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Posts Tagged ‘infidelidad’

Por las mañanas pensaba en ella. Lo primero que hacía en cuanto abría los ojos era enviarle un mensaje para decirle que no hiciera el amor sin antes darme buenos días. Las mañanas nunca habían sido tan tristes, todo empezó desde que ella y yo dejamos de enviarnos mensajes. Por fortuna había otras mujeres y tenía la esperanza de un día después de que ella se dedicara a parir dos o tres hijos, me buscaría. Permanecía con otras mujeres en la cama, acariciando sus cuerpos, y notando como la tristeza me dejaba sin fuerza para poder mover las piernas, entonces temblaba y sentía unas ganas inmensas por llorar y por enviarle de nuevo muchos mensajes, pero me daba miedo el silencio que ella me había jurado guardar y como no tengo cabello, me golpeaba la barriga y juntaba los pies y después me quedaba inmóvil, como si estuviera muerto y dejaba caer la cabeza hacia atrás y no quería que nadie me viera y me encerraba todo el día. Estaba horrorizado y las mañanas no  tardaban mucho en llegar y yo todos los días deseaba leer un mensaje suyo. Desde luego que todo mundo ya sabe que fue lo que paso.

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La lluvia cae silenciosa en las oscuras calles de esta ciudad, un niño corre en medio del frío y grita de alegría, de miedo y de tristeza.

—No puede ser —dice algo dentro de mí

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque la felicidad está prohibida, porque los deseos no traen nada bueno —contesta ese algo dentro de mí.

—¿Por qué no hacerlo?

—Porque de hacerlo, tú, porque está prohibido pretender a las mujeres casadas.

—Pero yo —dije alzando la voz —la quiero a ella.

Es algo dentro de mí guardo silencio, era tal vez un niño que estaba calibrando una respuesta o planeaba un nuevo juego que le hiciera reír. Afuera, en las calles la lluvia seguía silenciosa y un fuerte aire desataba el primer frío del nuevo año.

No quería entender lo que esa voz interior me decía.

—Tienes que entender —le dije—, solo quiero que ella sea la mujer más feliz en el mundo…

Entonces le enseñe el retrato de ella. Estaba toda de negro y sus labios de un rojo intenso, a ella le gustaban los pasteles y en sus ratos libres baila desnuda. Era muy delgada, tan delgada que se podría perder en mis brazos.

La lluvia y el frío sugerían que pronto iba a nevar, pero eso no había sucedido antes.

—No puede ser y ya basta —dice ese algo dentro de mí

—Seguro que nunca sentiste tanta pasión, además las mujeres casadas no dejan de amar a otras personas que no sean su marido, si tú supieras amar ya lo sabrías —le dije.

—Está prohibido pretender a las mujeres casadas.

—Oye tú —le dije a esa voz dentro de mí—, una mujer casada no es más que otra mujer a la que se le puede amar con toda libertad.

La lluvia no cesaba su ritmo, las charcos había cubierto los miles de baches que hay por toda la ciudad, una, dos, tres y cientos de balas se habían escuchado hacía apenas un par de horas, armas que repetían sus sonidos que en otros momentos nos llenaban de miedo, pero que esta noche no, porque todo mundo estaba celebrando. La voz dentro de mí me decía: esta noche no, esta noche no lo hagas.

—Entonces una mujer casada no es una mujer—le dije, mientras me rascaba la cabeza—, una mujer casada debe ser invisible tal vez, eso es lo que quieres.

Por la calle nadie andaba a pie. Un viejo camión había chocado de frente y los policías buscaban que los implicados llegaran a un acuerdo y desde luego que esperaban llevarse su tajada. La calle estaba envuelta en el nerviosismo de un accidente, la humedad y el frío nunca son buenas amigas para el que conduce en medio de la oscuridad.

