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Archive for 6 diciembre 2013

Las mujeres y los viajes

Luisa siempre estuvo en todo momento, a veces creo que Adriana le pedía que no me dejara, lo otro que he pensado es que ellas mantenían una relación secreta y yo era el pretexto perfecto para que el mundo no las viera mal, como si el quererse fuera una enfermedad y el sexo fuera algo que nadie hace pero que todos conocen. La sociedad me causaba repugnancia cuando criticaban las preferencias sexuales.

En uno de mis viajes fui a parar a Bélgica. Conocí a Marie y caí perdidamente enamorado de ella.

Marie me había dicho que deseaba tener muchos hijos y yo no deseaba tener uno solo. Ella me llevo a su departamento y la primera noche nos quitamos la ropa e hicimos el amor, digo el amor porque yo estaba enamorado y no podría llamar tan solo sexo a ese acto amoroso donde nos entregamos. Al principio yo tenía miedo, parece imposible que un hombre con tanta experiencia tuviera miedo, pero mi miedo no era por la posibilidad de que entre los dos la historia durara solo un breve espacio de tiempo, mi preocupación era de que Marie, fuera igual que Kim y se pusiera hablar del tamaño y de la importancia como tal del pene, de haberlo hecho, creo que no habría tenido oportunidad alguna con ella. Era imposible recurrir al viejo truco de que es la media nacional además de que Marie en verdad me importaba. Ella me dijo que había sido hermoso y que la había tocado como nunca lo habían hecho y que se sentía amada. Cuando estabas dentro de mí, me sentí más mujer que ninguna: dijo ella, mientras se mordía los labios. Las cosas nunca fueron perfectas, ella deseaba tener hijos y yo, cada que me hablaban de tener hijos me daba por huir. Huí. Regrese de nuevo a los brazos y al calor entre las piernas de Luisa. Luisa que era la única que entendía mi necesidad sexual y mi necesidad de viajar.

Madrid significaba para mí la expiación de todos mis males, pero tarde muchos años en llegar.

Adriana nunca se divorcio. Luisa al igual que yo se fue haciendo vieja, no por eso la deje de querer. Ella había estado presente en todas mi aventuras y en los momentos más críticos siempre tuvo el tiempo y las ganas para rescatarme. Ella fue la primera mujer con la que tuve sexo en mi joven edad adulta. Ella me llevo de la mano a perder mi virginidad, tal vez ella había perdido conmigo su virginidad, pero no tuve la capacidad para entenderlo en su momento, nunca le he preguntado si así fue.
Tenía buena disposición para el sexo. Disposición corporal y psicológica. Algunos amigos me decían que de seguir así mis preferencias sexuales darían un vuelco. Yo no le creía nada a esos amigos y no solo por estas ideas, sino porque me parecían los seres más superficiales de todo el mundo. Nunca me compre una muñeca inflable, algunos me habían dicho que era una buena posibilidad para dejar atrás los viajes, a estas alturas yo estaba endeudado hasta los codos y lo confieso no pensaba pagar, nunca fui buen pagador es por eso que trataba de evitar pedirle dinero a mis amigos, no los quería perder. En el orden de la realidad, escribir estas historias cabría todo en dos párrafos. Describir como alguien empuja la pelvis una y otra vez no tiene nada de interesante. Nunca he lamentado en mi vida una acción sexual, no al menos de manera consciente.

Una brasileña despertó en mí el sentimiento más complejo. Ella estaba enamorado de un tipo que además de ser buen escritor, era alegre y la hacía reír. No tengo idea de cómo nos conocimos, seguro que fui yo quien la invito a iniciar un dialogo. Eran los tiempos en el que el Internet lo estaba transformando todo. Nos vimos dos o tres veces mucho antes de tocarnos. Viaje hasta Canadá, al sur de ese país y al norte de los Estados Unidos. La brasileña era una mujer intensa, yo supongo que todas las brasileñas son intensas. Cogimos en el taxi, cuando ella fue por mí al aeropuerto. Mientras ella le daba la dirección de mi hotel al taxista, yo le hice un gesto de tristeza y ella le dio al taxista la dirección de su casa, su marido había salido por más de una semana y nos perdimos en una pasión más que desbordante. Esa fue la primera vez que yo concretaba una cita, de un romance que había empezado gracias al Internet. Nos despedimos y camino al aeropuerto volvimos a coger en el taxi, supongo que el sur de Canadá es hermoso, pero no tuve la oportunidad de conocerlo. Ella vino dos o tres veces a México, nos vimos y pasamos momentos inolvidables. Ella sembraba parte de su cuerpo en el mío, se cercioraba de poner los labios en los lugares adecuados y su sexo me recordaba lo bien que se siente estar vivo, sus manos nunca estaban quietas. Con ella fue la primera con la que tuve una primera segunda vez, no podría decirse que Luisa o Adriana habían estado más de una vez en mi vida, pues con ellas nunca existió el rompimiento. Mucho tiempo después al abordar un taxi, sentí una profunda tristeza, la distancia existente entre los dos me estaba desgarrando, desde luego que me habría casado con ella, sobre todo si ella no hubiera hecho aquel viaje a Brasil. En aquel viaje ella, descubrió que en realidad estaba enamorada de su marido y dejamos de vernos, sufrí una gran pérdida y la tristeza fue algo que no se atrevía a dejarme, aún hoy no hago cosa que suspirar cada que la recuerdo. Suspiro de dos a tres veces al día. Supongo que a nadie le importa mi vida sexual, es hasta cierto punto entendible, ni siquiera yo he estado preocupado por ello. En un viaje que hice a Rio creí verla entre la multitud, había jurado no volver a llamarla, pero esa noche no pude más y descolgué el teléfono. Por primera vez la sentí fría, ajena y ausente, supuse que su marido estaba en casa y pensé en aquella ocasión en que todas las cosas del universo se unieron para dar paso a nuestro encuentro, ella que estaba perdidamente enamorada de un escritor nada famoso pero si muy bueno, ella que lloraba por la ausencia de él, ella que amaba cada uno de los espacios que no pudo descubrir del escritor, ella que ardía en deseos por poner su sexo en la boca de él y que sus manos nunca dejaran de acariciarlo, por él lo habría dejado todo, fue lo que me dijo.

