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Posts Tagged ‘Historias indecorosas alrededor de unas axilas’

Soy escritor.  Un escritor fracasado. Uno que nunca había logrado que le publicaran nada.  Ese fue el primer síntoma de que estaba hasta la madre. Siempre me habían regresado los originales, las argumentaciones casi nunca eran diferentes. Bola de hipócritas, eso me decía cada vez que eso pasaba.

Giselle (en realidad no se llamaba así) me había dicho que su cuñado era escritor, que le habían publicado ya una novela y que ahora mismo escribía la segunda. Me contaba todo eso con los brazos cruzados y se le escaba uno de los senos por la bata que era abierta por la parte de enfrente a propósito. Le tome un seno y después el otro. Ella tenía unas ojeras hermosas, cada detalle sugería un pasado explosivo, su cuello aún no estaba poblado por las arrugas, el vientre plano, bien trabajado y su ombligo podría juzgarse como perfecto, bonito, su boca era ideal para divisar esos dientes hermosos. Yo contemplaba su cuerpo.

Le tome nuevamente sus axilas. Pude olerlas. Era un mar inmenso de olores que desataban una pasión desbordante en mí.

Hablamos de su experiencia en la escuela, donde ella da clases todos los días de la semana, hablamos de su consultorio, ella es una exitosa odontóloga. Giselle se acaricia ligeramente el vientre, luego sube las manos y se toca los senos, en seguida va hasta sus axilas, luego retira ligeramente sus manos y las lleva a su nariz y se huele. Yo hago lo mismo, toco sus axilas, toco varias veces, dejo que mis manos se deslicen, siento por un segundo esa piel especial, esa piel que reclama ser lamida, a las mujeres, a todas si excepción les encanta ser lamidas y no a todas les gusta que las muerdas. Giselle suelta la bata y suavemente comienza acariciar sus muslos, por la parte interior. Ahora hablamos del baile, a ella le encanta la salsa. Sus ojos son intensos, verdes. Nuevamente las axilas. Me cuenta que fue a muchos lugares hasta antes de llegar conmigo, que todos siempre le han atendido muy bien. Me menciona la muerte de uno o dos conocidos, que antes se lo hacían. Giselle es mayor que yo, me deja adivinar que eso no importa, que aún tiene bonitas nalgas, que no ha necesitado de un cirujano plástico. Su piel es bonita, suave, delicada, muy  blanca.

Giselle podría ser fea, eso no me importaría, pero no es fea.

Se toca justo en las nalgas, la parte más bonita en el cuerpo de una mujer. Hablamos de mi vida de escritor. Le confieso que todos los escritores somos pobres. Me confiesa que su cuñada no quiere a su marido que es escritor, porque piensa que ese es su pretexto para estar de holgazán. Le confieso que durante muchos año, yo no hacía nada, que me fui del país y que la vida en Europa era buena, pues no hacía nada, a menos mi vida amorosa cuente como una actividad. Le cuento de Gabrielle, pero en realidad no hay mucho por contar. Giselle no deja de tocarse y yo, me recuerdo que soy un escritor que lleva más de tres años trabajando con la novela, le cuento eso, le cuento de que trata mi novela, pensé que ella se llenaría de horror, pero me confiesa que siente deseos por leerla. Le digo que tengo un problema grave, pues se trata de una novela negra y los lectores de novelas negras lo saben todo y es por eso que estoy metido en un serio problema. Ella sonríe, tiene unos dientes hermosos, quizá los dientes más hermosos que he visto en toda mi vida. Le hablo de lo que simbolizan los dientes, ella me mira. Creo que nos hemos caído muy bien. Me dice que la tengo que visitar, me da la dirección de su consultorio, me siento animado hacerlo.

Después de un rato, le empiezo a contar de los sabores y de la función de la lengua en el sexo, no sé porque lo hago, pero sigo, le cuento que en la vagina se esconden variados sabores, que uno debe investigar todos los recovecos, y ella no se sonroja, eso me gusta. Me gusta su barriga, su ombligo y sus senos, sin olvidar que tiene unas piernas hermosas, sus rodillas son también hermosas y sus axilas al tacto son inolvidables. Me llevo las manos a la nariz después de tocar sus axilas y ella me dice que le encanta como huelen sus axilas, yo le digo que me sucede lo mismo, que estoy hechizado por su olor. Le digo que uno debe hacer un rollito con la lengua (hacer un taquito, aunque no todo mundo puede, dicen que es algo que tiene que ver con la herencia genética) y meterla lo más hondo posible en esa grieta vertiginosa. Aún no sé porque he dicho todo eso, pero a ella parece gustarle, no se mueve, no deja de verme con esos ojos hermosos y me invita de nuevo a ir a su consultorio. Yo estoy confundido. Ella se toca ahora las nalgas, desliza la mano que le ha quedado libre, su mano por su pubis, la va bajando, se acaricia y yo no tengo más opción que seguir sus movimientos y la toco, he dejado atrás sus axilas y sus senos, he bajado por su ombligo y su perfecto vientre, ese vientre bien trabajado, y ahora con una mano le toco sus nalgas que siguen siendo hermosas, sin importar su edad y le acaricio la vagina y ella me dice al oído si soy genéticamente capaz de hacer taquito la lengua. Ella deja caer la bata que intencionalmente tiene la abertura por delante, mientras yo cierro bien la puerta de la sala de exploración. Por afuera se lee una leyenda que dice: paciente en sala y un foco rojo, llevaba más de veinte minutos encendido. Cuando salí de ese lugar, me dijeron que yo parecía un hombre feliz. Sin pronunciar palabra dije:

—Qué demonios importa si se me nota, si al fin y al cabo es cierto.

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