No tenía ganas de seguir discutiendo, lo habría hecho por un par de horas más, pero la conclusión siempre sería la misma, yo quería a esa mujer, no me importaba su condición ni el que estuviera prohibido pensar en ella. Si se quiere, se tiene que poder era lo que me repetía una y otra vez. No me podía quedar quieto y ver como las ilusiones se me escapan de las manos, una mujer casada no es otra cosa que otra mujer, una a la que se puede desear con tal seguridad y entereza, de no ser posible, la vida estaría envuelta en una soledad negra, oscura, muy oscura…

Todo estaba muy silencioso que casi parecía que en el aire, aún se mecían las balas que habían trepado el cielo y que de un momento a otro caerían hasta chocar con el suelo. La voz en mi interior se había callado y yo decidí que era tiempo de seguir mi camino, había salido de casa porque tenía que ir a alguna parte, pero ya no lo recordaba.

—Feliz año nuevo —le dije a esa voz en mi interior

—Feliz año nuevo, tonto —me dijo la voz.

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Me habría gustado orinar delante de ti, pero ya orino con dificultad, diminutos chorritos que me avergüenzan y los sábados se pone peor. Deje de beber mezcal, no por falta de gusto, sino porque en esta tierra no es algo fácil de encontrar y lo que encuentras tiene dudosa calidad y más bien parece bebida para los que gustan del dolor de cabeza al otro día. Lo que sí podría hacer es tirarme de pedos en la cama, pero hasta eso me da vergüenza. Veinte años atrás me habría aventurado a no cerrar nunca la puerta del baño y no solo eso, andaría sin ropa por todos los lugares que me gustan, pero esta es una ciudad extraña, a veces pienso que es un gran basurero, pero eso me pasa en días cuando el clima esta por cambiar, se que el clima esta por cambiar porque me duelen las rodillas y porque me pongo de un humor que nadie me soporta, ni siquiera yo, cuando eso pasa, es cuando lanzo pestes sobre la ciudad, pero nunca en contra de su gente, aquí habita buena gente, otras no lo son tanto, pero se necesita de gente mala, sino no existe el balance.

Todo el tiempo he querido hacer el amor con ella, la cosa no empezó así, pero tenía que tomar esa dirección y no es que sea alguna condición necesaria, ni un rito mediante el cual se comprueba que la amistad entre hombre y mujer no existe, que siempre existe una segunda intención. Me dan ganas de hacer el amor cuando llega la lluvia, todo el tiempo tengo ganas, pero cuando llega la lluvia, la cosa se pone peor y me dejo llevar por mi deseo-voluntad.

No puedo imaginar a una mujer que no tenga ombligo, aunque dicen que existe una operación para borrarlos, pero no me refiero a ese tipo de mujer, sino a las que nacen sin ombligo, dicen que ya existen y yo solo logro pensar en muñecas que a las que suelen llamar: esposas holandesas (los japoneses las llaman sex doll), pero tampoco son ellas. A ellas las deberían llamar las eternas, porque se pueden reproducir a voluntad, aunque nunca he visto a una.

Pero yo no hago otra cosa que pensar en ella, muchas veces me le pongo enfrente, me dan ganas de que ella abra las piernas y que ponga mi mano en su vagina, no importa si trae pantalones, pero eso nunca sucede y no me queda más que jugar con mis muslos y apretarlos una y otra vez para evitar una erección delante de todos, supongo que a estas alturas sería algo no muy divertido. Los viernes suele tomar algunos shots de algo que se parece mucho al mezcal, después de un rato, pierdo la cuenta y mi cabeza comienza a cosquillear, entonces me levanto y antes de irme a casa, paso al baños y dejo que esas diminutas bestias salgan con dificultad mientras orino y luego se pierdan en un ruido escandaloso mientras van a parar al drenaje y pienso que una vez más he perdido la oportunidad para que me veas orinar y creo que tal vez mañana sea un buen día para hacerlo frente de ti. Me joden los cambios de clima y tengo ganas de ya no ir a trabajar, no digo nada, y salgo a caminar, me duelen los muslos y un ligero ardor me corre entre las nalgas. ¡Nadie!, puede hacer algo para que yo me deje de sentir así.