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Las mujeres y los viajes

Me gustaba escaparme del resto de las personas. El nuevo mundo sexual era para mí un encanto, un encanto que se detenía constantemente en el cuerpo de Luisa y algunas veces en el cuerpo de Adriana, parecía que ellas estaban de acuerdo en compartirme, la revolución sexual, las nuevas tendencias en las relaciones y esa vida que para algunos era fácil de acusar de libertinaje en nosotros eran virtudes. Llevaba una vida en pareja, algo sin importancia, solía estar fuera de casa todo el tiempo, embriagada por la idea de salir de viaje y conocer otras ciudades, otras gentes y descubrir el sabor de cada mujer en cada uno de los rincones del mundo. Imposible, esa era la conclusión, pero yo no dejaba de intentarlo. El sexo me había convertido en ese animal solitario, ese animal que parecía la soledad para poder estar con quien quisiera y a la hora que fuera, desde luego que mi vida en pareja había durado lo que dura la brevedad, era imposible vivir en un lugar, a lado de alguien que te estuviera condicionando o diciendo que hacer. No sé bien si fui feliz, si alguien me lo pregunta le diría que por nada del mundo me habría perdido aquellas experiencias y que de tener oportunidad volvería hacer cada una de esas cosas.
Comencé a salir de la ciudad con la promesa de que me acostaría en la cama de esas mujeres que visitaría, me decían que me tocarían y que experimentaría el sexo más excitante de toda mi vida, no estoy seguro si alguna vez puse mi vida en riesgo, solo deseaba vivir y dejaba que mis deseos me llevaran de una ciudad a otra. No siempre fue así, por supuesto. Adriana se caso y yo hacia los viajes de regreso con la promesa de encontrarme con ella, la simple idea de que ahora ella se había convertido en mi amante me causaba una erección que podría jurar que aún me duele. Llegue a pensar que todos mis viajes los hacía porque existía la promesa de que al regresar me estaría esperando mi amante, Adriana. Cuantas veces hice esos viajes, para encontrarme con mujeres que apenas conocía o incluso mujeres a las que visitaba a ciegas.

Más de una ocasión desperté en un departamento desconocido, no tenía idea de donde estaba el baño o cual era la rutina de aquel lugar. Más de una ocasión desperté y no había nadie a mi lado, de haber querido me habrían cortado el cuello y no habría sentido nada. A Luisa la buscaba cuando había un rompimiento o cuando nadie me esperaba, Adriana no contaba como parte de una relación ella era mi amante y su historia merecía un punto y aparte.

De haber sido mujer, pienso que me estaba comportando como una prostituta de lujo.

He viajado infinitamente, los viajes eran casi todos parte de esa tarea sexual que me había autoimpuesto. Muchas veces aprovechaba los tiempos de espera en los aeropuertos o el trayecto entre una terminal y otra. La experiencia de hacerlo en un avión no solo es desquiciante sino que además te transforma. No sé a cuantas mujeres conocí en los aeropuertos, por más que le insisto a mi memoria, solo se aparecen un par de ellas, debe ser la circunstancia en la que se dieron esos encuentros o el impacto que lograron causar en mi. Mentalmente me aproximo a todos con solo tenerlas a ellas en mis recuerdos. No hay otra opción. Viajar era entonces sinónimo de sexo.
Cuando las cosas no estaban bien, yo me ponía de malas, como es casi seguro que lo haga todo mundo. Lo único que me ponía el alto a los viajes y la vida sexual fuera de la ciudad era el trabajo, en ocasiones tenía que trabajar más de ocho diarias, el trabajo en exceso no era otra cosa que mi mala formación, decidí dejar de estudiar mucho antes de intentar siquiera entrar a la universidad. Yo no quería ser bombero, al menos no me interesaba apagar ese fuego que ellos acostumbran a sofocar. Algunas de las mujeres con las que tenía sexo, terminaban por regalarme parte de su dinero, me decían que no estuviera preocupado y que no estaban pagando por mis servicios, ellas tan solo querían consentirme porque la habían pasado bien a mi lado, que ya no recordaban lo que era la ternura y el placer que les provoca el sexo.

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Las mujeres y los viajes

Perdí la virginidad casi a los 20 años, si es que se le puede llamar así. Mi vida adulta a transcurrido en medio de batallas sin sentido. Recuerdo que la primera vez, fue algo simple, lo había intentado cinco o seis veces y no lo había logrado, algunas veces porque era tanta la emoción contenido en la simple idea que terminaba por eyacular antes de tiempo y porque en otros intentos, me había tocado la suerte de estar con alguna chica inexperta que se preocupaba más por el dolor o las consecuencias de nuestros actos. La verdad es que no estoy seguro si es que perdí la virginidad a esa edad. Si alguien hoy en día me dice que a los seis años fui violado, es probable que le crea y no es que tenga una memoria deficiente, sino que no me acuerdo de muchas cosas, cosas que quizá no vale la pena recordar, pero que siempre han existido.

Me he pasado la vida enamorado.

