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Archive for the ‘Reseñas e imaginaciones con critica’ Category

En una pequeña parte de mi memoria se esconden todo tipo de secretos, tal vez habitan en ella algunas chicas o tal vez esta despoblado de la figura femenina, no estoy seguro si se alberga alguna muerte o si soy capaz de recordar algunas frases de todo lo que he leído, ni siquiera sé si soy capaz de hacer una síntesis de lo que leo. Lo que tengo claro es que a veces me sorprende con información que yo juraría haber desterrado para siempre de mi existencia, pero a veces sucede y cuando está sucediendo se apodero de mis pensamientos y entonces creo que soy otro. Cuando esas cosas pasan me pregunto qué demonios estoy haciendo y entonces menos comprendo lo que está sucediendo, tal vez esa sea la antesala de la muerte y la casa en la que me refugio a diario, sea tan solo un territorio de paso. Si alguien se pregunta qué quiero decir con todo esto, es fácil saberlo, pero no me lo pregunten a mí, que quien tiene el control es mi pensamiento y no se como recuperarme de su posesión.

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15 DE ENERO 2012

Cada que veo las vías del ferrocarril, son como un pasaporte un tanto mágico al pasado, a esa infancia que muchas de las veces me parece lejana y conforme pasan los años aún más lejana. Recuerdo que pararme en medio de las vías, me hacía pensar en lo inmenso del mundo y todo lo que tenía enfrente era tan lejano, tan distante, tan propio y ajeno. Crecí frente a las vías del ferrocarril, todos los días circulaban en esas vías cientos de centroamericanos que pretendían alcanzar sus sueños del otro lado, en el lado americano, esta imagen fue captura en ese otro lado, sin pensarlo o desearlo, hoy estaba paseando por un camino carretero y el encuentro con ellas, me hicieron viajar al patio de la casa donde podía patear la pelota con toda calma y los miedos no eran un problema, pues no tenía razón alguna para sentirlo.

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12 DE ENERO 2012

Mi rincón, mi espacio, mi esquina favorita.

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Sandra Lorenzano publica hoy en su columna de El Universal una versión abreviada de lo que leyó durante la presentación de Verde Shanghai en la FCE Rosario Castellanos ese viernes en que paró la lluvia. Aquí el link a De cafés de chinos y otros olvidos.

Pero aquí va la versión completa, toda entera:

El síndrome Verde Shanghai
Sandra Lorenzano

¿Cuántas vidas vivimos al mismo tiempo? Quiero decir: si usted entra por una puerta llamándose de una manera, con un cierto pasado, una forma de vestir y de desvestirse, de caminar y de mirar al mundo, y al atravesarla se llama de otra manera, tiene otro pasado, otra forma de desvestirse y de mirar al mundo, no piense que ha perdido la razón, o que se equivocó de vida (así como a veces nos equivocamos de puerta y entramos en la habitación errónea).

Si usted, pongamos por caso, va manejando su automóvil y no comprende la palabra “alto”, o cree que se la dicen a alguien más, o de pronto la o lo llaman con otro nombre, y usted no recuerda: no recuerda qué hace ahí, ni cómo se llama realmente, ni qué hacía manejando un automóvil, y sólo se le ocurre pensar que “el olvido es una boa que se muerde la cola”. O ve a alguien desde arriba, desde un imposible cielo, y no descubre en ese alguien ningún rasgo conocido, aunque el nombre con que lo llaman le resulta vagamente familiar y añorado, no piense que ha perdido la razón o que se equivocó de vida (así como a veces nos equivocamos de puerta y entramos en la habitación errónea).

Si usted siente que dentro de sí tiene otras vidas y otros personajes. Si usted siente que cuando vive, escribe, o cuando escribe, reescribe. Si siente de pronto que eso que está pasando en este instante ya lo ha vivido, y en cambio duda de sus propios recuerdos. Si usted no está seguro de si algo lo vio, lo imaginó, lo escribió o lo olvidó, no piense que ha perdido la razón o que se equivocó de vida (así como a veces nos equivocamos de puerta y entramos en la habitación errónea).