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¡Inútil! Nadie es mejor que él.  Su boca hambrienta y ausente de carmín, pues él no se pinta, me está llamando, desde lejos puedo descifrar  cuando dice mi nombre, esas seis letras que podrían contener y sostener el universo. Magia.

No es un tipo que sea del todo inocente. También carga sus culpas, sobre todo con las mujeres. Últimamente se había puesto a escribir historias de mujeres infieles o de hombres infieles que para el caso es lo mismo: infidelidad:  juego de alta traición. Se había puesto a escribir sin llevar cierto orden y habían algunas cosas que llamaban mi atención, como por ejemplo: que describiera unos ojos enormes, ojos oscuros, que no me dejaban más opción que llamarlos hermosos, luego describe los cuerpos y los nombres de esas mujeres, sus camionetas, sus casas, sus amantes, el olor de sus axilas, sus senos, su cajita mágica como él lo llama y todo parece apuntar a la misma persona: a mi vecina. Tal vez estoy equivocada y nada de esto es cierto y lo que tengo es un complejo, una especie de celo ganado por lo que él escribe y describe con tanto detalle. Desde luego que yo no soy una santa, mi madre me dice que soy una vampiresa, que le puedo chupar la sangre al vivo como al muerto, aunque yo he querido entender a que se refiere con eso de los muertos, supongo que son esos seres que no tienen voluntad, seres que se dejan llevar por los caprichos de otros y si es así, yo creo que mi madre tiene razón, aunque casi todos están como muertos. Que él escriba eso de las vasijas es mi culpa, pues yo siempre le he dicho que así me siento: como una vasija vacía. Un día mi madre me dijo que yo tengo la vasija llena de tanta sangre que he chupado, que soy una asesina, que si acaso no me doy cuenta. Me dijo: Conduces toda tu malicia sobre la voluntad de los débiles, y yo entendí desde luego que lo que ella quería decir es que mi vasija de barro estaba llena, porque el mundo está lleno de seres débiles. Que importa.

Luego vienes tú y me propones que tengamos sexo, así como si nada, con tu sonrisa estúpida y tu cara de niño bonito, bonito y rebelde me dijiste y yo pensé que de rebelde no tienes nada y te dije que me tenías que demostrar que eras mejor que él y lo único que se te ocurrió, fue decirme que tú no le tienes miedo al trabajo, que todos los días trabajas y yo te dije que lo peor en la vida es estar sin trabajo, que se debe ser valiente para no trabajar, porque pierdes mucho tiempo sin hacer nada y esas horas te pueden llevar al suicidio. No hacer nada en todo el día es un problema y grave. Pero él, no es enemigo del trabajo y si esta todo el día en casa, es porque trabaja, es porque escribir para él lo es todo y para mí también lo es y si tú creías que sería fácil tener sexo conmigo, pues estabas muy equivocado, bueno no del todo. Pero tenías que tener claro que no eres mejor que él y si hacemos algo no es porque él no pueda hacerlo, sino porque yo así lo deseo o lo quiero, que para el caso es lo mismo. Me dices que nadie me va a sentir lo que tú me harás sentir. Me dices tantas cosas y ahora ya no sé si lo imagine, pero estoy segura que me dijiste que me ibas a chupar las axilas y eso te juro que me ha dado mucha risa y también curiosidad.

No tengo claro muchas cosas, no entiendo por qué él empezó a escribir acerca de las amantes, aunque no era del todo de las amantes, más bien era acerca de la infidelidad, a veces pienso que sospecha algo, que alguien le ha dicho que tú y yo, hacemos esas cosas. Lo único que puedo decir es que yo estaba borracha, que tú te aprovechaste del momento, que aprovechaste que él seguía en casa escribiendo y jamás habría notado mi ausencia, no sino le llamo a las tres de la mañana para decirle que se había presentado una emergencia y que aún no podía salir del hospital. Yo creo que fue entonces cuando él empezó a sospechar. Tú siempre hacías lo mismo, sabías que unas cuantas copas bastarían para encender mi libido, para embriagarme, para llevarme a la cama y según tú enseñarme esas artes amatorias que te hacían diferente. Confieso que todo tú: eres un fracaso.