Antes de llegar a la edad adulta un grupo de niñas, gustaba de jugar conmigo o con lo que en ese tiempo yo llamaría un cuerpo inexperto. Recuerdo (algunas cosas las recuerdo de forma intermitente y otras creo que así fue como sucedieron), que a ellas les gustaba desvestirme o me hacían revisar sus cuerpos porque yo era una especie de doctor y estaba para curar sus males. Ellas eran un poco mayor que yo, pero eran inquietas, atrevidas y siempre encontraban el lugar y el tiempo exacto para jugar a lo que más les gustaba. Perdí la virginidad, al menos de forma consciente, cuando ya estaba en la ciudad de México. Me había cansado de vivir con mis tíos y por lo mismo rente un departamento. Adriana había quedado de ir a buscarme para ir al cine, pero nunca llego, a cambio me envió a su amiga Luisa para que me explicara por qué demonios no había podido ir, en ese tiempo habría bastado una llamada, pero no fue así (no usaba el teléfono celular o móvil según sea el lugar de uso). Luisa llego a la casa y me explico las razones de la Adriana. La invite a pasar y después de un rato nos pusimos hablar de sexo. No tengo claro cómo es que las personas pasamos de una plática a otra y de pronto ya estás hablando de sexo.

Luisa me dijo que de sexo no se podía hablar, que eso es algo que se tiene que sentir. Me sonroje y ella tomo la iniciativa.

Un tiempo después me enamore de una chica Noruega, a la que le gustaba hablar del contraste entre el color de nuestra piel y de lo bien dotado que son los chicos de su tierra. Lo único que tenía en mi defensa era decirle: que esto era México y que lo que tenía en sus manos era la media nacional, lo disponible y que si deseaba algo más, tal vez debería regresar a Noruega. Ella no hacía el amor, a Kim le gusta el sexo, ese sexo dotado de la frialdad de su tierra (era una mujer que se excusa de su falta de temperamento sexual, diciendo que en su tierra las necesidades eran otros, que primero se piensa en la seguridad y después en el placer), a mí ella me volvía loco, era lo largo de su cuerpo y sus exageradas manos blancas recorriendo mi piel lo que ponía al cien, eso y sus grandes senos blancos. Quería irme a vivir a Oslo. Me hacía palpitar la idea de estar en Europa, en la Escandinavia, me hacía ilusión perderme de la ciudad que me había visto nacer y de que nadie más volviera a tener noticas de mí. Kim se marcho de México y me prometió que en cuanto llegara a su ciudad buscaría establecerse y que nos casaríamos. Yo estaba ilusionado. Un día me escribió y me dijo, que nada tenía sentido, que ambos aún éramos muy jóvenes y que ella pensaba que nos faltaba mucho por vivir, me dijo que se había independizado de sus padres y que era posible visitarlo en cuanto me diera la gana. Busque nuevamente a Luisa. Desde luego que fui a Oslo. No tenía el dinero suficiente, así que pedí prestado a unos amigos (dinero que nunca les pague, quizá ellos me habrían dicho que lo tomara como un regalo, pero tampoco les pregunte). Mi viaje en un principio tenía como sentido el resolver los problemas don Kim, no miento cuando digo que me moría de ganas por conocer Oslo y viajar por fin a Europa. Kim me recibió en su casa y me explico a su manera las consecuencias de tomar un rumbo como el que ambos en algún momento pensamos como posible y que ahora solo era yo el que lo deseaba, pensé que tenía razón. No bien había pasado un año de la partida de Kim de la ciudad de México, cuando ella se estaba casando, desde luego que no me invito a su boda. Mi primer rompimiento en la vida adulta, fue en la cama de una mujer que tenía una armazón gigantesca como el soporte para su cuerpo y una manos gigantes, blancas y frías.

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Por alguna razón empecé a contar de forma regresiva. Siempre me molestaban las personas que hacían ese tipo de conteos. Me voy a gastar la vida contigo mi querido Pablo. Hace unos días estaba pensando en las consecuencias de que llegues cuando yo tengo cuarenta y algo (casi cuarenta y dos), una de ellas es que no conoceré a mis nietos o quizá si, todo depende de lo que tú decidas. Me da un poco de risa pensar en eso. Confieso que durante muchos años no deseaba saber nada de tener hijos, no tengo la más mínima idea del porque pero eso hacía y luego vienes tú y parece que mi vida va a dar un gran giro o eso me dice todo mundo y mientras eso sucede (la verdad es que ya está sucediendo), me da por pensar muchas cosas. Existe la posibilidad desde luego que seas un tipo precoz y se te ocurra hacer todas las cosas antes de tiempo, lo que yo creo es que si llego a convertirme en abuelo ya estaré entrado en años para cuando eso suceda. Estamos un poco más tranquilos, algunas noches mamá no duerme, no sé si por la emoción o porque todo le duele o por el estrés que nos ha ocasionado tanta incertidumbre. Cada vez más cerca, cada vez tu llegada es inminente y yo supongo que no sabré que hacer en el momento que todo eso suceda. Esa es la vida pues.

Supongo que eres chiquito porque es algo genético. Mi madre también es chiquita y con el tiempo vas a comprobar que yo soy igual que ella.

Hay cosas que no se pueden escribir, hay otras que no se pueden decir y otras más que ni se dicen ni se escriben. Algunas veces me despierto y sé que ya no aguanto más. No es la espera, eso es la que menos me preocupa. Es la incertidumbre. Pienso en dotarte de elementos para tu memoria, es lo menos que puedo hacer, darte algo a lo que puedas aferrarte en los momentos críticos, regalarte lo mejor de mí, pienso que la memoria que te dé durante tu infancia será fundamental para el resto de tu vida, pero no tengo ni puta idea de cómo hacerlo.