Si usted se mira al espejo y descubre que tiene rasgos asiáticos, o camina por la calle de Dolores y se siente como en casa, si el nombre de Xian le trae vagas reminiscencias de tazas de té humeantes con perfume de jazmines, si se sorprende al descubrir que ha pasado la noche con un desconocido que dice ser su esposo, si extraña gatos que nunca tuvo, y sólo se le ocurre pensar que “el olvido es una boa que se muerde la cola. Toda mordida es un círculo”. Si siente que la voluntad es una lechuza y no le queda claro qué tipo de convivencia o de enfrentamiento podría darse entre ésta y la boa. Si escribe para no olvidar aquello que tal vez nunca ha vivido, no piense que ha perdido la razón o que se equivocó de vida (así como a veces nos equivocamos de puerta y entramos en la habitación errónea).

Si usted siente que se hace y se deshace permanentemente, que ninguna frontera es fija (a pesar de lo que diga la “border patrol”), que tiene tantas identidades como su capacidad de imaginar lo olvidado, o de olvidar lo imaginado, tenga. Si siente que en cada “deja vu” franquea el paso a sus deseos más ocultos. Si cada semáforo le ofrece nombres ajenos en lenguas remotas que florecen en su propia lengua, no piense que ha perdido la razón o que se equivocó de vida (así como a veces nos equivocamos de puerta y entramos en la habitación errónea).

Quizás lo que suceda es que usted padezca del llamado “Síndrome Verde Shanghai”. Un síndrome cuya expresión más clara puede sintetizarse en una pequeña frase de Antonio Porchia que dice: “Si olvidara lo que no fui, me olvidaría de mí mismo”.
¿Cuántas vidas vivimos al mismo tiempo?, preguntaba yo al comienzo de estas líneas. Pero quizás sea más pertinente preguntar ¿cuántas vidas NO vivimos al mismo tiempo? ¿Cuántas vidas quedan para siempre en “la negra espalda del tiempo”, como llama Javier Marías a ese espacio de posibilidades en que las boas se muerden la cola? ¿Cuánta nostalgia carga lo que no sucedió? ¿Cuántos recuerdos nunca existirán y aún así nos dejan un vacío que duele? Dicen los que saben que eso, justamente eso, son las saudades de las que hablan los fados portugueses. Y tal vez esa vida, la vida que hace que los fados portugueses sean mi hogar es una de las vidas que se me han quedado a mí en la negra espalda del tiempo. ¿Y a ustedes? ¿Cuántas vidas no han vivido y aún así les causan nostalgia?

¿Cuántas vidas no hubiera vivido Marina Espinosa si no hubiera “merodeado” por los linderos de ese olvido que añora lo que quizás nunca ha sucedido? ¿Cuántas vidas no viviría Xian por las calles increíblemente entrañables de una ciudad ajena?
Víctimas todos – Marina, Xian, usted y yo misma – del “Síndrome Verde Sahnghai”, cuya definición es fácil encontrar en cualquier diccionario del alma que se precie:

“Dícese de la mirada sobre la realidad que carga con más de un olvido sobre más de una vida. El nombre está tomado de un ignoto café de chinos de una ciudad ‘enorme, gris, monstruosa’, a decir de algunos poetas. Éste, como todos los cafés de chinos – en los sitios donde los chinos son lo absolutamente otro – es también el umbral de mundos olvidados, de realidades devoradas por los olvidos: imagen extrañamente familiar de pasadizos secretos hacia otras vidas, tampoco vividas y apenas recordadas. Claro que – continuaría diciendo el diccionario del alma – en los cafés de chinos de China difícilmente se presenta este fenómeno. Es más fácil encontrar la propia matrioshka interior (llamada también “caja china” fuera del país asiático) en restaurantes mexicanos, tan valorados en la actualidad por los paladares orientales.” Hasta aquí el diccionario.

