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Posts Tagged ‘ELLA’

Abril, primeras horas del segundo jueves del mes. El ritmo en el hospital ha ido creciendo, en las últimas noches mucho movimiento. Había sonado el teléfono un par de veces, pero no me percate, a la tercera vez que sonó, hablábamos de la playa, de lo mucho que nos gusta el amanecer en ella. Contesté la llamada y lo primero que me dijeron en tono de reclamo y enojo, fue: qué donde me encontraba y que necesitaban de mí en la sala de terapia, como si mi trabajo le fuera salvar la vida a alguien, eso fue lo que pensé, pero no dije nada. Allí estaba la paciente, descompensada, con un ritmo más bien lento, que no alimentaba esperanzas de que pudiera pasar el resto de la noche. Hice mi trabajo y quería regresar para seguir hablando de la playa. Hacía tiempo que no hablábamos, quizá desde que a alguien se le ocurriera decir o sugerir al menos, que entre y ella y yo había una historia de infidelidad, me había enojado tanto con la persona que lo había sugerido, así que comencé a evitar las platicas con ella en el hospital y cuando ya no podía soportar tanto silencio, salía a correr, sin importar que los rayos de sol, aún no acariciaran los límites de la ciudad. Disfrutaba mucho hablar con ella.

No soportaba que los compañeros de trabajo se pusieran hablar, pero después de no encontrarme por la noche en mi sitio de trabajo y de las tres llamadas, todo mundo me decía en tono de burla o más bien discordante: uno tratando de encontrarte y tú platicando en otra área del hospital. Lo que más me enojaba era el tono de voz con el que me lo repetían.

La plática transcurre entre ansiosa y lenta, no es nada habitual, a veces creo que ella está preocupada, no por lo que puedan decir de nosotros, sino por lo que se me pueda ocurrir. Le he pedido dos o tres veces que se retire las gafas y ella parece no oírme y si lo hace simplemente responde que no. Me había sentido triste porque solo podíamos hablar de nuestras rabietas y nuestras quejas hacia la administración del hospital y de lo odioso que suelen ser nuestros compañeros, quizá los odiosos somos nosotros o quizá nadie nos toma en cuenta y por eso tenemos la necesidad de hablar de ellos, pero esta noche, hasta antes de recibir la tercera llamada y el reclamo correspondiente, la habíamos pasado muy bien, e intercambiamos una y otra vez sonrisas, estuve a punto de decirle que cubriéramos, la única cámara del lugar y hacerlo en ese instante, y olvidarnos de los ruidosos compañeros de turnos que van de un lugar a otro arrastrando carritos que van tan pesados como sus ganas aburridas de vivir o dejar de lado las quejas diarias de uno que otro que se encarga del mantenimiento del hospital y que no paran nunca con su quejas o comentarios agrios. Quizá mi deseo era algo de lo más normal. Los perros se habían dejado oír y de vez en cuando alguna ambulancia pasaba de largo con ese ulular tan característico y que a todos nos ponía en estado de alerta.

Me habían pedido una tomografía, deseaban el resultado de forma inmediata, pero más que el resultado, lo importante era saber si el paciente no tenía liquido libre en la cavidad abdominal, la falta de un diagnostico terminaba por estresarnos a todos.

Ahora con mis cuarenta y tantos años, no me sentía viejo, y tenía tantas ganas de atragantarme con el mundo, en realidad estaba a la mitad de mi vida, tal vez para unos estaba ya en franco declive, pero en mí era claro que la mejor época se estaba desarrollando. Aquella noche nos habíamos divertido sin lugar a dudas, tal vez en otras habíamos hecho cosas más ardientes, pero estaba vez fuimos como niños, nos dijimos cosas que salían de manera espontanea y en la mayor parte de la plática nos olvidamos de nuestro entorno y de los molestos compañeros de trabajo y de los administradores y de todo, el mundo solo era: ella y yo. No me gusto que me dijera viejo dos o tres veces, es cierto que casi le duplico la edad, pero estoy seguro que aún puedo comportarme como cualquier joven y con la ventaja de tener un poco de experiencia, aunque la experiencia a veces no sirve de nada, no en las cuestiones amatorias, donde lo importante es el empuje. Después de la llamada nos pusimos a trabajar y por la mañana al salir del trabajo, nos dimos la espalda y cada uno tomo su rumbo, no podríamos irnos juntos, yo tenía muchas ganas de estar encima de ella una y otra vez, pero ella tenía una cita para ir a comprar un poco de comida, supongo que era algo excitante.