La única bondad que he ganado en estos días, es subir de peso, dicha bondad hace que se me aprieten las nalgas cada que doy un paso. Supongo que no es lo mejor.

Lo pobreza es la que mata los sueños, pero también la alimenta. Crecí en una ciudad rara, pase toda mi infancia sin alumbrado público, sin televisión, en aquella época tener una televisión no era solo un lujo, sino un prodigio, me pasaba largas horas jugando con mis primos y cuando crecimos, nos pasamos largas horas peleando por una posible novia, fue una etapa muy feliz de mi vida, pero la mayor parte del tiempo vivía enfermo. Enfermo de lo que fuera, como si el estar enfermo fuera un pretexto para seguir con vida, quizá era un vicio. Una de tus tías tenía chivas, sus hijos cuidaban chivas que les había heredado mi abuelo. Mi abuelo era otra historia, por momentos una gran historia, por otros un hombre cruel y quizá una persona imposible de tratar, a mí me toco la parte en donde todo mundo lo quería, pero no siempre fue así. Te contaba de mi niñez, yo era un niño muy rápido se trataba de correr casi nadie me alcanzaba, pero también me gustaba hacer maldades, se las hacia a casi todos. Me gustaba contar historias y mis primos y las niñas de mi edad decían que yo era un mentiroso. Sabes nunca me aprendí nada de memoria, me gustaba improvisar, contar lo primero que se me venía a la mente. Cuando contaba algo que todo mundo se sabía terminaba por cambiar la historia y contaba cosas que no tenían nada que ver con lo contado. No sé muy bien que te voy a enseñar, desde luego quiero que te gusten las cosas que a mí, que quieras escuchar historias y que después las quieras contar, pero últimamente , no soy bueno contando de forma oral y todo lo quiero escribir (tampoco soy bueno escribiendo). Lo único que tengo claro es que no te voy a leer todo, que prefiero mil veces ser yo quien te cuente la historia como lo recuerde y que con eso logres aprender algo interesante. No pienso en fabulas, quizá sueno algo raro pero pienso en los cuentos de hadas porque siempre he creído que a los niños les enseñan mucho más acerca de la vida.

Casi siempre escribo gracias a toda esa pasión que siento por las mujeres, y tú eres una excepción, escribo para ti o eso supongo.

Al principio, pensé en algo que me resultaba irremediable, me refiero cuando empecé a escribirte, pensé en qué punto comenzaba nuestra historia y así lo hice notar, después de empezar nuestra historia, me di cuenta que todo esto no es otra cosa que un gran borrador, el preámbulo de lo que intento decirte, que ni siquiera me acerco a lo que en verdad deseo contarte y no busco una estructura para hacerlo o algo que haga ver a lo escrito de una forma maquillada o artificial. Te empecé a escribir porque necesitaba desahogarme, porque era importante sacar todo lo que me estaba ahogando, luego ya no tenía idea de que estaba haciendo, solo sentía ganas de hablar contigo, de hacerte sentir que eres importante y aunque no te cuento gran cosa, se que sientes mi presencia y que de alguna forma te alegra el oírme, tal vez sea tiempo de contarte algunas cosas, pero pienso que si lo hago ya, en algún momento empezare a repetirme y no quiero que eso suceda, aún no.

Crecí bajo circunstancias extrañas, pero a mi manera siempre fui feliz. Algunas noches despierto, quizá he tenido un sueño traumático o algo me ha sucedido mientras dormía, que me siento agitado, espantado y comienzo a buscarte con la mirada y después de un rato le toco el vientre a mamá y te siento moverte y eso me tranquiliza, algunas veces pienso que tu corazón se ha detenido y eso me vuelve loco y no quiero verle la cara a la vida o a la suerte, porque eso dicen que es la vida: una cuestión de suerte y yo desde siempre he jurado que no creo en la suerte.

Tengo tantas cosas por contarte.

Supongo que en estos días vendrá el silencio, luego las emociones propias de tu llegada y con ello los llantos, las horas de levantarse a cualquier hora, cambiarte, bañarte, quererte. Supongo que por ahora es tiempo de esperas, de suposiciones, de esta vida que no es otra que la que vamos a compartir y quizá hasta ese momento, el momento donde lloras por primera vez comienza nuestra historia, pero lo cierto es que todo historia comienza donde uno quiere y como uno quiere y eso no quiere decir que sea peor o mejor, solo es un inicio y yo ahora mismo no lo sé. Mi pequeño Pablo, este mundo te espera y yo hare todo lo que esté en mis manos por enseñarte alguna de las cosas que he aprendido y por aprender sobre la marcha alguna más para reírnos juntos.

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Quería darle una sorpresa a Laura, así que no le dije nada y me aparecí por su casa. Resulto que Laura era novia de un narco o de un militar que para el caso es lo mismo. Yo había jurado que con mujeres casadas o con novias de militares o novias de narcos no me metería jamás, no es que tuviera miedo, pero ellos no suelen tomarla solo contra ti, sino con toda tu familia y eso no estaba nada bien. Aunque supuse que Laura era novia de alguien, lo cierto es que fui yo quien se llevo la sorpresa. Llevaba más de seis años en esta ciudad y siempre había sido precavido. La guerra entre narcos, los malos momentos, la necesidad de conseguir un trabajo, y esa desesperación porque ya pronto seria lunes, no quedaban atrás y cada día la cosa se ponía peor.