Si el “Síndrome Verde Shanghai” nos permite encontrar nuestros múltiples rostros en añoradas cajas chinas con aroma a Olinalá, es porque Cristina Rivera Garza se internó un día cualquiera en su propia escritura para regalarnos un espejo e invitarnos a pasar a través de él. Ni Marina, ni Xian, ni Julia Bradaigh, ni yo misma, entonces: Alicia, de pronto. Eso sí, ya no con la cara fresca de la infancia, sino con las marcas que dejan los años y la vida en un país imaginado hace siglos, y en el que todos vivimos y morimos varias veces por día. En el que vivimos y morimos de la mano de las mujeres de Juárez, de la mano de Luz María Dávila, de la mano de Javier Sicilia, de los migrantes centroamericanos que pasan por nuestra frontera sur, de nuestros propios migrantes que pasan por la frontera norte, de los chavos que habitan las calles de nuestras ciudades, de la gente que no quiere ser llamada “víctima colateral”, de la mano de cada uno de ustedes.

Y Cristina nos invita a pasar del otro lado del espejo porque sabe que el horror no tiene por qué paralizarnos. Porque sabe que el dolor puede ser también una forma de acompañar en el camino. Porque sabe que también somos piel y cuerpo y deseo y compasión y ganas de abrazos y nombres que se suman al recuerdo de otros nombres.
Porque sabe del secreto que encierran las palabras, sabe del aire vuelto letra sobre la página. Sabe del relato que busca siempre el relato ajeno para reconocerse y perderse en él. Porque sabe que podemos hacer que el sueño de la razón no engendre monstruos sino poesía.

Dice Cristina Rivera Garza que es bueno leer los libros cuando se es más joven que los personajes, y volver a leerlos cuando se es mayor. En el caso de esta novela ya no me fue concedido lo primero, pero sé que leeré y releeré, y seguiré leyendo y releyendo, cada una de sus páginas, porque para aquellos que padecemos del “Síndrome Verde Shanghai” lo que ella escribe tendrá para siempre el atractivo y delicioso misterio de un café de chinos.

Hasta aquí el texto de Sandra. Y yo todavía pregunto: Pero, y usted ¿padece de verdad el síndrome VerdeShanghai?

–crg

http://cristinariveragarza.blogspot.com/

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Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera.

 Por Alberto García Saavedra.

La belleza de lo árido y sus nuevas palabras.

Una de las preguntas recurrentes que existen en la mente de la gente que no se dedica a escribir es casi siempre la misma, y es de qué hablan los escritores cuando se encuentran en medio de una reunión de escritores. Pero mucho más frecuente que esa pregunta, es algo mucho más sustancial e incluso trillado.

 ¿Por qué y desde cuando empieza el escritor a convertirse en eso, en escritor?

Para muchos se trata de una necesidad y para otros puede ser una necedad, algunos escritores confiesan su necesidad por inventarse una realidad, su necesidad por inventarse una palabra que los defina, que los haga diferentes, que les ayude a que su vida de un giro. De la necedad, no tiene caso hablar.

Leí por primera vez la novela de Yuri Herrera Trabajos del reino, por recomendación de quien considero, su más grande seguidor y quizá uno de sus mejores amigos, por supuesto que entre ellos, existe el amable vínculo de la escritura. Para ser la primera novela de Yuri Herrera, uno podría pensar que se encontraría con un trabajo de prueba y error, es decir un  ensayo, propio de los escritores en ciernes; el de Yuri no fue así, resulto ser un trabajo diferente, pero con el matiz de las novelas del narco, puedes pensar de inicio que es un trabajo como otros tantos, una novela fastidiosa, acerca de las supuestas realidades del narco, es decir un fracaso más por retratar a una sociedad mexicana en decadencia, donde las balas son disparadas sin ton ni son y a quien caiga, pero la sorpresa no solo fue agradable, sino que una de las virtudes principales es que no existen balas disparadas al azar por la pluma de Yuri Herrera, sino un acto de constante precisión y sobre todo un uso exquisito del lenguaje, donde el autor hace notar que el tema del narco trafico no es solo un tema aburrido o recurrente de algunos escritores mexicanos o no, en ese afán por vender sus obras, sino que le da un sonido, una voz propia, que el narco corrido y todo ese entorno que cubren su historia no dejan de sonar durante toda la prosa de Herrera, pero sobre todo nos hace entender que hablar del narco de forma narrativa, no es un esfuerzo que nos haga pensar en la pérdida de tiempo.