Yo fui una tonta, tú un aprovechado.

Cuando te dejó Mónica, la cosa se puso peor. Argumentaste que ella se había enterado de lo nuestro, que ella me consideraba su mejor amiga. Que ella lamentaba estas cosas. Yo no conocía en realidad a Mónica, había estado una vez en mi casa y no hacía otra cosa que coquetearle a él. Me di cuenta de todo, la vi deslizar su mano por su entre pierna, la vi tocarse con la punta de los dedos su cajita mágica como lo describe él, la vi masturbarse en mi baño, cuando de manera intencional dejo la puerta abierta para que él la pudiera ver desde la sala y se hacían un guiño de complicidad. Ella no era mi amiga, lo que si era, al menos para mí: una cualquiera, una zorra. Me dices que te dejo por lo nuestro y con eso tú renunciaste a tu idea de tener hijos, porque tenías claro que yo no deseaba tener hijos y lo que no tenías claro es que yo no deseaba vivir contigo y sin embargo me rogaste que lo dejara, tú que sabías que eso era imposible. Entre nosotros, nos perdonamos todo, incluso un error como lo tuyo, porque eso fue, un error.

Nuestro engaño era reconfortante, pero no lo era todo. Lo que más me gustaba eran las margaritas y la cara de imbécil que ponías cuando según tú me habías dado el placer más largo e incomparable del mundo. ¡Inútil! Eso es lo que eres. Incapaz de provocar un orgasmo. Lento, mentiroso.

No veo nada, no veo a nadie.

Él insiste en escribir esas historias. Quizá sea una catarsis necesaria. Quizá sea el puente para el siguiente paso, quizá esta vez lograra terminar su novela y ambos podamos salir juntos de casa, tomados de la mano. Lo que él hace es estar encerrado todas las horas posibles del día, a veces se le olvida bañarse y le digo, que le huelen mal los sobacos: ¡apestas cabrón!, ya báñate. Creo que a él nada de eso le importa, está sumido en sus historias, está perdido en un punto en el que parece no haber retorno y yo no lo puedo dejar, pues a veces creo quererlo, y otras veces creo amarlo, aunque la mayoría de las veces supongo que él me necesita, tanto como el río necesita del agua para seguir siendo río o como el cuerpo necesita del aire para seguir viviendo. A veces supongo que tengo que dejarlo, pero me duele pensar que a él eso no le importa, quizá yo este equivocada y todo esto sea por culpa de esa novela, de esa historia que parece que nunca avanza.

A veces me pregunto: ¿Y si nunca termina de escribirla?

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Ella se levanta tarde, su cama la expulsa. No tiene que ir a trabajar y el puto resfriado ya la tiene aturdida. Sus piernas son tan delgadas, tanto que se parecen a las patas de un avestruz. Quizá un flamenco. Su corazón va muy acelerado, la noche anterior, incluso antes de hacer el amor, ya se sentía así. Es una taquicardia, se dijo para poder dormir a gusto. Todo le dolía: la región lumbar, las nalgas, el sexo, ese sexo acalorado que se mueve a un ritmo por momentos lentos, por momentos vertiginoso, por momentos así, sin ritmo alguno. Ella sabía todo de su cuerpo, su ritmo, su temperatura. Su temperamento. Sus ganas.

Sábado. Su cuñada le llamo temprano. Le dijo que era un buen día para ir a la playa y comprar un buen pescado. Un robalo, quizá. Se había cansado de comer pescado, además que le recordaba una época muy mala, un tiempo en el que Miguel se quedo sin trabajo y no tuvieron más opción que comer pescado todos los días, ese pescado que el atrapaba por las noches, pues el mar siempre fue muy generoso con ellos y nunca les cobro un centavo. Esta vez era diferente, esta vez podrían comprar un buen pescado, pero a ella no le apetecía y sin embargo fueron. Camino a la playa, Miguel le tomo la mano. Ella no lo podía creer aún, por un momento había decidido dejarlo, fugarse de su casa, abandonar a sus hijos, regalarse a otra vida.