Casi todo viene en paquete de tres, las historias por ejemplo, podemos mencionar: a los tres cochinitos o los tres mosqueteros, tres son también las carabelas que viajaron hasta América o podemos hablar de la trilogía de tantas cosas o igual de la santísima trinidad, así que yo estaba necio con ello y pensé que nada mejor para mí vida que tener tres mujeres en ella. Desde luego que la primera era mi mujer, después por orden de aparición, le seguía Ella, a la que he llamado Mariko(un nombre más interesante es el de Marikeit), y luego Laura, el orden de aparición no tiene nada que ver con la importancia que ellas representaban para mí, a todas las quería por igual y todas eran mías. Ese era el problema, creer que eran mías. Eso lo complicaba todo.

Hace muchos días que no sabía nada de Mariko. Me la volví a encontrar en el hospital, había ido a consultar al psiquiatra y eso me pareció algo exagerado, pues yo la veía igual de hermosa que la última vez. Sentí un impulso poderoso por abrazarla, pero me contuve. Podría haberle dicho tantas cosas, como que la extrañaba y que deseaba perderme en sus caricias, pero ella adivino mis intenciones y antes de que pudiera decir algo, me dijo: que estaba muy mal, que todo le estaba fallando, que ella no dejaba de sentirse culpable, que por estar conmigo había traicionado al hombre que tanto amaba y que ahora se sentía la pero, yo la peor fue lo que me recalco todo el tiempo. Su debilidad emocional era su peor enemigo y desde luego el arma preferida de su coronel.

Le pregunte por la salud de su coronel y ella me dijo: pinche cabrón, no entiendes que no es coronel y si, ahora si te puedo decir que es solo mío y que nunca más lo voy a engañar. Me reí, no podía ni quería hacer otra cosa.

Se sentía triste y era mi culpa, fue lo que dijo. Las caricias de aquella noche la llevaron sin remedio alguno a consultar con el psiquiatra. Pensé en Laura y en la suerte que había tenido de conocerla justo a tiempo y así poderme olvidar de ella, pero no, por alguna razón uno siempre se detiene donde no hay esperanza o donde lo van a tratar a uno de la chingada.
Le dije que no era mi culpa que ese cabrón coronel la tratara como se le daba la gana, que en todo caso la culpa era de ella y entonces me dijo que por primera vez en toda su vida se arrepentía de sus actos, pero sobre todo de haber estado conmigo aquella noche. Yo pensé: se estará volviendo santa. Tonterías, eso era. Ella estaba cegada por esa supuesta culpa, mientras el coronel dormía todas las noches con su esposa y arropaba a sus hijos. Tonterías de nuevo, como es que él le exigía fidelidad y se atrevía a decirle que era solo suya y no dejaba de vigilarla. Egoísta, eso era él.

Yo no entiendo mi necesidad de tener otras mujeres. Mi mujer y mi vida sexual son muy satisfactorias.

Mi deseo por las mujeres, por otras mujeres, era quizá por profanar la belleza de ellas. Toda historia está llena de mujeres hermosas, nadie o casi nadie cuenta su historia con mujeres feas. Yo estaba rodeado por mujeres hermosas o eso era lo que prefería creer. Laura me había reservado lo lunes para nuestros encuentros. Su sonrisa y su cuerpo desnudo eran la entrada al paraíso, uno terrenal que estaba lleno de olores y de sabores que emergían de su cuerpo aún frágil después de la cirugía a la que había sido sometida. Nos gustaba creer que teníamos una mente privilegiada que no fuimos tentados por las ambiciones del poder, pero la verdad es que nuestra forma de pensar estaba muy lejos de competir con esas personas que habían logrado sacar provecho de su educación y ahora eran los grandes genios en las cosas que se desenvolvían. Laura insistía en investigar una serie de muertes, que según yo tenían que ver con el narco y para eso no se necesitaba romper con el promedio de inteligencia. Yo insistía que uno no se debe meter con narcos, ni con mujeres casadas, ni con los curas porque estos últimos poseen una extraña habilidad para maldecir y que eso se haga efectivo. Yo esperaba los lunes con ansiedad y ella me esperaba toda la semana en medio de sus humedades, al menos eso era lo que me contaba, yo no tenía más opción que creer todo lo que me contaba.

Mariko estaba cambiada, no era siquiera la sombra de lo que unos meses atrás mostraba. Su relación se había visto afectada por esa supuesta infidelidad y la habían manipulado a tal punto que había perdido todo deseo por hacer de su vida lo que se le viniera en gana. Ella estaba segura que nunca más volvería a estar con otro hombre que no fuera su coronel, (el coronel que no es coronel y esas cosas). Me dolía que ella creyera que yo había causado su infelicidad, porque si algo buscaba no era una entrega pasional de su cuerpo con el mío, yo estaba interesado en el amor, en hacerla sentir una mujer especial, pero ella no lograba entender eso y se aferraba a lo que su coronel le decía y a seguir sus instrucciones al pie de la letra. Mariko no podía hablar con nadie, ni en la calle, ni en el trabajo, en sus casa se tenía que limitar a cruzar unas cuantas palabras con su familia y desde luego que tenía que pensar en mudarse, en alejarse de esos entornos que le estaban causando tanto daño, ella solo podía ser del coronel y si alguien se le acercaba, él estaba dispuesto a jugarse la vida por ella. Yo pensé que el coronel solo estaba blofeando, pero desde luego que no deseaba averiguarlo. Sentí tristeza como ya dije antes, pero quién era yo para insistirle a Mariko que con ella me sentía muy bien y que mi triangulo amoroso era perfecto. Nos despedimos, la vi alejarse. Ese día no era lunes. Fui con Laura y ella estaba con otro chico, uno que se veía muy serio, muy agrio, muy intimidante. Le dije a Laura que había pasado por su casa para darle un recado de su rehabilitador y que urgía que regresara pronto a sus terapias, ella me sonrió y entre sus labios dejo escapar una pequeña frase, algo breve pero sutil y que termino por desbaratarme: tú me vuelves loca dijo y yo me sentí enorme. Mi mujer como siempre, no dejaba pasar la oportunidad de mostrarme su intensidad a la hora de amar. Había perdido quizá a Mariko.

