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—Es perfecto —dijo él— ¿Pero entonces qué dices?

—No —dijo ella— no hasta no pesar 53 kilos.

—¿Entonces quieres decir que no quieres?

—De verdad no puedo. Lo que te estoy diciendo es que no puedo, ¿lo entiendes?

—No quieres.

—Piensa lo que tú quieras —dijo ella— siempre es así, ya no me extraña

 

Era más de media noche y ella quería un helado. En el hospital ya no había un solo sonido, quizá un par de grillos que se cortejaban con su canto, deseaban copular; ellos sentados en la pequeña entrada del área de urgencias. El invierno ya había hecho de las suyas. Abrigados, ellos parecían fuera de este lugar. Él llevaba su traje quirúrgico negro; sus manos estaban suaves, sus uñas cortas y sus cabellos hacía mucho tiempo ya que eran escasos. Su cabeza era hermosa. Ella lo miraba.

 

—¡Le voy a decir toda tu historia! —dijo él.

—Por favor, no lo hagas, por favor, te lo pido por lo que más quieras —dijo ella. Tenía una nariz hermosa y sus ojos, negros, muy negros y finos, él los miraba.

—Lo voy hacer. ¡No tienes, ni puta idea de lo que estás haciendo! —dijo él.

—Si lo haces te juro que te vas arrepentir y nunca más volverás a dormir a gusto —dijo ella.

—¿Acaso no podrías haber hecho otra cosa de tu vida? ¿Por qué tuviste la necesidad de exhibirte, que todos se enteraran de lo que haces y que hablaran de ti?

—Desde luego que no —dijo ella— y no me importa lo que digan los demás, a mí me hace feliz y con eso basta. ¿ Así qué que piensas hacer?

—Lo voy a contar todo —dijo él.

—No, sabes bien lo que quiero decir, ¿qué vas a hacer si nunca peso 53 kilos?

—Ya te dije, lo voy contarlo todo, y no me importan esos estúpidos 53 kilos.

—No le cuentes nada o te juro que voy con tu esposa, tú tienes más que perder, piénsalo.

 

El hombre se llevo las manos al rostro, dejo rodar una lagrima y se apretó la cara.

 

—Lo siento mucho querido, pero no pienso hacerlo con nadie más hasta no pesar esos 53 kilos.

—¿Entonces por qué lo haces con él?

—Lo siento. Todo lo que pueda decir nos va hacer pelear, él y yo nos entendemos, no vale la pena ocultarlo y si te digo que él y yo no lo hacemos eso sería una mentira cruel, además él me gusta, me gusta como para algo formal.

 

Él no dijo nada. Ella intentó tomarle el rostro con su mano derecha. El camillero estaba en un extremo del hospital, lejano a ellos, se fuma un cigarro. Los conocía muy bien a los dos. Llevaba un traje blanco y su rostro era moreno oscuro, muy oscuro. Muchos creían que ellos formaban una hermosa pareja. Había visto a muchas parejas en el hospital todos tenían un compromiso, hijos que alimentar y las parejas del hospital eran solo eso, alguien con quien perder el tiempo cuando no estaban haciendo nada. Pero el camillero no estaba pensando en las parejas, ni les ponía importancia a ellos. El estaba pensando en una noche con su novia. Más tarde casi al amanecer él podría estar con ella, desnudarla, hacerla gritar de placer, morderle un seno, robarse ese alimento dulce y suave y dejar sin comida a uno que tendría unos cuantos días de depender de ella, pero sería hasta más tarde.

 

¿No pues simplemente olvidarlo y esperar a que pese 53? —preguntó ella.

—Ya sabes lo que voy hacer —dijo él

Un par de personas entraran a la sala de urgencia. Ella intentó pararse, pero él la detuvo a tiempo.

 

—Solo tienes que perdonarme, eso es todo lo que te pido —dijo ella.

—No.

—Deja que las cosas que hemos hecho influyan en tu comprensión.

—¿Cómo se llama?—pregunto él

—No tiene importancia que te lo diga —dijo ella

—Desde luego que no, esta tarde me lo ha dicho tu amiga —dijo él—. Esa güera que siempre se está rascando los sobacos. Me ha dicho que se lo robaste, que era de ella y que solo lo quieres para pasar el rato.

—No lo harás —dijo ella—. No le vas a contar nada.

—Claro que lo voy hacer.

—Entonces te voy a cortar los güevos —dijo ella— y entonces aunque pese los 53 nunca más volverás a estar conmigo. Piénsalo bien, te conviene

 

Ella se levanto, se puso en marcha, ni siquiera le regalo una mirada. Ya no eran los mismos que antes. El se levanto, entro a la sala de urgencias y le dio a la chica que estaba en el mostrador un billete para que ella se comprara algo, le dijo que esa noche la cena iba por su cuenta. Ella le sonrió, tomo el dinero y le dijo que se veía diferente, que algo había cambiado en él.

 

—Tienes razón —dijo él— mientras entraba al baño.

 

Se vio en el espejo y noto por primera vez que tenía la cara llena de canas, era completamente cierto lo que antes le habían dicho, el era un hombre distinto.

 

—Sí —dijo lentamente —se lo voy a contar todo— su voz era dura, extraña. Él se había decidido.

Debió pasar un invierno duro y aún no se daba cuenta.

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