Siempre se levantaba de la cama balanceándose, apoyando sus piernas delgadas. No era tan hermosa sin maquillaje.

El día podría durar una eternidad. Se pondría esa vieja camisa de Miguel que le cubrirían las nalgas y dejarían entrever sus piernas flacas, sus patas de flamenco, como él le decía. Se metería al mar, se dejaría acariciar ese cabello dorado y su rostro pronto se pondría rojo, pronto el sol tierno, casi inexistente haría de las suyas. En días pasados el frío no le permitía quitarse el abrigo y sin embargo, ese sábado las cosas parecían sacadas de un lugar mágico. Hacía un clima ideal. Y luego las olas acariciarían sus senos grandes y turgentes, senos que eran soportados por sus patas flacas. Y su sexo. Su sexo húmedo, mojado y ardiente, ese sexo que se encendía cada que ella pensaba en él. La brisa se lleva el aliento del mar, lo llevaba más allá de esas orillas. Y su cuerpo que era una ansiedad, un anhelo de deseos, una vasija que desea ser moldeada a cada instante.

¡No soy yo! No tu Magdalena.

El medio día se fue perdiendo. Bajaron un asador de la vieja camioneta. El perro no dejaba de correr y para ella no tenía sentido alguno tener un perro. Era el perro que él, su esposo le regalo cuando regresaron de su luna de miel, pero a ella no le gustaban los perros y más que un regalo para ella, se trataba de un regalo para él mismo, se trataba de un pretexto, una forma de decirle: mi amor te quiero, pero es importante tener un perro, un perro antes incluso que un hijo, un perro que nos haga feliz, que nos cuide y que juegue conmigo. Un perro que sea nuestra vida. Nuestro pacto. Nuestra salvación. Ella prendió el carbón. Habían conseguido un  hermoso ejemplar de robalo y uno más de guachinango. Bastaba con cocinar uno de ellos, y comerían todos. Sus hijos, su cuñada, sus sobrinos. Todos. Su mente distraída por esa soledad interna e intensa no dejaba de darle vueltas al asunto. Era sencillo, habría preferido decir: que ese día tenía que trabajar, que su compañera de trabajo había sufrido un accidente y que le habían pedido que por favor fuera hacer el turno.

Todo era tan fácil, hasta que a ella se le ocurrió decir un día, que no sabía qué hacer, que sus sentimientos eran más poderosos que la razón, que sentía unas ganas inmensas de entregarse, de dejarse seducir y que su cuerpo experimentara ese placer del amor primero, porque así son las primeras veces, siempre intensas, siempre inolvidables. Ella dijo que se dejaría arrastrar por ese amor visceral y así lo hizo.

El fuego se fue intensificando hasta prender por completo el carbón y ella seguía pensando en toda esa humedad que su cuerpo experimentaba y no ya no estaba en ese lugar, estaba viajando, estaba en otra cama, con otro cuerpo y en un largo suspiro que la estremecía desde su pelvis, desde sus nalgas y todas las terminales nerviosas a lo largo de su columna. Y su sexo, esa cajita mágica estaba completamente húmeda. Puso al carbón el guachinango o quizá era el robalo, la verdad es que para ella no tenía importancia. Esa época en la que Miguel no encontraba trabajo, fue suficiente para que ella ya no quisiera volver a comer pescado el resto de su vida. Se bebió una cerveza y luego otra y no se dio cuenta en qué momento ya se había bebido más de seis y sintió calor y se metió al mar. En el agua abrió sus piernas, ella dejo que la corriente le abriera su cajita mágica y luego ella se introducía un dedo y después otro y luego tres y abría cerraba los ojos, de espalda al asador, de espaldas a Miguel. Ella gemía. Estaba perdida. Enamorada.