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Era mentira. Yo detestaba tantas cosas, pero casi siempre guardaba silencio. El fútbol por ejemplo y esas raras estadísticas que los comentaristas se empeñan en repetir una y otra vez, supongo que lo hacen porque el partido es muy aburrido o lo que es lo mismo nunca pasa nada. También detestaba a las mujeres feas y quizá es donde reside la mentira, en mi casa todos eran feos, yo no me podía casar con una mujer fea y decirle a la familia, ahí tienen para que no rompa la tradición de ser feos. Detestaba también la frontera, sobre todo la del norte porque es donde viven los gringos, ahora es otra mentira, sobre todo cuando hablo de las gringas que aunque algunas están feas, hablan el inglés y eso las hace interesantes. Detestaba también a las mujeres bonitas, una vez tuve una novia que era bonita, solo bonita, me quería o eso era lo que yo deseaba, ella se fue a vivir a la frontera y entonces yo les decía a mis amigos que el asunto se nos había complicado y que por eso terminamos, luego se fue al otro lado de la frontera, con los pinches gringos y eso me jodía, pero en realidad era un pretexto todo aquello de que me jodía, el caso es que ella era mi prima y las cosas no siguieron porque ella se quería casar y cuando se casan los primos dice la gente que nacen los niños con cola de marrano o lo que es lo mismo deformes.

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El tiempo que no es otra cosa que el esclavo de nuestros deseos, busca a toda costa huir de nosotros. Un día, cuando quizá tenía 20 o 22 años, iba caminado por alguna calle de la ciudad de México y me tope con una mujer hermosa que era imposible no enamorarme de ella, fue algo súbito y de inmediato nos fuimos alejando uno del otro, caminado en dirección opuesta, volviendo al tiempo, este no dejo de avanzar y muchos años después me volví a cruzar con esa mujer, el tiempo había hecho de todo para ocultármela, le había agregado a su rostro arrugas y unas cuantas manchas, podría jurar que incluso le había heredado unos cuantos kilos, a mí, a mí el tiempo no lograba vencerme y como muestra de su desacuerdo con mis ideas se fue llevando mi cabello hasta dejarme totalmente calvo. Vi de nuevo como la mujer se alejaba de mí y supuse en ese instante que mis deseos se verían afectados por ese necesidad que tiene el tiempo de dejar de ser mi esclavo, tal vez no habría una próxima vez, pero de haberla, jure que le pellizcare las nalgas a ella, aunque me gane una cicatriz en la cara, que ningún tiempo logre borrar.

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Cada noche era un pretexto para ir con ella. Solo de anoche porque los amantes no se pueden ver a la luz del día y mucho menos estar en boca de todos, no, en una ciudad como esta, una ciudad donde los fines de semana huele a carne asada y llegas de un extremo a otro en unos cuantos minutos, pero sobre todo porque los perros dejaron de ladrar, que tristeza que los perros ya no ladren y se escondan cuando escuchan ruidos. Miro su cuerpo y me parece el cuerpo más autentico, la toco, le meto un dedo, luego dos y en ocasiones más de tres, ella gime, grita, goza. Yo estoy perdido en un orgasmo interminable, no podría ser de día, todo mundo vería mi cara de satisfacción y le contarían a su marido. Al marido no le tengo miedo, pero es muy grande y me imagino que un golpe de él me traería graves consecuencias.

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Me había preguntado toda la noche si en realidad era bonita. ¡No!, no era bonita, ni siquiera tenía nalgas y sus piernas eran demasiado flacas, tan flacas que cabían en mi puño. Me le quedaba viendo a sus senos y pensaba en aquello que dicen que cuando uno se le queda viendo los labios a una mujer, es porque quieres besarlos. La única mentira que me dijo es que las mujeres casadas no desean andar con otros hombres, al menos no, ella y su hermana.

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Por la mañana, salimos del trabajo y nos fuimos a refugiar a su cama, ella insistía en preparar café. Yo me sentía triste como para de paso tomar café. Había vivido ya dieciocho  años con mi esposa y era la primera vez que me metía a otra cama sin que ella estuviera conmigo, no solo me sentía triste, debo decir que por primera vez en todos estos años me sentía vacio. Me puse la ropa lentamente, mientras que Aline (la voy a llamar Aline, porque su verdadero nombre no me gusta), bebía su café en la sala, me acerque a ella y la bese en la frente y le di las gracias. Antes de salir, ella me dijo que la había pasado muy bien y que espera volver hacerlo después de la siguiente guardia, fije los ojos en ella y comencé a caminar, no quería que me viera llorar y una vez fuera de su casa comencé a correr, necesita ver a mi esposa, necesitaba bañarme, necesitaba quitarme todas mis culpas, necesitaba no volver nunca más al trabajo.