No lo sé, todo es posible.

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Una mujer si siente en peligro a sus hijos es capaz de todo, eso dicen. A la mayoría les interesa “otro día más”, como si el estar vivos fuera el paraíso o quizá sea el miedo o tal vez lo sea la suma de todo. He vivido con miedo en las últimas semanas: miedo a que te mueras antes de nacer, miedo a que me muera antes de que nazcas, miedo a que una bala corte con tu vida o la mía, miedo al poco liquido que ni es poco ni tampoco es mucho, pero que es suficiente, miedo a los problemas de un cazón que no esta tan mal, miedo a los malos diagnósticos, miedo a tomar una mala decisión, miedo a estar vivo o a estar muerto, miedo al miedo de lo indecible y de lo dicho.

En los días inmediatamente posteriores a tu débil existencia, la muerte empezó a rondar mis pensamientos, no sé si porque ya estoy grande, sabes me imagino cuando tengas a tu primer hijo y lo poco que lo vamos a ver, tendremos cerca de los setenta años si todo sigue con la lógica que hoy vivimos, es posible que ni siquiera tengas hijos, por gusto desde luego, no me imagino otra cosa, me he sentido de todas las formas posibles, pero quizá en esta época más que nunca me he sentido vulnerable por todas las posibilidades que se evaporan y aparecen una y otra vez casi de inmediato que no me dan tiempo para relajarme.

Es la vida o es eso lo que hace de la vida algo extraña, excitante, estresante, intensa…la muerte.

No puedo engañarte. ¡No!, todos vamos a morir, no importa el tiempo, eso le pasa a toda la gente, no hay opción posible, algunos personajes de estos tiempos trabajan tratando de alargar nuestros días, pero nadie piensa en una vida eterna, aunque no dudo que ese parte del proyecto secreto de cualquier otro loco que aún está con vida. Yo no he tenido esa visión, es decir, he planeado mi pequeña inmortalidad al convertirte en mi hijo, pero antes de eso, pensaba que mi inmortalidad vendría después de construir historias y publicarlas en forma de libros, no sé cuántos libros, ni que tanta inmortalidad, el deseo sigue y la historia parece interminable, todos sufrimos, todos lloramos, todos, tenemos algo que contar, todos…

Antes de que acabe el año, diciembre del 2013, estarás afuera, nadie se pone de acuerdo y supón cual es la mejor fecha, el mejor momento para sacarte, para que hagas tu debut y eso a mí me causa más y más dolor de cabeza. Nunca me pregunto porque no lo hicimos antes y si lo hago no doy respuesta alguna como quien dice me hago el loco, el extraviado de ideas, el que no entiende nada. Creo que llegaras por la mañana, tal vez a primera hora, la verdad es que no importa la hora, lo que importa es que llegues y comiences a ganar fuerza y experiencias. Pienso en todas las cosas que te puedo enseñar, pero en ninguna tengo experiencia, y tengo unos cuantos gustos que parecen añejos, cansado y muchas veces aburrido, te pienso corriendo tras de una pelota, te pienso pequeño, muy pequeño, delgado e inquieto, te pienso jugando todo el tiempo y dejándome ver como el tiempo nos pasa a ambos y a ti te hace más fuerte y a mí me hace más débil, te pienso dentro de todas mis historias. Esas historias que aún no termino de construir pero que es la otra parte de mi inmortalidad, ese recuerdo que no quiero que se pague con mi muerte.

No sé porque te hablo de la muerte, pero lo cierto es que todos vamos a morir…todos.

Supongo que no hay necesidad de hablar de lo que todos ya saben. Los viernes por las tardes nos gusta ir al cine, aunque no lo hemos hecho últimamente, a ti te gusta, te pones a dar de saltos, pateas más de lo normal, parece que el ruido te estremece. Te compramos ropa muy pequeña, nos dijeron que serías prematuro, que tendrías bajo peso, a mi me da risa cuando veo tus pequeñas prendas, me da risa no sé si de alegría o de nervios, supongo que ambas cosas. Conforme van pasando las semanas ganas peso y tamaño, también ganas fortaleza. El problema del peso es algo que te va a seguir toda la vida, la sociedad es así. Para algunos tener sobre peso esta mal, para otros es cualquier cosa y motivo de agresiones. Últimamente he subido de peso, y con lo calvo que estoy digamos que no es la mejor imagen de mí, pero de eso te cuento en otra ocasión.

Otras veces la vida nos regala una oportunidad de escribir esas historias que parecen imposibles.

Supongo que hemos cambiado de médico justo a tiempos, que de no haberlo hecho tal vez tu estarías muerto o nos habrías metido cada susto en cada uno de las noches, al principio los pronósticos todos fueron alarmantes, pero creo que basta, no hay necesidad de contarte esa historias, mejor voy pensando en algunos cuentos para ti, en lo que planeo hacer contigo, en lo que deseo leerte, en las cosas que te puedo enseñar.

Pienso en tu primer año, en todo lo que nos vamos a divertir contigo y tú con nosotros.