Ser escritor, resulta una tarea que va más allá de escribir como se habla a diario, la gente cree en muchos de los casos, que un escritor debe manejar un lenguaje casi igual al que se maneja en los periódicos, pero eso puede quedar muy alejado de la libertad. Para el escrito Yuri Herrera, es sin duda algo que no deja pasar por alto, pero hace un juego intencionado, donde su lenguaje, parece estar a la altura del como hablamos en el diario transito de nuestras ideas. Así que una vez más he llegado a la lectura de su última novela, Señales que precederán al fin del mundo, gracias a la recomendación de nuevo de quien me parece uno de sus mejores amigos, y es que sino es por la amistad y sobre todo porque el trabajo de Herrera vale la recomendación, habrían pasado unos cuantos años para poder llegar hasta el, pues quizá una de las problemáticas más grande del país, está en no dar suficiente difusión a las obras que tienen un verdadero peso.

Es en este punto donde cabe la duda, donde es posible preguntarse, de cómo y cuándo es que una persona decide convertirse en escritor.  Hacerle la pregunta de manera directa a Yuri Herrera, quizá no nos llevaría a ningún lugar o quizá obtendríamos una serie de teorías un tanto aburrido, aunque para eso estoy suponiendo posibles respuestas. Lo cierto es que una de las búsquedas de los escritores es encontrar una palabra, el invento de una palabra que los lleve por un mundo diferente, un mundo donde cada situación y cada línea escrita marquen la diferencia entre los escritores ya existentes. Así es como Yuri, y quizá sin proponérselo, logra en su última novela, Señales… ese descubrimiento y es que atrapa de forma magistral, el sentir de un pueblo, y nos habla todo el tiempo desde el interior de los sentimientos de una sociedad que es mayoría, donde el lenguaje altamente cuidado, pero al mismo tiempo realista de la gente que habita ese México que apunta a un norte geográfico, un norte donde al parecer suceden todas las cosas “malas”. Jarchar, jarcharse, jarchado y todas las combinaciones posibles de un verbo inexistente en nuestra diarias reglas de la Academia, es una palabra que aparece y reaparece en todo el texto y denota su importancia, palabra que nos resulta de inmediato ajena, pero  que sin embargo tienen cabida en el imaginario colectivo de una sociedad que ama sus inventos y que encuentra en las palabras una fuga constante de su realidad y no solo una fuga, sino que con ello inventa un mundo que le permite escaparse de su realidad. Quizá para el escritor Yuri Herrera, esa necesidad por romper con un mundo donde lo único visible era un paramo y donde la mayoría de sus vecinos se buscaban la vida en otras geografías, se vio transformada en el ejercicio de la escritura, quizá uno pueda imaginar y tratar de responder de cómo y desde cuando él decide convertirse en escritor, pero sin duda, que sus lectores preferimos inventar y crear esas circunstancias, antes de oír o leer del por qué y del como llego hasta estas instancias de su vida.

