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Posts Tagged ‘el sexo con ellas’

2 de septiembre

Hace más de quince días que yo pensaba que salir a la calle era la cosa más normal, para algunos, la cosa estaba clara y era necesario irse a vivir a otro país. Yo no tenía nada que reprocharles a esas personas, algunas de ellas eran incluso mis amigos. Yo creía que ellos eran dueños de sus miedos y presas de sus necesidades económicas. La verdad es que no comprendía para que mudarse de este país si de alguna forma siempre terminan por regresar, lo que ellos y yo siempre hemos compartido es la pobreza, pero nunca pense que en algún momento yo, sería presa del mismo miedo.

Ya he contado el hecho de que acá estaba prohibido seducir a las mujeres, sin importar que tan hermosas eran.

Acá la pobreza era pasajera, y los fines de semana nos consolabamos unos a otros reuniendonos en nuestras casas y asando carne, porque las penas con la barriga llena ni se siente y además, la vida vista desde el placer de la comida, pues es algo que “esta con madres”, como se dice por acá, en esas reuniones lo ùnico interesante eran los chismes, casi nadie hablaba de literatura, al menos no de las cosas interesantes de la literatura y mucho menos de la poesía, para ellos ser escritor era una perdida de tiempo, pero pretender ser poeta eso era algo imperfonable, sin sentido, quizá y eso lo pienso ahora, todo ello era porque su pobza no los dejaba concentrarse en otra cosa que no fuera el dinero, aunque este nunca les llegara en abundancia. La cerveza nunca faltaba. Aquellas largas veladas en donde no se hablaba de nada interesante o quizá se hablaba de lo mismo, es decir de los muertos de la tarde recién pasada o de si tal o cual vecinita había sido vista con tal o cual persona o peor aún no se decía nada. Uno que otro expresaba su sueño de vivir del otro lado, como si los del otro lado no tuvieran problemas entre ellas, como si salud mental fuerya mejor que la nuestra y luego no les importaban las leyes que reinan al cruzar el río y desde luego que hablamos de la posibilidad de una pena de muerte, como fuera nada era ni másnni menos interesante, pero donde quiera se corría el mismo riesgo: perder la vida.

Los días fueron pasando en esta ciudad, yo no lograba convencerme de que tenía que hacer algo por quedarme, sino podía morir en los brazos de una mujer o sino podía escribir la historia que taría ent nanos, entonces a que había venido, a perder el tiempo, eso se puede hacer en cualquier rincón y no acá donde todos se sienten dueños de la muerte y la llaman sin consideración, sino cambiaba pronto mi forma de pensar era imposible seguir en este lugar.

Comencé a escribir y así como fluían las letras, comencé a poner los ojos en las mujeres de estas tierras y me di cuenta de inmediato del todo tiempo perdido, pues es imposible escribir una gran obra en unos cuantos días, claro que eso de una gran obra no depende de lo que uno piense, y mucho menos de lo que uno crea, es decir todo eso es un tanto subjetivo, en cuanto al tiempo pérdido sin fijarme en las mujeres eso si era algo imperdonable.

Así que me olvide delas advertencias y las cosas parecían fluir a buen ritmo, tanto que me aventure a decir antes de tiempo que muy pronto podría estar publicando y que de escribir a ese ritmo en menos de tres años cubriría todas mis deudas y los jefes del narco acudirían a mí para que yo contara sus historias y desde luego yo me daría el lujo de negarme ante sus peticiones, pero el caso es que yo no deseaba nada con los jefes del narco o mejor dicho lo que yo deseaba de ellos, eran a sus mujeres.

Mis amigos que se fueron para el otro lado, lo hicieron no por miedo, sino porque compartían conmigo su pobreza, se fueron porque soñaban que con solo esta del otro lado, ellos ya serían ricos, algunos encontraron con suma facilidad, con quien compartir su vida y otros con la misma facilidad se encontraron con la muerte.

Los narcos empezaron a pelearse entre ellos, lo cual lo aproveche muy bien parya intentar escribir algunos poemas, pero sobre todo para tatuar esos poemas en la piel de sus mujeres, a las cuales me habían prohibido mirar. La primera fue una muchacha que nunca quería abandonar la cama. Salí huyendo de ella.

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