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Laura trabajaba como recepcionista en un hospital que poseía cierta fama de ser bueno. Lo que en realidad le gustaba a ella era la actuación. Actuar era para ella como lo mejor que le podría suceder, sobre todo porque se podía disfrazar y nunca era la persona que los demás sospechan o creían que era. Antes de llegar al hospital, ella trabajaba en la centralita de la policía despachando las diferentes misiones a los patrulleros que andaban de servicio en las calles. Vivía en una ciudad interesante para el crimen: muertes, desapariciones, corrupción, secuestros, infidelidades. En el campo de las infidelidades es donde ella se sentía a gusto. Hacía mucho tiempo que Laura no encontraba nada interesante en la ciudad, alguna historia que envolviera pasión, sexo, lujuria y muerte. En sus ratos libres ella se dedicaba a investigar estos casos interesantes, les armaba un perfil criminal y no descansaba hasta entender a la perfección lo que estaba ocurriendo. Cuando llego al hospital, ella ya había sido operada de su columna y estaba mucho más hermosa que cuando llego a la ciudad por primera vez. Laura había caído en esos momentos en la tentación de volverse lesbiana, la culpa la tenía su espejo, pues cada que se veía en el, ella se enamoraba más y más de ella.

Antes de encontrar un caso interesante con el cual entretenerse Laura salió corriendo del hospital, era un trabajo, soso, aburrido, como para morirse de lo mal que estaba.

Solamente había historias sin sentido, chismes de unos empleados contra otros, envidias de los otros y unos cuantos que habían sido corridos, por lo demás los casos que se presentaban daban flojera: meningitis, dengue, influenza, huevo muerto retenido, instrumentación de columna, espondilodiscitis, etc., desde luego un etc., largo pero aburrido.

Nos conocimos en el hospital. ¿Qué demonios estaba yo haciendo en un hospital?

Le advertí a Laura que me gustaba más leer libros que la infidelidad. Y ella me dijo que eso era porque hasta ahora no me había encontrado a una mujer como ella, una mujer que tenía entre las piernas el calor ideal para hacer arder mi infierno. Admití que su idea no era del todo mala, pero le dije que no. que no me interesaba por ella y quizá fue por eso que la tormenta entre ambos fue creciendo, o tal vez todo sucedió porque así tenía que ser, como sea yo no creo en la casualidad y mucho menos en el destino, es decir cada cosa es consecuencia de nuestros actos. Dios no estaba mirando a nadie a sí que era fácil hacer lo que se nos viniera en gana. Ella me dijo que en serio tenía ganas de sentirme entre sus piernas, y yo le dije que en serio tenía ganas de estar dentro de ella, la nuestro resultaría una combinación catastrófica. Sus senos eran blancos, pequeños, pero firmes y llenaban con facilidad mi boca. No nos íbamos a morir de amor, nadie muere de amor, ni siquiera Romeo o Julieta. Un día sin saber cómo Laura se quito las pantaletas y mi vida se fue al traste, advierto que no morí de amor y tampoco anduve tras de ella como enajenado, ni tampoco estuve ausente en casa y ni siquiera sentía remordimientos cuando veía a mi mujer de frente, es más debo confesar que me sentía feliz y comencé a sentir cierto placer por perseguir las historias que Laura solía perseguir, es decir hasta antes de ella, yo pensaba que las novelitas de amor eran lo mejor que una persona podría escribir, novelitas de amor y poca violencia, pero lo cierto es que escribir novelitas de amor, ahora me parece algo viejo y pasado de moda, escribir (si es que quería seguir escribiendo) novelas donde la violencia reina eso era lo de hoy, todo lo demás me parecían historias que no llevaban a nada, pero como dije antes, todo eso tenía que ver con el momento que estaba viviendo. La infidelidad es ese poder sin límites que nos hace creer en la posibilidad de ser fieles y creemos que el nuevo día será diferente y nos hacemos promesas de situaciones imposibles. Laura ya me estaba abriendo las piernas y yo no me atreví a decirle que eso era imposible, nadie se podría haber negado y si no era por sus piernas o su piel blanca, cualquier otro habría sucumbido ante el olor que emanaba de su sexualidad. Fuerte, dulce, agrio, excitante.

Mañana siempre era una promesa. Mañana era joderse a la muerte. Mañana ni siquiera existe.

Yo había leído mil libros. ¿Cuántos libros crees que había leído Laura? Ella había tenido mil hombres. ¿Cuántas mujeres crees que yo había tenido? Había leído tantos libros porque me gustaba hacerme el culto. Laura había tenido tantos hombres en su afán por entender el comportamiento de criminales y solo algunas veces había estado enamorada o lo que se dice enamorada. Pese a los mil libros leídos o a los mil hombres con los que Laura había estado, ninguno de los dos podía ser como los demás, no podíamos salir a la calle agarrados de la mano, ni ir al cine, ni a la playa, ni tumbarnos en un jardín y besarnos hasta que los labios se pusieran a sangrar. Nos habíamos encontrado y nos resultaba necesario renunciar el uno del otro, total, nadie se muere de amor, me dijo Laura. No había forma de defender lo que uno sentía por el otro, nuestra necedad nos imposibilitaba, eso sin contar con nuestra idea de no creer en el amor. Nos podrían humillar por cualquier cosa, pero nunca por amor, al menos eso era lo que ambos creíamos. Ella creía que su vida daba para una novela y yo pensé: cuanta razón tiene ella, pero no dije nada.

Yo amaba a otra mujer, pero esa mujer amaba a otro hombre. Una mujer de verdad, no una mujer de mis historias, una mujer que insistía en sostener un amor que no la llevaría a nada, pero no me atrevía a reconocer de manera abierta que la amaba, para mí el amor no existía, era el reflejo de una mente pobre, algo que solo los débiles podían sentir, al menos era así como me mostraba ante los demás. Dos personas que se gustan, eso quería que fuéramos ella y yo. Imposible. Me gusta el arroz con frijoles y detesto el plátano pues suele darme diarrea. A ella la recuerdo todas las noches, la verdad es que no importa desde cuanto, ni los mil besos que nos dimos, como tampoco importa todo ese silencio que ha construido alrededor de ella, no importa desde cuanto me dejo de querer, y sí, he dicho desde cuanto, porque lo nuestro se fue al fracaso por una cuestión de números, pesos ni más ni menos, si yo fuera digamos más ligero y ella como el aire pues una pareja feliz, pero se supone que a ella no le interesan esas cosas del amor, aunque le jura amor eterno al hombre con el que comparte sus tardes, desde luego que es un amor prohibido de esos amores que no se pueden presumir por las calles, como todo lo demás. Mi autor preferido: Rubem Fonseca.