Señales que precederán al fin del mundo, es la voz necesaria de una época, es la voz no de un único personaje, sino de toda una región e incluso podría atreverme a decir que es la voz de un país, es la constante migración de una sociedad para ir desalojando sus miedos, para ir olvidando sus costumbres, para dejar sus pueblos en el olvido, donde un día, la voz narrativa de un interesante escritor, volverá para recordarnos que existe un lugar, un sitio utópico, donde hace años todo era posible. Jarchar lo es todo, no existe una definición única, y en la historia ir jarchando es parte medular, se construyen caminos que la gente pobre de una región debe ir jarchando para lograr sus sueños, la tierra se abre y te permite tener una visión del infierno y en ese momento ya sabes que jarchaste. La novela y su titulo son en sí una invitación constante para que el lector pueda recobrar parte de su mundo perdido, un mundo donde los olores y los sabores son una parte escondida y que sin embargo existen, están todo el tiempo presente, un lugar de seres queridos y donde al final cada uno desearía que descanse su cuerpo, Jarchar es una realidad del mexicano, que abandona su tierra, sus sueños, su familia y nunca más se reencuentra con ello, Jarchar lo es todo y nada y queda en cada uno darle esa lectura única que le permita entender más allá de lo que su autor intente decirnos.

La historia se puede resumir de forma muy breve: Makina va en busca de su hermano al Norte. Se encuentran y él ya es otro y en ella opera el mismo cambio, ya es otra, ambos se han jarchado. Un argumento viejo como la historia misma del país, historia  a la cual le urgía tener voz, es una historia tierna y hermosa que en la voz de Yuri Herrera comenzó a  encontrarse y darnos esa sensación de ir jarchándose.

Yuri Herrera. Señales que precederán al fin del mundo. Cáceres: Periférica 2009.

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Emilio, los chistes y la muerte, de Fabio Morabito. Por Alberto García Saavedra

Necesidad aprendida

                              Fabio Morábito

                              Emilio, Los chistes y la muerte

                              México; anagrama, 2009, 166 pp.

 Las recomendaciones, suelen ser casi siempre un engaño. La visión poco crítica o la pasión desmedida que surge de un posible lector u observador que trata de convencernos de su recién descubrimiento, muchas de las veces nos hacen caer en ese juego que nos deja un mal sabor de boca. El olfato del lector, casi siempre lo lleva  por caminos que le roban suspiros y el descubrimiento de un mundo extraordinario. El lector no debe preocuparse por si alguna recomendación se sale de sus gustos, la escritura cuando es potente, siempre termina por seducirnos, los cambios de voz no son otra cosa que la palabra dicho por un autor que nos dice: ahora se trata de esta idea, ahora de lo otro. La diversidad de los temas es lo que nos hace universales, aunque se debe reconocer que si una escritura tiene fuerza, termina siempre por atraparnos.

     Emilio, los chistes y la muerte, es la construcción de un mundo sencillo, contaminado por sus tristezas, que se desnuda ante el constante recuerdo de la infancia. Es la introducción de las historias de un ser viajero que no olvida por un solo instante ese sentimiento de ser extranjero en todo el entorno que comprende sus geografías.  Mundo en constante cambio. Mudanzas. Fabio Morábito (Alejandría 1955), es un experto viajero, que recorre el mundo literario con una visión clara y objetiva. Poeta, ensayista, cuentista y su reciente incursión en el mundo de la novela denotan con claridad sus afortunados recorridos. Autor de tres libros de cuentos (La lenta furia, La vida ordenada, Grieta de fatiga), nos hacen ver que su incursión en la novela no se trata de un evento afortunado.