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Antes de comenzar esta historia, tenía pendiente un par de viajes, me esperaban en New York y en la frontera más horrenda del mundo. Mi apetito había cambiado, ahora devoraba con un gusto exquisito las agujas norteñas y todo lo que fuera carne. Desde luego que esta historia no tenía posibilidad alguna de existir, es más debo confesar que yo me había dado por vencido, pero esa noche nada más llegar al trabajo, vi a su marido llegando con una pequeña bolsa de papel, supuse que traía una torta. Ella estaría de turno toda la noche. El único problema es que la incontinencia urinaria me traía jodido o jodidamente preocupado, me habían hablado de algunos remedios milagrosos asociados a la propiedad del agave azul y de forma personal debo confesar que la única forma en la que me gusta el agave azul es en tequila, pero me había dicho que si me atrevía a llevar un tratamiento mi vida mejoraría y mi comportamiento sería igual o mejor a la de un chico de 20 años, supongo que me dicen que podría ser mejor por la experiencia, no encuentro otro motivo. Así que la fui a buscar, no tenía mucho tiempo antes de irme de viaje, le dije que era importante que me acompañara, que necesitaba contarle algo y nos subimos al elevador y ya arriba, hice que el aparato se detuviera como si existiera una emergencia y casi de forma inmediata la bese y le quite la ropa, fue inesperado para ambos, yo actúe de forma instintiva y las cosas no pudieron salir mejor, entre en ella una y otra vez, hasta que me dijo: detente, las cámaras están funcionando. Horas después me subí al avión y di un largo paseo por la playa,  iba descalzo, y una lluvia tenue acariciaba mi calva, después de ese día me encerraría a escribir o me regresaría a la ciudad y tomaría el primer vuelo que hiciera parada en New York, tenía tantas ganas de olerle las axilas a Udele.

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Lo más jodido de mi vida es que tengo que escribir después del sexo, pocas veces lo hago antes y me invento amantes. A veces creo que me jode el fútbol o solo es que no me gusta o si me gusta y lo que me jode es que algunos se vuelvan fanáticos. Amo a todas mis amantes, no importa que sean parte invento, parte deseos, parte ajenas. Quizá mi gran defecto es que me porto como un macho.

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Desde siempre me había negado a comer chapulines, era algo típico, sin embargo alguna vez comí gusanos porque ella me lo había pedido, no me incomodaba hacer todo lo que ella me pedía, incluso me habría vuelto italiano de ser necesario. No había subido a un avión para un viaje largo en los últimos diez años y por primera vez en todo ese tiempo pensé que me había comportado como un idiota y estaba haciendo exactamente lo que me juraba que nunca habría de hacer, ahora incluso cargaba con fotos de mi pequeño, no de esas fotos que se cargaban en los bolsillos, escondidas en la cartera. Los gusanos fritos son sabrosos, supongo que los chapulines tienen ese encanto y ella, cada que la recuerdo me hace soñar  que caminamos tomados de las manos por una ciudad pequeña, cualquier ciudad de la vieja Europa y nos cruzamos con campesinos que nos saludan y nos cuentan sus historias y esas son mis fugas de las ciudades donde la gente se amontona como si fueran hormigas, ciudades sucias, contaminadas, polvorientas, llena de gente que no conozco.

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Por la mañana, la había dejado en la cama y me fui al trabajo, no había estado en turno la noche anterior y tenía muchas ganas de encontrarme con Abril, sentía ese deseo que te hace arder la piel. Deseaba abrazarla, deje preparado el café por si mi mujer se levantaba y una pequeña nota: salí a correr, regreso en un rato. Llegue al trabajo y me encontré con ella, de haber sabido que esa sería la última vez que la vería como mi amante, me habría quedado en la cama, pero tampoco quería dejar pasar la oportunidad de decirle feliz cumpleaños amor mío.  Mi mujer se entero tiempo después y se fue, la casa nunca había estado vacía y triste. Cuando hable con ella, me dijo que estaba dispuesta a regresar, pero había un par de condiciones, la primera era dejar de trabajar de noche y en el lugar que lo hacía, la segunda es que tenía que enviarle un mensaje a Abril y decirle que la condición de mi mujer para volver a mi lado es que ya no la vea nunca más y no solo eso, sino que ya no le puedo enviar mensajes. Abril me preguntó si eso era una despedida y le dije que más o menos. Salí del cuarto, me seque los ojos y mande todo a la chingada, sin trabajo y sin amante, como dijo José Alfredo Jiménez: la vida no vale nada

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