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Un lugar limpio y no contaminado

—Si no es ahora, entonces cuando—dijo ella, mientras dejaba escapar una sonrisa que nos contagiaba a todos
Era tarde y ella me había reclamado que escribiera esa historia, donde confesaba que en algún tiempo fuimos amantes, no precisamente ella, pero era el nombre, el cuerpo y todas las descripciones que coincidían, con lo que es ella. Antes no importaba que usara su nombre, es más podía decirle lo que me viniera en gana, fue así como sucedieron las cosas, un día la invite a salir y nos dejamos llevar, aunque decir que nos dejamos llevar es un pretexto para no tener que explicar nada. Más que dejarnos llevar, lo que sucedió es que ambos lo deseábamos con tal fuerza que el encuentro era inevitable, todo era cuestión que uno de los dos lo propusiera. A mí me gusta sentarme allí, en el transfer, corría el riesgo de que los cirujanos comenzaran hablar y esos rumores llegaran a los oídos de mi mujer, pero la verdad es que no me importo mucho. Me gustaba estar allí, en verdad la pasaba bien y las risas se llevaban con facilidad mi mal humor y mi constante dolor de cabeza, nunca antes había encontrado un remedio natural para mis dolencias y yo estaba encantado.
—¿Por qué?
—Estaba desesperado y no quería perderte
—¿Por qué?
—Porque soy un tonto, porque pensé que si lo escribía tú entenderías lo que mucho que te quiero, por eso.
—¿Cómo sabes que te querría más?
—Porque no puede ser de otra forma, a ti no te interesa el dinero y aún crees en el amor, y una historia de amor siempre es mejor a cualquier cosa.
Nos sentamos uno al lado de otro, nos recargamos en la pared y yo lancé el más profundo de mis suspiros, de haberlo querido nunca lo habría logrado. Ella me dijo que se le antojaba una Coca, le pregunté si de dieta y me mando al diablo al tiempo que me decía, que eso a ella no le hacía falta y desde luego que tenía razón. Nos quedamos un buen rato mirándonos, no había nada nuevo, yo seguía igual de pelón que la última vez y a ella no se le borra del rostro esa sonrisa.
—Demonios, ¿por qué he tardado tanto en saber que tú eres lo que necesito?
—Porque antes no tenía novio y ahora que lo tengo tú te sientes vulnerable, es por eso.
—Tenías que esperar, darme una oportunidad más, lo sabes muy bien
—Querido, era ahora o nunca, tú sabes que la vida se nos va entre suspiros.
Una de sus compañeras se le acerco y le dijo que si pensaba irse temprano, y que de no ser así, le pedía por favor que le ayudara con la siguiente cirugía y mientras le estaba diciendo eso, le acerco unas hojas que eran parte del expediente del paciente. Es una nefrosctomía percutánea agrego. Ella se movió ligeramente. El cirujano pasó con su ayudante. La luz del quirófano era cegadora. Ella llevaba su nombren en la filipina. Ella tenía frío se le notaba en los brazos. El médico cirujano ordeno que le bajaran al clima que le preocupaba que el paciente se pusiera hipotenso. Yo me levante. Y antes de irme le dije que tal vez más tarde podríamos hablar, ella sonrió y eso me dio un poco de esperanza. No podía ser posible, no podía creer que aquello con ella se estuviera terminando, no deseaba creerlo.
La guardia termino a la hora pactada.
—Te vienen a recoger
—Qué importa si vienen o no, a ti nunca te ha importado, siempre me voy sola
—Sería mejor irnos juntos. Si nadie viene por ti, me gustaría llevarte a tu casa, quizá nos podemos detener en el camino a cenar algo.
Pasaron más de cinco minutos antes de que ella dijera algo. La noche era fría. Ella tenía puesto su cubre polvo y los labios pintados de rojo, su sonrisa me estaba matando y yo lo único que deseaba era tenerla en mis brazos y poderla besar, Dios sabe cuánto deseaba besarla y por nada del mundo la obligaría hacerlo, nunca lo había hecho.
—¿Qué deseas?
Me le quede viendo.
—¿Otra oportunidad?
—No vale la pena, contigo nunca dejare de ser la otra y sino aprovecho ahora la oportunidad que tengo, entonces cuando—ella me miro fijamente. Baje la mirada y ella comenzó a marcharse.
—Me quedare toda la noche contigo—nunca tengo sueño y podemos quedarnos despiertos hasta las tres o cuatro de la mañana para que tú puedas descansar.
—Eso lo hubieras hecho la semana pasada. Ahora ya no me interesa.
Sentí ganas de decirle que si no se quedaba conmigo esa noche yo estaba dispuesto a suicidarme, que no podría tolerar, saber que ella estaba con otro, pero mi voz se quedo ahogada en un silencio que hasta el día de hoy no sé explicar. Ella avanzó unos cuantos metros, y se volteo suavemente y su sonrisa en total plenitud choco con mi mirada. Y dijo:
—Lo siento querido, tal vez si no funciona te busque, pero por ahora deja que sueñe que es ahora mi oportunidad.

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