     La trama de esta historia si es leída de golpe, puede causar una sensación de desorden. Emilio, un niño de doce años, que goza del exceso de memoria, suele deambular por un cementerio, memorizando los nombres de los muertos: la falta de amigos o hermanos, lo sume en una tristeza devastadora, recorre el lugar con una vara que no es otra cosa que un detector de chistes o bromas contadas en el pasado. Es un mundo de añoranzas. En uno de sus recorridos conoce a Eurídice, una mujer de cuarenta años, que ha perdido  a su único hijo de la misma edad que Emilio, ella desea olvidarlo todo. Traban una relación fuera de lo común, maternal, erótica que demuestra la madurez precoz de él y la intensa desesperación por la que pasa ella. La llamada del sexo se da de forma simple, dejando claro que el deseo no tiene edad, como tampoco dominante o dominadores. Los personajes no abundan (aunque en algún momento puedan parecer que son muchos) en esta novela breve, precisa y de una vertiginosidad entre un mundo cotidiano, lleno de ruidos, oscuridad o luz, un mundo donde la muerte esta a la orden del día y los chistes se atreven a realizar su aparición triunfal. Un policía analfabeto, un monaguillo con rostro angelical cuya belleza lo hace un gran seductor, un hombre que se oculta todo el tiempo y un joven que desea salir de su tedio, alterando las fechas y los nombres en las lápidas.

Morábito combina de forma interesante esa sensación de la soledad, que te llevan sin duda a esos asuntos domésticos, donde siempre existe un pretexto para alejarnos de ese ambiente. Lleva de forma clara la idea de la novela, y nos remite a un mundo en constante aprendizaje. Construye el escribir desde dentro de la soledad, como si ese fuera el único recurso importante, añora el pasado. Tratándose de Morábito, sobra decir que es una novela breve, elegante y concentrada. La anécdota, la rima, el desarrollo de los personajes esta en perfecta sintonía. La lucha constante de este escritor con el lenguaje es patente, aunque dentro de la novela pueda pasarse por alto. Queda claro ese intento por depurar nuestro idioma.

     Morábito no se despega de su estilo, es fiel a una idea y no se trata en esta novela de un recurso muy usado en el que el cuentista escribe tan largo como puede para dejar el camino del cuento mediante una trampa y decir que ya logro su primera novela.  El cambio de hábito en el manejo de las historias por parte del autor termina por enriquecer a sus lectores. La manera de contar nos hace pensar en el compromiso necesario que tiene todo escritor con su lenguaje. Anécdotas que hoy en día pueden pasar a un plano secundario por la intervención constante de la televisión y el periódico, tramas que no tienen más complejidad que la vida diaria, donde todos esos elementos se conjugan.  Lenguaje de rápida aceptación, que propone ese ritmo vertiginoso con el cual se lee la novela, destacando la sobriedad, la potencia y sobre todo esa manera de fluir.  Tramas de la vida diaria de un país lleno de leyendas y de chistes tan comunes, los cuales al fluir en esta historia realzan el oficio del escritor que nos enseña lo importante de contar  desde un lugar común, pero respetando de forma importante la estructura de la narrativa. Descubre la necesidad del buen lenguaje, pero se conforma al mismo tiempo con las estructuras novelísticas.

      Morábito no se atreve a transgredir el genero de la novela, solo reproduce lo ya establecido. Uno espera cierta lucha en contra de este género, basado por supuesto en lo ya escrito, en sus poemas y en su forma de acercarnos a la ficción. Las contraposiciones, nos llevan a cuestionarnos, si este contagio del que él habla cuando menciona que para muchos, el escribir es una necesidad aprendida, que carece de lo genuino, y por lo tanto adolece de importancia. Este mundo de literario donde los escritores actuales no entienden el proceso de la soledad y que al estar ajenos de ello, los hace trabarse en una ficción que desagrada y  que no suele decir nada. Su entrada a la novela, esta contagiada de un toque de ligeraza, donde todas las batallas emprendidas terminan por ser parte de la derrota, sin dejar a un lado la soledad, es así como Fabio Morábito puede quedar condenado a escribir bajo la sombra de otros textos, que en determinado momento lo han impresionado.

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 Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami.

 Por Alberto García Saavedra. 

                                                                        Las vueltas de la soledad.

Como puede un lector saber en que instante tiene que detener la lectura de una historia, es decir, como logra identificar que al escritor se le fue de la mano. Si bien es cierto que al mejor cazador se le va la liebre, también es cierto que la liebre que se le va, esta ya habituada a escaparse. Lo peor que le puede pasar a la historia es que el conflicto sea resuelto mediante una muerte o argumentos casi mágicos que nos hacen tener un agrio sabor de boca. Considero que aún peor: es que los conflictos no se resuelvan.

