, me da igual! Ella era sexy, era de esas mujeres a los que los hombres gustan hacerle regalos, y luego se olvidan de ellas. La primera vez fue fácil, decimos quitarnos la ropa y entregarnos, ella no me quería, yo tampoco. Luego me volví loco por ella y pensé que mi vida no tenía sentido sino seguíamos juntos, por el resto de nuestra vida, pero nada es como uno desea, nada, ni siquiera el amor.

Pensé que acabaría siendo el verdadero amor de ella.

Yo estaba casado. Estaba dispuesto a todo, incluso fingí que tenía miedo a que su esposo nos descubriera. Ella también sentía placer por jugar a este juego, era digamos su propia ruleta rusa. Tenía miedo del ruido de los disparos, del traqueteo de esas armas poderosas y no le hacía falta entregarse en mis brazos y bajo mis caprichos constantes. Basta con que ella le dijera a su marido que la estaba molestando y con chasquido de dedos eso estaría arreglado. Debería tener aún más miedo. Seguramente me levantarían en el momento en que me cruzara con ellos o me sacarían del trabajo, luego me llevarían a dar una «vuelta», tratarían de hacerme entender las cosas, me cortarían los guevos y se lo darían a los perros, aunque sería mucho más triste si le arrojaban a los cerdos. Un chasquido de dedos y estaría hecho. No me importaba. Pero me estaba cagando del miedo. Y después me cortarían la cabeza, sin antes meterme un tiro y yo vería como mi cuerpo brincaría en el suelo, como el cuerpo de los pollos cuando son sacrificados y sentiría mucha tristeza y entonces estaría muerto, irremediablemente muerto.

Hicimos el amor en la parte trasera de su Tahoe, que olía a pólvora, a sangre, a cigarrillos, a pañal de niños, a soledad. No jugaría con ella a la ruleta rusa, la quería para mí, solo para mí, me importaba un demonio la historia con su marido o sus hijos. Le dije que tenía que estar preparada, que esa noche iría por ella, que nos iríamos lejos, que era imposible negarnos todo esto que traemos por dentro.

—Y si él nos descubre—dijo ella.

—Estoy dispuesto a terminar con un tiro en la cabeza—le dije—pero si no lo hace, aparte de no terminar con un tiro en la cabeza, seremos muy felices.

Las mujeres lo saben, ella lo sabía. Había olido la presencia de la muerte en mi cuerpo. Ella no quería necesitarme, la vida ya le había dañado lo suficiente. No quería saberlo, prefería mil veces que yo le dijera a todo mundo que era un poeta, que sufría por amor, vernos de vez en cuando y sonreír, ella quería ser mi amante, traerme por dentro, seguir con su marido, olerlo, aborrecer ese sabor a pólvora, perderse entre los ruidos de los disparos y las historias de sus hazañas que casi siempre se cuentan, entre risas, sin remordimientos, como si matar a sangre fría fuera un prodigio, un regalo de Dios.

—No puedo, sencillamente no puedo—me dijo ella—sigue con tu vida, por favor.

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Ni modo, primero se fue y después murió. Nada me dolería de este mundo, nada que no me roce, estaba decidido; y siempre era más fácil decir: aquí me tocó vivir, que chingaos le vamos hacer. Luego esa idea de simplificarnos la vida, porque en lo simple radica el secreto de la felicidad. Ni que fuera una receta. A mí que no me vengan con esas chingaderas, le dije al agente del ministerio público, ¿qué es eso de que ella no alcanzó a decir quien la mató? Estaba loco por ella, era una chica simpática aunque no bella, común pues. Cabello abundante y negro, me volvía loco su cabello. Y nada conseguí con eso. Había algo erótico en su muerte, incluso inquietantemente intimo. Yo no la buscaba, tan sólo la había visto, eso era todo. Estaba loco por ella y nada conseguí con eso.

Siempre he tenido una imaginación morbosa y siempre me he animado a expresarla.

Lo que yo sentía por ella era algo erótico. Un deseo animal. Ella tenía miedo de morir. La primera vez fue la última vez. Ella con sus dedos entre sus piernas trataba de contener sus palpitaciones, trataba de reducir sus miedos, intentaba no llorar. Ella me dijo: tengo miedo de morir. Y quién diablos no tenía miedo, pensé.

Ella estaba muriendo frente a mí. No. Lo de ella no era un cáncer.

La habían seguido toda la tarde, ella estaba cansada de ese hombre feo. Era un feo raro, extraño, incluso extravagante. Aunque el que estuviera feo no tenía importancia. Ella me dijo que este sería el fin, su fin, que yo para ella era el borde, la entrada al abismo, su pasaporte. Me contó que ese hombre feo acostumbraba a levantarla a mitad de la noche y se la llevaba a su escondite, a su refugio y luego  le pedía que le limpiara la sangre que él traía untada al cuerpo. Que le limpiara con su lengua. Ella se había cansado.

Le dije al ministerial que quería al culpable esa misma tarde en mi oficina. Ni modo, me dijo él. No se va poder—agregó. No me vengas con esas pendejadas le dije. Y cerré la puerta no sin antes decirle: aquí va a correr sangre, se van a chingar cabrones. Mi mujer, me preguntó que estaba sucediendo y le conteste. Nada. Ella volvió a preguntar. ¿Cuál es la diferencia entre algo y nada?

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