Miguel aprovecho el momento. Le subió la vieja camisa que apenas lograba disfrazar sus patas flacas. Ella no dijo nada. Y él sin palabra alguna, sin cortejo previo. Se la metió. Ella estaba en otro lado. En otro cuerpo.

Regreso hasta el asador. Probó el pescado, en verdad estaba delicioso y ella pensó que no podría seguir así, no podría vivir sin él, porque a ella, él le daba vida, él le daba forma a ese barro que era ella, y ella era una vasija que hasta antes de conocerlo estaba deforme, sin nombre, vacía. Su vida le daba vida esa era la realidad, y dejo escapar su voz: Tú vida me da vida. Miguel le sonrió.

Sus secretos no estaban bien guardados, en cualquier momento su voz terminaría por traicionarla, tal vez no sería su voz, tal vez sería su silencio, mientras ella estuviera dormida. Tenía miedo, pero al mismo tiempo sentía ganas de dejarlo todo, de arrancarse la vida, porque no estar con él, hacia que nada tuviera  sentido. Ni siquiera aquella tarde en las orillas del mar. Aquella tarde aterradora y deliciosa.

Él le dijo: puedo sentir los latidos de tu corazón, aún sin tocarte y ella se enamoro.

Perdió la compostura. Empezó a llorar, su rostro mostro por primera vez todas sus arrugas y Miguel intentó abrazarla, pero ella le dijo: ¡No, no me toques! No vuelvas hacerlo jamás. Él estaba confundido. Ella estaba excitada sexualmente. No podía controlar su llanto, se subió a la camioneta y se alejo de la playa, se fue a toda velocidad, deseaba hablar con él, deseaba hacerlo con él y su llanto se fue confundiendo con la humedad de su sexo, esa cajita mágica que le había enseñado la otra cara del paraíso. Esa cara aterradora y deliciosa.

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ella me dijo que existía una posibilidad

de escribir poemas juntos,

me lo dijo en silencio,

escribiendo  versos,

me lo dijo desde su pequeño cuarto,

donde ella se pasaba las tardes

escribiendo mensajes

que cualquiera habría descifrado

 

dijo que no le importaba mi pasado,

como tampoco, si era cierto

que yo no sabía bailar,

me dijo que ella no dormía

muy bien por las noches, y

que antes de las tres de la mañana

abría los ojos y no los volvía a cerrar,

luego intentaba oír música,

se relajaba fumando hierba,

masturbándose lentamente

sin dañar el manicure

 

ella no tenía un libro favorito,

es más rara vez leía y si lo hacía

inmediatamente se aburría

 

no supe decirle que yo odio la compañía

cuando intento escribir poemas,

pero me atreví a decirle

que lo que yo deseaba era tatuarle

en la piel unos versos,

versos que harían a cualquiera envidiar su suerte,

le dije que tener una amante ya no es moda,

que ahora se estila desvelarse

mientras se platica

a través de modernas computadoras

con conexiones bestiales e indomables

 

ella me pidió no creer en nada de lo que me decía,

pero yo puse su foto de fondo de pantalla,

podría no ser ella, nadie confirma su existencia

pero eso no me importa

pues para mi ella es algo vivo

y con eso me fui conformando

 

después de sentarme durante horas

y observar atentamente su rostro

resolví que ya era tiempo

de ir a la cama

5 o 6

de la mañana, aún no lo sé

me despedí,

le dije que tenía mucho que leer

que ya era hora

me levante sin hacer

ruido

cerré los ojos

y la imagine

mi cama me odiaba

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Hoy descubrí algo muy importante. La infidelidad no es mala como nos han hecho creer, la infidelidad es una poderosa herramienta que nos ayuda a fortalecer nuestras relaciones, además de ser un poderoso analgesico. Hoy llegue a la conclusión de que todos, hombres y mujeres, deberíamos tener por lo menos tres amantes, en eso radica el principio de la felicidad.

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