Una novela llena de anhelos. Así es como puede quedar resumida la de Haruki Murakami, cuando hablamos de: Spútnik, mi amor. Es una novela donde te encuentras de todo y esta llena de enigmas. ¿El carácter de los gatos en esta historia, juega como uno más de los caprichos del autor al igual que los pozos y las estatuas?, o se trata de elementos que nos permiten adentrarnos a la historia de una forma más simplificada, ligera y hasta cierto punto honesta.

El argumento en si, es fuerte. Tres personajes que se buscan desesperadamente, creyendo que con ello rompen con ese eterno viaje circular en su particular mundo de la soledad.

Sumire, es una chica fuera de lo convencional, que abandona la escuela porque lo único que le interesa es convertirse en una escritora de novelas. Un joven  profesor de primaria, que al mismo tiempo es el narrador de la historia. Este joven profesor esta enamorado de Sumire. Nuestra joven aprendiz de novelista conoce a Myû: una mujer casada, hermosa, llena de enigmas y de mediana edad, de la cual termina enamorada. Juntas se van a un viaje por Europa y desde ese momento ya nada es igual, ni la vida de cada uno de estos tres personajes, ni la novela misma. La novela fluye en todo momento, pero existe un instante que algo queda develado y nos hace pensar cual es el sentido del narrador al dejarnos de forma clara lo que esta por venir. Por otro lado se porta generoso y nos va regalando múltiples relatos que nos hacen imaginar un mundo triste casi en todo momento. Es la necesidad de hablar, la necesidad de trascender lo que impulsa a cada uno a seguir con su juego, con la partida que le toca desarrollar para que su vida no quede perdida en medio de las cosas rutinarias que a todos nos pasan.

Todos aceptan lo que les pasa, nadie pone resistencia a su destino. La joven aprendiz de novelista, acepta un trabajo por ese deseo vehemente hacia la mujer de edad madura. Tiene ganas de hacerle el amor y esta dispuesta a perder con ella su virginidad. El narrador, quien esta enamorado de forma perdida de Sumire, se resigna a que ella sea por siempre su amiga, incluso cuando ella se muda y están sentados en el piso de su nueva casa, el experimenta la más violenta de las erecciones y se conforma con verla, con no tocarla, con dejar que el tiempo pase. Myû observa desde lo alto de una noria (donde queda atrapada porque al operador se le olvida su presencia), como su otro yo, y jugando con el concepto mismo del doble, se despega de ella y sufre una serie de vejaciones. Otros actores secundarios tienen el mismo comportamiento. Existen instantes intensos que por un buen rato te hacen querer seguir leyendo, es una historia en si, para ponerse cómodo y dejarse llevar, olvidando los prejuicios o el análisis. Es una novela de resignados, en medio de una sociedad resignada a los caprichos del capital, o de las necesidades inmediatas del consumismo.

Triste, melancólica y por ratos entrañable. No concede muchos espacios para los adornos, pero se deja seducir por la fantasía. Con un lenguaje directo y ligero.

Llega un instante que la novela, ya no parece ser la misma y entra en una especie de discusiones al interior de la mente del narrador. Otro instante después, en lo que puede ser la anticipada carrera al desenlace, algo pasa y parece que los recursos utilizados por el narrador, nos van a llevar a un acto de magia, que resolverán todo el misterio.

El amor condenado a dar vueltas, la soledad condenada en los pensamientos y hasta el fin de su existencia, el acompañante de viajes que cruza de forma misteriosa hacia el otro, hacia la otra parte de lo que somos, al doble.

Quizá Murakami tenga razón cuando sentencia que las personas se cruzan en nuestras vidas y se separan para siempre, sin palabras, sin promesas.

 

 

 

 

 

 

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